(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "El maestrante"

EL MAESTRANTE 



NOVELAS DEL MISMO AUTOR 



PftSETAS 

El Señorito Octavio (4. a edición), un tomo 4 

Marta y María (ilustrada por Pellicer), un tomo. 

(Agotada) 3 

El Idilio de un enfermo, un tomo (Agotada). . . 4 

Aguas fuertes (novelas y cuadros), un tomo 4 

José, un tomo 3,5a 

Riverita, dos tomos 6 

Maximina, (segunda parte de Riverita), dos tomos. 6 

El Cuarto poder, dos tomos 6 

La Hermana San Snlpvcio, dos tomos 6 

La Espuma, (ilustrada por Alcázar y Cuchy), dos 

tomos 8 

La Fe, un tomo 4 



los pedidos á D. VICTORIANO SUÁREZ, Preciados, 48. 



EL 

MAESTRANTE 

NOVELA 

POR 

D. ARMANDO PALACIO VALDÉS 




MADRID 

TIPOGRAFIA DE LOS HIJOS DE M. G. HERNÁNDEZ 

IMPRESOR DE LA REAL CASA 

Libertad, 16 duplicado. 

1893 



ES PROFIEDAD 




I 



La casa del maestrante. 



i£>^jy las diez de la noche eran, en toda oca- 
*2pHD^ sión, contadísimas las personas que 
\P transitaban por las calles de la noble 
ciudad de Lancia. En las entrañas mismas del 
invierno, como ahora, y soplando un viento del 
noroeste recio y empapado de lluvia, con dificul- 
tad se tropezaba alma viviente. No quiere esto 
decir que todos se hubiesen entregado al sueño. 
Lancia, como capital de provincia, aunque no 
de las más importantes, es población donde ya 
en 185... se había aprendido á trasnochar. Pero 
la gente se metía desde primera hora en algunas 
tertulias y sólo salía de ellas á las once para ce- 



1 



2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nar y acostarse. Á esta hora, pues, solían tro- 
pezarse algunos grupos resonantes que cami- 
naban á toda prisa resguardados por los para- 
guas; las señoras rebujadas en sendos capucho- 
nes de lana, alzando las enaguas con la mano 
que les quedaba libre; los caballeros envueltos 
en sus pañosas ó montecristos, los pantalones 
enérgicamente arremangados, rompiendo el si- 
lencio de la noche con el áspero traqueteo de las 
almadreñas. Porque en aquella época eran muy 
pocos todavía los que desdeñaban este calzado 
patriótico y confortable. Tal cual pollastre que 
por haber estado en Valladolid estudiando medi- 
cina se creía por encima de estas ruindades y al- 
guna que otra damisela melindrosa que afectaba 
el no saber andar con ellas. 

De coches no había que hablar, pues sólo exis- 
tían tres en la población, el de Quiñones, el de 
la condesa de Onís y el de Estrada-Rosa. Este 
último era el único que no alcanzaba el medio 
siglo de antigüedad. Cuando cualquiera de las 
tres carrozas salía á la calle, rodeábala un enjam- 
bre de chiquillos y seguíanla buen trecho en tes- 
timonio de incondicional entusiasmo. Los veci- 
nos en lo interior de sus moradas distinguían, por 
el estrépito de las ruedas y el chasquido de las 
herraduras, á cuál de los magnates mencionados 
pertenecía. Eran, en suma, tres instituciones ve- 
nerandas que los hijos de la ciudad sabían amar y 



EL MAESTRANTE 3 



respetar. Contra la lluvia que cae sobre ella más 
de las tres cuartas partes del año no se conocían 
entonces otros preservativos naturales que el pa- 
raguas y las almadreñas. Poco después vinieron 
los chanclos de goma y recientemente también 
se introdujeron los impermeables con capuchón, 
que trasforman en ciertos momentos á Lancia 
en vasta comunidad de frailes cartujos. 

El viento soplaba más recio en la travesía de 
Santa Bárbara que en ningún otro paraje de la 
población. Esta vía, abierta entre el palacio del 
obispo y las tapias de un patinejo de la catedral, 
donde viene á caer la cadena del pararrayos, pasa 
á su terminación por debajo de un arco y forma 
lóbrego recodo en que el huracán se encalleja y 
clamay se lamenta en noches tan infernales como 
la presente. 

Un hombre embozado hasta los ojos atravesó 
velozmente la plazoleta que hay delante de la 
morada de los obispos y entró en este recodo. 
La fuerza del huracán le detuvo, y la lluvia, pe- 
netrando entre el embozo de la capa y el som- 
brero, le privó de la vista. Resistió unos instan- 
tes á pie firme la violencia de la ráfaga, y en vez 
de soltar alguna interjección enérgica, que nun- 
ca fuera más al caso, dejó escapar un suspiro de 
angustia. 

— ¡Ay, Jesús mío, qué noche! 

Se arrimó á la pared, y cuando el viento sose- 



4 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



gó sus ímpetus siguió su camino. Pasó por de- 
bajo del arco que comunica el palacio con la ca- 
tedral y entró en la parte más desahogada y es- 
clarecida de la travesía. Un reverbero de aceite 
engastado en la esquina servía para iluminarla 
toda. El cuitado hacía inútiles esfuerzos, secun- 
dado por la gran mariposa de hoja de lata, para 
enviar alguna claridad á los confines de su juris- 
dicción. Pero, más allá de diez varas en radio, 
nada hacía sospechar su presencia. Sin embargo, 
á nuestro embozado debió parecerle una lámpara 
Edison de diez mil bujías, á juzgar por el cui- 
dado con que se subió aún más el embozo y la 
prisa con que abandonó la acera para caminar 
ceñido á la tapia del patio en que las sombras se 
espesaban. Salió en tsta guisa á la calle de Santa 
Lucía, echó una rápida mirada á un lado y á 
otro, y corrió de nuevo al sitio más oscuro. La 
calle de Santa Lucía, con ser de las más céntri- 
cas, es también de las más solitarias. Está cerra- 
da á su terminación por la base de la torre de 
la basílica, esbelta y elegante como pocas en Es- 
paña, y sólo sirve de camino ordinariamente á 
los canónicos que van al coro y á las devotas que 
salen á misa de madrugada. 

En esta calle, corta, recta, mal empedrada y 
de viejo caserío, se alzaba el palacio de Quiño- 
nes de León. Era una gran fábrica oscura de fa- 
chada churrigueresca, con balcones salientes de 



EL MAESTB ANTE 



5 



hierro. Tenía dos pisos, y sobre el balcón cen- 
- tral del primero un enorme escudo labrado tos- 
camente y defendido por dos jayanes en alto re- 
lieve tan toscos como sus cuarteles. 

Una de las fachadas laterales caía sobre pe- 
queño jardín húmedo, descuídalo y triste y 
cerrado por una tapia de regular elevación; la 
otra sobre una callejuela aún más húmeda y su- 
cia abierta entre la casa y la pared negra y des- 
cascarillada de la iglesia de San Rafael. Para 
pasar del palacio á la iglesia, donde los Quiño- 
nes poseían tribuna reservada, existía un puente 
ó corredor cerrado, más pequeño, pero semejante 
al que los obispos tienen sobre la travesía de 
Santa Bárbara. Por la viva claridad que dejaba 
pasar la rendija de un balcón entreabierto ad- 
vertíase que los dueños de la casa no estaban aún 
entregados al descanso. Y si la claridad no lo 
acusara, acusábanlo más claramente los sones 
amortiguados de un piano que dentro se dejaban 
oir cuando los latidos furiosos del huracán lo 
consentían. 

Nuestro embozado siguió, con paso rápido y 
ocultán dose en la sombra cuanto podía, hasta la 
puerta del palacio. Allí se detuvo; volvió á echar 
una mirada recelosa á entrambos lados de laca- 
lie, y entró resueltamente en el portal. Era am- 
plio, con pavimento de guijarro como la calle, 
las paredes lisas y enjalbegadas de mucho tiem- 



6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



po, tristemente iluminado por una lámpara de 
aceite colgada en el centro. El embozado lo 
atravesó velozmente, y sin tirar del cordón de 
la campana pegó el oído á la puerta, y así estu- 
vo inmóvil algunos instantes en escucha. Cercio- 
rado de que nadie bajaba, tornó á la puerta de la 
calle y enfiló otra mirada por ella. Al fin resol- 
vióse á abrir el embozo y sacó de debajo de la 
capa un bulto que depositó en el suelo con mano 
temblorosa, cerca de la puerta. Era un canasti- 
llo. Estaba cubierto con una manta de mujer, lo 
cual impedía observar lo que en él se guardaba,, 
aunque bien se presumía. Desde Moisés, los ca- 
nastillos misteriosos parecen destinados á guar- 
dar infantes. El rebozado, ya desarrebozado, 
tiró tres veces del cordón de la campana, y al 
instante, desde arriba, abrieron por medio de 
otra cuerda. Las tres campanadas indicaba que 
quien entraba en la aristocrática mansión de los 
Quiñones era un noble, un par de los señores. 
Tiempo hacía que se estableciera esta costum- 
bre, sin saber cómo. Un menestral, un criado, un 
inferior, por cualquier concepto, no llamaba sino 
con una campanada; las visitas llamaban con 
dos; y la media docena ó poco más de personas 
que el linajudo señor de Quiñones consideraba 
sus iguales en Lancia, lo hacían con tres, por 
acuerdo tácito ó expreso, que eso nunca se ave- 
riguó. Murmurábase en la ciudad de tal diferen- 



EL MAESTRANTE 



7 



cia: los que nunca habían pisado los salones de 
la casa, embromaban á los que á diario los visi- 
taban: respondían éstos negando la especie; pero 
aunque secretamente humillados, respetaban la 
feudal costumbre: nadie era osado á dar las tres 
campanadas del segundo estamento. Sólo Paco 
Gómez se aventuró una vez á hacerlo por broma 
ó fanfarronada; pero al llegar al salón se le re- 
cibió con sorpresa y frialdad tan despreciativas, 
que no le quedaron ganas de repetirlo. 

El hombre del canastillo se apresuró á entrar 
y cerrar la puerta; atravesó el pórtico y subió 
por la gran escalera de piedra, en cuyos peldaños 
gastados por el uso se rezumaba constantemente 
alguna humedad. Al llegar al piso principal un 
criado se acercó á recogerle la capa y el som- 
brero. Y sin aguardar más, como si alguien le 
persiguiera, lanzóse con presurosa planta á la 
puerta del salón y la abrió. La viva luz de las 
arañas y candelabros le ofuscó un instante. Era 
un hombre alto, corpulento, de treinta á treinta 
y dos años de edad, la fisonomía dulce y las fac- 
ciones correctas: gastaba el pelo cortado á punta 
de tijera y la barba luenga, rubia y sedosa. En 
aquel momento su rostro estaba pálido y revela- 
ba profunda inquietud. 

En cuanto alzó los ojos, que la excesiva clari- 
dad le obligara á cerrar, enderezó la mirada á 
la señora de la casa, sentada en una butaca. Cía- 



8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vó ella á su vez en él otra intensa y ansiosa. 
Fué un choque que dio instantáneo reposo á sus 
fisonomías, como dos fuerzas iguales que se neu- 
tralizan. El caballero se detuvo á la puerta es- 
perando que cruzasen cinco ó seis parejas que 
venían girando al compás de un vals, y sus la- 
bios descoloridos se plegaron con sonrisa tan 
dulce como triste. 

— ¡Qué tarde! No pensábamos que usted vi- 
niera ya — exclamó la señora alargándole su 
mano fina, nerviosa, que se contrajo tres ó cua- 
tro veces con intensa emoción al chocar con la 
de el . 

Era una mujer de veintiocho á treinta años, 
menuda de cuerpo, el rostro pálido y expresivo, 
los ojos y el cabello muy negros, boca pequeña 
y nariz ligeramente aguileña. 

— ¿Cómo se encuentra usted, Amalia? — dijo 
el caballero, sin responder á la exclamación, 
ocultando bajo una sonrisa la ansiedad que á su 
pesar se le traslucía en lo tembloroso de la voz. 

— Estoy mejor... Muchas gracias. 

— ¿No le hará á usted daño este ruido? 

— No... Me aburría mucho en la cama... Ade- 
más, no quería privar á las chicas del único re- 
creo que hoy por hoy tienen en Lancia. 

— Muchas gracias, Amalia — exclamó una jo- 
vencita que venía bailando y oyó las últimas pa- 
labras de la dama. 



EL MAESTKANTE 



9 



Ésta le dirigió una sonrisa bondadosa. 

Otra pareja que venía detrás chocó con el ca- 
ballero, que continuaba en pie. 

— ¡Usted siempre estorbando, Luis! 

— A nadie más que á usted, María Josefa — 
respondió el joven, riendo con afectación para 
disimular el embarazo que aún sentía. 

— ¿Está usted seguro de que á mí sola? — pre- 
guntó ella alzando al mismo tiempo su mirada 
maliciosa hacia el caballero que la estrechaba 
en sus brazos. 

María Josefa Hevia tenía ya por lo menos cua- 
rentaaños,y sus quince habían sido casi tan feos, 
pese al refrán, como sus cuarenta. Como no po- 
seía tampoco bastante hacienda para restablecer 
el equilibrio, ningún valiente había llegado áre 
dimirla del purgatorio de la soltería. Hasta ha- 
cía poco tiempo todavía halagaba la esperanza 
de que, ya que no un pollo, por lo menos se arro- 
jase á pedir su mano alguno de los indianos sol- 
teros que iban llegando á establecerse en Lan- 
cia. Fundábala en la tendencia que éstos mos- 
traban á contraer matrimonio con las hijas de 
las familias distinguidas de la población, aun- 
que no llevasen dote. Pertenecía ella por la lí- 
nea paterna á una de las más ilustres; como que 
era pariente del señor de Quiñones, en cuya casa 
nos hallamos. Pero su padre había muerto, y vi- 
vía con su madre, mujer de baja estofa, cocine- 



10 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ra antes de subir al tálamo nupcial de su amo. 
Sea por esto ó, lo que es más probable, por la 
bien declarada y proverbial fealdad de su figura, 
tampoco los indianos picaron la carnada del an- 
zuelo. Y eso que, con motivo ó sin él, solía des- 
cotarse más de la cuenta para hacer ostensible 
lo que, según voz pública, tenía de menos malo 
en su cuerpo. El rostro era repulsivo, de faccio- 
nes incorrectas, hinchado por la erisipela y des- 
figurado amenudo por algunas llamaradas roji- 
zas que le subían á las narices. De sus ilusiones 
femeninas no le quedaba ya más que una, la de- 
bailar: era una verdadera pasión: padecía horri- 
blemente cada vez que los descuidados pollos- 
de Lancia la dejaban comiendo pavo. Pero se 
vengaba tan lindamente de ellos y ellas, poseía 
una lengua tan acerada, que la mayor parte de 
los jóvenes le sacrificaban por lo menos un bai- 
le en todos los saraos: cuando se descuidaban, 
las mismas muchachas se lo recordaban, temien- 
do las iras de la feroz solterona. Bailaba, pues r 
tanto como la más linda damisela de Lancia/ 
por razón opuesta, esto es, por el saludable te- 
rror que había logrado inspirar. Ella lo sabía,, 
y aunque humillada en el fondo del alma, no de- 
jaba de aprovecharse, optando por el que consi- 
deraba menor de los males. Poseía espíritu sagaz 
y malicioso; veía muy bien el ridículo de las 
acciones, narraba con gracia y estaba dotada 



EL MAESTRANTE 



11 



además de un don particular para herir á cada 
persona, cuando se le antojaba, en lo más 
vivo. 

— ¿Ha llegado ya el conde? — dijo una voz ás- 
pera que salía del gabinete contiguo y se sobre- 
puso al tecleo del piano y á las pisadas de los 
bailarines. 

— Sí: aquí estoy, D. Pedro... Voy allá. 

El conde dio un paso hacia el gabinete, sin 
apartar la vista de la pálida señora. Esta le clavó 
otra mirada intensa donde se leía una interroga- 
ción. El cerró los ojos afirmando, y pasó á la 
inmediata estancia. Lo mismo ésta que el salón 
estaban amueblados sin lujo. Los proceres de 
Lancia desdeñaban esos refinamientos del deco- 
rado, hoy tan usuales. No por avaricia, sino por 
entender con razón que su prestigio estribaba, 
más que en la riqueza ó suntuosidad de las mo- 
radas, en el sello de respetable antigüedad que 
poseían, rechazaban en ellas cualquiera innova- 
ción, lo mismo interna que externa. Los muebles 
envejecían, se deslustraban; las alfombras y cor- 
tinas se iban rayendo. Los dueños aparentaban 
no fijarse en ello. Sobre todo, D. Pedro Quiño- 
nes mostraba una negligencia en este punto que 
rayaba en jactancia. Ni los ruegos de su señora, 
ni las indirectas que algún osado, como Paco 
Gómez, solía autorizarse bromeando, le decidían 
jamás á llamar á los pintores y tapiceros. Se adi- 



12 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vinaba bien que en esta resolución influía el des- 
dén con que miraba el lujo desplegado por algu- 
nos indianos en el mobiliario de sus casas. 

El salón, en lo que toca á las dimensiones, 
era soberbio, amplio, elevadísimo de techo; ocu- 
paba todos los balcones de la calle de Santa Lu- 
cía, exceptuando el del gabinete. La sillería an- 
tigua, pero no imitando formas de siglos remo- 
tos, como ahora se usa: estaba construida en el 
pasado al gusto de la época, y forrada de tercio- 
pelo verde ya gastado. La alfombra descubría el 
tejido por varios sitios. Da las paredes colgaban 
algunos tapices magníficos. Este era el lujo de 
la casa. D. Pedro Quiñones poseía una colección 
de gran valor. Solía exhibirlos una vez al año, 
colgándolos de los balcones el día del Corpus 
para el paso de la procesión. Decíase que un 
inglés le había ofrecido por ellos un millón de 
pesetas. Poseía asimismo algunos cuadros anti- 
guos de mérito, tan oscurecidos por el tiempo 
que, si una mano hábil no venía pronto á restau- 
rarlos, concluirían por desaparecer. Lo único 
nuevo que en el salón había era el piano, com- 
prado hacía tres años, poco después de casarse 
en segundas nupcias D. Pedro. 

El gabinete, también de gran tamaño, con un 
balcón á la calle de Santa Lucía y dos al jardín, 
estaba peor decorado aún. Grandes cortinones 
de damasco, dos armarios de roble sin espejo, un 



EL MAESTRANTE 



13 



sofá forrado de seda, algunos sillones de vaqueta, 
una mesa redonda en el centro y algunas sillas 
correspondientes al sofá; todo bien manoseado y 
marchito. En torno de la mesa central, y alum- 
brados por enorme quinqué de aceite con pan- 
talla verde, estaban tres caballeros jugando al 
tresillo. El dueño de la casa era uno de ellos. 
Tendría de cuarenta y seis á cuarenta y ocho 
años de edad; hacía tres que estaba enteramente 
imposibilitado para moverse, de resultas de un 
ataque apoplético que le paralizó las dos piernas. 
Era corpulento, rostro moreno y facciones bien 
acentuadas, enérgicas; el cabello y la barba, blan- 
queando ya por muchos puntos, fuertes, abun- 
dantes, encrespados; los ojos negros y hundidos 
de mirar imponente. En su fisonomía había una 
expresión de orgullo y fiereza que ni aun la son- 
risa amistosa con que acogió al conde de Onís 
pudo extinguir por completo. Estaba reclinado 
más que sentado en una butaca construida adre- 
de para facilitarle el movimiento del tronco 
y los brazos, y arrimada á la mesa de lado á fin 
de que le fuese posible jugar y tener las piernas 
extendidas. Aunque en la chimenea ardían algu- 
nos troncos- de leña, se abrigaba con una taima 
de color gris cerrada al cuello con broche de oro. 
Bordada sobre ella, del lado del corazón, había 
una gran cruz roj*a de la orden de Calatrava. El 
señor de Quiñones prescindía pocas veces de 



14 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



esta taima, que le daba aspecto un poco fantásti- 
co y teatral. 

Siempre había sido extravagante en el vestir. 
Su orgullo le impulsaba á buscar el modo de dis- 
tinguirse del vulgo. En varias ocasiones se le vió 
de levita cerrada, sombrero de copa y almadre- 
ñas: gastaba larga melena, como un caballero del 
siglo diez y siete; vestía amenudo traje de tercio- 
pelo ó pana con botas de montar; usaba botines 
cuando ya nadie se acordaba de ellos, y grandes 
cuellos de camisa vueltos sobre el chaleco, imi- 
tando la antigua valona. Nunca se vió hombre 
más preciado de su nobleza ni con más afán de 
resucitar el prestigio y los privilegios de que 
aquélla gozaba en siglos pasados. El público 
murmuraba de sus extravagancias y muchos se 
reían de ellas, porque Lancia es una población 
donde abundan los espíritus humorísticos; pero, 
como siempre acontece, este orgullo desmedido 
y feroz había concluido por imponerse. Los que 
con más gracia se burlaban de las rarezas de don 
Pedro eran los que con mayor sumisión y rendi- 
miento le quitaban el sombrero así que le veían 
de media legua. 

Había vivido en la corte algún tiempo duran- 
te sus años juveniles, pero no echó raíces en 
ella. Fué gentilhombre con ejercicio y disfrutó 
de las ventajas y preeminencias que su caudal y 
nacimiento le concedían; pero no bastaban á sa- 



EL MAESTEANTE 



15 



ciar aquel corazón henchido de arrogancia. La 
extraña amalgama de la aristocracia de la sangre 
con la del dinero le hería y le irritaba. El res- 
peto que se concedía á los hombres políticos y 
que él mismo se veía obligado á tributar por ra- 
zón.de su cargo le encendía de ira. ¡Un hijo de 
la nada, un pelagatos pasar por delante de él 
con la cabeza erguida, dirigiéndole una mirada 
indiferente ó desdeñosa! ¡A él, descendiente di- 
recto de los condes soberanos de Castilla! Por 
no sufrirlo y por el amor que profesaba á Lan- 
cia renunció al empleo y vino á habitar de nue- 
vo el churrigueresco palacio en que nos halla- 
mos. La soberbia, ó por ventura su carácter ex- 
céntrico, le hicieron cometer, en este período de 
su vida de mayorazgo solterón, mil extravagan- 
cias y ridiculeces que asombraron y fueron el re- 
gocijo de la ciudad mientras no llegó á acos- 
tumbrarse. D. Pedro no salía jamás á la calle 
sin ir acompañado de un su criado ó mayordomo, 
hombre zafio, que vestía el traje del labriego del 
país, esto es, calzón corto con medias de lana, 
chaqueta de bayeta verde y ancho sombrero ca- 
lañés. Y no sólo salía con Manín (por este nom- 
bre era universalmente conocido), sino que le 
llevaba al teatro. Era de ver los dos en un palco 
principal; él, rígido, correcto, paseando su mira- 
da distraída por la sala; el criado, con las pal- 
mas de las manos apoyadas en la barandilla y la 



16 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



barba sobre las manos con la atónita mirada cla- 
vada en el escenario, soltando bárbaras, ruido- 
sas carcajadas, rascándose el cogote ó bostezan- 
do á gritos enmedio del silencio. Entraba con él 
en los cafjs y hasta le llevaba á los bailes. Ma- 
nín llegó á ser en poco tiempo una institución. 
D. Pedro, que apenas se dignaba hablar con las 
personas más acaudaladas de Lancia, sostenía 
plática tirada con él y admitía que le contradi- 
jese en la forma ruda y grosera de que era capaz 
únicamente. 

— Manín, hombre, repara que estás molestan- 
do á esas señoras — le decía á lo mejor hallándo- 
se ambos en cualquier tienda. 

— Bueno, bueno; pues si quieren estar á gusto, 
que traigan de casa un jergón y se acuesten — 
respondía el bárbaro en voz alta. 

D. Pedro se mordía los labios para no soltar 
el trapo, porque le hacían extremada gracia ta- 
les groserías y brutalidades. 

Si entraba en un café, Manín se atracaba de 
cuarterones de vino tinto mientras él solía beber 
con parquedad una copita de moscatel. Pero 
siempre pedía una botella y la pagaba, aunque 
la dejase casi llena. Mostrando por esta prodiga- 
lidad cierta extrañeza un boticario de la pobla- 
ción con quien alguna vez se dignaba hablar, le 
respondió con fría arrogancia: 

— Pago una botella, porque me parece inde- 



EL MAESTRANTE 



17 



coroso que D. Pedro Quiñones de León pida una 
copa como cualquier c... tintas de las oficinas del 
gobierno político. 

Causaba asombro también en la ciudad el que 
al saludar á los clérigos en la calle les besase la 
mano, imitando la costumbre de los nobles en 
otros siglos. Este respeto no era más que un me- 
dio de distinguirse y acreditar su alta jerarquía, 
como todo lo demás. Porque al capellán que te- 
nía á su servicio, aunque le besaba la mano en 
público, le trataba como á un doméstico en pri- 
vado. Le guardaba muchas menos consideracio- 
nes que á Manín. Pero lo que verdaderamente 
dejó estupefacta á la población y se prestó á sin 
número de comentarios y chufletas fué lo que 
D. Pedro hizo, poco después de llegar de Madrid, 
en cierta solemnidad religiosa. Se presentó en la 
iglesia con uniforme blanco cuajado de cordones 
y entorchados, que debía de ser el de maestran- 
te de Ronda. Al llegar el momento de la con- 
sagración en la misa, avanzó con paso solemne 
hasta el medio del templo, que se hallaba libre 
de gente, desenvainó la espada y comenzó á es- 
grimirla sucesivamente contra los cuatro pun- 
tos cardinales, dando furiosas estocadas y man- 
dobles al aire. Las mujeres se asustaron, los 
chiquillos corrieron, la mayor parte de los 
hombres pensó que era un acceso de locura. 
Sólo los más avisados ó eruditos entendieron que 



18 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se trataba de una ceremonia simbólica y que 
aquellos mandobles al aire significaban que don 
Pedro estaba resuelto, como caballero profeso 
que era de una orden militar, á batirse con todos 
los enemigos de la fe, en cualquier paraje del 
mundo. El único periodiquito que se publicaba 
entonces en Lancia todos los domingos (hoy 
existen once, seis diarios y cinco semanales) le 
dedicó una gacetilla en que, con no poca gracia, 
se burlaba de él. Sin embargo, tales burlas pú- 
blicas ó privadas, como ya se ha indicado, no 
conseguían amenguar el prestigio de que el ilus- 
tre procer gozaba en la ciudad. Quien se consi- 
dera de buena fe superior á los seres que le ro- 
dean, tiene mucho adelantado para que éstos se 
le humillen. Además, D. Pedro, apesar de sus 
ridiculeces, era hombre culto, aficionado á la 
literatura y con pujos de poeta. De vez en cuan- 
do, y con ocasión de cualquier fausta nueva para 
la patria ó familia real, escribía algunas décimas 
ó tercetos en estilo clásico, un poco gongorino. 
Aunque algunas personas trataron de persuadir- 
le á que los publicase, nunca esto se pudo aca- 
bar con él. Profesaba tan sincero desprecio á todo 
lo que reflejase el movimiento democrático de 
nuestra era y muy especialmente á los periódi- 
cos, que prefería tenerlos manuscritos, conoci- 
dos solamente de un número reducido de ami- 
gos. Pasaba igualmente por hombre valeroso. 



EL MAESTRANTE 



19 



En Madrid había tenido algunos duelos y en Lan- 
cia dejó de efectuarse uno entre él y cierto jefe 
político que los progresistas mandaron á esta 
provincia, por la intercesión del obispo y cabil- 
do catedral. 

Al llegar á los cuarenta años, poco más ó me- 
nos, casó con una señora aristócrata también, 
que habitaba en Sarrio. Murió su esposa al año, 
á consecuencia del parto. Tres años después 
contrajo de nuevo matrimonio con Amalia, dama 
valenciana algo emparentada con él. Apenas se 
conocían. D. Pedro la había visto en Valencia 
cuando ella contaba catorce años. El matrimo- 
nio que se realizó diez años después pactóse por 
medio de cartas, previo el cambio de retratos. 
Se daba por seguro que la voluntad de la novia 
había sido forzada, y aun se decía que durante 
algunos meses se había negado á compartir el 
tálamo con su marido. Todavía más. Se conta- 
ba en Lancia con gran lujo de pormenores el 
viaje que por consejo de un canónigo hizo don 
Pedro con su esposa para inspirarla confianza y 
acortar, entre las peripecias del camino y la des- 
comodidad de las posadas, la distancia moral y 
material que los separaba. Cumplidas las profe- 
cías del astuto capitular y realizados todos los 
fines del matrimonio, el cielo no quiso sin em- 
bargo bendecirlo. Poco tiempo después D. Pe- 
dro experimentó el terrible ataque apoplético 



20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que le paralizó de medio cuerpo abajo, y desde 
entonces no hubo términos hábiles para la ben- 
dición, aunque la Providencia estuviese anima- 
da de los mejores deseos. 

— Nos hace falta un cuarto — dijo apretando 
con efusión la mano del conde. 

— Sí, sí, á ver si cambia la suerte... Moro nos 
está llevando el dinero bravamente — dijo un vie- 
jecito de cara redonda, fresca, rasurada, el pelo 
blanco y los ojos claros y tiernos. Tenía marca- 
do acento gallego. Se llamaba Saleta y era ma- 
gistrado de la audiencia y tertulio asiduo de la 
casa de Quiñones. 

— ¡No tanto, Sr. Saleta, no tanto! Sólo gano 
doscientos tantos. Faltan trescientos para des- 
quitarme de lo que he perdido ayer— manifestó 
el aludido, que era un joven de fisonomía abier- 
ta y simpática. 

— ¿Y por qué no han llamado ustedes á Ma- 
nín? — preguntó el conde dirigiendo una mirada 
risueña al célebre mayordomo, que, con su cal 
zón corto, zapatos claveteados y chaqueta de ba- 
yeta verde, dormitaba en una butaca. 

Las miradas de los tres se volvieron hacia él. 

— Porque Manín es un bruto que no sabe ju- 
gar más que á la brisca — dijo D. Pedro riendo. 

— Y al tute — manifestó el gañán, desperezán- 
dose groseramente, abriendo una boca de á 
cuarta. 



EL MAE STB AX TE 



21 



— Bueno, y al tute. 
— Y al monte. 

— Bien, hombre, y al monte también. 

Y se pusieron á jugar sin hacer más caso de él. 
Pero al cabo de un momento volvió á decir: 
— Y al parar. 

— ¿Al parar también? — preguntó en tono de 
burla el conde de Onís. 

— Sí, señor, y á las siete y media. 

— ¡Vaya! ¡vaya! — exclamó aquél distraída- 
mente, abriendo el abanico de cartas y exami- 
nándolo atentamente. 

Y siguieron jugando con empeño, absortos y 
silenciosos. El mayordomo les interrumpió de 
nuevo, diciendo: 

— Y al julepe. 

— ¡Bueno, Manín, cállate!... No seas majade- 
ro — exclamó ásperamente D. Pedro. 

— ¡Manjadero! ¡manj adero! — masculló el al- 
deano con mal humor. — Otros hay tan manja- 
deros; pero como tienen dinero no hay quien se 
lo llame. 

Y dejó caer de nuevo sus formidables espal- 
das en el sillón, estiró las patas y cerró los ojos 
para roncar. 

Los jugadores levantaron la vista hacia don 
Pedro con sorpresa é inquietud. Este la clavó 
colérica en su mayordomo; pero, al verle en 
aquella tan sosegada postura, cambió repentina- 



22 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mente, y alzando ios hombros y convirtiendo de 
nuevo los ojos á las cartas, exclamó con sonrisa 
alegre: 

— ¡Qué bárbaro! ¡Es un verdadero suevo! 

— ¡Alto, Sr. Quiñones, alto! — dijo Saleta. — 
Los suevos han acampado solamente en Galicia. 
Ustedes no son más que cántabros... Precisa- 
mente yo debo saber bien eso... 

— ¡Claro! ¡Uzté ze lo zabe too! — manifestó un 
caballero no tan viejo, si bien pasaría de los cin- 
cuenta, que entraba á la sazón. D. Enrique Va- 
lero, magistrado de la Audiencia también, hom- 
bre de agradable porte, de rostro fino y expresi- 
vo, aunque extremadamente marchito por la 
vida alegre que había llevado. Como lo denun- 
ciaba su acento, de lo más cerrado y ceceoso 
que puede oirse, era andaluz y de la provincia 
de Málaga. 

— No lo sé todo, amigo Valero — repuso con 
calma Saleta; — pero conozco perfectamente la 
historia de mi país y las particularidades refe- 
rentes á mi familia. 

— ¿Y qué tiene que ver zu familia con ezo de 
lo zuevo, compañero? 

— Porque mi familia desciende de uno de los, 
caudillos más principales que penetraron en la 
provincia de Pontevedra cuando la irrupción, 
según consta de varios documentos que se con- 
servan en el archivo de mi casa. 



EL MAESTRANTE 



23 



Los jugadores cambiaron una risueña mirada 
de inteligencia con Valero. 

— ¡Ajá! — exclamó éste entre alegre é irrita- 
do. — Ahora rezulta que el amigo Zaleta ez un 
zuevo como una catedral. — ¡Quién lo había de 
penzá, tan rebajuelo y tan chiquitín! 

— Sí, señor — prosiguió el otro, como si no 
hubiera oído, hablando con lentitud y firmeza. 
— El caudillo que dio origen á nuestra fami- 
lia se llamaba Rechila. Era hombre al pare- 
cer feroz y sanguinario. Gran conquistador; ex- 
tendió sus dominios muchísimo, y hasta me pa- 
rece que llegó en sus correrías hasta Extrema- 
dura. Un día, siendo yo niño, se encontró su co- 
rona enterrada entre los cimientos de la antigua 
capilla de nuestra casa... 

— ¡Pero, hombre! ¡pero, hombre! — exclamó 
Valero mirándole fijamente con una cómica in- 
dignación que hizo soltar la carcajada á los 
demás. 

Saleta prosiguió imperturbable describiendo 
el hallazgo, la forma, el peso, cada uno de los 
adornos; no se le olvidó un pormenor. 

Y Valero mientras tanto no apartaba de él la 
mirada, sacudiendo la cabeza con creciente irri- 
tación. 

Todas las noches pasaba lo mismo. El desca- 
rado mentir de su colega provocaba en el magis- 
trado andaluz una indignación á veces fingida, 



24 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



otras real, que siempre alegraba á la compañía. 
Era tan insólito que un gallego se atreviese á 
bravear de exagerado y embustero delante de un 
andaluz, que éste, herido en su amor propio y en 
los fueros de su país, llegaba en ocasiones á en- 
fadarse, dudando si Saleta era un tonto ó por ta- 
les tenía á los que le escuchaban. En realidad el 
magistrado de Pontevedra mentía con tan poca 
gracia y al mismo tiempo con tal firmeza, que 
era cosa de pensar si sería un picaro redomado 
que se gozaba en impacientar á sus amigos. 

— ¿Ha dicho uzté que eze antepazao zuyo ha 
llegao á Eztremadura? — preguntó al fin Valero 
en tono decidido. 

— Sí, señor. 

— Pue me parece, compare, que eztá uzté 
equivocao, porque eze zeñó Renchila... 
— Rechila. 

— Bueno, eze Rechila ha ido máz allá, ha co- 
rrió hazta la provincia de Málaga; pero allí le 
zalió al encuentro una partía de vándalos de la 
cual era jefe uno de miz azcendiente, que ze lla- 
maba zi mal no recuerdo... ezpere un poco... 
ze llamaba Matalaoza. Pue bien, ezte Matalaoza, 
que era un tío mu bragao y mu soso, le derrotó 
completamente, le hizo prizionero y le tuvo ti- 
rando de una noria hazta que ze murió. Toda- 
vía ze conzervan en lo zótano de caza alguno 
peazo de la maquinita. 



Eli MAE STR ANTE 



25 



D. Pedro, Jaime Moro y el conde de Onís ha- 
bían suspendido el juego y reían sin rebozo al- 
guno. 

— No puede ser. Rechila no ha pasado de Mé- 
rida, que ha conquistado después de un corto 
asedio — manifestó Saleta sin turbarse poco ni 
mucho. 

— Dispenze uzté, amigo; en el archivo de mi 
caza hay documentoz que acreditan que el zeñó 
Renchila ha entrao una mijita por la provincia 
■e Málaga, y que el zeñó Matalaoza, mi abuelo, 
por la línea de madre, ni pa Dioz quizo deharle 
seguí ma adelante. 

—Permítame usted, amigo Valero; me parece 
que está usted en un error. Ese Rechila debe de 
ser otro. Entre los suevos ha habido varios Re- 
chilas... 

— No zeñó, no... El Rechila que ha derrotao 
mi abuelo era el antepazao de uzté... Eztoy ze- 
guro... De la provincia de Pontevedra... Ze le 
-conocía enzeguidita por el acento. 

Y afectaba gran seriedad al proferir estas fra- 
ses. La alegría de los jugadores era cada vez ma- 
yor. Saleta, acostumbrado á las burlas de su 
colega, no se amoscaba ni perdía un punto de su 
irritante flema. La desvergüenza de este hombre 
para mentir y sostener luego sus mentiras era 
inaudita. 

Cuando vio la inutilidad de seguir disputa ndo, 



26 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



atendió nuevamente al juego. Los demás hicieron 
lo mismo, aunque de vez en cuando se les esca- 
paba por la nariz el flujo de la risa. 

Jaime Moro seguía ganando. Y se mostraba 
alegre y charlatán, comentando cada una de las 
jugadas con prolijidad. Era un guapo joven de 
barba negra recortada, facciones correctas, ojos 
rasgados sin expresión y tez suave y sonrosada. 
Su padre, administrador diocesano que había sido 
en aquella provincia, se murió el año anterior, de- 
jándole una regular hacienda, setenta ú ochenta 
mil duros, según los bien enterados. Este capital 
en Lancia le hacia un verdadero potentado. No 
hay para qué decir que fué el blanco de todos los 
tiros de las niñas casaderas, su ideal, su sueño 
dorado. Moro parecía poco inclinado al sexo fe- 
menino. Amaba infinitamente más á Mercurio 
que á Venus. Su afición al juego, á toda clase 
de juegos, era tan desmedida que bien podía de- 
cirse que su vida entera estaba consagrada á 
ella, que había nacido para jugar. Vivía solo, con 
ama de llaves, criado y cocinera. Levantábase 
de diez á once de la mañana, y después de aci- 
calarse se iba á la confitería de D. a Romana, 
donde hallaba sabrosa compañía que le enteraba 
de todos los cuentos que corrían por la pobla- 
ción. Así que echaba á un lado esta tarea me- 
tíase en la trastienda oscura, grasienta, prin- 
gosa, con un olor á hojaldre que derribaba, y 



EL MAESTBANTE 



27 



sentándose á una mesa que correspondía en un 
todo al decorado del recinto, se ponía á jugar la 
copa de Jerez y los pasteles al dominó con su 
íntimo amigo D. Baltasar Reinoso, uno de los 
muchos propietarios de cuatro ó cincomil pesetas 
de renta que residían en Lancia. A las dos á co- 
mer. A las tres al Círculo Mercantil á comenzar 
con tres de los indianos, que formaban el núcleo 
de aquella sociedad de recreo, el clásico chapó, 
que se prolongaba ordinariamente hasta las cin- 
co. Y vamos corriendo á casa del muy ilustre se- 
ñor deán de la catedral basílica, donde nos espera 
este señor en compañía del maestrescuela y del 
cura de San Rafael para ventilar el tresillo coti- 
diano. Cuando el chapó se prolongaba algo más de 
lo acostumbrado, solía venir un monaguillo, al 
Círculo para avisarle de que sus compañeros es- 
taban reunidos. Y entonces Moro se apresuraba á 
dar los tres ó cuatro tacazos definitivos, y entre 
uno y otro se hacía poner el abrigo por el mozo 
para no perder tiempo, y pagando ó cobrando con 
mano nerviosa el saldo de su cuenta, corría des- 
alado con la lengua fuera hasta casa del deán. El 
tresillo de éste duraba hasta las ocho. A casa á 
cenar. Á las nueve, escapado á la de D. Pedro 
Quiñones, á empalmarlo. Otras noches á la de 
D. Juan Estrada-Rosa á lo mismo. A las doce al 
Casino, donde se reunían unos cuantos trasno- 
chadores y jugaban al monte ó la lotería un rato. 



28 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Por último, á las dos ó las tres de la madrugada 
Jaime Moro caía en su lecho rendido de tan labo • 
riosísima jornada, para comenzar al día siguiente 
otra enteramente igual. 

Ni se piense que era un joven codicioso. Nada 
de eso. Su liberalidad era conocida y loada por 
toda la ciudad. No le arrastraba á jugar el ansia 
del dinero, sino una decidida y desinteresada 
vocación que se había sobrepuesto en él á todas 
las demás aficiones. Era el suyo un tempera- 
mento excesivamente activo, sin inteligencia ni 
voluntad para darle un fin serio y útil. En sus 
cortos momentos de ocio aparecía como hombre 
sosegado, indiferente, linfático; pero así que te- 
nía las cartas en la mano, ó el taco, ó las fichas 
del dominó, adquiría su figura brío inusitado, 
el rostro se le mudaba, las manos se estremecían 
como potros refrenados, los ojos expresaban la 
energía recóndita de su alma. Inspiraba genera 
les simpatías en la población y las cercanías. No 
había hombre más áulce, más inofensivo en su 
trato. Jamás se le oyó hablar mal de nadie. Los 
que ven siempre la parte negra de las cosas de 
este mundo y el lado flaco de los caracteres, que 
van siendo cada vez más, por desgracia, soste- 
nían que si no murmuraba era porque no sabía, 
que era tan bueno porque no podía ser otra cosa. 
¡Como si no hubiera necios perversos! Un de- 
fecto tenía Moro, hijo de su misma afición. Se 



EL MAE STB ANTE 



29 



consideraba insuperable en todos los juegos á 
que se dedicaba. No se le podía negar gran maes- 
tría en ellos; pero de aquí á no tener rival hay 
mucha distancia, y Moro la salvaba. De esto 
procedían los prolijos, eternos comentarios con 
que sazonaba cada jugada, y que ya habían lle- 
gado á ser proverbiales en Lancia. Daba un ta- 
cazo en el billar. Las bolas no rodaban como se 
había propuesto. Se llevaba la mano á la cabeza 
con desesperación. 

— ¡Un poquito menos de bola, y la mía hu- 
biera entrado por los palos!... Pero me veía obli- 
gado á tomar mucha bola, para que el mingo 
bajase; porque si no baja el mingo, ¿sabe usted? 
él me hace villa y se mete en casa... ¡Y á mí no 
me conviene eso! 

Si los circunstantes asentían, aunque perdiese 
todas las mesas no le importaba nada. Salvada 
su honra profesional, el dinero era lo de menos. 
Vuelta á dar otro tacazo, y vuelta á comentarlo. 
No cesaba de hablar. Pues otro tanto pasaba en 
el tresillo; pero, al revés de lo que suele acaecer 
en es^te juego, se abstenía de reprender á sus 
compañeros y de mostrarse enojado. Hablaba, 
sí, y mucho; pero siempre para aclarar ó glosar 
cualquier jugada, repitiendo infinitamente los 
conceptos en tono elocuente y persuasivo, que 
hacía sonreír á los mirones. «Si no me hubiera 
fallado el rey... Si hubiera tenido un triunfito 



30 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



más... No me atreví á dar la bola porque me 
figuré que D. Pedro... ¿Por qué este tres de copas 
no había de ser de oros?... Con dos estuches 
siempre ha tirado una vuelta este cura.» Era un 
compañero ruidoso, pero muy fino y muy desin- 
teresado. 

— Oiga uzté, ¿no va uzté á jugar? — le dijo Va- 
lero, metiendo la cabeza por entre los jugado- 
res y examinándole las cartas. 

— ¿Cree usted que se puede? — preguntó Moro 
vacilante. 

— A mí me parece que zí. 

— Hay poco de esto y demasiado de esto otro — 
repuso, señalando discretamente con el dedo 
los naipes. 

— Zin embargo, zin embargo... yo creo... 

— Bueno, bueno, jugaremos — replicó Moro 
con su finura acostumbrada. 

Aquel juego se perdió. Moro dirigió una mi- 
rada á sus compañeros y alzó los hombros con 
resignación. En cuanto Valero se apartó un poco, 
apresuróse á decir por lo bajo: 

—No quise contrariar á D. Enrique;, pero 
aquel juego no se podía ganar. 

Vindicada con estas palabras su fama, quedó 
tan alegre como si les bubiera dado una bola. 

El conde de Onís, que en un principio se ha- 
bía mostrado jaranero, fué quedando poco á poco 
pensativo y amurriado. Jugaba sin atención al- 



EL MAESTRANTE 



31 



guna; de tal modo que sus compañeros le llama- 
ron al orden más de una vez. 

— Pero, conde, ¿qué es lo que tiene usted hoy? 
Le veo muy preocupado— dijo al fin D Pedro. 

— En efecto, ze noz ha puezto uzté mu triz- 
tón —corroboró Valero. 

Viéndose interpelado de este modo brusco, se 
turbó como si temiera que el casco de su cere- 
bro fuese trasparente y leyesen dentro. 

— No tiene nada de particular... Me siento 
bastante molesto de las muelas — respondió, ape- 
lando á un inocentísimo recurso. 

— Mala enfermedá e, compañero — dijo Valero. 

Y todos le compadecieron y se informaron con 
interés de las particularidades de la dolencia. 

El conde se veía apurado y contestaba vaga- 
mente á las preguntas. 

— Pues contra ese mal, señor conde — apuntó 
Saleta, — no hay mejor medicina que el hierro. 
Verá usted... Yo he padecido muchísimo de las 
muelas siendo estudiante. No me atrevía á sa- 
car ninguna; pero la patrona que tenía en San- 
tiago me convenció de que, atando un bramante 
á la muela y sujetándolo por el otro cabo al te- 
cho, poco á poco iba saliendo sin dolor. Me senté 
en una silla, ¿sabe usted? y cuando ya la muela 
estaba bien amarrada, la huéspeda tira de la 
silla y me deja colgando. ¡Claro, no tenía más 
remedio que saltar!... 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Valero comenzó á sacudir la cabeza de un 
modo desesperado. Los demás le miran y son- 
ríen. Saleta no lo advierte, ó finge no advertirlo, 
y continúa con la palabra firme y sosegada y el 
acento gallego que le caracterizaban: 

— Después perdí enteramente el miedo. En la 
Coruña me sacó un dentista cinco seguidas. 
Siendo juez en Allariz, tuve un fuerte dolor, 
y como no había dentista, el promotor me sacó 
tres con unas tenacillas de rizar el pelo su se- 
ñora. De resultas de eso me atacó una inflama- 
ción terrible en la boca, ¿sabe usted? Fui á Ma- 
drid, y Ludovisi, el dentista de la reina, me que- 
mó las encías con un hierro candente y me sacó 
siete buenas... 

— Van quince — murmuró Valero. 

— Y me quedé perfectamente, hasta que hace 
cuatro años, en un pueblecillo de la provincia de 
Burgos, estando de temporada en casa de un 
amigo, me volvió el dolor, ¡qué dolor! No había 
ni médico, ni cirujano, ni nada. Pero llegó ca- 
sualmente por allí un charlatán que sacaba las 
muelas montado á caballo. Me vi tan apurado, 
que no tuve más remedio que apelar á él; me 
sacó dos con el rabo de una cuchara. 

— ¡Compañero, qué rozario! — exclamó Valero 
en el colmo de la indignación. — ¿Le queaáuzté 
todavía algún novenario en la boca? 

Con la algazara que se armó despertóse Ma- 



EL MAESTRANTE 



33 



nín, desperezóse bárbaramente, abrió una boca- 
za de media vara, dejando escapar un aullido 
formidable, que impresionó al auditorio. Luego 
volvió el ciclópeo torso de medio lado y se dis- 
puso á empalmar el sueño. 

— ¿A tí no te habrán dolido nunca las muelas, 
eh, Manín? — preguntó el maestrante, que no 
podía estar un cuarto de hora sin comunicarse 
con su mayordomo. 

— ¡Quiá! — exclamó el gañán sin abrir los ojos 
siquiera. 

— ¡Es una roca! — manifestó el caballero con 
verdadero entusiasmo. 

Pero Manín se incorporó un poco en la 
butaca y dijo restregándose los ojos con los 
puños: 

— Nunca tuve más que un dolor en la paleti- 
lla. Me dio cargando un carro de hierba y me 
duró más de un mes. No probaba bocado. Pare- 
cía que tenía allá dentro una gafura que me iba 
royendo el cuajo. Se me quebraban las costillas, 
se me hundían los costados, me tiraba á las pa- 
redes, daba corcovos y regañaba los dientes como 
un basilisco. Estaba tan amarillo como la paja 
segada. Un día me dijo el señor cura: — Manín, 
tú careces del pecho. — ¡Yo carecer del pecho, 
señor cura! ¡No me conoce usted bien! Apalpe 
aquí por su vida; más recia tengo la entraña 
de lo que usted piensa. — Pues no hay más reme- 



3 



34 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dio, Manín, tienes que llamar al mélico. — Que 
no, señor cura, que no quiero yerbatos ni cata- 
plasmas. — Que sí, Manín, si no lo llamas tú lo 
llamo yo. — En fin, después de mucho gravitar, 
aunque yo tiraba siempre pa atrás, allá vino don 
Rafael, el mélico de las minas. Me mandó qui- 
tar hasta la camisa y me tumbó de espaldas so- 
bre la masera. Enseguida comienza á darme 
unos golpecicos en el pecho con los nudillos, 
como quien llama á la puerta. Pega aquí, pega 
allá, y ascucha que ascucharás con la oreja arri- 
mada á la carne. ¡Na! Yo decía: — ¡Gravita, 
gravita, probiquín! ¡Busca el puzcalabre! Más 
de media hora llamando con los nudillos y as 
cuchando. Hasta que al fin se cansó de no oir na 
que le emportase... — ¡Ay, amigo del alma! — 
me dijo santiguándose, — tienes un pecho ¡líqui- 
do! ¡líquido! que en mi vida he visto otro igual... 
— Eso ya lo sabía yo, D. Rafael... 

Al llegar aquí se detuvo repentinamente, y 
paseando una torva mirada por el auditorio, 
masculló sin que le oyesen: 

— ¿De qué se reirán estos burros? 

Y dejando caer de nuevo la cabeza poblada 
de greñas sobre la butaca, cerró los ojos con so- 
berano desprecio. 

Los tertulios delmaestrante volvieron su aten- 
ción al juego, sin dejar de reir. Pero el conde 
quedó muy pronto pensativo y distraído otra vez. 



EL MAESTRANTE 



35 



Al cabo, no pudiendo reprimir el desasosiego de 
sus nervios, levantóse de la silla. 

— Vamos, D. Enrique, ocupe usted mi pues- 
to. Este dolor me molesta mucho y necesito mo- 
verme. 



II 



El hallazgo. 



nXiy uando el conde puso de nuevo el pie 
j¿xL en la sala, justamente se disponían 
( los pollos á bailar un rigodón. Una 
de las chicas del Jubilado estaba ya delante 
del piano. D. Cristóbal Mateo, á quien apoda- 
ban de este modo en el pueblo, era un anti- 
guo empleado que había servido muchos años 
en Filipinas, y que estaba jubilado hacía ya al- 
gunos, con treinta mil reales. Tenía porte mili- 
tar, una figura realmente marcial con sus bigo- 
tazos blancos, ojos saltones, cejas espesas y ve- 
lludas manos. Sin embargo, en todos los domi- 
nios españoles no existía hombre más civil. 



38 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Había hecho su carrera en las oficinas de Ha- 
cienda, y toda la vida había profesado ideas con- 
trarias al predominio déla milicia. Sostuvo siem- 
pre que las sanguijuelas del Estado no eran ellos, 
los empleados, sino el ejército y la marina. Para 
demostrarlo aducía datos, exhibía notas sacadas 
del presupuesto, se perdía en divagaciones bu- 
rocráticas. Decía que el presupuesto de guerra, 
«era la sangría suelta por donde se escapaban las- 
fuerzas vivas de la nación,» frasecilla que había 
leído en el Boletín de Contribuciones Indirectas, y 
que había hecho suya con extremada fruición. 
Llamaba vagos á los soldados y profesaba ren- 
cor inextinguible á los galones y charreteras. 
Cuando el ayuntamiento de Lancia trató de pe- 
dir al Gobierno que enviase un regimiento para 
guarnecer la ciudad, se opuso, como concejal, 
tenaz y enérgicamente á ello. ¿Á qué traer una 
caterva de zánganos? En cambio de los benefi- 
cios que la estancia del regimiento podría repor- 
tar, ¡eran tantos los daños! El mercado se en- 
carecería: los jefes y oficiales gustaban de tra- 
tarse bien y llevarse á casa los alimentos más 
caros (¡para el trabajo que les costaba ganar- 
lo!). Luego eran todos jugadores y su mal ejem- 
plo contagiaría á los jóvenes déla población, que 
fuera de la época de ferias, se abstenían de los 
juegos prohibidos. Como estaban siempre ocio- 
sos (D. Cristóbal creía firmemente que un mili- 



EL MAESTEANTE 



39 



tar no tiene absolutamente nada que hacer), por 
fuerza habían de pensar en picardías y ruinda- 
des. En resumen, que el regimiento sería causa 
de perturbación en el pueblo y un elemento co- 
rruptor. Prevaleció su deseo, aunque no por 
serlo de él, sino porque al ministro de la Guerra 
no le plugo mandar soldados á Lancia, conside- 
rando quizá la condición mansa de sus habi- 
tantes. 

Con los treinta mil reales de pensión viviría 
desahogadamente en un pueblo barato como 
aquél, si no fuese porque sus hijas estaban do- 
tadas de cierta fantasía poética que las impul- 
saba á preferir los sombreros de Madrid á los 
que hacía Rita, la sombrerera de la calle de San 
Joaquín, y los guantes de ocho botones á los de 
cuatro. Tal privilegiado temperamento era cau- 
sa de frecuentes crisis en el hogar del Jubilado, 
con su cortejo de lágrimas, violentos portazos, 
repentina desgana de comer, etc. En estos te- 
rribles conflictos, hay que confesar que D. Cris- 
tóbal no siempre se mantenía á la altura de 
energía y coraje que denotaban sus bigotes y 
sus cejas enmarañadas. Verdad que siempre 
quedaba solo en la pelea. Ni por casualidad se 
dió el caso de que alguna de sus hijas le apo- 
yase. Tratándose de asuntos ajenos á la direc- 
ción rentística de la casa, muchas veces se par- 
tían las opiniones; algunas hijas se ponían de 



40 . ARMANDO PALACIO VALDÉS 



parte de papá contra sus hermanas. Mas en 
cuanto asomaba el problema económico, cons- 
tantemente se veía al Jubilado de un lado y á las 
cuatro hijas de otro. D. Cristóbal, como caudillo 
experimentado, apelaba en estas refriegas á mil 
ardides para derrotar á sus contrarios, ó para 
capitular en buenas condiciones. Un día ama- 
necían las chicas inspiradas, y pedían botinas 
de tafilete semejantes á las que habían visto á 
tal ó cual muchacha de la ciudad, generalmente 
á Fernanda Estrada-Rosa. D. Cristóbal se re- 
plegaba inmediatamente en sí mismo. Se reple- 
gaba y meditaba. Por la noche, á la hora de ce- 
nar, deslizaba en la conversación la noticia de 
que había estado en La Innovadora (zapatería de 
lujo). Le habían dicho que las botas de tafilete 
daban muy mal resultado en Lancia, á causa de 
la humedad. Por otra parte, D. Nicanor (médi- 
co de la ciudad), que por casualidad estaba allí, 
había manifestado que el tafilete era funesto en 
climas tan fríos y lluviosos, y que por los 
pies se pillaban muchísimas veces los catarros 
que más tarde degeneraban en tisis galopan- 
tes, etc. Antes, mucho antes de que Mateo 
terminase su diatriba contra el tafilete, se la 
destripaban sus cuatro pimpollos con risas iró- 
nicas y pesadísimas palabras que dejaban con- 
fundido y triste al pobre viejo. En otras ocasio- 
nes, la imaginación acalorada de las niñas exi- 



EL MAE STE ANTE 



41 



gía que vinieran de Madrid unos abrigos muy 
lindos, de los cuales les había dado noticia 
Amalia: D. Cristóbal resistía algún tiempo los 
asaltos, pero viéndose muy apretado, capitulaba 
al fin. Su mente, fecunda en trazas, como la de 
Ulises, le sugería una magnífica para ahorrarse 
la mitad del dinero por lo menos. Se fué á Ama- 
lia y le rogó que le diese su abrigo por dos ó 
tres días, á fin de que una de las modistas del 
pueblo le hiciese otros cuatro iguales. Exigió- 
le, por supuesto, absoluto secreto, y la señora 
de Quiñones supo guardarlo. Pero ¡ay! no lo 
guardaron los fementidos abrigos, que al llegar 
muy empaquetaditos de la silla de posta, y al 
ofrecerse á las miradas ansiosas y zahoríes de 
sus cuatro dueños, lo pregonaron muy alto, por 
lo pobre de la ornamentación y lo chapucero del 
cosido. 

— Estos abrigos no están hechos en Madrid — 
dijo resueltamente Micaela, que era la más ner- 
viosa de las cuatro. 

— ¡Hija, no desbarres, por Dios! Pues ¿dón- 
de habían de estar? — exclama D. Cristóbal con 
afectada sorpresa, sintiendo cierto calorcillo en 
las mejillas. 

— No sé; pero desde luego se puede asegurar 
que no los han hecho en Madrid. 

Y las cuatro ninfas comienzan á dar vueltas 
entre sus ebúrneos dedos á los abrigos, los es- 



42 



ARMANDO PALACIO VALDJÉS 



tudian, los analizan con atento cuidado que 
pone en suspensión y espanto á su progenitor. 
Se dirigen miradas significativas, sonríen con 
desprecio, se hablan al oído. Mientras tanto, los 
feroces bigotes del jubilado de Ultramar se eri- 
zan, se estremecen con leve temblor que se co- 
munica á sus labios y de ahí al resto del orga- 
nismo. 

Por fin, aquellas elegantes criaturas sueltan 
las prendas con descuido escarnecedor sobre las 
sillas de la sala y corren á encerrarse en el ga- 
binete de Jovita. Cerca de media hora estuvie- 
ron deliberando secretamente. D. Cristóbal 
aguardaba inquieto y ojeroso, paseando con agi- 
tación por el corredor como un procesado que 
espera el veredicto del jurado. 

Abrese finalmente la puerta, y el criminal es- 
cruta con ansia el semblante de los jueces. Es- 
tos guardan actitud reservada, y por sus labios 
descoloridos vaga una sonrisa enigmática. Dos 
de ellas se ponen inmediatamente la mantilla y 
los guantes y se lanzan á la calle. Al cabo de un 
rato tornan al hogar trémulas, con la faz des- 
compuesta y los ojos centellantes. La pluma se 
resiste á narrar la cruel escena que se produjo 
en la dulce morada del Jubilado. ¡Cuánto grito 
rabioso! ¡cuánto sarcasmo! ¡cuánta carcajada 
histérica! ¡qué manoteo! ¡qué crujir de sillas! 
¡qué exclamaciones tan lamentables! Y enme- 



EL MAESTRANTE 



43 



dio de aquel espantoso desorden, de aquel fra- 
gor, capaz de infundir pavura en el corazón más 
sereno, los cuatro abrigos, causa de tal carnice- 
ría, desgarrados, convertidos en miserables ji- 
rones, arrastrándose con ignominia por el suelo 
en pago de su delito. 

Fuera de estos sacudimientos periódicos con 
que la sabia naturaleza vigorizaba los nervios 
un poco enervados ya del Jubilado, la existencia 
de éste se deslizaba pacífica y suave. Ni le fal- 
taban tampoco muchos y esmerados cuidados. 
Sus hijas se ocupaban á porfía en ponerle todo lo 
necesario á punto y en su sitio: la ropa acepilla- 
da; las camisas y los calzoncillos oliendo á fres- 
cura; las corbatas, hechas de vestidos viejos, tan 
flamantes como si saliesen de la guantería; las 
zapatillas en cuanto entraba en casa; el agua 
para lavarse los pies, los sábados; el cigarro al 
acostarse; el vaso de agua con limón á la ma- 
drugada, etc., etc. Todo marchaba con la regu- 
laridad dulce y mecánica que tanto placer causa 
á los viejos. Verdad que entre cuatro bien po- 
dían hacerlo sin molestarse mucho, sobre todo 
teniendo presente que las niñas no siempre es- 
taban inspiradas. Sólo á la vista de un sombrero 
caprichoso, ó al recibir la noticia de la llegada 
de una compañía dramática, ó al anunciarse que 
el Casino daría una reunión de confianza, ardía 
súbito en sus corazones el fuego sagrado de la 



44 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



inspiración, despertábanse sus poderosas facul- 
tades poéticas, y en arrebatado vuelo salían de 
casa y se lanzaban á la de la modista, á la 
guantería, á la perfumería, dejando en todos los 
parajes señales de su agitación y alguna parte 
del peculio profecticio. No aliándose bien los 
arrebatos de la fantasía con la prosa de los por- 
menores de la existencia, éstos sufrían alguna 
alteración. D. Cristóbal en aquellos periodos de 
crisis echaba menos, con pesadumbre, algu- 
nos retoques. Mas al poco tiempo sosegaban los 
espasmos de las pitonisas y las cosas volvían á 
su ser y la vida seguía el mismo curso ordenado 
y tranquilo. El nombre de aquéllas, por orden de 
edades, era el siguiente: Jovita, Micaela, Soco- 
rro y Emilita. Eran las cuatro, en apariencia, 
seres insignificantes, ni hermosas ni feas, ni 
graciosas ni desgraciadas, ni muy jóvenes ni 
viejas, ni tristes ni risueñas. Nada había en 
ellas que fijase la atención. No obstante, en el 
seno del hogar el carácter de cada cual se pro- 
nunciaba y adquiría relieve. Jovita era senti- 
mental y reservada; Micaela tenía el genio vio- 
lento; Socorro era la más pava, y Emilita la 
más pizpireta. 

Las dos intensas preocupaciones que llenaban 
la vida espiritual de D. Cristóbal Mateo eran la 
reducción del contingente del ejército y el casar 
á sus cuatro hijas, ó por lo menos á dos. Lo 



EL MAESTRANTE 



45 



primero llevaba buen camino: de algún tiempo 
atrás venían los políticos más conspicuos incli- 
nándose á esa opinión. En cuanto á lo segundo, 
nos duele confesar que no tenía verosimilitud de 
ninguna clase. Ni por sacrificar otras comodi- 
dades á los trapos, ni por exhibirse sin medida 
al balcón y en los paseos, ni por asistir á los 
saraos de Quiñones con una constancia digna 
de ser premiada, pudieron lograr hasta la hora 
presente los dones preciados de Himeneo. Cuan- 
do algún imprudente tocaba este asunto en visi- 
ta, todas ellas decían que mientras viviese su 
padre les costaría mucha pena el casarse; que 
les parecía cruel abandonar á un pobre anciano 
que tanto las quería y tanto se sacrificaba por 
ellas, etc.. Aquí venía un elogio caluroso de 
las dotes espirituales de D. Cristóbal. Pero éste 
se encargaba inocentemente de desmentirlas, 
mostrando tales ganas de verse abandonado, un 
deseo tan vivo de experimentar aquella cruel- 
dad, que ya era proverbial en Lancia. Como si 
no bastasen ellas solas á ponerse en ridículo, 
el pobre Mateo las ayudaba eficazmente, me- 
tiéndoselas por los ojos á todos los jóvenes casa- 
deros de la ciudad. 

Las ponderaciones que el buen padre hacía del 
carácter, de la habilidad, de la economía y buen 
gobierno de sus hijas no tenían fin. Así que lle- 
gaba un forastero á Lancia, D. Cristóbal no so- 



4G 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



segaba hasta trabar conocimiento con él, y acto 
continuo le invitaba á tomar café en su casa y le 
llevaba al teatro á su palco y á merendar al cam- 
po y le acompañaba áver las reliquias de la ca- 
tedral y la torre y el gabinete de historia natu- 
ral; todas las curiosidades, en fin, que encerra- 
ba la población. El público asistía sonriente, 
con mirada socarrona á aquel ojeo, que ya se 
había repetido porción de veces sin resultado. 
La única que logró tener novio durante tres ó 
cuatro años fué Jovita. Por eso fué también la 
que se despeñó de más alto. El galán era un 
estudiante forastero que la festejó mientras se- 
guía los últimos cursos de la carrera. Termi- 
nada ésta, partió á su pueblo y, olvidándose 
de sus promesas de matrimonio, lo contrajo con 
una paleta rica. Las demás no habían alcan- 
zado este grado excelso de la jerarquía amorosa. 
Inclinaciones vagas, devaneos de quince días, 
algún oseo por la calle; nada entre dos platos. 
Poco á poco se iba apoderando de ellas el frío 
desengaño. Aunque no hubiesen perdido la es- 
peranza, estaban fatigadas. Aquel pensamiento 
fijo, único, que las embargaba hacía ya tanto 
tiempo, iba convirtiéndose en un clavo doloroso 
en la frente. Pero D. Cristóbal ni se rendía ni se 
le pasaba por la imaginación el capitular. Creía 
siempre á pie juntillas en el marido desús hijas, 
y lo anunciaba con la misma seguridad que los 



EL MAE STB ANTE 



47 



profetas del Antiguo Testamento la venida del 
Mesías. - 

— En cuanto se casen mis hijas, en vez de pa- 
sar el verano en Sarrio, donde se guardan las 
mismas etiquetas que en Lancia, me iré á Rodi- 
llero á respirar aire fresco y á pescar robali- 
zas. — Atiende, Micaela, no seas tan viva, mujer... 
Comprende que á tu marido no le han de gustar 
esas genialidades; querrá que le contestes con 
razones... 

— Mi marido se contentará con lo que le den — 
respondía la nerviosa niña haciendo un gracioso 
mohín de desdén. 

— ¿Y si se enfada? — preguntaba en tono mali- 
cioso Emilita. 

— Tendrá dos trabajos: uno el de enfadarse y 
otro el de desenfadarse. 

• — ¿Y si te anda con el bulto? 

— ¡Se guardará muy bien! ¡Sería capaz de en- 
venenarlo! 

— ¡Jesús, qué horror!— exclamaban riendo las 
tres nereidas. 

Aquel marido hipotético, aquel ser abstracto 
salía á cada momento en la conversación con la 
misma realidad que si fuera de carne y hueso y 
estuviera en la habitación contigua. 

La que comenzaba ahora á teclear en el piano 
era Emilita, las más musical de las cuatro her- 
manas. Las otras tres estaban ya en pie, cogidas 



48 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á la manga de la levita de otros tantos jóvenes; 
como si dijéramos, en la brecha. 

El conde tropezó á los pocos pasos con Fer- 
nanda Estrada-Rosa que venía de bracero con 
una amiga. Por lo visto no había querido bailar. 
Era la joven que hacía más viso en la ciudad por 
su belleza y elegancia y por su dote. Hija única 
de D. Juan Estrada-Rosa, el más rico banquero 
y negociante de la provincia. Alta, metida en 
carnes, morena oscura, facciones correctas y 
enérgicas, ojos grandes, negrísimos, de mirar 
desdeñoso, imponente; gallarda figura realzada 
por un atavío lujoso y elegante que era el asom- 
bro y la envidia de las niñas de la población. No 
parecía indígena, sino dama trasportada de los 
salones aristocráticos de la corte. 

— ¡Qué elegantísima Fernanda! — exclamó el 
conde en voz baja, inclinándose con afectación. 

La bella apenas se dignó sonreír, extendiendo 
un poco el labio inferior con leve mueca de 
desdén. 

— ¿Cómo te va, Luis? — dijo alargándole la 
mano con marcada displicencia. 

— No tan bien como á tí... pero, en fin, voy 
pasando. 

— ¿Nada más que pasando?... Lo siento. A mí 
me va perfectísimamente; no te has equivoca- 
do — repuso en el mismo tono displicente, sin mi- 
rarle á la cara. 



EL MAESTRANTE 



49 



— ¿Cómo no, siendo en todas partes donde te 
presentas la estrella Sirio? 

— Dispensa, chico, no entiendo de astronomía. 

— Sirio es la estrella más brillante del cielo. 
Eso lo sabe todo el mundo. 

— Pues yo no lo sabía... ¡Ya ves, como soy una 
paleta! 

— No es cierto; pero está muy bien la modes- 
tia, unida á la hermosura y al talento. 

— No; si ya sé de sobra que no tengo talento. 
No te mortifiques en decírmelo. 

— Hija, te acabo de manifestarlo contrario... 

En el tono displicente de Fernanda iba en- 
trando un poco de acritud. En el del conde, 
pausado, ceremonioso, se advertía leve matiz de 
ironía. 

— Vamos, entonces te he entendido al revés. 

— Algo de eso ha habido siempre. 

— ¡Caramba, qué galante! —exclamó la joven 
empalideciendo. 

— Siempre que has pensado que pudiera de- 
cirte algo desagradable — se apresuró á rectifi- 
car el conde, advertido por el cambio de fiso- 
nomía de la idea que cruzaba por su mente. 

— Muchas gracias. Estimo tus palabras como 
se merecen. 

— Harías mal en no estimarlas sinceras... 
Además, no necesito yo decirte lo mucho que 
vales. Eso lo sabe todo el mundo. 



4 



50 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



— Gracias, gracias. ¿ Te has cansado de 
jugar? 

— Me duelen un poco las muelas. 

— Sácatelas. 

—¿Todas? 

—Las que te duelan, hijo. ¡Ave María! 

— ¡Con qué indiferencia lo dices! ¿Á ti no te 
importaría nada, por supuesto? 

— Yo siento siempre los males del prójimo. 

— ¡El prójimo! ¡Qué horror! No tenía noticia 
de haber llegado ya á la categoría de prójimo. 

— Qué quieres, chico; los honores vienen 
cuando menos se piensa. 

Apesar de lo impertinente y hasta agresivo 
del tono, Fernanda no se movía del sitio, te- 
niendo siempre cogida del brazo á la amiguita, 
que no desplegaba los labios. Fijándose un poco, 
se podría observar que la rica heredera 'estaba 
muy nerviosa. Con el pie daba golpecitos en el 
suelo, apretaba en su mano con vivas contrac- 
ciones el pañuelo y sus labios temblaban de 
modo casi imperceptible. Alrededor de los her- 
mosos ojos árabes se marcaba un círculo más 
pálido que de costumbre. Aquel pugilato la in- 
teresaba. 

El conde de Onís habia sido de sus novios el 
que más tiempo había durado. Al aparecer Fer- 
nanda en sociedad, y aun antes, cuando era 
una zagalita que iba con la criada al colegio, 



EL MAESTRANTE 



51 



produjo su figura, su elegancia y sobre todo la 
amenaza de los seis millones que iban á caer, 
andando el tiempo, en su regazo, una verdadera 
«explosión de entusiasmo. No hubo joven más ó 
menos gallardo ó acaudalado que por iniciativa 
propia ó por las insinuaciones de su familia no 
se resolviese á pasearle la calle, á esperarla á la 
salida del colegio, á mandarle cartitas y á decir- 
le requiebros en el paseo. De Sarrio, de Nieva y 
de otras poblaciones de la provincia acudieron 
también, con pretexto de las ferias, algunos go- 
losos. La niña, ufana con tanto acatamiento, 
embriagada por el incienso, no se daba punto de 
reposo tomando y soltando novios. Era raro el 
galán que duraba más de un par de meses en su 
gracia. En realidad ninguno estaba en posición 
de merecerla. En Lancia y en el resto de la pro- 
vincia no había quien tuviera hacienda propor- 
cionada á su dote. Si alguno existía, no esta- 
ba por su edad habilitado para casarse con tan 
tierno pimpollo. Sería algún indiano averiado 
por los ardores tropicales, ó mayorazgo rústico 
y solitario de los que vivían en sus casas sola- 
riegas. Sin necesidad de que su padre se lo ad- 
virtiese, la niña comprendía admirablemente que 
ninguno le convenía; pero gozaba coqueteando 
con todos, haciéndose adorar de la juventud la- 
ciense. Entre ésta existía, sin embargo, un man- 
cebo hacia el cual ninguna doncella de la ciudad 



53 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



había osado levantar los ojos hasta entonces con 
anhelos matrimoniales. Era el conde de Onís. Por 
su alta jerarquía, más respetada en provincia 
donde se tributa á la nobleza un culto que delata 
al villano y al siervo bajo la levita del burgués, 
por su cuantiosa renta, por el apartamiento de 
su vida y hasta por el misterio y silencio de su 
palacio antiquísimo, parecía habitar en atmós- 
fera más elevada, al abrigo de las flechas de 
todas las beldades indígenas. 

Pues por ello precisamense nació en el pecho 
de Fernanda un deseo, primero vago, después 
vivo y anhelante, de rendirle. Esto es muy hu- 
mano y sobre todo muy femenino: no necesita 
explicación. En el fondo de su alma, la hija de 
Estrada-Rosa sentíase inferior al conde de Onís. 
Sin embargo, tanta era la lisonja que había es- 
cuchado en poco tiempo, tan refulgente el brillo 
que esparcía sobre su vida el dinero del papá, 
que bien podía aspirar á hacerle su marido. Si 
no lo pensaba así, al menos figuraba pensarlo 
hablando del conde, por detrás, concierta displi- 
cencia y con afectada familiaridad por delante. 
En Lancia, como en todas las capitales peque- 
ñas, los muchachos y muchachas solían tutear- 
se. El conocerse desde niños y haber acaso ju- 
gado en el paseo juntos lo autorizaba. El conde 
de Onís jamás había cruzado la palabra con Fer- 
nanda, aunque la tropezase á cada momento en 



EL MAESTKANTE 



53 



la calle. Sin embargo, cuando se encontraron por 
primera vez en la tertulia de las de Meré, la her- 
mosa le soltó un tu redondo y suprimió el título. 
Luis aquí, Luis allá: parecía que iba á comerle 
el nombre. Á éste le sorprendió un poco la con- 
fianza, sin desagradarle. Á nadie le duele oirse 
tutear por una linda damisela. Apesar de la na- 
turaleza concentrada y tímida del conde y de su 
escasa afición á las mujeres, Fernanda se dió 
maña para hacerle pronto su novio ó al menos 
para hacerle pasar por tal á los ojos del público. 
El cual halló tal noviazgo perfectamente justifi- 
cado. En Lancia no había otro marido para Fer- 
nanda ni otra mujer para el conde. La distancia 
que los separaba era retrospectiva; estaba en los 
antepasados. La población creía que, en gracia 
de la belleza, el dinero y la brillante educación 
de la joven, el conde de Onís se hallaba en el 
caso de olvidar los doscientos gañanes que la ha- 
bían precedido. 

Cerca de un año duraron las relaciones. Los 
novios se veían en la tertulia de las señoritas 
de Meré. D. Juan Estrada-Rosa, al decir de sus 
íntimos, se hallaba muy complacido. Varias ve- 
ces se había insinuado con el conde para que en- 
trase en la casa; pero éste no le había compren- 
dido ó había fingido no comprenderle. Fernanda 
se lo propuso con claridad un día. Él se evadió 
como pudo del compromiso. ¿Era timidez? ¿Era 



54 



ARMANDO PALACIO VALBÉS 



orgullo? La misma Fernanda no se daba cuenta 
de ello. Pero esta reserva contribuía á encender 
su afección y anhelo. De pronto, cuando menos 
se pensaba, cuando ya el público comenzaba á 
preguntarse por qué se retrasaba la boda, cortá- 
ronse aquellas relaciones. Se cortaron sin escán- 
dalo, de un modo diplomático y sigiloso, tanto, 
que hacía ya más de un mes que no existían 
cuando todavía la población no estaba enterada 
y los amigos les seguían embromando. El hecho 
produjo fuerte sensación; se comentó en todas 
las tertulias hasta lo infinito. Nunca se pudo 
averiguar qué había habido, ni aun á cuál de los 
dos correspondió la iniciativa de esta ruptura. 
Si se preguntaba al conde, afirmaba rotunda- 
mente que Fernanda le había dejado; mas ponía 
demasiado empeño en esta afirmación para que 
no empezara á dudarse de su sinceridad. La he- 
redera de Estrada-Rosa, sin manifestar nada en 
concreto, corroboró las palabras de su novio 
con el tono desabrido que usó hablando de él, 
lo mismo que al dirigirle la palabra. Porque si- 
guieron tratándose, si no con tanta frecuencia, 
con bastante: ambos acudían á la tertulia donde 
se conocieron. Además, Fernanda, poco tiempo 
después, comenzó á asistir á los saraos de los 
domingos en casa de Quiñones. Pero nunca más 
reanudaron sus rotas relaciones. Los asistentes 
suspendían la respiración y ponían toda su alma 



EL MAESTBANTE 



55 



en los ojos, siempre que, como ahora, los anti- 
guos novios se tropezaban y departían un rato. 
¿Volverán á las andadas? ¿Habrá, por fin, boda? 
El desengaño venía inmediatamente al observar 
la indiferencia con que se apartaban. 

Cuando iba á contestar á las últimas palabras 
de la orgullosa heredera, los ojos del conde, de- 
rramando una mirada distraída por el salón, tro- 
pezaron con otros que se le clavaron lucientes y 
celosos. Alargó la mano á su amiga y con sonri- 
sa forzada dijo: 

— ¡Qué mal me estás tratando, Fernanda! 
Como siempre, por supuesto... Yo, sin embargo, 
ya sabes... el mismo devoto idólatra. Hasta 
ahora. 

— Siento que esa devoción no me cause frío 
ni calor — replicó ella sin dar un paso para apar- 
tarse. 

El conde lo dió alzando los hombros con re- 
signación y diciendo: 
— ¡Más lo siento yo! 

Sorteando las parejas de baile, que ya habían 
comenzado el rigodón, llegó de nuevo adonde 
estaba el ama de la casa. Al lado de ésta se ha- 
llaba en aquel instante el famoso Manuel Anto- 
nio, uno de los personajes más digaos de men- 
ción en la época que estamos historiando. Se le 
conocía tanto por el apodo el marica de Sierra 
como por su nombre. 



56 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



Esto basta para que sepamos en cierto modo 
á qué atenernos respecto á sus propiedades mo- 
rales y físicas. Manuel Antonio no era joven. 
Frisaría en los cincuenta años, disimulados con 
esfuerzo heroico por toda la batería de afeites co- 
nocidos entonces en Lancia, que no eran muchos 
ni muy refinados. Una peluca bastante rudimen- 
taria, algunos dientes postizos mal montados, un 
poco de negro en las cejas y de carmín en los 
labios, mucho' patchouií y un traje de fantasía 
apropiado para realzar los residuos de su belle- 
za. Esta había sido espléndida; una rara perfec- 
ción de rostro y de talle. Alto, delgado, esbelto, 
facciones correctas, diminutas, cabellos rubios, 
finos, cayendo en graciosos bucles, mejillas son- 
rosadas y voz atiplada. De este conjunto primo- 
roso quedaba tan só!o una sombra por donde pu- 
diera adivinarse. La enhiesta espalda se había 
abovedado; los hermosos bucles se habían desva- 
necido como un sueño feliz; algunas arrugas in- 
decorosas surcaban aquella tersa frente, y la fila 
de perlas, que ostentaba su boca, se había trans- 
formado en carrera de huesos amarillos, desven- 
cijados, que el tiempo había quintado y el den- 
tista torpemente sustituido. Por último, aquel 
pequeño bigote sedoso había engrosado notable- 
mente, se hizo blanco, cerdoso, indómito; no 
bastaban el tinte y el cosmético á mantenerlo 
presentable. ¡Qué dolor para el hermoso herma- 



EL MAESTilANTE 



57 



frodita de Lancia y también para los amigos 
que le habían conocido en el esplendor de su 
gracia! 

El espíritu permanecía tan juvenil como á los 
diez y ocho años. Era el mismo ser apasionado 
y tierno, dulce unas veces, iracundo y terrible 
otras, marchando al soplo de sus caprichos, vi- 
viendo en lánguida ociosidad. Gozaba tanto las 
delicias del baño, que lo repetía tres y más ve- 
ces, hasta que el agua quedase cristalina como 
al salir de la fuente; amaba las flores, los pája- 
ros; no tenía más placer que consultar con el 
cristal del espejo los adornos que le sentarían 
mejor. Los trajes, por atracción irresistible, 
siendo masculinos, se acercaban cuanto era po- 
sible á la forma femenina. En el invierno gas- 
taba talmita corta con broche de oro , y un 
sombrero tirolés de alas reviradas, que le sen- 
taba extremadamente bien. En el verano gus- 
taba de vestirse trajes de franela blanca bien 
ceñidos, que denunciasen las graciosas curvas 
de sus formas. Las corbatas eran casi siempre 
de gasa, los zapatos descotados, el cuello de 
camisa á la marinera. Por debajo del puño se le 
veía un brazalete. Aunque no fuese más que un 
sencillo aro de oro, este pormenor era lo que 
más llamaba la atención de sus conciudadanos. 
En cuanto se hablaba de Manuel Antonio salía 
el dichoso brazalete á relucir; como si no hu- 



58 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



biese nada en su interesante figura más digno de 
excitar la curiosidad. 

Pero si los años no habían logrado modificar 
en el fondo aquel ser amable y creado para el 
amor, habíanle hecho, sin embargo, más cauto, 
más reservado. Ya no mostraba sus preferencias 
con la ingenuidad de otros tiempos, ni daba 
suelta á los súbitos arranques de su corazón in- 
flamable sino después de poner á prueba la leal- 
tad del objeto de su ternura. ¡Había padecido 
tantos desengaños en la vida! Sobre todo, al ha- 
cerse viejo, no sólo experimentó la frialdad de 
sus antiguos amigos, de aquellos que le habían 
dado pruebas inequívocas de cariño, sino, lo 
que es aún más triste, encontróse, sin pensarlo, 
sirviendo de blanco á las chufletas é invectivas 
de los mozalbetes de la nueva generación. Fué 
el hazmerreír de estos procaces jóvenes. Como 
no habían sido testigos de sus triunfos ni cono- 
cieron su radiante belleza, estaban lejos de pro- 
fesarle el respeto que, apesar de todo, guardaba 
hacia él la antigua generación. No perdonaban 
medio de embromarlo, de vejarlo bárbaramente. 
En cuanto se paraba en la calle de Altavilla 6 
entraba en el café de Marañón, ya estaba rodeado 
de una partida de guasones. ¡Cristo, las frases 
que allí se oían! Y como villanos que eran, á 
menudo del juego de palabras pasaban al de 
manos. Esto era lo que en modo alguno podía 



EL MAESTRANTE 



59 



sufrir Manuel Antonio. Que hablasen lo que qui- 
sieran. Tenía bastante correa, y además un in- 
genio vivo y sutil que recogía admirablemente 
el ridículo y sabía dar en rostro con él á sus 
contrarios. La mayor parte de las veces los que 
iban á «tomarle el pelo» salían muy bien tras- 
quilados. Los años, la práctica, le habían adies- 
trado de tal modo en el pugilato de frases inci- 
sivas que realmente era temible. Tenía la in- 
tención de un miura. Pero así que aquellos des- 
vergonzados pasaban de las palabras á las 
obras tocándole la cara ó pellizcándole, ya es- 
taba descompuesto, perdía enteramente los es- 
tribos y no decía cosa intencionada ni siquiera 
razonable. Superfluo es añadir que, conociéndo- 
le el flaco, todas las bromas terminaban en esta 
forma. 

Por lo demás, fuera de aquella maligna in- 
tención para herir en lo vivo á las personas, en 
lo cual podía competir y aun creemos que aven- 
tajaba á María Josefa, era un ser útil y servi- 
cial. Su malignidad, al cabo de todo, era re- 
sultado de la que á él se le mostraba. Sus habi- 
lidades muchas y varias. Trabajaba el punto de 
crochet que daba gloria. Las colchas que él ha- 
cía no tenían rival en Lancia. Arreglaba un al- 
tar y vestía las imágenes mejor que ningún sa- 
cristán. Tapizaba muebles, hacía flores primo- 
rosas de cera, empapelaba habitaciones, bordaba 



60 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



con pelo, pintaba platos. Y cuando alguna de 
sus muchas amigas necesitaba peinarse artísti- 
camente para asistir á cualquier baile, Manuel 
Antonio se prestaba galantemente á arreglarle 
los cabellos, y lo hacía con la misma destreza y 
gusto que el mejor peluquero de Madrid. ¿Pues 
y cuando cualquiera de sus amigos se ponía en- 
fermo? Entonces era de ver el interés, la cons- 
tancia y la suma diligencia de nuestro viejo 
Narciso. Se constituía inmediatamente á la ca- 
becera del lecho, tomaba cuenta de las medici- 
nas, arreglábale la cama, poníale los vejigato- 
rios ó las ayudas lo mismo que el más diestro 
practicante. Luego, si la enfermedad por desgra- 
cia presentaba mal carácter, sabía insinuar como 
nadie la idea de confesión; de tal modo que el 
enfermo, en vez de asustarse, la aceptaba como 
la cosa más natural y corriente. Y en cuanto le 
veía convencido, empezaba á tomar disposicio- 
nes para recibir á Su Divina Majestad: la dama 
más avezada á recibir gente principal en sus sa- 
lones no le sacaría ventaja. El altarcito con el 
paño almidonado atestado de chirimbolos relu- 
cientes, la escalera adornada con macetas, el 
suelo alfombrado de hojas de rosas, los criados 
y deudos esperando á la puerta con hachas en- 
cendidas y enguantados. No se le olvidaba un 
pormenor. En estos momentos críticos el ma- 
rica de Sierra se crecía, adoptaba el continente 



EL MAESTKAXTE 



63 



de un general al frente de sus tropas. Todos le 
obedecían y secundaban acatándole por jefe. 
Pues si el enfermo se moría, no hay para qué 
decir que su dictadura se hacía aún más omni- 
potente. Principiando por amortajar el cadáver 
y concluyendo por sacar del juzgado la partida 
de defunción, nada quedaba en las fúnebres cere- 
monias que él no mangonease. 

Y como quiera que las más veces había enfer- 
mos que cuidar, ó imágenes que vestir, ó ami- 
gas que peinar ó flores que contrahacer, Manuel 
Antonio pasaba la vida bastante atareado. En 
esto y en ir de casa en casa tomando y soltando 
noticias se le deslizaban los días y los años. Ha- 
bitaba con dos hermanas más viejas que él, 
las cuales le cuidaban y mimaban como á un 
niño. Para estas buenas señoras no existía el 
tiempo. Ni veían las arrugas, ni la peluca, ni los 
dientes postizos de su hermano. Manuel Antonio 
era siempre un pollito, un petimetre. Sus trajes, 
sus baños, las horas que empleaba en el tocado 
les hacían sonreír con benevolencia. Mientras 
ellas se quejaban amargamente de los estragos 
que los años iban causando en su figura y su sa- 
lud, pensaban que su hermano había detenido el 
curso de las horas, había hallado un elixir para 
mantenerse eternamente joven. 

Manuel Antonio era metódico en sus visitas. 
Había unas cuantas casas á las cuales asistía 



62 



ARMANDO PALACIO VALDKS 



diariamente y siempre á la misma hora. Á casa 
de D. Juan Estrada-Rosa iba á las tres, á la 
hora del café; con la condesa de Onís tomaba 
chocolate todas las tardes; por la noche era ter- 
tulio asiduo de la señora de Quiñones. Había 
otras familias que visitaba también con mucha 
frecuencia. A casa de María Josefa Hevia y de 
las de Mateo solía ir por la mañana, sin dete- 
nerse mucho, dando una vuelta para enterarles 
de lo que se decía ó inspeccionar sus labores. 
Alguna noche iba también á casa de las señori- 
tas de Meré. 

— ¡Aquí tenemos al conde! — exclamó con su 
peculiar entonación afeminada. — ¡Ay, qué con- 
decito tan guasón! 

— ¿Pues? — preguntó éste acercándose. 

— Pregúntaselo á Amalia. 

La sonrisa que plegaba los labios del noble se 
desvaneció repentinamente. 

— ¿Cómo?... ¿Qué tiene que ver?... — dijo con 
mal disimulada turbación. 

También Amalia se turbó. Sus pálidas meji- 
llas se colorearon. 

— Hemos estado murmurando de tí. ¡Qué 
traje te hemos cortado, chico! 

— Aquí Manuel Antonio — profirió Amalia — 
decía que era usted el perro del hortelano. 

— No; tú eras quien lo decías. 

Otra de las particularidades de aquél era el 



EL MAESTRANTE 



63 



tutear á todo el mundo, grandes y chicos, seño- 
ras y caballeros. 

— ¡Yo! — exclamó la dama. 

— ¿Y por qué soy el perro del hortelano?... 
Sepamos. 

— Pues decía Amalia que ni querías comerte 
la carne ni permitir que la coma D. Santos. 

— ¡Vamos! ¿Quieres callarte, embustero? — 
dijo la señora, medio irritada, medio risueña, 
dándole un pellizco. 

— ¿Qué se habla de D. Santos? — preguntó un 
caballero muy corto y muy ancho, de faz mofle- 
tuda y violácea, acercándose ál grupo. 

El conde y Amalia no supieron qué res- 
ponder. 

— Se decía que D. Santos tenía pensado lle- 
varnos un día á su posesión de la Castañeda y 
darnos un banquete — manifestó Manuel Antonio 
con desparpajo. 

— No; no era eso — repuso el hombre rechon- 
cho con forzada sonrisa. 

— Sí tal. Amalia sostenía que no eras capaz 
de llevarnos á pasar un día á la Castañeda. 

— ¡Pero, hombre, tú te has empeñado en po- 
nerme hoy colorada! — dijo aquélla. 

— Porque soy un buen amigo. Como te veo 
pálida estos días... Bien puedes creerlo, Santos, 
yo tengo mucha mejor idea de tu esplendidez 
que la mayoría del pueblo... No conocéis bien á 



64 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



D. Santos, les digo muchas veces á los que sos- 
tienen que á tí te duele gastar el dinero. Si 
D. Santos no gasta, no obsequia á sus amigos, 
no es por avaricia, sino por indolencia, porque 
no se le presenta ocasión. El hombre es tímido 
de suyo y no es capaz de proponer banquetes ni 
giras; pero que otro le apunte la idea, y veréis 
con qué gusto la acepta... 

— Gracias, gracias, Manuel Antonio — mur- 
muro D. Santos con la risa del conejo. 

Se le conocía el gran temor y molestia que 
le embargaban. Como muchos de los indianos, 
apesar de ser irimensamente rico, tenía fama 
de avariento, y no injustificada. Había llega, 
do pocos años hacía de Cuba, donde cargan- 
do primero cajas de azúcar y luego vendiéndo- 
las se enriqueció. Vino hecho un beduino, sin 
noticia alguna de lo que pasaba en el mundo, 
sin saber saludar, ni proferir correctamente una 
docena de palabras, ni andar siquiera como los 
demás hombres. Los treinta años que permane- 
ció detrás de un mostrador le habían entumeci- 
do las piernas. Marchaba tambaleándose como 
un beodo. El color subido de sus mejillas era 
tan característico, que en Lancia, donde pocas 
personas se escapaban sin apodo, lo designaron 
al poco tiempo de llegar con el de Granate. En- 
medio de su miseria le gustaba dar en rostro con 
las riquezas que poseía. Edificó una casa sun- 



EL MAESTE ANTE 65 



tuosísima; trajo mármol de Carrara, decorado- 
res de Barcelona, muebles de París, etc. Y, 
sin embargo, apesar de las sumas cuantiosas 
que en ella gastó, al saldar la cuenta del clavero 
¡se empeñaba en que descontase del peso el pa- 
pel y las cuerdas en que venían envueltas las 
puntas de París! Cuidadosamente había ido 
guardando en un rincón tales despojos con ese 
objeto. Así que terminó la casa, ocupó el piso 
principal y alquiló los otros dos. Y empezó su 
martirio, un martirio lento y terrible. Las cria- 
das y los niños del segundo y tercero fueron sus 
sayones. Si sentía fregar los suelos del segundo, 
poníase de mal humor: la arena desgastaba el 
entarimado. Si veía rayado el estuco de la esca- 
lera por la mano bárbara de algún chiquillo, se 
le encendía la cólera y murmuraba palabras si- 
niestras y amenazas de muerte. Si escuchaba 
cerrarse una puerta con violencia, aquel golpe 
repercutía dolorosamente en su corazón: las bi- 
sagras se desencajaban, todos los pestillos se 
echaban á perder. En fin, con tal sobresalto vi- 
vía, que le acometió una pasión de ánimo y co- 
menzó á decaer visiblemente. Un su amigo tan 
miserable como él, pero más vividor, le aconse- 
jó que dejase la casa y se trasladase á otra. Así 
lo hizo, tornando á la posada que le había alber- 
gado mientras construyó el palacio. 

Pero faltaba á D. Santos el complemento 

5 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



obligado de todos los que se enriquecen cargan- 
do cajas de azúcar en América: le faltaba con- 
traer matrimonio con una mujer de categoría, 
joven ó vieja, fea ó bonita. Ninguno de sus cole- 
gas aceptó jamás por esposa á una menestrala. 
Granate no podía ser menos que ellos. Al con- 
trario, teniendo más dinero que ninguno, lo na- 
tural es que les aventajase en anhelos poderosos. 
Y fué á poner sus ojos redondos y encarnizados 
en la joven más linda, más rica y más encopeta- 
da de la ciudad: en Fernanda Estrada-Rosa nada 
menos. El suceso causó admiración y risa en el 
vecindario. Por muy alta idea que en Lancia 
tuviesen del poder del dinero, nadie imaginaba 
que fuese poderoso á realizar semejante empre- 
sa. ¡Casar á la joya de la provincia con este oso 
colorado! A la niña le produjo pasmo é indigna- 
ción. Luego lo tomó á broma. Luego volvió á 
indignarse. Después tornó á reírse. Por fin se fué 
acostumbrando á que Granate la festejase y 
hasta encontró cierta satisfacción de amor pro- 
pio en recibir sus agasajos y en darle toda clase 
de desprecios. Pero él no cejaba. Con la tenaci- 
dad del abejorro que se empeña en salir por un 
cristal y se estrella cien veces contra el obstácu- 
lo, las calabazas, los desdenes y hasta las burlas 
no le hacían retroceder más que momentánea- 
mente. Al día siguiente volvía como si tal cosa 
á romperse la cabeza contra el desprecio de la 



EL MAESTRANTE 



G7 



orgullosa heredera. Pensaba sinceramente que 
«1 verdadero obstáculo para el logro de sus afa- 
nes estaba en el conde de Onís. Confesábase que 
Fernanda sentía algún interés por él, ó mejor 
dicho por su título, y se propuso ir á Madrid y 
comprar á peso de oro otro para ponerse á la al- 
tura de su rival. Luego le dijeron que el Papa 
los daba más baratos y cambió de proyecto. 
Mientras tanto se vengaba odiando de muerte al 
gallardo conde, y burlándose, cuando la ocasión 
se presentaba, de su vetusto y deteriorado case- 
rón. El conde poseía una gran riqueza en tie- 
rras, pero sus rentas no podían compararse á las 
del opulento Granate. 

— Y si no, ya veréis el día que se case, ¡qué 
cambio en la población! — prosiguió Manuel An- 
tonio. —Tendremos banquetes á diario y bailes 
y giras campestres... 

— ¡Pero si á Fernanda no le gustan los bai- 
les! —exclamó Emilita Mateo, que bailaba con 
Paco Gómez y daba la espalda al grupo. 

—Yo no he hablado para nada de Fernanda, 
niña —repuso el marica en tono severo. 

— Pensé que, tratándose de matrimonio y de 
D. Santos, eso se sobrentendía. 

— Pues no sobrentiendas más y aplícate á bai- 
lar con Paco, porque, según mis cálculos, dura- 
rá cinco minutos. 

Paco Gómez era un joven flaco, flaquísimo, 



68 



AE MANDO PALACIO VALDÉS 



alto hasta tropezar en el dintel de las puertas,, 
con una- cabecita menuda como una patata, el 
rostro tan macilento que parecía, en efecto, ca- 
minar por el mundo con permiso del enterrador. 
Y con estas propiedades corporales el espíritu 
más humorístico de la población. 

— ¡Ole mi niña! — exclamó poniéndose en ja- 
rras frente al marica. — Lo único por lo que sien- 
to morirme es por no ver más estos seres pre- 
ciosos, encantadores. 

Al mismo tiempo le cogió con dos dedos la 
barba. 

Ya sabemos que Manuel Antonio no podía su- 
frir tales juegos de manos delante de gente. 

— Vamos, pajalarga, quieto — exclamó ponién- 
dose serio y rechazándole. 

— ¿Que no eres precioso? Pero, hombre, ¡si 
eso salta á la vista!... ¡Miren ustedes qué boca! 
¡miren, por Dios, qué caída de ojos!... ¡miren qué 
nacimiento de pelo! 

Y quiso de nuevo tocarle la cara; pero Manuel 
Antonio lo rechazó con ímpetu dándole un fuer- 
te empujón. 

— ¡Caramba, qué severo está hoy Manuel An- 
tonio! — dijo el conde de Onís. 

— No importa — repuso Paco Gómez dejando 
escapar un suspiro. — Manos blancas no ofenden. 

En aquel momento le tocaba hacer una figura 
del rigodón y se alejó con Emilita. 



EL MAESTEANTE 



69 



María Josefa, que bailaba más lejos, se acercó 
un instante con su pareja, que era un teniente 
del batallón de Pontevedra. 

— j Vamos, D. Santos, no sea usted cruel! 
¿Por qué no va usted á hacer compañía á Fer- 
nanda, que está allí sola? 

En efecto, la amiguita de la rica heredera ha- 
bía hallado pareja para el baile. Fernanda se 
rentoy permanecía seria y pensativa. 

— Sí, sí; debes ir, Santos— manifestó Manuel 
Antonio. — Repara que la chica ha dejado una 
silla vacía á su lado... No puede insinuarse de 
modo más claro. 

Al decir esto hizo un guiño al conde. Este 
confirmó tales palabras. 

— Yo creo que es hasta un deber de cor- 
tesía... 

Granate le echó una mirada torva y preguntó 
sordamente: 

— Pues entonces, ¿por qué no va usted á sen- 
tarse á su lado? 

— Por la sencilla razón de que ya no tenemos 
nada que hablar... Pero usted es otra cosa. 

— Entendido, señor conde... No soy un niño — 
murmuró con mal humor. 

— Aunque no lo sea usted por la edad — dijo 
Amalia interviniendo oportunamente para evi- 
tar rozamientos, — lo es por la franqueza y es- 
pontaneidad de sus sentimientos, por la fres- 



70 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cura de corazón que otros con menos años no- 
tienen. Los niños aman con más sencillez y ve- 
hemencia que los hombres. 

— Pero los hombres hacen otra cosa más he- 
roica... ¡Se casan! — dijo Paco Gómez, que ya 
estaba de nuevo en su sitio con la pareja. 

— Hay ocasiones en que tampoco se casan — 
manifestó Manuel Antonio haciendo una im- 
perceptible mueca por donde Paco pudiese colé- 
gir que estaba pensando en María Josefa. 

— Bueno — replicó aquél dándose por entera- 
do. — Pero hay que convenir en que algunas ve- 
ces se necesita para ello un heroísmo superior á 
la naturaleza humana. 

La solterona, que las cogía por el aire, le 
clavó una mirada rencorosa y maligna. 

— ¡La naturaleza humana! — exclamó con dis- 
plicencia. — La naturaleza humana presenta al- 
gunas veces formas tan estrambóticas que hasta 
el heroísmo sería ridículo en ellas. 

Paco Gómez, sin desconcertarse, comenzó 
á palpar su rostro con ademanes cómicos, fin- 
giendo una muda resignación que hizo sonreír 
á los presentes. Amalia, para cambiar esta pe- 
ligrosa conversación, exclamó: 

— ¡Miren, miren cómo D. Santos se aprove- 
cha de nuestra distracción! 

En efecto, el indiano se había levantado en 
silencio de la silla y, sorteando las parejas de 



EL MAESTEANTE 



71 



baile, fué solapadamente á sentarse al lado de 
Fernanda. Ésta le dirigió una mirada fría y 
apenas se dignó responder á su saludo ceremo- 
nioso y ridículo. La faz rubicunda de Granate 
resplandecía, no obstante, como la de un dios 
seguro de su omnipotencia. Con las manazas 
anchas y cortas apoyadas sobre las rodillas, el 
cuerpo doblado hacia adelante y la cabeza le- 
vantada hasta donde le permitía la grosura del 
cerviguillo, sonreía beatamente enseñando una 
fila de dientes grandes y amarillos. Propúsose, 
como siempre, ser espiritual, y dijo: 

— ¿Ha visto usted qué ventrisca corre? 

La joven guardó silencio. 

— Ahora no importa nada — prosiguió — por- 
que ya están todos los frutos recogidos; pero si 
hubiera caído antes, no nos deja ni una castaña 
ni un grano de maíz; ¡je, je! 

Granate sintióse feliz al emitir esta idea, á juz- 
gar por la expresión de placer que brillaba en 
sus ojos. 

— Pero aquí no hace frío, ¿eh?... Yo no lo ten- 
go* ¡je, je!... Al contrario, siento un calor... Será 
porque los ojos de usted son doscalofer... caroli. . 

Otra vez todavía acometió la palabra calorífe- 
ros sin lograr dar cima á la empresa. Para disi- 
mular su impotencia fingió un golpe de tos. Su 
rostro violáceo adquirió cierta semejanza intere- 
sante con el de un ahorcado. 



72 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La hermosa, que tenía los ojos clavados en el 
vacío, volvió la cabeza hacia su adorador, le miró 
unos instantes con expresión vaga, distraída, 
como si no le viese. Levantóse de pronto y se 
alejó sin decir palabra para sentarse enfrente. 
El indiano quedó con la misma sonrisa estereo- 
tipada en el rostro; la mueca petrificada de un 
sátiro. Pero al volver la vista al grupo que aca- 
baba de dejar, viendo una porción de ojos risue- 
ños fijos en él, se puso repentinamente serio y 
mohíno. 

— ¡Qué partido tiene este Granate entre las 
chicas bonitas! — exclamó Paco Gómez. — Ya se 
lo decía yo el otro día. «Usted no necesitaba 
para nada ir á América habiendo mujeres ricas 
en el mundo. Usted tiene la fortuna en la fiso- 
nomía.» 

— Mira, condecito, ahora debes ir tú á sentar- 
te á su lado. Ya verás cómo no se levanta enton- 
ces — dijo Manuel Antonio. 

— Sí, sí, debe usted ir, Luis — apoyó María Jo- 
sefa.— Vamos á ver una cosa curiosa, á decidir 
si está ó no enamorada de usted. ¿Verdad, Ama- 
lia, que debe ir? 

— Sí, me parece que debe usted sentarse á su 
lado — dijo la dama. Su voz salió apagada y 
temblorosa. 

— ¿Cree usted? — preguntó el conde, mirándola 
con fijeza. 



EL MAESTRANTE 



73 



— Sí; vaya usted — replicó la dama con per- 
fecta serenidad ya, huyendo su mirada. 

— Pues usted me permitirá que la desobedez- 
ca. No quiero exponerme á un desaire. 

— ¡Qué importan los desaires á un enamora- 
do!... Porque usted, por más que diga, está ena- 
morado de Fernanda... Se le conoce á la legua. 

— A la legua será, porque lo que es de cerca 
ni pizca — manifestó Manuel Antonio. 

Y María Josefa y Emilita Mateo y Paco Gó- 
mez confirmaron con su risa la especie. 

Amalia insistió. Efectivamente, Luis lo disi- 
mulaba bien; pero como, por más esfuerzos que 
se hagan, siempre queda un cabo suelto, un res- 
quicio por donde sale la luz, ella había adivina- 
do hacía ya mucho tiempo que el conde, en lo 
profundo de su corazón, guardaba recuerdo muy 
grato de Fernanda. 

— Atiendan ustedes: hace algunos días se le 
ocurrió á Moro decir que tenía dos dientes pos- 
tizos. No pueden ustedes figurarse cómo se puso 
este hombre... Por poco le pega... 

— No tanto, no tanto — manifestó el conde 
sonriendo avergonzado. — Me expresé con cierta 
viveza porque me enfadan siempre las injusti- 
cias. 

— ¡Oh! Las exaltaciones en estos casos son 
sospechosas. Cuando no se siente interés por una 
persona se la defiende con menos calor... ¡Ca- 



74 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ramba! ¡Nunca le vi tan irritado! Ya puede de- 
cir esa niña que tiene un campeón valiente dis- 
puesto á romper lanzas por ella. 

La dama apuró la broma. No se hartaba de- 
apretar al conde, como si quisiera dejarle con- 
victo de su amor por Fernanda. Apesar de la 
sonrisa benévola que animaba su rostro, había 
ciertas extrañas inflexiones en la voz que nadie 
más que una sola persona podía apreciar en 
aquel momento. 

Pero el rigodón había terminado, y el grupa 
se aumentó considerablemente con varias pare- 
jas que fueron allegándose. Fuéronse algunos, 
vinieron otros; al cabo, la señora de la casa se 
halló rodeada de gente nueva. Bailóse otro vals y 
otro rigodón. Las doce sonaron al fin en el gran 
reloj de la catedral. Y como los jóvenes se em- 
peñaban en no desbandarse, apesar de la cos- 
tumbre tradicional de la casa, Manín, por orden 
de D. Pedro, apareció en la puerta del salón, 
abrazado al lío de los abrigos de las señoras* 
Esta era la señal de despedida que el señor de 
Quiñones daba á sus tertulios. No era muy cor- 
tés, pero nadie se enfadaba. Al contrario, se re- 
cibía siempre con algazara, como una broma 
graciosa. 

Después que todos fueron á estrechar la mana 
del maestrante, formóse un grupo enmedio del 
salón. Amalia, en el centro de él, despedía á sus 



EL MAE STE ANTE 



75 



amigas besándolas cariñosamente. Estaba páli- 
da y sus ojos inciertos despedían miradas febri- 
les. Al estrechar la mano del conde volvió la ca- 
beza hacia otro lado, fingiendo distracción; se la 
estrechó con fuerza tres ó cuatro veces para in- 
fundirle ánimo. Bien lo necesitaba el pobre ca- 
ballero. Estaba tan demudado y tembloroso que 
Amalia pensó que iba á caer desmayado. 

En apretado haz salieron los tertulios á los 
pasillos y bajaron la gran escalera de piedra su- 
cia y húmeda. Un criado les abrió la puerta de 
la calle. 

— ¡Ay! ¿Quién habrá dejado aquí este canas- 
to? — dijo Emilita Mateo, que tropezó la primera 
con el estorbo. 

— ¿Un canasto? — preguntaron varias damas 
acercándose á él. 

— Algún pobre que andará por ahí dormido — 
manifestó el criado, que aún no había cerrado la 
puerta. 

— No se ve á nadie — dijo Manuel Antonio, que 
rápidamente había registrado el portal. 

La curiosidad excitó muy pronto á una de las 
damas á levantar el paño que tapaba el canasti- 
llo. Inmediatamente dejó escapar el grito con- 
sabido, el que soltó ya hace tantos siglos la hija 
de Faraón al ver flotando por el río el célebre 
canastillo de Moisés. 

— ¡Un niño! 



76 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Momento de estupefacción y de curiosidad en 
los tertulios. Todos se abalanzan, todos quieren 
contemplar al mismo tiempo al expósito. Por- 
que nadie duda un momento que aquel niño se 
hallaba allí expuesto intencionalmente. Paco Gó- 
mez levantó el canasto, lo destapó por comple- 
to y fué exhibiendo á sus amigos el infante dor- 
mido. 

Estalló una tempestad de exclamaciones. 

— ¡Angelito! — ¿Quién habrá sido la infame?... 
— ¡Pobrecito de mi alma! — ¡Qué corazones de 
hiena, Dios mío! — ¡Miren qué hermoso es! — 
¿Habrá mucho tiempo que lo han expuesto? — 
Estará aterida la criatura. — Paco, déjeme usted 
locarlo. 

El canasto fué rodando de mano en mano. Las 
damas, interesadísimas, palpitantes de emoción, 
depositaban tiernos besos en las mejillas del re- 
cién nacido, de tal modo que al instante consi- 
guieron despertarlo. 

De aquel montoncito de carne rosada salió un 
débil gemido que hizo vibrar de lástima á todos 
los corazones. Algunas señoras vertieron lá- 
grimas. 

— Subámoslo, por lo pronto, para que se ca- 
liente un poco. 

— ¡Sí, sí, subámoslo! 

Y otra vez el resonante grupo se lanzó al pa- 
tio y á la escalera de la mansión de los Quiño- 



EL MAESTRANTE 



77 



nes llevando en triunfo el canastillo misterioso. 

Amalia estaba enmedio del salón inmóvil y 
pálida cuando se abrieron de nuevo las puertas. 
D. Pedro había sido trasladado ya á su alcoba 
por Manín y otro criado. Aquella nueva y repen- 
tina irrupción pareció sorprender mucho á la 
señora de la casa. 

— ¿Qué ocurre? ¿qué es esto? — exclamó con 
voz alterada 

— ¡Un niño! ¡un niño! — gritaron varios á un 
tiempo. 

— Acabamos de encontrarlo en el portal — 
manifestó Manuel Antonio, que ya se había apo- 
derado del canasto, presentándolo. 

— ¿Quién lo ha dejado ahí? 

— No sabemos... Es un expósito. ¡Mire usted, 
por Dios, qué hermoso, es Amalia! 

La señora le contempló un instante con mar- 
cada frialdad y dijo: 

— Acaso alguna pobre lo habrá dejado para 
recogerlo euseguida. 

— No, no; hemos registrado el portal. La calle 
está desierta... 

La criatura á toda esto empezaba á chillar, 
agitando con incierto movimiento sus puños 
crispados, que parecían dos botones de rosa. La 
compasión de las señoras volvió á romper en ex- 
clamaciones apasionadas. Todas querían besar- 
lo y calentarlo contra su seno. Por fin, María 



78 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Josefa logró apoderarse de él, lo sacó del canas- 
to y envolviéndolo con el paño con que venía 
cubierto, lo acarició tiernamente. Un papel se 
había desprendido de las ropas de la criatura al 
sacarla y había caído al suelo. Manuel Antonio 
lo recogió. 

— ¿Lo ves, Amalia? Aquí está la madre del 
cordero. 

El papel decía en gruesos caracteres, trazados 
al parecer por tosca mano: «La madre desdi- 
chada de esta niña la encomienda á la caridad 
de los señores de Quiñones. No está bautizada.» 

— ¡Es una niña! — exclamaron algunas seño- 
ras á un tiempo. 

Y en el acento con que dejaron escapar estas 
palabras no era difícil de advertir cierto desen- 
canto. Se habían acostumbrado á la idea de que 
fuese varón. 

— ¿Qué misterio será éste? — preguntó Manuel 
Antonio, mientras una sonrisa maliciosa de cu- 
riosidad vagaba por su rostro. 

— ¿Misterio? Ninguno— manifestó con cierta 
displicencia Amalia. — Lo que se ve claramente 
es una pobre que quiere que le mantengan á su 
hija. 

— Sin embargo, hay aquí un no sé qué de ex- 
traño. Yo apostaría á que son personas pudien- 
tes los padres de esta niña — replicó el marica. 

— ¡Adiós! ¡ya se nos va Manuel Antonio al fo- 



EL MAESTKANTE 



79 



lletín! — exclamó la dama con una risita nervio- 
sa. — Las personas pudientes no dejan á sus hi- 
jos envueltos en estos andrajos. 

En efecto, la niña venía cubierta por unos 
trapos miserables y una manta raída y sucia. 

— Despacio, Amalia, despacio — apuntó Sale- 
ta con su voz clara, tranquila. : — Yo he recogido 
en el portal de mi casa, hace ya muchos años, 
hallándome en Madrid, un niño que venía en- 
vuelto en muy toscos pañales. Al cabo de algún 
tiempo averiguamos que era hijo de una eleva- 
dísima persona que no puedo nombrar. 

Todos los ojos se volvieron con sorpresa hacia 
el magistrado gallego. 

— Una elevadísima persona; eso es — prosi- 
guió después de una pausa, con el mismo sosie- 
go impertinente. — Bien fácil era, por cierto, adi- 
vinarlo fijando un poco la atención en los rasgos 
de su fisonomía, enteramente borbónicos. 

El estupor de los circunstantes fué profundo. 
Se miraron unos á otros con una leve sonrisa 
burlona que, como de costumbre, Saleta pare- 
ció no advertir. 

— ¡Atiza! — exclamó Valero. — ¡Abra uzté el 
paragua, D. Zanto! 

— El niño se murió á los dos meses — prosiguió 
imperturbable Saleta. — Por cierto que cuan- 
do lo llevamos al cementerio se unió á la comi- 
tiva un coche que nadie supo á quién pertene- 



80 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cía. Yo lo conocí porque lo había visto en las 
Caballerizas reales, pero me callé. 

— ¡Ya ezcampa! — murmuró Valero. 

— Bien, Saleta, ya nos contará usted de día 
eso. Por la noche tales cosas espeluznan — ma- 
nifestó el marica de Sierra guiñando el ojo á 
los otros. — Lo que hay que pensar ahora, Ama- 
lia, es lo que se va á hacer con esta niña. 

La dama se encogió de hombros con indife- 
rencia. 

— Phs... no sé... La dejaremos esta noche 
aquí. Mañana le buscaremos una nodriza que 
quiera tenerla en su casa... porque en ésta, á la 
verdad, es un trastorno. 

— Si usted no quiere tenerla en casa, yo me 
encargo con mucho gusto de ella, Amalia— dijo 
María Josefa, que estaba un poco apartada pa- 
seando á la niña y arrullándola para hacerla 
callar. 

— No he dicho que no quería — manifestó con 
viveza la dama. — Recogeré esa niña, porque 
tengo más obligación que nadie, ya que me la 
confían... Pero, como usted comprende, para 
hacerlo necesito contar con mi marido. 

Los tertulios aprobaron estas palabras con un 
murmullo. 

Justamente se presentaba Manín preguntando 
de parte de D. Pedro qué significaba aquel ruido. 
Se le explicó. El señor de Quiñones se hizo 



EL MAESTRANTK 



81 



trasladar de nuevo en su sillón con ruedas á la 
sala; vió á la niña y se interesó extremadamen- 
te por ella. Inmediatamente declaró que no sal- 
dría de su casa, ordenando á un criado que al 
amanecer fuese en busca de nodriza. 

Por lo pronto se trajo á la criatura leche y té 
en un frasco con pezón de goma; se la abrigó 
con más y mejor ropa. Los tertulios presencia- 
ron con cariñoso interés estas operaciones. Las 
señoras lanzaban gritos de entusiasmo; se les 
arrasaban los ojos de lágrimas al ver el ansia 
con que la mamosa niña chupaba el pezón del 
frasco. Así que se hartó, despidiéronse todos de 
nuevo, no sin depositar antes cada uno un beso 
en las mejillas de la pobrecita expósita. 

El conde de Onís no había desplegado los la- 
bios en todo este tiempo. Se hallaba retraído en 
tercera ó cuarta fila, siguiendo con ojos de 
susto los cuidados que á la criatura se prodiga- 
ban. Y trató de irse con disimulo sin nueva des- 
pedida; pero Amalia le detuvo con alarde de 
audacia que le dejó petrificado. 

— ¿Qué es eso, conde, no quiere usted dar un 
beso á mi pupila? 

■ — ¡Yo!. ..Sí, señora... no faltaba más. 

Y pálido y trémulo, se aproximó y puso sus 
labios en la frente de la criatura, mientras la 
dama le contemplaba con sonrisa provocativa y 
triunfal. 

6 




III 



La cita. 



<b^KZ2AsTA fué la tercera noche en que el 
jíjC conde de Onís apenas pudo cerrar los 
¿% ojos. Nada más natural que en las 
dos anteriores estuviese agitado, calenturien- 
to; pero ahora, ¿por qué? Todo se había resuelto 
como apetecía. La empresa se había llevado á 
cabo con felicidad. No le restaba más que dor- 
mir tranquilo sobre su triunfo. Sin embargo, no 
era así. Apesar de su figura robusta y gallarda, 
poseía el conde un sistema nervioso excesiva- 
mente impresionable. La más ligera emoción 
turbaba su espíritu, le inquietaba hasta un grado 
indecible. Tal exquisita sensibilidad le venía 



84 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



por herencia y también por educación. Su pa- 
dre, el coronel Campo, había sido un hom- 
bre concentrado, sensible, de una susceptibi- 
lidad tan delicada que le hizo mártir en los 
últimos años de su vida. Todo el mundo re- 
cordaba en Lancia el interesante y conmove- 
dor episodio que cerró aquella vida caballe- 
resca. 

El coronel mandaba las fuerzas de defensa de 
una plaza en el Perú cuando la insurrección de 
las colonias americanas. La plaza fué tomada 
por los insurrectos de un modo insidioso y por 
sorpresa. Un malvado denunció al coronel ante 
el gobierno de Madrid como culpable de trai- 
ción, aseverando que se hallaba en connivencia 
y sobornado por el enemigo. Con harta precipi- 
tación, sin examen imparcial de los hechos y 
sin tener presente la brillante hoja de servicios 
del conde de Onís, el rey le privó de su empleo 
en el ejército y de todas las cruces y condecora- 
ciones que poseía. Bajo el peso de aquella horri- 
ble injusticia, el pundonoroso militar quedó ano- 
nadado. Sus compañeros le arrancaron la pistola 
en el momento de atentar á su vida. Acompaña- 
do de su fiel asistente y de un primo se trasladó 
desde Madrid, adonde había venido á defender- 
se, á Lancia, donde le esperaba su esposa y su 
hijo de corta edad. La vida de familia fué un 
sedante para la terrible llaga abierta en el cora- 



EL MAESTKANTE 



85 



zón del soldado. Pero aquel bravo, que tantas 
veces había desafiado la muerte, no tuvo valor 
para soportar las miradas y la curiosidad de sus 
convecinos. En vez de rebelarse contra la injus- 
ticia que se le había hecho, en vez de tratar de 
convencer á sus paisanos de su inocencia, lo que 
no le hubiera costado gran trabajo, porque to- 
dos estimaban su carácter y conocían su valor, 
lleno de vergüenza, como si realmente fuese cri- 
minal, huyó las miradas de la gente, se retrajo 
á su casa, y solo paseaba por la huerta que de- 
trás de ella se extendía, cercada de alta y dete- 
riorada tapia. 

El palacio de los condes de Onís merece es- 
pecial mención en esta historia. Era un edificio 
antiquísimo, el más antiguo de la ciudad en 
unión de algunos restos de la primitiva basí- 
lica que aún quedaban en pie. No se había 
salvado otra cosa del horroroso incendio que 
en el siglo XIV había destruido la población. 
Su aspecto más era de fortaleza que de man- 
sión. Pocas y estrechas ventanas cortadas por 
columnas de piedra, distribuidas caprichosa- 
mente por la fachada; una pared lisa de pie- 
dra, ennegrecida por los años; algunos agujeros 
cuadrados cerca del techo, á guisa de aspilleras; 
una gran puerta de medio punto reforzada con 
grandes clavos de acero. Por dentro era .inmensa 
y tenía más alegría. El patio ancho, más ancho 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que la calle. Por la parte trasera la luz del me- 
diodía bañaba sus ventanas. Los árboles de la 
huerta metían las ramas por ellas, sirviendo de 
fresca cortina para templar sus rayos. El con- 
junto de aquel vetusto caserón ofrecía misterio 
y encanto singulares para los lacienses dotados 
de imaginación, en especial para los niños, úni- 
cos seres que conservan, en nuestra edad prosai- 
ca, la fantasía despierta. Su fachada, si es que 
tal nombre puede darse á aquella lisa pared con 
pequeños huecos tirados á granel, daba á la calle 
de la Misericordia, una de las más céntricas de 
la ciudad. Una de las ventanas, quizá la más- 
ancha, enfilaba la calle de Cerrajerías, y por ella 
se veía la catedral á lo lejos. 

Aquí se encerró ó se sepultó el ex-coronel 
Campo, sin que bastasen los ruegos de su esposa 
y de los pocos parientes que frecuentaban su 
trato para hacerle desistir de tal resolución. Su 
ociosidad fué de provecho para la casa. Hizo 
arreglar la huerta, puso algunos miradores en la 
parte trasera, amuebló varias habitaciones, en- 
losó el patio, etc. El oscuro caserón, sin perder 
su aspecto vetusto y misterioso, se trasformó 
por dentro en agradable morada. Pero el des- 
honorado militar se consumía, se secaba den- 
tro de ella como un árbol sin luz y sin agua. 
Una melancolía profunda minaba su organismo,, 
le arrugaba la piel, blanqueaba sus cabellos, de- 



EL MAESTRANTE 



87 



bilitaba sus piernas y ponía trémulas sus manos. 
A los cincuenta y ocho años de edad representa 
ba tener setenta. Dentro de la casa no se le sen- 
tía. Paseaba por los corredores como un fantas- 
ma. Trascurrían los días sin que nadie le oyese 
el metal de la voz. Pero no se mostraba adusto 
con nadie. Una sonrisa dulce y triste vagaba 
constantemente por sus labios. No buscaba las 
caricias de su hijo, pero cuando le tropezaba ca- 
sualmente por los pasillos le cogía la cabeza, se 
la besaba amorosamente, murmuraba algunas 
palabras tiernas en su oído y repentina y pre- 
cipitadamente se alejaba, algunas veces con 
lágrimas en los ojos. Pensaba que era una 
gran desgracia para aquel pequeñuelo, rubio 
y hermoso como un querubín, el haber naci- 
do hijo de un padre deshonrado. El infeliz le 
pedía perdón, con la mirada, de haberle engen- 
drado. 

Hacia el año 1829, cuatro después de haber 
llegado de América, el coronel era un verdadero 
espectro. Dormía bien, comía bien, no le dolía 
nada; pero aquella vida se escapaba en efluvios 
invisibles y constantes, en lenta y pavorosa con- 
sunción. Su esposa hizo venir un médico, luego 
otro y otro. Todos dijeron lo mismo. Era necesa- 
rio salir, distraerse, cultivar el trato de la gente. 
Precisamente las únicas medicinas que el conde 
estaba resuelto á no tomar. Poco á poco fué per- 



88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



maneciendo más horas en la cama; se levantaba 
tarde; se acostaba temprano. Perdió el gusto 
para trabajar en la huerta. No salía de las cuatro 
paredes de la casa. Dentro de ella dejó de ocu- 
parse en las cosas que antes le entretenían; hacer 
estuches, cuidar la pajarera y otras obras ma- 
nuales. Las pocas horas que permanecía fuera 
de la cama pasábalas, bien sentado en una bu- 
taca, ya paseando por los corredores en silencio. 
Al cabo dejó de levantarse. Todo esto lo recor- 
daba Luis perfectamente. Entraba en su cuarto, 
le veía tendido mirando al techo con extraña y 
terrible tristeza pintada en el rostro. Al entrar 
su hijo volvía la cabeza, sonreía, le llamaba por 
señas y, después de darle un beso, le empujaba 
para que se fuese. 

Un día el niño percibió mucho ir y venir por 
casa; los criados corrían azorados, cambiaban 
entre sí palabras rápidas; los pocos parientes y 
amigos que visitaban la casa estaban todos allí 
y tenían unas caras largas, largas, que le aterro- 
rizaban. Acercándose al gabinete de su padre, vió 
que levantaban un altar. Preguntó sencillamente 
lo que aquello significaba, y una criada, lleván- 
dole á un rincón, le dijo que no se asustase, que 
su papá había deseado confesarse y recibir la 
Comunión, y que su Divina Majestad vendría 
pronto á visitarle. Esta recomendación de no 
asustarse, hecha repetidas veces, produjo el 



EL MAESTRANTE 



89 



efecto contrario. Comprendió que algo grave 
pasaba. En efecto, el conde de Onís se moría, 
se iba por la posta, según decían sus deudos. El 
médico ordenó que le dispusiesen. 

A las seis de la tarde, cuando ya había oscu- 
recido, las puertas del palacio de Onís se abrie- 
ron para recibir al sacerdote portador de la Sa- 
grada Hostia, que venía en el carruaje de la 
casa. Los criados y parientes esperaban en el 
portal con hachas encendidas. Una larga fila de 
personas de todas clases venía detrás, también 
alumbrando. Muchas de ellas acudían por verda- 
dera devoción y por la estima que les inspiraba 
el enfermo. Las más, sólo por satisfacer la cu- 
riosidad de verle después de tanto tiempo, apro- 
vechando aquellas críticas y solemnes circuns- 
tancias. Penetró hasta la habitación del mori- 
bundo todo el que quiso. Á nadie se puso obs- 
táculo. Pero no pudieron todos cumplir su gusto, 
porque no cabían. Llenóse enseguida el gabi- 
nete del conde de una muchedumbre abigarrada, 
personas decentes, menestrales, niños, todos em- 
pinándose para contemplar al procer caído en la 
desgracia, y que ahora iba á caer en el oscuro 
seno de la muerte, en el eterno olvido. El deán 
de la catedral, su amigo y confesor, avanzó con 
la Hostia levantada. Los presentes se hincaron 
de rodillas. Reinó un silencio lúgubre. En aquel 
momento el enfermo, á quien habían incorpo- 



90 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rado, dijo en voz alta, dirigiéndose á los cir- 
cunstantes arrodillados: 

— Juro por el Dios Sacramentado, que va á 
entrar en mi cuerpo, que no he sido traidor á mi 
patria, y que en la guerra de América me he 
portado siempre como un militar honrado y 
leal. 

Su voz, que parecía salir de un cadáver, re- 
sonó clara y estridente en la cámara. Hubo un 
murmullo reprimido entre la gente. El deán, con 
lágrimas en los ojos, respondió: 

— ¡Bienaventurados los que padecen hambre 
y sed de la justicia! 

Y le puso la sagrada partícula en la boca. 

La noticia voló por la ciudad. Aquel extraño 
y terrible juramento, que se repetían unos á 
otros, causó impresión profunda en el público. 
Los parientes y amigos del conde peroraban con 
exaltación en todos los grupos. A uno de aqué- 
llos se le ocurrió dirigir una exposición al rey, 
firmada por todos los vecinos, pidiendo que se 
revisase de nuevo el proceso del coronel. Pero 
ya se le había adelantado el deán, hombre fo- 
goso y elocuente, que logró que el obispo y el 
cabildo le diesen su representación para ir á 
Madrid á gestionar la rehabilitación de su amigo 
de la infancia. Este había mejorado un poco: 
por lo menos, la enfermedad se había estaciona- 
do. La consunción seguiría, pero al exterior no 



EL MAESTRANTE 



01 



se notaba. No se le dijo nada de lo que se tra- 
maba. El deán tuvo tiempo á ir á Madrid, lo- 
grar una audiencia del rey, hablarle al alma 
pintándole con elocuencia el solemne juramento 
que había escuchado, recabar de S. M. un real 
despacho reintegrando al conde en todos sus ho- 
nores, cruces y condecoraciones, y volverse á 
Lancia loco de ansiedad. ¡Qué alegría cuando 
supo que su amigo no había expirado! Desde la 
galera acelerada en que hizo el viaje corrió al 
palacio de Onís y con las debidas precauciones 
para no impresionarle demasiado le comunicó 
la fausta nueva. 

El coronel quedó algunos momentos ensimis- 
mado con la cara metida entre las manos. 

— ¿Qué hora es? — preguntó al cabo. 

— Las doce acaban de dar. 

— ¡A ver, pronto, mi uniforme! — exclamó con 
extraña energía incorporándose sin ayuda de 
nadie. 

— ¡Rayo de Dios! ¡Enseguida, mi unifor- 
me! — volvió á proferir con más violencia, viendo 
que nadie se movía. 

La condesa fué al armario y lo trajo al fin. Se 
hizo vestir rápidamente, se puso sobre el pecho 
la banda de Carlos III y todas las cruces que ha- 
bía ganado. Eran tantas que, no cabiendo en el 
costado izquierdo, tenían que ir algunas al dere- 
cho. En esta forma se hizo conducir á la venta- 



92 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



na que enfilaba la calle de Cerrajerías, y allí se 
colocó en pie. No tardaron en salir los fieles de 
misa de doce, la más concurrida de las que se 
celebraban los domingos. Todos pudieron con- 
templar ya desde lejos aquella figura extraña, 
aquel cadáver vestido de gran uniforme. Y con 
un sentimiento de asombro, de respeto y de com- 
pasión, todos desfilaron en silencio por debajo 
de la ventana, sin poder separar los ojos de ella. 
Durante tres domingos consecutivos el coronel 
tuvo fuerzas para levantarse y colocarse en el 
mismo sitio. Allí permanecía media hora inmó- 
vil ostentando sus insignias con los ojos extáti- 
cos en el vacío, sin ver ni oir á la muchedumbre 
que se agrupaba delante del palacio y se lo mos- 
traban unos á otros poseídos de grave y doloro- 
sa emoción. Al cuarto quiso hacer lo mismo, se 
incorporó con violencia para que le vistieran, 
pero volvió á caer al instante sobre las almoha- 
das para no levantarse más. Por la noche entre- 
gó el alma á Dios aquel bravo y pundonoroso 
soldado. 

¡Pobre padre! El conde no podía recordar 
aquella escena, que había quedado profunda- 
mente grabada en su cerebro, sin que las lágri- 
mas se le agolparan á los ojos. De él había he- 
redado la exquisita delicadeza en el sentir, una 
susceptibilidad que llegaba á ser enfermiza, no 
la serenidad, la iniciativa, la firmeza inquebran- 



EL MAESTEANTE 



93 



table que realzaban el alma del coronel Campo. 
El actual conde tenía un temperamento exce- 
sivamente sensible y tierno, un fondo de hon- 
radez y de vergüenza que era el patrimonio mo- 
ral de los Campo. Mas estas cualidades se con- 
trarrestaban por un carácter débil, fantástico, 
sombrío, el cual le venía, sin duda, de la familia 
de su madre. 

D. a María Gayoso, condesa viuda de Onís, 
hija del barón de los Oseos, era un ser original, 
tan excepcionalmente original que rayaba en lo 
inverosímil. En toda su familia, desde tres ó 
cuatro generaciones hasta ella por lo menos, ha- 
bía apuntado algo estrambótico que en algunos 
de sus miembros tocaba en las lindes de la lo- 
cura y en otros entraba de lleno dentro. Su abue- 
lo había sido un empedernido ateo partidario de 
Voltaire y la Enciclopedia que á última hora se 
había entregado á la embriaguez, y según la con- 
seja del pueblo fué arrastrado un día por los de- 
monios al infierno. En realidad murió de com- 
bustión espontánea, lo que pudo dar pábulo á se- 
mejante fábula. Su padre fué un mentecato á 
quien su madre, mujer de rara energía, tuvo siem- 
pre esclavizado hasta la degradación. De sus 
tíos, uno paró en el manicomio, otro fué no- 
tabilísimo matemático, pero tan excéntrico que 
sus rarezas se guardaban en Lancia como manan- 
tial de anécdotas chistosas; otro se metió en la 



94 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



aldea, se casó con una labradora y se mató á fuer- 
za de aguardiente. No tenía más que un herma- 
no, el actual barón de los Oseos. También era 
un ser original y excéntrico. Al comenzar la 
guerra civil se pasó al bando del Pretendiente 
é ingresó en su ejército, pero á condición de 
servir como soldado raso. Toda la campaña 
hizo de esta suerte. No fué posible, por más 
empeño que en ello pusieron los magnates que 
rodeaban á D. Carlos y el mismo rey, obligarle 
á aceptar el despacho de oficial. Fué herido 
varias veces y una de ellas de tan mala mane- 
ra, en la cara, que le quedó una profunda cica- 
triz. Como su rostro era ya de lo más desgra- 
ciado que pudiera verse, aquel surco sinuoso 
y colorado acabó de prestarle una apariencia 
monstruosa y hasta temible. 

Era más joven que su hermana María. No lle- 
gaba aún á los cincuenta años. Vivía célibe y 
solo en la casa solariega que los Oseos tenían 
en la calle del Pozo, nada magnífica por cierto. 
Iba rara vez por casa de su hermana, no por an- 
tipatía, sino por lo retraído y áspero de su ge- 
nio. Salía poco de casa, sobre todo de día. Te- 
nía contadísimos amigos. El más íntimo de to- 
dos, el único puede decirse que gozaba de 
su intimidad, un fraile exclaustrado, que an- 
tes de ordenarse había servido en las filas del 
ejército como oficial. Fray Diego era su perpe- 



EL MAE STE ANTE 



05 



tuo camarada. El barón, por su carácter som- 
brío, por sus excentricidades, y sobre todo 
por lo espantable de su rostro, inspiraba gene- 
ral temor en la población. Los niños sen- 
tían en su presencia un terror pánico. Los pa- 
dres y las niñeras, para reducirlos á la obedien- 
cia, les amenazaban con él? — ¡Se lo voy á decir 
al barón! — ¡Que viene el barón! — Hoy he vis- 
to al barón y me preguntó si eras obediente, etc. 
Y el barón, por su gesto, constantemente des- 
abrido, por lo bronco y recio de la voz y por la 
brusquedad con que acostumbraba á hablar- 
les, era para las inocentes criaturas un ver- 
dadero ogro. Iba constantemente armado de un 
par de pistolas; el estoque de su bastón era un 
verdadero sable. Se decía que había disparado 
sobre un criado sólo porque le había abierto una 
carta, y que en varias ocasiones había cogido á 
los niños que se atrevían á hacerle muecas en 
la calle, los metía en la cuadra, los desnudaba y 
los azotaba cruelmente con las correas del freno 
de su caballo. Verdaderos ó inventados estos 
cuentos, contribuían á acreditarle entre el ele- 
mento infantil de Lancia como un monstruo de 
ferocidad del cual había que huir, si el temblor 
de las piernas lo consentía. 

Una de las cosas que más coadyuvaban á in- 
fundir el terror en los pequeños y cierto respeto, 
no exento de miedo, en los grandes, era el caba- 



96 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lio que el barón poseía; un caballo de ojo ar- 
diente y feroz y de genio tan furioso que na- 
die osaba montarle más que él y su amigo Fray 
Diego, que había servido en caballería. Para sa- 
carlo á beber lo llevaban siempre del diestro, y 
aun así el indómito bruto iba tirando saltos y 
coces, poniendo en conmoción á los transeún- 
tes. Cuando el barón lo montaba, y dando cor- 
covos y alzándose de brazos salía de casa, la 
calle se estremecía, los vecinos se asomaban á 
las ventanas, los niños se 'refugiaban en las fal- 
das de sus madres, todos contemplaban atónitos 
aquel centauro temeroso. Realmente el barón de 
los Oseos en tal momento, con su rostro desfigu- 
rado, los ojos encarnizados, los grandes bigotes 
empalmados con las patillas, cerdosos y eriza- 
dos, y el formidable torso pegado al caballo, era 
una figura que infundía espanto. Había que re- 
montarse con la fantasía á la irrupción de los 
bárbaros para hallar algo semejante. Ni Alarico, 
ni Atila, ni Odoacro debían de tener aspecto más 
feo y siniestro ni producir más grima. Juzgúese 
del efecto que causaría entre los vecinos tímidos 
cuando una temporada le dió por salir á caballo 
pasada la medianoche y recorrer las calles de 
la ciudad acompañado de un criado, caballero 
asimismo en otro corcel. 

La condesa de Onís era dentro de su sexo un 
tipo tan estrafalario, por lo menos, como su her- 



EL MAESTRANTE 



97 



mano. Bajita, rechoncha, cara redonda y pálida 
con ojos negros y muertos, el cabello pegado á 
las sienes con goma de membrillo, vestida cons- 
tantemente con el hábito morado del Nazare- 
no. Vivía recluida en su palacio como una 
monja en el convento. Vivía entregada en ab- 
soluto á la devoción, pero á una devoción ca- 
prichosa, fantástica, en nada parecida á la que 
practican las almas verdaderamente místicas. 
Toda su vida había dado señales de un humor 
excéntrico, mas desde la muerte del conde se 
había pronunciado tanto que bien podían tomar- 
se sus excentricidades como manías, y no de las 
más leves. Cuando joven había mostrado una 
naturaleza tan púdica que rayaba por su exage- 
ración en lo ridículo. Sus amigas la embroma- 
ban no pocas veces afectando cierta libertad en 
el hablar. Tan castísimos eran los oídos de la 
doncella de los Oseos, que los de una miss inglesa 
parecerían los de un sargento á su lado. No podía 
sufrir que la ropa interior de su hermano fuese en 
unión con la suya cuando la lavandera la lleva- 
ba ó la traía. Si aquél le entregaba unos panta- 
lones para que le cosiera un botón, cumplido el 
encargo corría á su cuarto y se lavaba bien las 
manos, y aun dicen que se echaba en ellas algu- 
nas gotas de agua bendita. Apretábase el seno 
hasta hacerse daño; subía el cuello de los vestidos 
contra las prescripciones de la moda; no se mu- 

7 



98 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



daba la camisa sino á oscuras, y cuando no tenía 
los guantes puestos jamás daba la mano á un 
hombre. La historia de su casamiento fué ver- 
daderamente curiosa, llena de incidentes cómi- 
cos que se repitieron durante mucho tiempo por 
la ciudad. Sobre todo lo que acaeció en la pri- 
mera noche de novios, verdadero ó inventado, 
era muy gracioso y digno de figurar en una no- 
vela de Paul de Kok. 

Durante el matrimonio esta virtud de la cas- 
tidad templóse un poco. Casi parece excusado 
decirlo. Mas luego que quedó viuda volvió á 
exacerbarse de modo notable. Sobre todo, en 
los últimos años adquirió aspecto de locura. 
Cuando se rezaba el rosario, que era dos veces 
al día, mandaba previamente una criada al galli- 
nero para apartar, mientras durase, al gallo de 
las gallinas; luego la ordenaba separar las cu- 
charas de los tenedores y los corchetes machos 
de las hembras. Por último, la hacía situarse en 
una ventana de la fachada lateral de la casa para 
impedir que ninguno orinara en el rincón donde 
los transeúntes solían hacerlo. Un día vino el 
cochero á decirle que una de las yeguas estaba 
en el celo. Tanto se indignó que, después de ha- 
ber reñido ásperamente por la osadía de noti- 
ficarle tal asquerosidad, mandó inmediatamente 
venderla. Una vez que sorprendió al mozo de 
cuadra dando un beso á la cocinera se puso en- 



EL MAKSTKANTK 



99 



ferma del disgusto. Ambos salieron inmediata- 
mente de la casa. 

Le gustaba, no obstante, tener tertulia á prime- 
ra hora de la noche, pero de clérigos solamente. 
Acostumbraba á sentarse en una butaca, delante 
de la cual, con intención ó sin ella, probablemen- 
te con intención, colocaba dos sillas de suerte que 
parecía estar detrás de una valla. Poco después 
de entrar los presbíteros y animarse la conver- 
sación, la condesa se dormía profundamente, y 
así estaba hasta las nueve en que las sotanas se 
despedían, por supuesto sin darle la mano. Como 
la casa tenía capilla, salía poquísimas veces, y 
esas en coche. Guardaba todo el oro, que llegaba á 
sus manos, en los parajes más ocultos del desván 
ó de la huerta. Algunas veces por esta avaricia, 
ó más propiamente por esta manía de urraca, la 
casa se vio en verdaderos aprietos: consintió en 
que su hijo pidiera á préstamo algunas cantida- 
des antes que desenterrar las peluconas. Era 
además golosa, muy golosa, capaz de comerse 
una fuente de confites sin asomos de indigestión. 
Pero no habían de ser fabricados por las monjas: 
por extraña contradicción con sus piadosas incli- 
naciones, odiaba todo lo que olía á convento. 

Pues por esta mujer estrambótica, bien pode- 
mos decir loca, fué educado el actual conde de 
Onís. Su carácter se resintió muchísimo. Para 
contrarrestar aquellaexcesiva sensibilidad, aquel 



100 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



temperamento débil y vacilante y el humor fan- 
tástico y sombrío de que daba en ocasiones tris- 
tes muestras, se hubiera necesitado una educa- 
ción viril al aire libre, un maestro inteligente y 
enérgico que supiera despertar en su organismo 
el brío y la resolución de los Campo. Sucedió lo 
contrario desgraciadamente. La condesa se em- 
peñó en que no siguiese carrera que le apartase 
de Lancia. Estudió, pues, en la universidad del 
pueblo la carrera de jurisprudencia, que es la 
capa con que los jóvenes ricos tapan su propósi- 
to de holgar toda la vida. Mientras duró, y mucho 
tiempo después de terminada, la condesa le tuvo 
sujeto á su autoridad de un modo que resultaba 
ridículo. Jamás salía de casa sin pedirle permi- 
so, no fumaba en su presencia, se recogía al os- 
curecer, rezaba el rosario, confesábase cuando 
ella lo ordenaba. Mientras su cuerpo se desarro- 
llaba prodigiosamente, se trasformaba en un 
mancebo bizarro y atlético, su espíritu continua- 
ba tan infantil y sumiso como si nunca pasara 
de diez años. En esta vida retraída y afeminada 
agravóse la nativa timidez de su carácter, su sen- 
sibilidad delicada se hizo enfermiza, su genio 
sombrío y receloso. Y lo más lamentable era 
que, sin ser una lumbrera, estaba dotado de clara 
inteligencia y poseía una penetración frecuen- 
te en los hombres reservados y tímidos. Ca- 
recía de ilustración y de experiencia; pero sa- 



EL MAESTRANTE 



101 



bía mantener discretamente una conversación y 
no se le escapaban los defectos del prójimo. 
Como casi todos los seres débiles, gozaba á veces 
malignamente á costa de ellos. Es la venganza 
que la gente sin carácter toma de quienes lo po- 
seen demasiado vigoroso y espontáneo. No obs- 
tante, estas ráfagas de ironía y malignidad no 
eran en él frecuentes. Aparecía más bien como 
un joven prudente, reservado, melancólico, de 
trato cortés y caballeroso, de corazón sensible, 
lleno de cariño y de respeto hacia su madre. 

Después que concluyó la carrera tuvo sus an- 
helos y aun proyectos de salir de Lancia, de ir á 
la corte, de viajar durante algún tiempo. Bastó, 
sin embargo, la negativa de la condesa para con- 
tenerle y hacerle desistir. Prosiguió, pues, su 
vida de holganza, mayor aún desde que no tenía 
siquiera la obligación de mirar de vez en cuando 
los libros de jurisprudencia. 

Sólo la entretenía dedicándose á temporadas 
al cultivo de ciertos oficios manuales, y con la 
lectura de las obras románticas entonces muy en 
boga. Se hizo hábil ebanista, no tanto como 
su padre; luego le dio por la relojería. Última- 
mente tomó afición á una finca de labor y recreo 
que poseía en las inmediaciones de la población 
y comenzó á mejorarla notablemente. Denomi- 
nábase la Granja: distaba poco más de dos kiló- 
metros de Lancia: tenía una casa grande y vieja 



102 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



y destartalada: á espaldas de ella un hermosa 
bosque de robles y delante grandes y feraces pra- 
deras. Comenzó á ir todas las tardes después de 
comer; crió ganado vacuno y también algunos 
caballos, plantó árboles, abrió canales y levantó 
cercas. En la casa apenas tocó. En esta nueva 
afición ganó su cuerpo, que se hizo más duro y 
más ágil, y también su carácter. La melancolía, 
que tanto le atormentaba, se fué templando, se- 
renóse su espíritu, fué adquiriendo más firmeza 
en el trato de la gente y más seguridad de sí 
mismo, y ciertos accesos de humor negro, de 
rabia y desesperación que sin causa alguna le 
acometían de raro en raro y le hacían aparecer 
ante los criados como un epiléptico, desapare- 
cieron por completo. De esta suerte llegó hasta 
los veintiocho años, en que comenzó á frecuen- 
tar la casa de Quiñones, y su vida experimentó 
profunda trasformación. 

Eran las nueve de la mañana cuando el criado 
le despertó de un sueño agitado, incompleto, para 
entregarle una carta. La dejó caer con afectada 
indiferencia sobre la mesa de noche; mas luego 
que el criado se fué apresuróse á cogerla y la 
abrió con visible agitación. Aunque hacía ya 
cerca de dos años que duraban sus relaciones con 
Amalia, nunca abría carta de ésta sin que le 
temblasen las manos. Verdad que se escribían 
poquísimas veces. Pero más que la rareza de las 



EL MAESTKANTE 



103 



cartas contribuía sin duda á turbarle el profun- 
do amor que en su naturaleza sensible y tímida 
había arraigado. 

«Esta tarde á las tres. Por la tribuna,» decía 
la carta únicamente. Su turbación no se disipó 
por completo. Las citas como aquélla eran extre- 
madamente peligrosas; le causaban, enmedio 
de su felicidad, una impresión de miedo que no 
podía vencer. Había rogado á Amalia que las su- 
primiese; pero no le hizo caso alguno. Y él se 
consideraba absolutamente incapaz de oponerse 
á su voluntad. Pasó la mañana nervioso, altera- 
do. Para calmarse dió un paseo á caballo; llegó 
hasta la Granja; pero volvió al cabo con la mis- 
ma intranquilidad que había salido. 

Cuando llegó la hora señalada salió de casa y 
tomó la calle de Cerrajerías. Era la hora en que 
apenas se ve un transeúnte. Los vecinos de Lan- 
cia comen generalmente á las dos. Á las tres 
están, pues, de sobremesa ó reposando. Al final 
de Cerrajerías, en la esquina de la calle de San- 
ta Lucía, está la iglesia de San Rafael, que tie- 
ne su entrada principal por aquélla. El conde 
penetró en el templo, después de tomar agua ben- 
dita, como el que va á hacer sus oraciones. Esta- 
ba enteramente solitario, ó al menos así le pa- 
reció á la primera ojeada. Á los pocos minutos, 
acostumbrados ya sus ojos á la oscuridad, per- 
cibió dos ó tres bultos diseminados por él y pos- 



104 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



trados en oración. Arrodillóse él también en el 
fondo oscuro, cerca de la puertecita de la escale- 
ra que conducía á la tribuna de los Quiñones, y 
fingió orar unos momentos. Aquello le repug- 
naba profundamente. Era un creyente sincero, 
y la piadosa y severa educación que había teni- 
do le hacía horrorizarse de tal sacrilegio. Se le 
había pegado el fanatismo de su madre: tenía un 
miedo espantoso al infierno. También Amalia 
era creyente y aun pasaba en la población por 
piadosa; pertenecía á varias cofradías; era pro- 
tectora de algunos asilos; hacía frecuentes rega- 
los á las imágenes y se la veía acompañada de 
clérigos. Pero miraba aquella profanación con la 
mayor indiferencia. La religión era para ella 
cosa muy respetable, pero más respetables aún 
su voluntad y sus placeres. 

Al cabo de unos minutos el conde se levantó 
cautelosamente y tiró de la puertecita, • que una 
mano previsora había ya abierto de antemano. 
Tornó á llegarla y subió por la estrechísima es- 
calera de caracol. La pequeña tribuna de la 
casa Quiñones estaba aún más oscura que la 
iglesia. Buscó á tientas la puerta del pasadizo y 
la empujó; mas como tenía cierre de cristales y 
podían verle desde la calle, se echó ágatas para 
atravesarlo. En la puerta que comunicaba con la 
casa estaba Jacoba esperándole. Era ésta una 
mujer de más de cincuenta años, obesa, con un 



EL MAESTRANTE 



105 



vientre colosal, que se movía contrabajo, la res- 
piración anhelante, embotada por la grasa y ha- 
blando siempre en voz de falsete. La suma dis- 
creción, la encarnación verdadera del sigilo. 
Nunca habían tenido otro confidente; nadie en 
el mundo más que ella estaba enterada de sus 
amores, y en el curso de ellos les había servido 
prodigiosamente; fué su centinela, su salvador 
en muchas ocasiones, su ángel tutelar siempre. 
No era sirviente de la casa, sino protegida de la 
señora. Dedicábase á correr los géneros de las 
tiendas, á traerlos á las casas, ganando por ello 
pequeñísima comisión. Esto no le bastaba para 
vivir aunque era ella sola y una sobrina. Pero 
en varias casas le hacían encargos de distin- 
ta índole y la ayudaban de mil maneras. So- 
bre todo en la señora de Quiñones había encon- 
trado una protectora decidida. Cuando llegó á 
ser su confidente puede decirse que halló una 
verdadera mina. Amalia pagaba con largueza 
sus servicios que, en realidad, bien merecían re- 
compensa extraordinaria. 

La medianera se llevó el dedo á los labios re- 
comendando silencio al conde, así que éste fran- 
queó la puerta. Recomendación bien excusada 
por cierto, porque hasta la respiración iba con- 
teniendo por no hacer ruido. Luego, adelantán- 
dose un poco para explorar el terreno, le hizo 
seña para que la siguiese. Atravesaron un corre- 



106 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dor, pasaron por delante de la escalera princi- 
pal sin ascender por ella de miedo á encontrarse 
con algún criado, y fueron á buscar á la biblio- 
teca una escalerita excusada que allí había para 
subir al segundo. El conde avanzaba de punti- 
llas con el corazón palpipante. Aunque ya había 
penetrado otras veces en casa de Quiñones de 
aquella manera, le parecía siempre el colmo de 
la temeridad y maldecía en su interior del atre- 
vimiento y despreocupación de su amante. Lle- 
garon al fin al gabinete de la señora. La puerta 
se abrió sin que se viese á nadie. Jacoba empujó 
suavemente al conde, quedando ella fuera. La 
mano de Amalia, que se presentó de improviso, 
volvió á cerrar, y súbito,-con arrebatado ademán, 
echó los brazos al cuello de su querido y le besó 
con apasionada ternura. El, cohibido, agitado 
aún por la ascensión y trémulo , permaneció quie- 
to, sin corresponder á tales manifestaciones de 
cariño. La dama le dio un golpecito maternal 
con la palma de la mano en la mejilla. 

— Serénate, poltrón, que nadie te come aquí. 

Luis hizo un esfuerzo por sonreír y se 
dejó caer en una marquesita forrada de raso 
azul. 

El gabinete de Amalia contrastaba por su lujo 
coquetón con el abandono que reinaba en el res- 
to de la casa. Las paredes cubiertas de tapices 
soberbios, los mejores de la colección que la 



EL MAESTBANTE 



107 



familia poseía; los muebles flamantes, estilo 
Luis XV, traídos de Madrid con la magnífica 
cama de ébano incrustada de marfil que se veía 
en la alcoba, en los primeros meses del matri- 
monio, cuando D. Pedro se esforzaba inútilmen- 
te en ganar el corazón de su joven esposa. Res- 
pirábase allí una atmósfera perfumada, sensual, 
que denunciaba los gustos refinados que la dama 
forastera había traído allá de otras tierras á la 
severa mansión de los Quiñones. 

Sentóse sobre las rodillas del conde, y tirán- 
dole de la barba, exclamó conteniendo á duras 
penas los gritos, con una alegría reprimida que 
le brillaba en los ojos, que estallaba por todos 
les poros: 

— -¿Lo ves? ¿Lo ves como hemos vencido? 
¿Lo ves como se han salvado todos esos obs- 
táculos que se te amontonaban en la cabeza y no 
te dejaban ver claro? No ha sido necesario más 
que un poco de audacia y que Dios nos ayudase. 

—¡Dios! — murmuró estremeciéndose el conde. 

Ella sintió que había hecho mal en apelar á la 
divinidad, y se apresuró á decir con desenfado: 
' — Quise decir la suerte... Vamos, no empie- 
ces á ponerte cargante y tristón... Este es un 
momento de felicidad para nosotros... Lo estoy 
tocando y me parece mentira... Mi hija, la hija 
de mis amores, viviendo conmigo, pudiendo ver- 
la y besarla á todas horas... ¡Qué hermosa es!... 



108 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



No pude contemplarla á mi gusto hasta esta ma- 
ñana; pero hoy me he saciado bien... Se parece 
á tí... sobre todo esta parte de aquí arriba, del 
entrecejo. Jacoba dice que la boca es mía... No 
me pesa — añadió sonriendo con coquetería. — 
Otra cosa peor pudiera sacar de mí, ¿verdad? 

— -Para mí todo es igualmente hermoso. 

— ¡Vamos! — exclamó la dama echándose ha- 
cia atrás y clavándole una mirada de burla cari- 
ñosa. — Al fin has recobrado el uso de la pala- 
bra... Pues bien — añadió en tono serio, — tú no 
sabes las vueltas que hemos tenido que dar esta 
mañana para buscarle nodriza. Me han traído 
tres. Ninguna me ha gustado. Al fin la cuarta 
se quedó. ¡Y qué lindamente comenzó á chupar 
el ángel mío! Me costaba trabajo no saltar de 
alegría... ¡como me cuesta ahora!... Pero sea- 
mos graves... seamos graves y cargantes como 
el señor conde... Díme, fastidioso, ¿cómo te has 
arreglado para traerla? Cuéntame. ¡Qué cara 
tenías ayer noche al abrir la puerta del salón! 

— La cosa no era para menos. A las nueve fui 
á buscarla á casa de Jacoba. Ya te lo habrá di- 
cho ella. Me pasé allí cerca de dos horas. Y 
como si el diablo quisiera mortificarnos, la cria- 
tura chillaba sin cesar... 

— Sí, sí, ya sé todo eso... ¿Y luego? 

— ¡Qué noche! Los chubascos se repetían sin 
cesar. Las calles estaban perdidas, sobre todo 



EL MAE STR ANTE 



109 



por aquellos barrios extraviados. Me remangué 
los pantalones casi hasta la rodilla, porque ¿cómo 
iba á entrar manchado de barro en tu salón? 
Quise sostener el canastillo en un brazo y lle- 
var el paraguas abierto en la otra mano. Fué 
imposible. Á los pocos pasos me volví y le dejé 
el paraguas á Jacoba. ¡Qué peregrinación, cielo 
santo! ¡Qué angustia! El viento me bajaba á 
cada instante el embozo de la capa, la lluvia me 
azotaba la cara y me entraba por el cuello. Te- 
nía miedo que me mojase la niña. Además iba 
temiendo resbalar. ¡Figúrate si caigo en aquel 
momento! El viento soplaba á veces tan recio 
que me impedía dar un paso. Bien puedes creer- 
me que estuve tentado á dar la vuelta y dejarlo 
para otro día. 

— Lo creo sin que me lo jures. Demasiado sé 
que te ahogas en un plato de agua. 

El le dirigió una larga y triste mirada de re- 
convención. Amalia soltó á reir y, abrazándole 
y besándole con efusión, exclamó: 

— No hagas caso, pobrecito. ¿Piensas que no 
te compadezco? El trance ha sido bien duro. Te 
has portado como un héroe. 

El conde, bajo el peso de aquellos elogios, se 
ruborizó. La conciencia le gritaba que no los 
merecía. Se acordó de la terrible prueba por que 
acababa de pasar Amalia, y dijo: 

— ¡Tú sí, tú sí que has debido de padecer! 



110 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¿Cómo té encuentras? Ha sido una imprudencia 
bajar tan pronto la escalera. 

— ¡Oh! Yo, aunque parezco débil, soy una 
roca. 

— Bien lo has demostrado. ¡Padecer esos tre- 
mendos dolores sin exhalar ni una queja! 

— ¿Qué sabes tú de esos dolores, tonto? — dijo 
poniéndole una mano en la boca. — ¿Has parido 
alguna vez? 

— Luego cuatro días solamente en la cama — 
prosiguió el joven separando dulcemente aque- 
lla mano y besándola al mismo tiempo, — y al 
quinto bajar al salón. 

— Pues ya estás viendo que no me ha pasado 
nada. ¡Oh, si no llego á bajar ayer, de fijo Qui- 
ñones me manda al médico! Ya desde el segun- 
do día estaba empeñado en que subiese... Pero 
¿no sabes? Está enamorado, loco por la chiqui- 
lla. Toda la mañana ha tenido á la nodriza en su 
cuarto. ¡Y se le ocurren unas cosas tan peregri- 
nas! Dice que esta niña nos la envía Dios para 
consolarnos de no tener familia... 

El conde volvió á ponerse serio, taciturno, 
mientras en los labios de la dama se dibujaba 
una sonrisa de cruel ironía. 

— A todo esto no has preguntado por ella, pa- 
dre desnaturalizado — dijo metiendo sus dedos 
finos y blancos por la gran barba rizosa y ber- 
meja de su amante. — Porque eres su padre, sí, 



EL MAESTKANTE 



111 



su padre. ¿Á que no lo niegas — añadió acercan- 
do con mimo su rostro al de él y poniéndole los 
labios en el oído. — Voy á traértela. 

— Pero ¿va á venir el ama?— preguntó él con 
terror. 

— No, hombre, no — replicó riendo. — Vendrá 
ella sólita. Verás qué bien camina ya. 

El conde abrió los ojos con una expresión es- 
túpida que la hizo reir aún más. Se puso en pie 
y abriendo la puerta cuchicheó un instante con 
Jacoba, que estaba fuera de centinela. Al cabo 
de pocos minutos la obesa medianera abrió otra 
vez la puerta cautelosamente y les entregó la 
niña dormida. Amalia se sentó, haciéndola des- 
cansar en su regazo. Ambos la contemplaron 
largo rato en silencio -con éxtasis, pendientes del 
levísimo soplo que hinchaba y deshinchaba 
aquel tierno cuerpecito. Fué un instante feliz. 
El conde, olvidado de sus temores, se calmó: 
una sonrisa de vivo placer se esparció por su 
fisonomía dulce y melancólica. Trascurrían los 
minutos, y ni uno ni otro rompían aquel silen- 
cio dichoso ni se distraían un punto de la aten- 
ción intensa en que sus espíritus se confundían. 
Aquel ser diminuto, inconsciente, aquel peda- 
cito de carne rosada se reflejaba igualmente en 
sus ojos y ataba con hilos invisibles sus almas 
y sus vidas. 

— ¡Qué hermosa es! Se parece á tí — murmuró 



112 



ARMANDO ÍV^LACTO VALDÉS 



el conde con tan blando acento que apenas si 
llegó á los oídos de su amante. 

— Aún más á tí — respondió ésta en la misma 
voz apagada. 

Luego, por un movimiento simultáneo, am- 
bos volvieron la cabeza y se miraron larga, in- 
tensamente, con amor. 

— Te adoro, Amalia — dijo él. 

— Te quiero, Luis — respondió ella. Sus manos 
se buscaron y se apretaron tiernamente: sus ca- 
bezas se inclinaron para cambiar un beso casto. 



IV 



Historia de aquellos amores. 



Cvv7 AST0 > Quizá el primero en sus ya 
J&p largos amores. Todo lo que de tierno 
O Y poético se desprendía de ellos, como 
un perfume, vino de pronto á embriagarlos, á 
hacerlos dichosos. Se desvaneció el remordi- 
miento, que pesaba sin cesar en el alma delica- 
da del conde, la agitación insana que á ambos 
atormentaba, el ardor, la violencia, la amargura 
que iba oculta en el fondo de sus deliquios amo- 
rosos como el gusano en el cáliz de la rosa. No 
quedó más que el amor puro, el amor satisfecho, 
el amor consagrado por la santa y misteriosa 
fuerza de renovación que habita en el seno de la 
naturaleza. 



8 



114 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



¡Si se hubieran conocido antes! ¡Cuántas ve- 
ces se habían repetido esta frase de los adúlteros! 
Si se hubieran conocido antes, probablemente se 
hubieran separado sin sentir el más insignifican- 
te movimiento de atracción. El amor se alimenta 
principalmente de dificultades, le placen los te- 
rrenos movedizos batidos por la borrasca. El de 
ellos no pudo hallar tierra más adecuada ni cir- 
cunstancias más favorables para su germina- 
ción. 

Como se sospechaba en Lancia, el matri- 
monio de Amalia con D. Pedro fué impuesto á 
aquélla por su familia, que agonizaba de ham- 
bre. D. Antonio Sanchiz, padre de la dama, era 
un mayorazgo valenciano que había consumido 
con el juego y las mujeres las tres cuartas par- 
tes de su hacienda. La cuarta que restaba se en- 
cargó de consumirla por los mismos medios su 
hijo primogénito, que había heredado idénticos 
gustos. Amalia era la última de los cinco herma- 
nos, cuatro hembras y un varón. Su hermana 
primera, á quien habían tocado aún algunos ra- 
yos débiles del esplendor de la casa, logró casar 
ventajosamente con el hijo de un banquero rico. 
Nada aprovechó á su familia. Ni D. Antonio ni 
su hijo Antoñito pudieron ver el color de las 
monedas de su yerno y cuñado respectivamente. 
Las otras dos también casaron con jóvenes dis- 
tinguidos, pero sin dinero. Amalia floreció en- 



EL MAESTRANTE 



115 



medio de la total ruina de su casa. Ni su figura 
graciosa y delicada, ni su clara estirpe le va- 
lieron para llamar la atención de los hombres. 
El conocido desastre de la casa y la deplorable 
reputación de su padre y hermano pusieron en 
torno de ella una valla que ninguno se atrevía á 
■saltar. Bien lo echó de ver enseguida y rehuyó 
enamorarse de los que, por pasatiempo ó galan- 
tería, la festejaban. No era tipo acabado de be- 
lleza; faltábale gallardía en la figura, amplitud de 
formas, color en las mejillas. Mas apesar de su 
cuerpecito menudo y no del todo bien confor- 
mado, y de la palidez constante de su rostro, 
poseía especial atractivo, que cuantos la veían, 
y aún más los que la trataban, se complacían 
en afirmar. Provenía éste principalmente de 
sus grandes ojos negros expresivos: el alma se 
asomaba á ellos reflejando las más leves y fuga- 
ces emociones; ora ardían con fuego malicioso 
revelando la pasión recóndita, insaciable, ora se 
aquietaban extáticos, límpidos, en arrobo místico; 
ahora brillaban alegres y bulliciosos, enseguida 
melancólicos, tan pronto secos como húmedos, 
tan* pronto tiernos como iracundos. Provenía tam- 
bién de su movilidad, de la agudeza de su inge- 
nio y del metal de su voz simpático é insinuante. 
Era, en suma, una mujer graciosa é interesante. 

No se sabe si por orgullo ó porque realmente 
su temperamento ardiente y borrascoso le solici- 



116 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tase á ello, mostróse desdeñosa con los jóvenes 
ricos que galantemente la requebraban sin de- 
cidirse á pedir su mano, y entregó el corazón á 
un muchacho humilde, á un escribientillo del go- 
bierno político con cuatro mil reales de sueldo, 
hijo de un maestro de escuela. La sangre azul 
de los Sanchiz brincó de cólera en las venas de 
D. Antonio, de Antoñito, de sus hermanas y 
hasta en las del banquero, su cuñado, que no 
la tenía. Hubo de sufrir activa y feroz perse- 
cución. Pero como no le faltaban ánimos y es- 
taba dotada además de un espíritu ingenioso y 
travieso, fértil en toda clase de diabluras, es lo 
cierto que se burló de ellos largo tiempo, que 
de nada valieron los ruegos, las amenazas, ni la 
temporada que la tuvieron recluida en un con- 
vento. Si el escribiente no llega á morirse de 
una tisis que le concluyó en pocos meses, es casi 
seguro que la muy noble y necesitada casa de 
los Sanchiz sufriera el baldón de emparentar con 
el hijo de un maestro de escuela. 

Después de esta aventura, Amalia quedó bas- 
tante desprestigiada en la población. Pero ella 
bien sabía que, aunque hubiera mantenido incó- 
lume su prestigio, sería lo mismo. Los hombres 
no se casan por el prestigio, sino por el dinero. 
No se le ocurrió, pues, sentir remordimientos 
por lo pasado. Vivió triste y resignada dos años 
más, mostrándose indiferente á los placeres pro- 



EL MAESTRANTE 



117 



pios de su edad, sin hacer nada para granjearse 
la voluntad de los jóvenes y ganar un marido. 
Cuando ya iba cerca de los veinticuatro abriles, 
y podía darse por perdida la esperanza de ma- 
trimonio, fué cuando á D. Pedro Quiñones, su 
tío tercero ó cuarto, se le ocurrió acordarse de 
«ella. Resistió el casarse con aquel señor, que sólo 
había visto de niña dos ó tres veces, viudo hacía 
poco tiempo, y cuyas extravagancias conocía 
por oírselas narrar entre carcajadas á su padre 
y hermano, ¡los mismos que ahora la apretaban 
para que le aceptase por marido! No fué muy 
tenaz, sin embargo, en su resistencia. Estaba 
tan desengañada, vivía enmedio de un aburri- 
miento tan plomizo, de una indiferencia tan so- 
ñolienta, que así que vio á su padre colérico, 
después de haberla suplicado con vivas instan- 
cias, se dejó arrancar el sí. Decían todos que 
aquel matrimonio era la salvación de la familia. 
No se metió á averiguar si era verdad ó pura 
ilusión. Después de casada supo que todo lo que 
su padre pudo sacar de D. Pedro fué una exigua 
pensión, con la cual á duras penas podía comer. 

El noble vástago de los Quiñones de León se 
enamoró perdidamente de aquella estatua de hie- 
lo. En el viaje que hicieron desde Valencia á 
Lancia, la esposa se mostró tan fría, tan cir- 
cunspecta y tan cortés al mismo tiempo, que 
D. Pedro no osó reclamar ninguno de sus dere- 



118 



ARMANDÓ PALACIO VALDÉS 



chos. En Lancia, ya sabemos por la voz públi- 
ca, digna de creerse en este caso, lo que pasó. 

La negativa persistente, los desprecios infini- 
tos con que le regaló por mucho tiempo, lejos de 
enfriarle, encendieron más su pasión. Era Quiño- 
nes, como ya sabemos, hombre fogoso, terco r 
de voluntad indomable. Los obstáculos le irrita- 
ban, llegaban á enloquecerle. Quiso vencer el 
corazón de su esposa y no perdonó medio para 
ello: la colmó de atenciones, mimó sus gustos 
más insignificantes, viviendo por varios meses 
en perpetua congoja, en una verdadera fiebre de 
esperanzas, tan pronto vivas como muertas. 
Nada hubiera logrado, sin embargo, sin la astu- 
cia de su amigo el canónigo. Aquel aconsejado 
viaje por las montañas, lleno de sustos y peri- 
pecias, le conquistó, si no el amor de su esposn, 
por lo menos sus favores. 

En los dos primeros años de matrimonio Ama- 
lia hizo una vida retraída, sin salir apenas del 
churrigueresco palacio de la calle de Santa 
Lucía. Vivía á solas con su aburrimiento, com- 
placiéndose en hacerlo más insoportable, agi- 
tada por una cólera sorda que amenazaba esta- 
llar á cada instante : en la apariencia tranqui- 
la, aceptando gustosa su papel, tratando con su- 
perioridad cortés á los que se la acercaban. El 
desgraciado accidente sobrevenido á su espo- 
so distrajo un poco su hastío é infundió en su 



EL MAESTRANTE 



119 



corazón momentáneo sentimiento de piedad. 
Durante algún tiempo se creyó llamada á des- 
empeñar cerca de él los oficios de hermana de 
la caridad, á cuidarle con afectado cariño para 
hacerle menos insoportable aquel terrible cas- 
tigo. No tardó mucho en fatigarse. Poco á poco 
se fué aficionando á la tertulia que por las 
noches se formaba en torno de su esposo, co- 
menzó á interesarse en las conversaciones de po- 
lítica local y á intervenir en ella más ó menos 
directamente. D. Pedro era el árbitro de la pro- 
vincia mientras se hallaba en el- poder el partido 
moderado. Ahora, que estaba debajo, conservaba 
no obstante muy alto prestigio y no poca influen- 
cia, en el temor de que no tardaría en poner- 
se encima. Para aumentar este prestigio y esta 
influencia y dar mayor realce á la riqueza y 
poderío de la casa, Amalia, que halló aquí me- 
dio de distraerse, abrió sus salones á la socie- 
dad laciense, que hasta entonces había tenido 
siempre alejada; algunas visitas de cumplido y 
nada más. Dio conciertos, menudeó las reunio- 
nes de confianza, y de vez en cuando, en ciertas 
solemnidades, organizó grandes bailes de etique- 
ta. Con esto recobró su perdida energía, aquella 
graciosa y simpática movilidad que la caracteri- 
zaba; volvió la sonrisa á sus ojos, la frase aguda 
á sus labios. Nadie supo jamás honrar con más 
amabilidad y más gracia á sus tertulianos. Fué 



120 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



modelo de gentileza y cortesanía. Se hizo ado- 
rar de la juventud, á quien proporcionó gra- 
tísimo recurso para matar las interminables no- 
ches del invierno. 

Fernanda Estrada-Rosa fué uno de los más be- 
llos ornamentos de sus conciertos y saraos. En 
pos de ella vino el conde de Onís, su novio. El 
conde era visita de la casa de Quiñones, pero 
sólo iba de tarde en tarde, con motivo de algún 
cumpleaños, entrada de año, etc. Sin embargo, 
Quiñones alimentaba por él profunda simpa- 
tía. Bastaba que perteneciese á la nobleza para 
que el linajudo hidalgo le juzgara superior en to- 
dos conceptos á los demás seres de la población. 
Amalia, que apenas le conocía, comenzó á ob- 
servarle con viva curiosidad. Tanto se le había 
hablado de él, del cariño y respeto que profesa- 
ba á su madre, de su humor melancólico, de sus 
habilidades, de su piedad exagerada, que deseaba 
tratarle con intimidad; quería penetrar en el 
alma de aquel mancebo tan apuesto y tan ino- 
cente. No tardó en convencerse de que el amor 
aún no había prendido en ella. Observando con 
atención sus relaciones con Fernanda, percibió 
en ellas un dejo de frialdad que no venía cierta- 
mente de la rica heredera. Conoció que el conde 
se engañaba-á sí mismo haciendo esfuerzos por 
quedar enamorado, y aún más por aparecerlo. 
Tomaba sus amores como una obligación hon- 



EL MAESTRANTE 



121 



rosa que le exigían sus años y posición. El jo- 
ven más principal de Lancia debía amar á la 
niña más rica y más bella. Por otra parte, pare- 
cía como si quisiera demostrar á la población 
que no era un extravagante ó un maniaco, como 
alguna vez había oído insinuar. Por eso se le 
veía cumpliendo estrictamente los deberes del 
perfecto galán, paseando un par de horas por la 
mañana en la calle de Altavilla, donde vivía su 
novia, acompañándola los domingos en el paseo, 
sentándose á su lado en la tertulia de las señori- 
tas de Meré ó en la de Quiñones, y bailando con 
ella todos los rigodones en los saraos del Casino. 
Pero al mismo tiempo Amalia echaba de ver que 
sus pláticas eran frías, que el conde estaba taci- 
turno y distraído muchas veces, mientras ella, 
con visible interés, hacía el gasto de la conversa- 
ción y procuraba mantenerla viva. 

Aquellos amores le fueron interesando cada 
vez más: buscó las confidencias de ella y tam- 
bién las de él. Al poco tiempo su alma ardiente, 
sagaz, voluntariosa, simpatizó con la de Luis, 
tímida, infantil, llena de piedad y ternura. Más 
maestra en el arte de hacerse amar que la 
niña de -Estrada - Rosa , logró pronto inspirar 
al conde confianza y afecto; le envolvió en una 
malla espesa de confidencias, no sólo referen- 
tes á sus amores, sino de toda la vida. Le con- 
fesó tan bien como el más hábil jesuíta. Luis, 



122 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



seducido por tanto interés, le fué abriendo su 
pecho dándole cuenta primero de sus costumbres, 
luego de los actos de su vida pasada, por último 
de sus sentimientos más recónditos, de aquellos 
que sólo se confiesan á un hermano. Á Amalia 
no le sorprendían en la apariencia tales origi- 
nales y morbosas psicologías; las aceptaba como 
cosas naturales, daba su opinión acerca de ellas 
y se autorizaba cariñosamente el aconsejarle, 
reprenderle á veces, guiarle en ciertos asuntos 
de la vida, cuyo complicado mecanismo ignora- 
ba el conde por completo. Alentado por este jue- 
go habilísimo, se iba confiando cada vez más, se 
entregaba por completo, feliz con desembara- 
zarse de tanto pensamiento ridículo, con confe- 
sar aquella extraña y dolorosa timidez que le 
atormentaba. 

Amalia supo ahuyentar la suspicacia de Fer- 
nanda haciéndose confidente y protectora deci- 
dida de sus amores. Si mantenía ratos larguí- 
simos de conversación particular y animada 
con el conde, no menos largos y animados 
los gastaba con la chica. Esta le agradecía pro- 
fundamente aquella protección, que se traducía 
en ocasiones buscadas por la dama para que los 
novios pudieran verse y hablarse, para reconci- 
liarlos cuando estaban reñidos, etc., etc. Mas 
sin que la inocente niña lo sospechase, sin que el 
mismo conde se diese cuenta de ello, la dama va- 



EL MAESTRANTE 



123 



lenciana iba ganando á paso de carga el corazón 
de éste. Si en juventud, en hermosura y gallardía 
era, sin disputa, inferior á la rica heredera, la 
aventajaba mucho en la gracia expresiva del ros- 
tro, en el atractivo de su conversación y en la 
finura de su inteligencia. De confidencia en con- 
fidencia, Luis llegó á mostrarle cuál era el verda- 
dero estado de su corazón respecto á Fernanda. 
La astuta señora supo sacar partido de tales con- 
fesiones para hacerle ver que lo que sentía era 
sólo admiración de aficionado á las obras bellas 
de la naturaleza, un deseo vanidoso de hacerse 
amar por la joven más linda y más rica de la 
ciudad, necesidad de distraer el aburrimiento, 
cualquier cosa, en suma, menos el verdadero 
amor. Este se alimenta de tristezas negras, de 
alegrías inefables, de insomnios, de zozobras, 
de una agitación dulce y amarga á la vez que 
constantemente llevamos dentro del pecho. Luis 
se convenció pronto. Pero ella encontraba su 
frialdad injustificada, no comprendía cómo un 
hombre de tan buen gusto no había logrado ena- 
morarse perdidamente, le reñía, le embromaba, 
subiendo hasta las nubes las cualidades de la 
gentil heredera. 

Mientras esto decía con los labios, sus ojos 
pregonaban otra cosa. Aquellas pupilas negras 
llenas de fuego é inteligencia se clavaban en él 
con expresión unas veces lánguida, otras mali- 



124 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ciosa, concluyendo por fascinarle. Al mismo 
tiempo sus manos breves, delicadas, de aristó- 
crata aprovechaban cualquier coyuntura para 
rozar las suyas; al despedirse le apretaban con 
tenacidad nerviosa. Si alguna vez se inclinaban 
ambos para contemplar cualquier objeto y sus 
cabezas se tocaban, Amalia no separaba la suya, 
dejaba que el conde aspirase la fragancia de ella 
largo rato cual si tratase de envenenarle. Se 
preocupaba de sus trajes y le imponía sus gus- 
tos. No debía ponerse levita; el frac azul le sen- 
taba admirablemente. ¿Por qué gastaba guantes 
oscuros? Le prohibió, riendo, que se los pusiera 
más. Para las corbatas confesaba que tenía mu- 
cho gusto, pero le sentaban mejor las de lazo 
que las chalinas. ¿Por qué no se encargaba á 
Madrid los sombreros? Los que llegaban á Lan- 
cia eran todos rancios y ridículos. Y el conde 
obedecía gustoso sus insinuaciones, se iba de- 
jando dominar por el ascendiente de aquella 
mujer tan débil de cuerpo como fuerte de vo- 
luntad. 

Una noche en que llegó á casa de Quiñones 
cuando aún no había nadie, le dijola dama brus- 
camente: 

— ¿Quién le ha puesto á usted ese clavel en el 
ojal, Fernanda? 

El conde, sonriendo ruborizado, hizo signo 
afirmativo. 



EL MAESTEANTE 



125 



— Pues que me dispense, pero tiene un color 
muy feo... Verá usted, voy á ponerle otro más 
bonito. 

Y diciendo y haciendo, fué derecha á uno de 
los floreros del salón y, después de escoger al- 
gún tiempo, sacó un magnífico clavel rojo. Vol- 
vió adonde estaba el conde y con gran desenvol- 
tura, con cierta afectación aún, propia del que 
pretende mostrar su dominio, le arrancó el cla- 
vel que traía y le puso el nuevo. Sufrió él esta 
sustitución en silencio, inquieto y sorprendido. 
Ella, fingiendo no advertir esta sorpresa, se echó 
un poco hacia atrás y exclamó con intención: 

— ¡Ya lo creo que está mejor! 

Hubo después algunos instantes de silencio 
embarazoso. Ella se puso á jugar con el clavel de 
Fernanda, azotándose las rodillas, mientras lan- 
zaba frecuentes miradas al conde, que permane- 
cía confuso sin saber qué decir ni dónde poner 
los ojos. Por último, los de uno y otro se encon 
traron y sonrieron. En los de ella ardió una 
chispa maliciosa, y con ademán súbito y desde- 
ñoso arrojó el clavel que tenía en la mano de- 
bajo de las sillas. El conde se puso repentina- 
mente serio; sus mejillas se colorearon. En 
aquel momento entró Manuel Antonio. La con- 
versación se entabló alegre, indiferente. El con- 
de guardaba, sin embargo, un resto de turba- 
ción. Cuando llegó Fernanda y con visible dis- 



126 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gusto le preguntó por su clavel, se vio en grave 
aprieto, perdióse en un laberinto de explicacio- 
nes. El chico de su jardinero, á quien fué ádar 
un beso, se lo había arrancado, luego en una 
maceta que había hallado en el gabinete de su 
madre había tomado otro. Pero Amalia, impla- 
cable, le puso poco después en un conflicto pre- 
guntándole en voz alta con sonrisa maliciosa: 

— ¿Quién le ha dado á usted ese clavel tan 
lindo, Fernanda? 

— No, yo no — se apresuró á responder ésta. 

Y el conde, otra vez turbado y rojo, volvió en 
voz alta á la explicación que acababa de dar en 
secreto. Aquella pequeña traición los ató con 
nudo más fuerte, estableció entre ellos una re- 
lación singular que el conde no se atrevía á de- 
finir en su pensamiento, medroso de resbalar en 
un abismo. Siguió festejando con la misma asi- 
duidad, quizá con alguna más, á la heredera de 
Estrada- Rosa, pero no podía hablar á la señora 
de Quiñones sin sentirse turbado; las miradas 
que se dirigían eran largas, intencionadas; sus 
apretones de manos vivos, impregnados de ca- 
riño. Ambos disimulaban delante de Fernanda 
como si fuese ya la esposa ultrajada. ¡Y aún no 
se habían dicho una palabra de amor! Pero 
Luis estaba convencido de que faltaba á su no- 
via, de que era un criminal hacia D. Pedro, su 
amigo; no sabía por qué ni cómo, pero lo sentía 



EL MAE STR ANTE 



127 



allá dentro en el fondo de la conciencia. Sin em- 
bargo, reflexionaba algunas veces que por su 
parte no había dado un solo paso hacia el cri- 
men, que se veía enredado en aquellas extrañas 
relaciones, en las cuales existía amor, inteli- 
gencia, traición, todo tácito, sin saber cómo ha- 
bía sido. 

Trascurrió más de un mes de esta suerte. 
Amalia no sólo le hablaba de amor con los ojos, 
pero le imponía su voluntad, le hacía ejecutar 
todos sus caprichos, á veces le reprendía áspera- 
mente. Anunciaba, por ejemplo, que se iba á 
marchar: al volver los ojos se encontraba con 
los de Amalia que le decían que se quedase, y 
se quedaba. Trataba de bailar con Fernanda, y 
una mirada severa bastaba para retenerle. Un 
día anunció que iba á pasar seis ú ocho en sus 
posesiones de Onís: Amalia le hizo signo ne- 
gativo con la cabeza, y desistió de su viaje. 
¿Por qué? ¿Con qué derecho contrariaba sus de- 
terminaciones, se introducía en su vida y la go- 
bernaba? No lo sabía, pero experimentaba sen- 
sación gratísima al obedecerla. Vivía en una 
inquietud dulce, anhelante, esperando algo her- 
moso, algo inefable que no quería formularse en 
su cerebro. Mientras, ella con su eterna sonrisa 
misteriosa le observaba tranquilamente, segura 
de conocer ese algo y de llegar á él cuando le vi- 
niera en apetencia. 



128 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Una tarde del mes de Junio se hallaba el con- 
de en la Granja inspeccionando el trabajo de al- 
gunos obreros, que tenía ocupados en abrir una 
acequia más ancha para el molino. El mozo en- 
cargado del ganado vino á decirle que una seño- 
ra preguntaba por él. 

— ¿Una señora? — exclamó sorprendido. — ¿No 
la conoces? 

El criado le miró estúpidamente, sin contestar. 
¿Cómo la había de conocer, él, que había pasado 
la vida detrás del ganado, y sólo iba á Lancia 
algún día de mercado á comprar ó vender una 
vaca? El conde se hizo cargo de esto y pregun- 
tó enseguida: 

— ¿Es bajita? 

— No es muy alta, no, señor. 

— ¿Ojos muy negros y vivos? ¿color bajo? ¿el 
andar muy suelto y elegante? 

Y antes de que el criado pudiera contestar á 
estas preguntas, que no había entendido, echó á 
correr en dirección á la casa con el corazón pal- 
pitante, henchido de emoción por el presentí 
miento de que era ella. 

— ¿Dónde está? — gritó sin dejar de correr. 

— En la corrada, á la puerta del jardín — le 
contestó también á gritos. 

Llegó á la corrada sin respiración. Antes de 
abrirla se detuvo un instante, avergonzándose 
de su presunción. ¿Cómo había llegado á supo- 



EL MAESTRANTE 



129 



ner... ¿Pero por qué diablo se le había metido 
en la cabeza?... Y, sin embargo, no podía des- 
echarla. Era ella, era ella; no le cabía duda algu- 
na. Levantó el pestillo de la gran puerta de ma- 
dera pintada de verde, y entró. La corrada era 
grande. Veíanse arrimados á la pared varios en- 
seres de labranza. Debajo de un tendejón yacían 
algunos carros. En una caseta de madera, tosca- 
mente labrada, estaba amarrado un enorme mas- 
tín que quiso romper la cadena dando furiosos 
saltos por venir á acariciarle. Allá en el otro 
extremo, cerca de la puerta enrejada que comu- 
nicaba con el jardín, la vio, en efecto, con la 
frente pegada á las rejas, contemplando las flo- 
res. Estaba de espalda. Traía vestido claro de 
rayas blancas y rojas y llevaba en la cabeza 
sombrerito de paja con flores rojas también. Con 
la mano izquierda se apoyaba en una sombrilla 
que hacía juego con el traje y en la derecha 
apretaba unos guantes de seda. ¡Qué bien impre- 
sos le quedaron estos pormenores! Jamás en la 
vida se le borraron de la memoria. 

— ¿Usted por aquí? — le preguntó afectando 
una serenidad que estaba muy lejos de sentir. — 
¿Quién había de presumir que fuese usted la se- 
ñora que el criado me acaba de anunciar? 

— ¿De veras no lo ha presumido usted? — pre- 
guntó ella mirándole fijamente. 

— No, no, señora. 

9 



130 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y se puso colorado al decirlo. La dama son- 
rió con benevolencia. 

— Bien, enséñeme usted esas rosas de mal- 
maison de que me ha hablado. 

El conde abrió la puerta del jardín y ambos 
pasaron adentro. Era muy grande, y estaba 
bastante descuidado. Desde que la condesa había 
dejado de venir á la Granja casi en absoluto, los 
criados apenas tocaban en él. Luis era más dado 
á hacer ensayos de nuevos cultivos, á criar ga- 
nado, á desecar terrenos, que á las flores. Así y 
todo, del tiempo en que su madre venía to- 
das las tardes y le atendía, existían allí muchas 
plantas de flores, grandes arbustos que con el 
tiempo y con aquel suelo feraz se iban trasfor- 
mando en árboles frondosos. 

Mientras recorrían caminos arenosos, de los 
cuales el césped se iba apoderando por falta de 
limpieza, la condesa explicaba en voz alta cómo 
había llegado hasta allí. Se le había antojado dar 
un paseo hasta Bellavista; pero al pasar por de- 
lante de la carreterita que conducía á la Granja 
se acordó de las dichosas rosas, y dió orden al 
cochero de que siguiese por ella. No había visto 
nunca la posesión. Aquella frondosidad, aquel 
verde tan intenso la entusiasmaban. En su país 
la vegetación era más pálida. 

— Pero más fragante... como las mujeres — 
dijo el conde con galantería. m 



EL M A-ESTUANTE 



131 



La dama se volvió para dirigirle una sonrisa 
de gracias, y siguió loando la belleza de los ro- 
dodendros, de las azaolas, de las camelias gi- 
gantescas que encontraban al paso. 

Luego que vieron los rosales y que el conde le 
hizo elegir algunos para mandárselos al día si- 
guiente, tornaron por senderos distintos hacia la 
puerta de entrada. 

— ¿Usted está seguro de que yo he venido úni- 
camente á ver estos rosales? — dijo Amalia pa- 
rándose súbito y mirándole con fijeza. 

Al conde le dio un vuelco el corazón y comen- 
zó á balbucir lamentablemente: 

— Yo no sé... La verdad que esta visita... Me 
alegraría que los rosales... 

Pero la dama, compadecida, no le dejó ter- 
minar. 

— Pues, además de los rosales, vengo á ver 
toda la finca, y particularmente el bosque. Con- 
que ya puede usted ir enseñándomelo — dijo aga- 
rrándose resueltamente á su brazo. 

El conde volvió á experimentar nueva y vio- 
lenta emoción, primero de pena, después, al 
sentir la mano de la dama en su brazo, de viví- 
simo gozo. Y, turbado hasta lo profundo de su 
ser, fué mostrándole lo digno de verse que tenía 
la finca, las grandes y hermosas praderas, las 
cuadras, la nueva maquinaria del molino, el bos- 
que por último. Ella le observaba con el rabillo 



132 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



del ojo. Á veces se dibujaba en su rostro una 
levísima sonrisa burlona. Se enteraba de todo 
con interés, loaba los trabajos que se habían lle- 
vado á cabo, proponía otros nuevos. Y al ir y ve- 
nir soltaba el brazo unas veces, otras lo tomaba,, 
despertando en el alma del conde sensaciones 
diversas, pero todas vivas y anhelantes. Cuando 
observaba que iba adquiriendo aplomo le dispa- 
raba repentinamente alguna maliciosa insinua- 
ción que de nuevo lo atortolaba, lo dejaba con- 
fundido y ruborizado. 

— Vamos, conde, á que cuando usted me vió 
dijo para dentro: «Amalia está enamorada de 
mí: no pudo resistir al deseo de venir á visi- 
tarme.» 

— ¡Amalia, por Dios!... ¿Qué disparate está 
usted diciendo?... ¿Cómo me habíá de atrever... 

Pero la dama, como si no advirtiera su turba- 
ción ni concediera importancia á sus propias pa- 
labras, saltaba inmediatamente á otro asunto. 
Parecía que tenía gusto en sofocarle, en mante- 
nerle agitado y trémulo. Y en las miradas fugaces 
que de vez en cuando le lanzaba reflejábase un 
sentimiento de superioridad, la benévola ironía 
del que está jugando á otro una burla que ha de 
terminar en bien. El conde presentía algo grave 
debajo de aquella sonrisa enigmática, compren- 
día que estaba haciendo un papel desairado, que 
se estaban riendo de él y hacía esfuerzos heroi- 



EL MAESTKANTE 



133 



eos para recobrar su sangre fría, sin conse- 
guirlo. 

El bosque admiró y entusiasmó á la dama por 
encima de todo. Era una masa de robles añosos 
donde no penetraba jamás un rayo de sol. El 
suelo estaba limpio de abrojos, tapizado de cés- 
ped que convidaba á reposar. Ninguna otra finca 
de recreo de la provincia poseía aquel regalo, 
procedente quizá de la primitiva selva donde se 
había fundado el monasterio que dio origen á 
Lancia. Quiso descansar un instante debajo de 
aquella bóveda verde por donde la luz se cernía 
trabajosamente. Reinaba una paz, un amable 
sosiego que impresionaba como el silencio y la 
luz dormida de una catedral gótica, pero con 
emoción más dulce. Apoyó la espalda en un ár- 
bol y paseó largo rato su mirada asombrada por 
la espesura. El conde estaba en pie algo más le- 
jos. Ambos permanecieron mudos largo rato. Por 
fin el caballero sintió, sin verlo, que los ojos de la 
dama estaban posados sobre él. Resistió algunos 
momentos la atracción magnética de aquella mi- 
rada. Cuando al cabo volvió la suya vio que en 
efecto le contemplaba de hito en hito con ex- 
presión risueña y audaz que le hizo bajar la 
vista. Amalia soltó una alegre carcajada. El, sor- 
prendido, confuso, algo irritado sintiéndose en 
ridículo, viendo que las carcajadas no cesaban, 
le preguntó con sonrisa forzada: 



134 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿De qué se ríe usted, amiga mía? 

— De nada, de nada — respondió llevándose 
el pañuelo á la boca. — Lléveme usted á ver la 
casa. 

Y se colgó nuevamente de su brazo. 

La casa era un grande y vetusto edificio de 
piedra amarillenta carcomida por los años, con 
dos torrecillas cuadradas á los lados. Todo en 
ella estaba podrido ó deteriorado. En la escalera 
faltaban rejas, lo mismo que en los balcones, la 
bóveda de las habitaciones descascarillada, los 
tabiques resquebrajados, el tillado con agujeros, 
los cristales, emplomados á la antigua usanza, 
tan llenos de polvo que apenas consentían el ver 
al través de ellos; las paredes sucias también y de 
ellas colgados algunos cuadros oscuros, tan os- 
curos que no se conocía lo que el pintor había 
querido representar; las habitaciones, con pocos 
y antiquísimos muebles maltratados por el^ uso 
de las generaciones anteriores. Fueron recorrién- 
dolas todas. A Amalia le placía aquel aspecto de 
remota antigüedad. ¡Cuántos seres habrían ha- 
bitado aquella casa! ¡Cuánto se habría reído y 
llorado en aquellas vastísimas estancias! Cada 
una tenía su nombre. La una se llamaba el cuar- 
to del cardenal, porque en siglos pasados un car- 
denal de la familia se alojaba allí cuando venía 
á pasar una temporada á la Granja; otra, el salón 
de los retrates, porque había unos cuantos colga- 



EL MAESTKANTE 



135 



dos; otra, la sala nueva, aunque parecía tanto y 
aún más vieja que las demás. Todo aquello re- 
presentaba la vida íntima de una familia al tra- 
vés de los siglos. 

— Este es el cuarto de ¡a condesa — dijo Luis al 
entrar con su amiga en una pieza no muy gran- 
de, donde por debajo del polvo y los estragos 
del tiempo se advertía mayor lujo en el decorado. 

Era una estancia coquetona donde las genera- 
ciones habían ido dejando testimonios más ó me- 
nos plausibles de su amor á la Ornamentación. 
Un escritorio pompadour ) algunas sillas regencia, 
varios retratos al pastel; en el techo, pintados al 
óleo, algunos amorcillos nadando en una atmós- 
fera, azul en otro tiempo. 

— ¿Es el cuarto de su mamá? — preguntó 
Amalia. 

— No — replicó el conde riendo, — mamá dor- 
mía en otro lado. Se llama así desde tiempo in- 
memorial. Quizá alguna de mis abuelas lo ha- 
bía elegido para sí. Aquí es donde yo duermo la 
siesta cuando me canso de andar por el campo. 

En uno de los ángulos había una soberbia 
cama de roble tallado y enteramente negro por 
los años. Era una de esas camas del siglo XV 
que vuelven locos á los anticuarios. Las colga- 
duras antiquísimas también. Sobre los colcho- 
nes estaba extendido un tapiz moderno de da- 
masco. 



136 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Aquí es donde usted se recoge para pensar 
más libremente en mí, ¿no es cierto? 

El conde quedó aturdido como si le hubiesen 
dado un golpe en la cabeza. 

— ¡Yo!... ¡Amalia!... ¿Cómo? 

Pero súbito, haciendo un gesto de resolución, 
exclamó: 

— ¡Sí, sí, Amalia, dice usted bien! Aquí 
pienso en usted como pienso en todos los sitios 
adonde voy desde hace algún tiempo... Yo no sé 
lo que me pasa; vivo en un estado de constante 
zozobra, y esto, como usted me decía hace po- 
cos días, es una señal de amor verdadero. Es- 
toy enamorado ' de usted como un loco. Com- 
prendo que es una atrocidad, que es un crimen, 
pero no puedo remediarlo... Perdóneme usted. 

Y el caballero se dejó caer de rodillas, como 
uno de sus nobles antepasados de la Edad Media, 
á los pies de la dama. 

Estase indignó, al oirle, terriblemente. ¿Cómo? 
¿No se avergonzaba de semejante confesión? ¿No 
comprendía que dirigirle aquellas palabras den- 
tro de su casa era un insulto? ¿Cómo podía su- 
poner que ella las había de escuchar con pa- 
ciencia? ¡Mentira parecía que el conde de Onís, 
un caballero tan cumplido, faltase de aquel modo 
á lo que debía á una dama y á lo que se debía á 
sí mismo! 

El conde permaneció aterrado y de rodillas 



EL MAESTEANTE 



137 



•bajo tal granizada de denuestos. Consideraba 
graves sus palabras; pero el enojo que pro- 
ducían en la dama era mayor de lo que había 
sospechado. 

Amalia guardó al fin silencio. Le contempló 
con ojos irritadísimos unos instantes. Mas una 
•sonrisa feliz y burlona comenzó á dilatar su 
rostro expresivo. Se acercó lenta y majestuosa- 
mente á él, le puso la mano en el hombro é in- 
clinándose para acercar la boca á su oído le dijo 
*en voz baja: 

— Hace usted bien en no avergonzarse de nada 
•de eso, porque yo, señor conde, le quiero á us- 
ted tanto por lo menos como usted á mí. 

Quiso volverse loco. Pasado el susto, se abra- 
zó á sus rodillas besándolas con frenesí, se des- 
bordó en un mar de palabras apasionadas, in- 
coherentes, llenas de fuego y de verdad, mien- 
tras ella, tan breve, tan diminuta, contemplaba 
aquel coloso rendido, con sus ojos misteriosos 
de valenciana lucientes de amor y pasión. 

Con este inmenso trabajo conquistó el conde 
de Onís á la gentil señora de D. Pedro Quiñones 
■de León. 

Los primeros tiempos de sus relaciones fue- 
ron agitadísimos para él, llenos de punzantes 
remordimientos y de goces embriagadores. Ama- 
lia iba de vez en cuando á la Granja. Por la no- 
che en la tertulia daba cuenta de su visita en voz 



138 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alta. Él se estremecía, se turbaba, sudaba de. 
congoja mientras con perfecta sangre fría narra- 
ba ella todo lo que se podía narrar, hablaba del 
jardín, censuraba el abandono en que estaba y 
lo que se divertía trayendo á cada visita algunas, 
plantas con la intención de dejarlo arrasado, ya. 
que á su dueño no le interesaba. Llevaba su au- 
dacia hasta burlarse. 

— Por supuesto que á este señor no hay quien 
le sufra desde que las damas le visitan. ¿No ad- 
vierten ustedes qué impertinente se ha puesto? 
Temiendo estoy que el primer día que vaya á la 
Granja me obligue á hacer antesala. 

Los tertulios reían. Sí, sí, se le notaba más se- 
rio. Fernanda sonreía clavándole una mirada 
cariñosa; el mismo D. Pedro dulcificaba sus ojos, 
altivos, feroces y dejaba escapar de su garganta 
un amago de carcajada. ¡Qué esfuerzo prodigio- 
so le costaba al conde aparecer sereno en estos, 
momentos! Le parecía que tenía un abisma 
abierto á sus pies. Y cuando se encontraba á so- 
las con Amalia quejábase de su audacia, le ro- 
gaba con palabras fervorosas que fuese más pre- 
cavida, mientras ella, impasible, gozándose en 
sus temeridades, sonreía desdeñosamente con su 
fina sonrisa enigmática. 

No pudiendo verse sino rara vez en la Granja,. 
Amalia halló medio de hacer más frecuentes las. 
entrevistas confiándose á Jacoba. En casa de 



EL MAESTRANTE 



139 



ésta se encontraban una ó dos veces á la sema- 
na. El conde entraba por una puertecita tra- 
sera que daba á cierta calleja, á primera hora 
de la tarde, cuando los vecinos estaban comien- 
do. Esperábalo menos dos ó tres horas. Amalia 
llegaba por fin con pretexto de dar alguna orden 
á su favorecida. Pero no bastándole esto, toda- 
vía ideó la entrada por la tribuna de la iglesia 
de San Rafael. Al conde le horrorizaba tal me- 
dio; todos sus escrúpulos religiosos se subleva- 
ban á la vez; además tenía miedo de que un ac- 
cidente casual descubriese aquellos amores y 
aquella profanación. ¡Qué escándalo! Amalia 
se reía de sus temores como si las consecuencias 
terribles no hubiera de pagarlas ella. Era una 
mujer que tenía confianza absoluta en su estre- 
lla. Como los buenos toreros se juzgan más se- 
guros ciñéndose á los cuernos del toro si no pier- 
den la sangre fría, así ella desafiaba el peligro, 
iba al encuentro de él confiando en que sabría sa- 
lir de cualquier atolladero. Y, en efecto, su per- 
fecta serenidad, su increíble audacia la salvaron 
más de una vez. 

El conde de Onís, el coloso de luengas barbas 
fué un verdadero juguete en las manos de aque- 
lla mujerci.ta temeraria y maligna. Una pasión 
loca se apoderó de ambos, sobre todo de ella. 
Poco á poco se fué acostumbrando á no vivir sin 
él, á no pasarse un día sin verle á solas. Hacía 



140 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



esfuerzos increíbles de ingenio y habilidad para 
conseguirlo. Y si las circunstancias rodaban de 
tal suerte que fuese imposible en tres ó cuatro 
días gozar una hora de soledad, su espíritu vo- 
luntarioso se exaltaba, botaba dentro del cuerpo 
como un corcel impaciente, y estaba dispuesta á 
arrojarse á la mayor imprudencia. Le apretaba 
las manos, le daba pellizcos en plena tertulia, le 
abrazaba detrás de las puertas cuando con cual- 
quier pretexto le hacía pasar á otra habitación, 
y más de una vez y más de dos en las barbas 
del mismo maestrante, al volver éste la cabeza, 
le estampó un beso en los labios. Luis temblaba, 
empalidecía, siempre en espera de una catás- 
trofe. 

Al cabo de pocos meses, sus relaciones con 
Fernanda, que habían ido enfriándose paulatina- 
mente, se rompieron por completo. Fué exigen- 
cia ineludible de Amalia. Desde el principio lo 
venía preparando con soberano arte, marcándole 
el tiempo que había de estar al lado de su novia, 
las veces que la había de sacar al baile y hasta lo 
que le había de decir. Y como lo tenía previs- 
to, la heredera de Estrada-Rosa, que era orgu- 
llosa, no pudiendo soportar la frialdad de su no- 
vio, le dejó en libertad y le devolvió, su palabra. 
La pobre chica desahogaba su pena con Amalia, 
la única que sabía á qué atenerse respecto á 
aquel rompimiento tan comentado. Mostró ésta 



EL MAESTRANTE 



141 



gran enojo por la conducta del conde y se ex- 
presó en términos bastante vivos contra él; tomó 
parte por la joven, deshaciéndose en elogios de 
ella; no se hartaba de ponderar sus ojos, su 
talle, su discreción y bondad. Hasta dió osten- 
siblemente algunos pasos para reconciliarlos. Y 
en el seno de la confianza, particularmente en- 
tre los amigos de D. Juan Estrada-Rosa, no se 
contentaba con decir que Fernanda valía en to- 
dos sentidos más que su ex-novio, sino que ape- 
llidaba á éste con mil epítetos pesados; jayano- 
te, pavo, santurrón, hipócrita, etc. Y cuando al 
día siguiente le veía en casa de Jacoba, decíale 
abrazándole muerta de risa: 

— ¡Cómo te he puesto ayer, querido mío, de- 
lante de varios amigos de D. Juan! ¡Tú no sa- 
bes!... Saliste de mis labios que ni con pinzas 
se te podía recoger. 

Vivía el conde, por todo esto, y por los remor- 
dimientos que sin cesar le mordían, en un estado 
de perpetua agitación. ¡Cuan lejos se hallaba de 
ser feliz! Pero todo era flores comparado con lo 
que le esperaba. Cinco meses después de co- 
menzadas sus relaciones, un día le anunció 
Amalia que creía hallarse en cinta. Se lo dijo 
con la sonrisa en los labios, como si le noticiase 
que le había tocado la lotería. Luis sintió un 
vértigo de terror, quedó pálido, la vista se le tur- 
bó como si fuese á caer. 



142 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Dios mío, qué desgracia! —exclamó lle- 
vándose las manos al rostro. 

— ¿Desgracia? — preguntó ella con asombro. — 
¿Por qué? Yo estoy muy contenta. 

Y viendo sus ojazos dilatados, estupefactos, 
le explicó riendo que era feliz con esperar una 
prenda de sus amores; que no tuviese miedo 
alguno porque ella sabría arreglarse para que 
nada se descubriera. Y, en efecto, tal maña se 
dio para apretarse que nadie pudo presumir 
que aquella mujer tuviese una criatura en sus 
entrañas. ¡Qué sustos, qué congojas las del con- 
de mientras duró el embarazo! Si alguien la mi- 
raba con insistencia, ya estaba temblando; si en 
el curso de la conversación un tertulio hacía 
alusión á algún parto disimulado, se ponía pá- 
lido, pensando que podía ser una indirecta. En 
todos los rostros creía ver sonrisas y miradas 
significativas; en las palabras más inocentes, 
profundas y aviesas insinuaciones. 

Mientras tanto ella comía y dormía tranquila- 
mente con una alegría constante que aterraba y 
admiraba al mismo tiempo al conde. El tiempo 
corría: llegaron los siete meses; los ocho. Por 
mucho que lo disimulase, el conde observaba 
que la cintura de su querida se ensanchaba. 
Cuando, lleno de congoja, comunicó con ella 
esta observación, se echó á reir: 

— Calla, tonto, lo notas tú porque ya lo sabes. 



EL MAESTRANTE 



143 



¿Quién va á sospechar porque esté un poquito 
más abultada? Muchas veces le gusta á una lle- 
var flojo el corsé. 

Cuando llegó el momento crítico mostró una 
bravura que rayaba en heroísmo. Luis quería 
confiarse á un médico: ella se opuso. ¿Para qué? 
Con la asistencia de Jacoba le bastaba. El con- 
fiar tal secreto á otra persona era peligroso. Le 
acometieron los primeros síntomas al amane- 
cer, hallándose en la cama; pero hasta las ocho 
no mandó llamar á Jacoba, que con el pretexto 
de hacer unos colchones dormía desde hacía al- 
gunos días en casa. Se encerraron en el gabine- 
te, donde ya tenían preparadas las ropas necesa- 
rias, y sin un grito, sin un movimiento descom- 
pasado, sin la más leve queja, salió aquella va- 
liente mujer de su cuidado. Jacoba sacó la cria- 
tura con el lío de la ropa, después de haber man- 
dado fuera con adecuados pretextos á los criados. 

El conde lloró de gozo y admiración al saber 
este feliz desenlace. Luego, cuando recibió por 
Jacoba la orden de llevar la niña al portal de 
Quiñones, volvió á sentirse acongojado. El plan 
de su amante le llenaba de estupor; pero como 
estaba acostumbrado á obedecer, hizo lo que le 
mandaba. El resultado coronó la audacia de la 
dama; fué tal como ella había previsto. 

Y ahora, al contemplar á.la criatura segura 
para siempre, no sólo se fortalecía su amor y se 



144 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



depuraba, sino que sentían el gozo de la victo- 
ria, del que después de haber corrido fuertes 
temporales llega por fin á puerto de salvación. 

En voz muy baja, con las manos enlazadas, 
inclinando de vez en cuando la cabeza para ro- 
zar con los labios la frente de la niña, hablaron 
largo rato, mejor dicho, soñaron despiertos, 
queriendo penetrar en los abismos insondables 
del tiempo. ¿Cuál sería la suerte de aquella her- 
mosa criatura? ¿Cómo se la educaría? Amalia 
decía que conseguiría educarla como hija suya, 
hacerla una verdadera señorita; estaba segura 
de que D. Pedro no se opondría á ello. Y como 
quiera que no tenía hijos, nada más natural que 
habiéndola tomado cariño la dejase á su muerte 
algún legado importante. El conde hizo un gesto 
de desdén. La niña no necesitaba de la hacien- 
da de D. Pedro. El le dejaría toda la suya. 

— Pero tú puedes casarte y tener hijos — dijo 
la dama mirándole maliciosamente. 

El la tapó la boca. 

— ¡Calla, calla! Ya sabes que no quiero oir 
eso siquiera. Estoy definitivamente unido á tí. 

Ella le besó con efusión. 

— Sellados, ¿verdad? 

— Sellados — repuso él con firmeza. 

— ¿Pero no te haces cargo de que si le dejas 
tus bienes en testamento, enseguida nacería la 
sospecha de que era hija tuya? 



EL MAESTRANTE 



145 



Esta dificultad le abatió por unos instantes. 
Ambos se ocuparon en arbitrar algún medio para 
eludirla. El conde quería dejarlos en fideicomiso 
á alguna persona de confianza. Pero esto ofre- 
cía también sus inconvenientes. Mejor sería ir 
colocando dinero á su nombre en algún banco, y 
al llegar á la mayor edad, fingir una herencia, 
inventar algún padre llovido del cielo... 

— En fin, ya hablaremos de eso... Déjalo á 
mi cuidado — concluyó diciendo ella. 

Y él se lo dejaba de muy buena gana, fiando 
de su imaginación inagotable, de su voluntad y 
su audacia. 

Cuando se cansaron de hablar de lo porvenir 
volvieron los ojos al presente. Era necesario 
bautizar la niña. Habían resuelto que fuese al 
día siguiente. 

—Ya hemos convenido en que la madrina 
fuese yo y el padrino tú. 

— ¿Cómo? ¿yo? — exclamó asustado. — Pero, 
mujer, ¿no comprendes-que eso puede engendrar 
sospechas? 

La dama se obstinó. Que sí, que había de ser 
padrino. Si sospechaban, buen provecho. A ella 
le tenía sin cuidado. Pero viéndole realmente 
afligido cambió de idea. 

— No te apures, hombre, no te apures — dijo 
dándole un tironcito á la barba. — Ha sido una 
broma. ¡Buena cara ibas á poner cuando la 



146 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tuvieses en la pila! No te faltaría más que gri- 
tar: ¡Señores, aquí! ¡Vengan aquí todos á ver al 
padre de esta criatura! 

El padrino sería Quiñones, y en su represen- 
tación D. Enrique Valero. La madrina ella, re- 
presentada por María Josefa. El conde se mostró 
muy satisfecho. Todo aquello era hábil y pru- 
dente "y adecuado para asegurar la suerte de su 
hija. Pero cuando se manifestaba más contento, 
un rumor que vino del pasillo le hizo saltar 
en la-butaca, ponerse lívido. 

— ¿Qué tienes, hombre? 

— ¡Ese ruido!... 
— Es Jacoba... 

Pero viéndole dudoso, con. los ojos espanta- 
dos aún, se levantó, teniendo la niña en los bra- 
zos, abrió la puerta y cambió algunas palabras 
con Jacoba que, en efecto, estaba allí. Después 
de entregarle la criatura y cerrar, volvió de nue- 
vo á sentarse. 

— ¿Cómo eres tan cobarde, di? 

— No es cobardía — repuso él ruborizado. — Es 
que estoy siempre sobresaltado... No sé lo que 
me pasa... La conciencia quizá... 

— ¡Bah! Es que eres un cobarde. Como tienes 
el cuerpo tan grande se te pasea el alma dentro 
de él. 

Y acto continuo, observando la expresión de 
enojo y tristeza que se reflejaba en su semblan- 



EL MAESTEANTE 



147 



te, tornó á abrazarle con trasportes de entu- 
siasmo. 

— No, no eres cobarde; pero inocente sí... 
Por eso te quiero, te quiero más que á mi vida. 
¿No es verdad que te quiere tu filleta? Soy tuya.. 
Tú eres mi único amor. Yo no soy casada... 

Y con caricias de gata mimosa le paseaba sus 
manos finas y pálidas por el rostro, estampaba 
en él menudos, infinitos besos, le anudaba los 
brazos al cuello, se lo mordía con leves y fuga- 
ces mordiscos de ratón. Y al mismo tiempo, 
ella, tan grave y silenciosa en visita, hacía fluir 
de sus labios un chorro constante de palabritas 
melosas que le adormecían y embriagaban. El 
fuego, que se adivinaba al través de sus grandes 
ojos misteriosos y traidores, brotaba ahora con 
vivas llamaradas. Era el goce de la sensualidad 
el que se desprendía de su ser; pero era también 
el deleite maligno del capricho cumplido, de la 
venganza y la traición. 

El conde de Onís se sentía cada día más sub- 
yugado. Las caricias de su amada eran abrasa- 
doras; pero los ojos guardaban siempre, en lo 
más hondo, un reflejo cruel defiera domesticada. 
Sentía amor y miedo al mismo tiempo. Alguna 
vez su espíritu supersticioso llegaba á imaginar 
si un demonio tentador habría venido á alojar 
en el cuerpecito endeble de aquella valenciana. 

Después de anunciar tres ó cuatro veces que 



148 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se marchaba, sin llevarlo á cabo por impedírselo 
ella, viéndose al cabo libre de sus brazos, se le- 
vantó de la butaca. La despedida fué larga como 
siempre. Amalia no le soltaba hasta que le veía 
ebrio, intoxicado por la violencia de sus cari- 
cias. Jacoba le esperaba en el corredor. Des- 
pués de conducirle por éste y otros varios hasta 
la estancia donde se hallaba la escalerita excu- 
sada que iba á la biblioteca, le hizo seña de que 
aguardase y bajó sola para cerciorarse de que no 
había nadie en los pasillos. Tornó á subir para 
avisarle; el conde descendió, apagando cuanto 
podía el ruido de sus botas. A la puerta del pa- 
sadizo la medianera le dejó, después de abrirle 
la puerta. Bajóse otra vez hasta tocar con las 
manos en el suelo para no ser advertido de la 
gente que pasase por la calle, y en esta forma 
atravesó el pasadizo de la tribuna. Abrió la 
puerta y entró. La oscuridad le cegó. En cuanto 
dió algunos pasos sintió un golpe en la espalda 
y oyó una voz ronca que decía al mismo tiempo: 
— ¡Muere, infame! 

Se heló en sus venas la sangre y dió un salto 
hacia atrás. Entre las sombras espesas pudo dis- 
tinguir un bulto más negro aún. Veloz como un 
rayo se precipitó sobre él, y lo hubiera aniqui- 
lado bajo su enorme cuerpo si no sintiera una 
carcajada reprimida y al mismo tiempo la voz 
de Amalia. 



EL MAESTKANTE 



149 



— ¡Cuidado, Luis, que me vas á hacer daño! 

La sorpresa le dejó mudo unos instantes. 

— ¿Pero por dónde has venido? — dijo al cabo. 

— Pues por la escalera principal. Me he echa- 
do este capuchón negro encima y he bajado co- 
rriendo. 

Y viéndole frío y disgustado por aquella bro- 
ma de mal gusto, se empinó sobre la punta de 
los pies, colgóse rápidamente á su cuello y, des- 
pués de apretar los labios larga y apasionada- 
mente contra los suyos, le dijo con acento zala- 
mero: 

— Ya sabía que no eras cobarde... pero que- 
ría comprobarlo. 




V 



Las bromas de Paco Gómez. 




ora bien, Granate no acababa de per- 
suadirse á que Paco Gómez procedie- 
se de buena fe. Su carácter jocoso, los 
terribles bromazos que se le atribuían perjudi- 
cábanle en el ánimo del indiano. Nobastabaque 
adoptase continente grave y mantuviese con 
él pláticas largas acerca de la alza ó baja de las 
acciones del Banco, ni que le loase la casa por 
encima de todas las fábricas modernas y le diese 
útiles consejos en el juego del chapó. De todos 
modos el gracioso de Lancia observaba allá, en 
el fondo de sus ojazos encarnizados de jabalí, 
una nube de recelo que no podía disipar. En este 



152 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aprieto pidió auxilio á Manuel Antonio. Se le 
había metido en la cabeza una broma chistosa, 
y antes de renunciar á ella consentiría en cual- 
quier alianza. 

— Desengáñate, Santos — decía el marica, de 
acuerdo con Paco, paseando cierta tarde por 
el Bombé con Granate, — tú, como te. has pa- 
sado más de la mitad de la vida detrás de un 
mostrador, no entiendes nada de estos lances. No 
te diré que Fernanda esté chalada por tí, pero 
que anda en camino de ello lo digo y lo sosten- 
go aquí y en todas partes. Hace ya tiempo que 
lo vengo notando. Las mujeres son caprichosas, 
incomprensibles; hoy rechazan una cosa y maña- 
na la apetecen y están dispuestas á hacer cual- 
quier disparate por lograrla. Fernanda comenzó 
rechazándote... 

— ¡Entodavía! ¡entodavía! — manifestó» sorda- 
mente el indiano. 

— Pura apariencia. Es una chica muy orgullo- 
sa y que no dará jamás su brazo á torcer. Pero 
por lo mismo que tiene mucho orgullo no se ca- 
sará más que con el conde de Onísó contigo, los 
dos únicos partidos que hay en Lancia para ella; 
el conde por la nobleza y tú por el dinero. Luis 
es un hombre muy raro; yo lo creo incapaz de 
casarse. Ella está convencida ya de esto mismo. 
No le queda más que tú, y tú serás al cabo el que 
se coma la breva... Además, por más que otra 



EL MAE STB ANTE 



153 



cosa digan, á las mujeres les gustan los hombres 
como tú, robustos... porque tú eres un roble, 
chico — añadió volviendo hacia él la cabeza con 
admiración. 

Granate dejó escapar un mugido corroborante. 
El marica le pasó las manos por el torso, como 
profundo conocedor de las formas masculinas. 

— ¡Qué musculatura, chico! ¡Qué hombros! 

— Con estos hombros que aquí ves — dijo el 
indiano con orgullo — se han ganado muchos mi- 
les de pesos. 

—¿Cómo? ¿Cargando sacos? 

— jSacos! — exclamó Granate sonriendo con 
desprecio. — Eso es pa la canalla. ¡Cajas de 
azúcar como vagones! 

' El Bombé estaba desierto en aquella hora. 
Era un paseo amplio en forma de salón, recién 
construido en lo alto del famoso bosque de San 
Francisco, desde donde se señoreaba todo. Este 
bosque de robles corpulentos, añosos, retorcidos, 
algunos délos cuales pertenecían ála selva primi- 
tiva donde se fundó el monasterio que dio origen 
á Lancia, servía de sitio de recreo y esparcimien- 
to á la población, hasta cuyas primeras casas lle- 
gaba. Permaneció siempre en lamentable aban- 
dono; pero la ultima-corporación municipal había 
llevado á cabo en él magnas reformas que le ha- 
bían valido los aplausos de los espíritus innova- 
dores: un paseo, algunos jardinillos alrededor y 



154 



Al? MANDO PALACIO VALDÉS 



una calle enarenada entre los árboles, que le po- 
nía en fácil comunicación con la ciudad. Los días 
de labor no paseaban por él más que algunos 
clérigos con sus largos manteos negros y enor- 
me sombrero de teja, llevando algún seglar en- 
medio, dos ó tres pandillas de indianos disputan- 
do en voz alta sobre el precio de los cambios ó el 
valor de los solares de la calle de Mauregato, re- 
cién abierta, y tal cual valetudinario, que venía 
á primera hora á tomar el sol, y se retiraba to- 
siendo en cuanto sentía la humedad de la tarde. 
¿Y las damas?... ¡Ah! Las damas lacienses sa- 
bían perfectamente lo que se debían á sí mismas 
y estaban dotadas de un sentimiento harto deli- 
cado de las leyes del buen tono para exhibirse 
en días que no fuesen feriados. Y aun en éstos 
no lo hacían sino tomando las debidas precau- 
ciones. Ninguna dama de Lancia cometía la ba- 
jeza de presentarse en el Bombé los domingos 
mientras no estuviesen paseando en él algunas 
otras de su categoría. Pero esto era de una difi- 
cultad insuperable, dada la unanimidad de pare- 
ceres. De aquí que, aderezadas ya desde las tres 
de la tarde, con el sombrero y los guantes pues- 
tos, aguardasen al pie de los balcones, espián- 
dose las unas á las otras por detrás de los visi- 
llos. «Ya pasan las de Zamora.» «Ahora vie- 
nen las de Mateo.» Sólo entonces se aventura- 
ban á lanzarse á la calle y subir poco á poco y 



EL MAE Sí I! A N T E 



155 



con la debida majestad hasta el paseo, donde 
hacía ya dos horas la banda municipal ejecutaba 
diversas fantasías sobre motivos de Ernani ó Na- 
buco para recreo de las niñeras y algunos apre- 
ciables albañiles. Ni se crea, sin embargo, que 
la sociedad distinguida de Lancia entraba así de 
golpe y porrazo en el arenoso salón. Nada de 
eso. Antes de poner el pie en él subían á otro pa- 
seíto suplementario que había poco más arri- 
ba. Desde allí exploraban el terreno, observaban 
«si alguna se había atrevido.» Por fin, cuando 
las sombras comenzaban á espesarse ya en las 
copas de los añosos robles, á la hora en que la 
niebla descendía de las montañas apercibida á 
fijarse en las narices, en la garganta y en los 
bronquios del honrado vecindario, todas las be- 
llezas indígenas acudían casi en tropel al espa- 
cioso paseo. ¡ Qué importaba un catarro, un 
reúma, ni siquiera una pulmonía, ante la des- 
honra de presentarse las primeras en el Bombé! 
¡Ejemplo notable de fortaleza! ¡Caso portentoso 
del poder que en los pechos elevados ejerce el 
respeto de sí mismo! 

Esta exquisita conciencia de los deberes, que 
la naturaleza ha escrito con caracteres indelebles 
en los corazones dignos, se revelaba aún de 
modo más claro y conmovedor con ocasión de 
los bailes de confianza que el Casino de Lancia 
daba cada .quince días durante el invierno. Fácil 



156 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



es de comprender que las dignísimas señoritas 
que con tal admirable constancia luchaban un 
día y otro para no entrar en el paseo mien- 
tras estuviese solitario, no irían á cometer la vi- 
leza de presentarse «primero que las otras» en 
el salón del Casino. Mas como aquí no había 
paseo suplementario desde donde espiarse, ni era 
fácil por la noche estar de espera en los balco- 
nes, aquellas ingeniosísimas damas, tan dignas 
como ingeniosas, hallaron un medio de dejar 
siempre á salvo su honra. Poco después de sonar 
las diez, hora en que daba comienzo el baile, 
enviaban hacia allá de descubierta, como caba- 
llería ligera, á sus papás ó hermanos. Entraban 
haciéndose los distraídos, se sentaban un mo- 
mento en las butacas, gastaban cuatro bromas 
con los pollos que allí aguardaban correctos, im- 
pacientes, con la luenga levita cerrada, abro- 
chándose los guantes los unos á los otros, y al 
poco rato se retiraban disimuladamente para ir 
á noticiar á sus familias que aún no había lle- 
gado nadie. ¡Ah! ¡Cuántas veces los pollos im- 
pacientes de la levita cerrada aguardaron vana- 
mente toda la noche la llegada de sus hermosas 
parejas! Las bujías se iban gastando; la orques- 
ta, que había tocado sin éxito alguno dos ó tres 
bailables, se desmoralizaba; los músicos char- 
laban en voz alta ó paseaban por el salón y has- 
ta fumaban; los hujieres y mozos bostezaban, 



EL MAESTKANTE 



157 



tirándose unos á otros indirectas referentes á las 
dulzuras del lecho. Por fin el presidente dábala 
orden de apagar, y los pollos se retiraban á sus 
domicilios respectivos tan mustios como correc- 
tos. ¡Espectáculo consolador el de aquellas he- 
roicas jóvenes que, apesar de sus vivos deseos 
de ir al baile, preferían permanecer en casa á 
quebrantar los principios fundamentales en que 
descansa la dicha y el sosiego de la sociedad! 

— Allí viene Paco con el Jubilado. Lo misma 
te dirán que yo — profirió Manuel Antonio po- 
niéndose la ebúrnea mano sobre las cejas á gui- 
sa de pantalla. 

En efecto, allá á lo lejos se columbraba la 
figura de Paco como una percha coronada por 
un pepino. Todos los sombreros le entraban has- 
ta las orejas á causa de la inverosímil pequeñez 
de la cabeza y su disposición excepcional. A su 
lado caminaba el Sr. Mateo con sus enormes bi- 
gotes blancos y arrogante figura militar, aun- 
que ya sabemos que era el hombre más civil que 
hubiese producido Lancia desde hacía algunos 
siglos. 

Granate dejó escapar algunos gruñidos desti- 
nados á probar el profundo desprecio que aque- 
llos dos personajes le inspiraban, el uno por su 
poca formalidad, y el otro por no tener ni un 
mal cupón del tres por ciento. 

— Vamos, queridos, hacedme el favor de con- 



158 



ASMANDO PALACIO YALDÉS 



vencer á este babieca de que es un buen partido 
para cualquier muchacha, porque no quiere 
creerlo. 

— ¡Aprieta, pues si D. Santos no es partido 
con cinco ó seis millones de reales, no sé yo 
quién lo será! — exclamó Mateo relamiéndose 
como padre de cuatro niñas casaderas que no 
acababan de casarse. 

— ¡Suba el cañón, D. Cristóbal, suba el ca- 
ñón! — dijo el indiano echándole una mirada 
torva. 

— ¿Cómo? ¿Tiene usted más?... Me alegro... 
Yo hablo por lo que dice la gente... 

— Tengo quinientos mil pesos sin quitar un 

lápiz. 

Los tres amigos cambiaron una mirada signi- 
ficativa. Manuel Antonio, no pudiendo contener 
la risa, le abrazó exclamando: 

— ¡Bien, Santos, bien! Eso del lápiz me enter- 
nece. 

Granate era el hombre de los disparates lin- 
güísticos. No tenía conocimiento de la forma 
verdadera de una gran parte de las palabras; las 
modificaba de modo que resultaba muy cómi- 
co. Sin duda dependía de falta de oído, dado que 
hacía ya algunos años que había regresado de 
América y trataba con personas cultas. Sus bár- 
baros atentados contra el idioma eran prover- 
biales en Lancia. 



EL MAE STR ANTE 



159 



— Pues nada, este infeliz se figura — prosiguió 
el marica, sin hacer caso de la mirada recelosa 
que le dirigió — que porque Fernanda Estrada- 
Rosa gasta algunos remilgos no le gustan las 
peluconas como á todo hijo de vecino... ¡Tonto, 
tonto, más que tonto! (y al decir esto le pegaba 
palmaditas en el ancho y rojo cerviguillo). ¡Si 
es hija de D. Juan Estrada-Rosa, el mayor judío 
que hay en la provincia! 

— Hombre, Fernanda ya es otra cosa — mani- 
festó el Jubilado, que no estaba en el ajo — Es 
una chica muy rica y no necesita casarse por el 
dinero. 

Pero los otros dos cayeron como fieras sobre 
él. Cuando se tiene dinero se quiere más. La am- 
bición es insaciable. Fernanda era muy orgullo- 
sa y no pasaría por que ninguna otra chica en 
Lancia pudiese ostentar tanto lujo como ella. Si 
D. Santos elegía espoaa en la población, le 
podría hacer competencia desastrosa: era una 
mosca que no se quitaría jamás de la nariz. El 
único rival temible para D. Santos era el conde 
de Onís; pero éste ya estaba descartado. Su ca- 
rácter excéntrico, su misticismo y las extrañas 
manías en que daba con frecuencia, habían con- 
cluido por aburrir á la muchacha... 

Con estos argumentos y un formidable pisotón 
de inteligencia que Paco le dio, el Jubilado entró 
en razón y se puso de parte de ellos. Los tres se 



160 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



esforzaron en convencer al indiano de que ni 
aquélla ni ninguna otra joven podría resistir mu- 
cho tiempo si él se decidía á estrechar el blo- 
queo. Paco aludía además de un modo vago y 
misterioso á cierto dato que él poseía, el cual 
demostraba hasta la evidencia que los desdenes 
de la chica eran pura comedia, alardes de vani- 
dad para hacerse valer. Pero era un secreto; no 
podía revelarlo sin faltar á la amistad y consi- 
deración que debía á la persona que se lo había 
comunicado. 

Sin embargo, Granate no acababa de rendirse. 
Como un mastín á quien rodean los chicos y tra- 
tan de congraciársele haciéndole caricias, echá- 
bales miradas recelosas y dejaba escapar de vez 
en cuando gruñidos dubitativos. Manuel Antonio 
agotó el repertorio de sus argumentos sutiles y 
femeninos, apoyados por sendos abrazos, palma- 
ditas ó pellizcos. Estuvo elocuente y sobón hasta 
lo infinito. Paco le dejaba decir y hacer echán- 
dole de través miradas socarronas, convencido 
de que Granate acogía siempre con desconfianza 
sus palabras. Pero á última hora intervino para 
dar el golpe definitivo. Después de hacerse ro- 
gar mucho por sus dos auxiliares, y de suplicar 
encarecidamente y por los clavos de Cristo que 
aquello permaneciese en secreto, sacó al fin del 
bolsillo una carta. Era de Fernanda á una amiga 
de Nieva. Explicó primero de qué modo casual 



EL MAESTRANTE 



161 



había venido á su poder, y después leyó en voz 
baja y con aparato de misterio el siguiente pá- 
rrafo: «Lo que me dices de Luis no tiene fun- 
damento. No he vuelto ni volveré á reanudar 
mis relaciones con él por razones muy largas de 
explicar, algunas de las cuales ya conoces. Lo 
de D. Santos, aunque por ahora no hay nada, 
lleva mejor camino. Es viejo para mí, pero me 
parece muy formal y cariñoso. Nada tendría de. 
particular que al fin cayera con él.» 

Granate atendió con extremada fijeza, abrien- 
do de modo descomunal sus ojazos. Cuando 
Paco terminó la lectura dijo con voz profunda, 
como si hablara consigo mismo: 

— Esa carta es ipócrifa. 

Volvieron los tres á mirarse haciendo lo po- 
sible por contener la risa. Manuel Antonio apro- 
vechó la ocasión para darle un abrazo más. 

— i Anda tú, grosero, desconfiadote! Enséñale 
la carta, Paco... ¿Tú conoces la letra de Fer- 
nanda?... ¿No?... Pues yo sí y aquí D. Cristóbal 
también, porque Emilita recibe á cada momento 
cartas de ella... Tú eres demasiado modesto, 
Santos. Yo no te diré que seas un real mozo, 
pero tienes cierta gracia y cierto aquel... va- 
mos... 

— ¡Ya lo creo que lo tiene! — exclamó Paco. — 
Bien puede usted fiarse de Manuel Antonio, que 
es voto en la materia. 



ii 



162 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Cualquiera puede distinguir, querido — pro- 
firió éste, picándose repentinamente. — Teniendo 
ojos en la cara se sabe lo que es hermoso, lo que 
es feo y lo que es mediano. 

Y no quiso emplear más saliva en secundar 
los planes de Paco. Dejaron, pues, á Granate en 
paz, y el marica cambió de conversación. 

— Ahí vienen sus amigos, D. Cristóbal. 

Este levantó la cabeza y vio venir hacia 
ellos paseando ocho ó diez militares. Eran ofi- 
ciales del batallón de Pontevedra, que, á su des- 
pecho, había llegado recientemente de guarni- 
ción á la ciudad. Mateo rechinó un poco los dien- 
tes y bufó repetidas veces para indicar todo lo 
odioso que le era la fuerza armada. Después ex- 
clamó con irónico retintín: 

— ¡Cómo me encantan los guerreros en tiempo 
de paz! 

— Les tiene usted mucha manía, D. Cristóbal. 
Los militares no dejan de ser útiles. 

— ¡Útiles! — exclamó el Jubilado encrespán- 
dose. — ¿Qué utilidad traen, vamos á ver? ¿En qué 
son útiles? 

— Hombre, mantienen la paz. 

— La guerra es lo que mantienen. Para librar- 
nos de los ladrones basta la guardia civil. Ellos 
son los que fomentan el malestar y la ruina de 
la nación. En cuanto ven las escalas paradas se 
sublevan en uno ú otro sentido, que eso es para 



EL MAESTRANTE 



163 



ellos lo de menos, y ¡vengan empleos y cruces 
pensionadas!... Yo sostengo que mientras exis- 
tan soldados no habrá tranquilidad en España. 

— Pero, D. Cristóbal, ¿y si una nación extran- 
jera nos atacase? 

El Jubilado dejó escapar una risita irónica 
y sacudió algunas veces la cabeza antes de con- 
testar. 

— Pero ven acá, infeliz, la única nación que 
puede atacarnos por tierra es Francia, y si Fran- 
cia se decidiese á hacerlo, ¿de qué nos servirían 
todos esos oficialitos tan guapos y bien unifor- 
mados? 

— Además, los soldados son un bien para la 
población por lo que consumen. Los comercios 
ganan, las casas de huéspedes lo mismo... 

Manuel Antonio defendía á la milicia sólo por 
oir á Mateo 3^ ponerle fuera de sí. Ahora se ob- 
servaba un dejo de ironía en sus palabras y 
mayor deseo de exacerbarle. 

— ¡Eso es!... ¡Ahora sí que me has apabulla- 
do! ¿Y de dónde viene ese dinero que consumen, 
majadero?... ¡De tí y de mí y del señor, de to- 
dos los que pagamos algo al Estado en una ú 
otra forma!... El resultado final es que ellos 
consumen sin producir, que son un mal ejemplo 
en las poblaciones, porque la ociosidad en que 
viven corrompe á los que ya son un poco pro- 
pensos á la vagancia... ¿Sabes tú cuál es el 



164 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



gasto del ejército? Pues entre los ministerios de 
Guerra y Marina consumen más de la mitad del 
presupuesto. ¡Es decir que la administración, la 
justicia, la religión, los gastos que ocasionan 
nuestras relaciones con los demás países, las 
obras públicas y el fomento de todos los intere- 
ses materiales no cuestan tanto al contribuyente 
como esos caballeritos del pantalón encarna- 
do!... Que las demás naciones de Europa tienen 
un ejército poderoso, bueno, ¿y qué? Allá ellas. 
Las demás se pueden permitir ese lujo porque 
tienen dinero. Pero nosotros somos unos pobre- 
tes; no tenemos más que fachada... Además, 
en otros países hay complicaciones internacio- 
nales, de las cuales por fortuna estamos libres. 
La Francia no nos atacará por miedo á la inter- 
vención de las potencias; pero si nos atacase, 
lo mismo nos conquistaría con ejército que 
sin él... 

El Jubilado se repetía, manoteaba para dar 
nueva fuerza á sus argumentos, echaba fuego por 
los ojos. Manuel Antonio le dejaba irritarse con 
visible satisfacción. En aquel momento pasó 
cerca el grupo de los oficiales, que dieron las 
buenas tardes cortésmente. Todos contestaron 
menos D. Cristóbal, que se hizo el distraído. 

— Yo creo que está usted muy exagerado, don 
Cristóbal. ¿Qué tiene usted que decir del capi- 
tán Núñez, que acaba de pasar ahora? ¿No 



EL MAESTEANTE 



165 



■es todo un buen mozo y una persona atenta y 
fina? 

— Con un azadón en la mano estaría mucho 
mejor y sería más útil á su país — murmuró sor- 
damente el Jubilado. 

— Pues no tiene usted más que ponérselo en 
cuanto sea su yerno, porque, según cuentan, es 
novio de su hija Emilia — dijo el marica recal- 
cando las palabras con extremado gozo. 

Paco y D. Santos rieron. D. Cristóbal quedó 
anonadado. Apenas pudo mascullar trabajosa- 
mente: 

— ¡Quién hace caso de esas boberías! 

Y no volvió á chistar. Aquella noticia le ha- 
bía llegado á lo profundo del corazón, le ponía 
en la situación más difícil en que estuvo jamás 
hombre alguno. Los demás no dejaron de notar 
este silencio, y se hacían guiños y se dirigían 
sonrisas por detrás de su espalda. 

Pero Paco también estaba preocupado. Cuan- 
do se le metía en la cabeza, en aquella cabeza 
como un puño, mal amasada, un bromazo como 
el que tenía proyectado, andaba inquieto, afa- 
noso, lo mismo que el poeta ó el pintor que tie- 
nen una obra entre manos. Después de varios 
días de machacar por él logró al fin, casi, casi, 
decidir al indiano. Se trataba nada menos de que 
éste fuese á pedir con toda ceremonia áD. Juan 
Estrada-Rosa la mano de su hija Fernanda. Se- 



166 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gún Paco y los que le secundaban, era el medio 
más directo y más adecuado de conseguirla. 
Todo lo demás, andarse por las ramas. El día 
en que D. Juan viese que le entraban diez millo- 
nes por la casa andaría de cabeza por conven- 
cer á su hija. Y ella misma no les haría asco. 
¿Pues qué, no siendo con el conde de Onís, con 
quién mejor podía casar que con un hombre tan 
rico, tan formal, tan sano y tan ilustrado? Este 
último epíteto, proferido por Paco con grave 
continente, estuvo á punto de echar á perder el 
asunto, porque no faltó quien sofocase á duras 
penas la carcajada. Granate quiso advertirlo, 
miró á Paco con recelo y volvió á mostrarse des- 
confiado y rehacio algunos días. 

Llegó un momento, sin embargo, en que el in- 
diano creyó en sus palabras. Fué después de ha- 
berle oído en el Casino desde una habitación 
contigua atacar duramente al conde de Onís. 
Aquel día se decidió á darle crédito y convino 
con él la manera de llevar á cabo la petición que 
le aconsejaba. Paco opinó que lo mejor sería no 
decir nada previamente á la chica. Así como los 
buenos generales, para asegurar la victoria, sue- 
len caer de improviso y con sigilo sobre el ejér- 
cito enemigo, lo más hábil en este caso era en- 
trar inopinadamente en la casa, llamar á don 
Juan á una conferencia reservada y abordar de 
frente el negocio. Por el banquero no había cui- 



EL MAESTRANTE 



167 



dado: se pondría como unas pascuas. La chica 
recibiría gran sorpresa, pero esto mismo la 
aturdiría y la pondría más blanda. Las cosas 
graves de la vida se deciden generalmente por 
una corazonada. El que no se arriesga no pasa 
la mar. En resumen, que Granate se entregó á 
discreción y comenzaron los preparativos para 
la gran solemnidad. Lo primero que se trató fué 
la hora. Quedó resuelto que fuese á las doce del 
día. El traje fué objeto de animadas pláticas. 
Paco opinaba que, para presentarse bajo un as- 
pecto más imponente, convendría vestirse algún 
uniforme, por ejemplo, el de jefe honorario de 
administración civil. No era difícil conseguir 
el nombramiento sacrificando un puñado de oro; 
pero esto dilataría más de un mes la realización 
de la empresa. Se desechó el uniforme y se con- 
vino en que vistiese frac negro y llevase colga- 
da la medalla de concejal. Fijóse por último el 
día: resultó un lunes. 

Desde mucho antes el traidor había deslizado 
en la conversación, hablando con D. Juan Es- 
trada-Rosa, la especie de que Granate se jactaba 
de ser deseado y requerido por él para yerno. 
D. Juan, que era también rico y tenía su cacho 
de orgullo, y sobre todo adoraba á su hija y 
creía que el día menos pensado vendría un du- 
que de Madrid á pedírsela, se irritó grandemen- 
te, le llamó rústico, podenco, y juró que, antes de 



168 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ver á su hija casada con semejante cafre, prefe- 
riría que se quedase soltera. 

— Pues tenga cuidado, D. Juan — dijo Paco 
sonriendo maliciosamente, — porque el día menos 
pensado se presenta en casa á pedirle la mano 
de Fernanda. 

— No lo hará tal — respondió el banquero. — 
Demasiado sabe que le echaría por la escalera 
abajo. 

Con estos antecedentes el terrible humorista 
de Lancia marchaba sobre terreno seguro. Fue- 
ra de los tres ó cuatro amigos que le ayudaron 
á persuadir á D. Santos, á nadie dio parte de la 
intriga; pero el domingo por la tarde, víspera 
del acontecimiento, lo mismo Manuel Antonio 
que él, lo fueron pregonando por todos los gru- 
pos y citándose para el día siguiente en el café 
de Marañón. En provincia, donde son escasos los 
medios de divertirse, se toma muy por lo serio 
esta clase de bromas, se preparan con fruición, 
se paladean de antemano. La de Paco fué aco- 
gida con vivo entusiasmo por la juventud lacien- 
se. La víctima no era un pobre diablo, como so- 
lía acontecer, sino un ricachón. Esto le presta" 
ba doble atractivo. En el fondo de todos los co- 
razones hay siempre unos granitos de odio para 
el que tiene mucho dinero. Corrió por el paseo 
la voz, y al día siguiente se presentaron en el 
café de Marañón más de cincuenta mancebos. 



EL MAESTKANTE 



169 



Pero no se dieron á luz en tanto que no pasó 
Granate. El café estaba situado en un piso prin- 
cipal (por aquel tiempo no se usaban los bajos 
para este destino) de la calle de Altavilla, casi 
enfrente de la casa de D. Juan Estrada-Rosa. 
Esta era grande y suntuosa, aunque no tanto 
como la que recientemente había construido don 
Santos. La del café, vieja y de ruin apariencia. 
El local que ocupaban los parroquianos, una sala 
donde estaba la mesa del billar y dos gabinetes 
á los lados con algunas mesillas de madera para 
el consumo, todo sucio, lóbrego, sobado. ¡Cuán 
lejos aún los tiempos de que se estableciese en 
uno de los bajos de aquella misma calle el mag- 
nífico café Británico, con mesas de mármol, es- 
pejos colosales y columnas doradas como los 
más elegantes de Madrid! 

Espiando por detrás de los visillos aquella 
florida juventud, ávida de los goces estéticos, 
vio pasar á Granate correctamente vestido, ba- 
lanceando su torso colosal sobre unas piernas 
que no lo merecían. Le vieron entrar en casa de 
Estrada-Rosa y hasta oyeron el ruido del pica- 
porte. Nada más. Inmediatamente se abrieron 
de par en par los balcones del café y se llena- 
ron. Los que no tenían sitio se encaramaron en 
sillas detrás de sus compañeros. Todos los ojos 
se clavaron en el portal de enfrente. Esperaron 
cerca de un cuarto de hora. 



170 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al cabo la fisonomía violácea de Granate apa- 
reció de nuevo. Daba miedo. Aquella cara pa- 
recía ya un terciopelo como si estuviese ahorca- 
do. Las orejas tenían el color de la sangre. A su 
aparición estalló una salva de toses y estornu- 
dos y gritos y aullidos. El indiano alzó la cabe- 
za y paseó su mirada atónita por aquella muche- 
dumbre descompuesta que le sonreía, sin com- 
prender la razón. Tardó poco, sin embargo, en 
darse cuenta de que era víctima de un bromazo. 
Sus ojos se clavaron entonces feroces en el con- 
curso, y exclamó con un desprecio que nada te- 
nía de fingido: 

— ¡Méndigos! 

Y se alejó como un jabalí perseguido por la 
jauría entre silbidos y carcajadas, volviendo de 
vez en cuando la cabeza para escupirles el mis- 
mo esdrújulo injurioso. 



VI 



Las señoritas de Mere. 



<fJíoAN efecto, Emilita Mateo había logrado 
^V?i hacerse amar de un capitán del bata- 
llón de Pontevedra. Le había costado 
muchos días de incesante jugueteo, un núme- 
ro incalculable de miradas provocativas, de car- 
cajadas sin motivo, de caprichos infantiles, de 
gestos mimosos y enfados pasajeros. Había des- 
plegado, en suma, todas sus baterías, mostrán- 
dose á la vez cándida y maliciosa, dulce y aris- 
ca, reservada y charlatana, grave y retozona 
como una loquilla, como niña ligera é insustan- 
cial, pero adorable. Al fin Núñez, el capitán 
Núñez, no pudo resistir á tal graciosa mezcla 



172 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de inocencia y malicia, y se replegó primera- 
mente, y no tardó luego en rendirse. Era un hom- 
bre de cara larga, bigote y perilla, flaco, serio, 
bilioso, con los ojos mortecinos y fatigados, 
muy exacto en el cumplimiento de sus deberes 
y aficionado á dar largos paseos. Esta clase de 
hombres silenciosos y disciplinados son los más 
sensibles á los encantos de la alegría y la viva- 
cidad. Emilita le hizo suyo llamándole cazurro 
y dándole pellizcos por «picaro y burlón;» ¡á él, 
á quien había que sacar las palabras con tira- 
buzón y en su vida había gastado la más senci- 
lla chanza! 

Con este memorable suceso, la familia Mateo 
andaba bastante dislocada. Jovita, Micaela y 
Socorro, hermanas legítimas de la afortunada 
doncella, sentíanse celosas y lisonjeadas á la 
vez. Entendían que la preferencia de un oficial 
de infantería tan bizarro constituía un honor 
que irradiaba sobre toda la familia y las coloca- 
ba en situación ventajosa frente á sus amigas ó 
conocidas. Pero al mismo tiempo considera- 
han que, siendo Emilita la última en edad, no 
le correspondía tener novio y mucho menos 
casarse sino después de sus hermanas. Eran 
prematuros en ella los noviazgos, no contando 
más que veinticuatro años de edad. En cuanto á 
la idea de que pudiera contraer matrimonio una 
criatura tan tierna y tan informal, la misma 



EL MAESTKANTE 



173 



sonrisa de sorpresa y desdén contraía los labios 
de las tres hermanas mayores. Así que, por más 
que se desbarataban en elogios del capitán de- 
lante de las amigas, haciendo resaltar sus pren- 
das físicas, prestándole un corazón grande y 
heroico, certificando de su riqueza como si se la 
administrasen y hablando vagamente de ciertas 
influencias que le pondrían más tarde ó más 
temprano en la bocamanga los entorchados de 
general, lo cierto es que no le perdonaban ni le 
perdonaron jamás su delito cronológico. 

Por otra parte, D. Cristóbal, padre de aquel 
ángel travieso y juguetón, quedó repentinamen- 
te en posición tan falsa que quiso volverse loco. 
Luchaba su amor de padre ruda batalla con el 
odio á la milicia. Avergonzábale el consentir 
que una hija suya diese oídos á un militar des- 
pués de haberlos llamado él tantas veces hara- 
ganes, sanguijuelas, y haber clamado tanto por 
la reducción del contingente. ¿Con qué cara se 
presentaría á sus amigos de allí en adelante? 
Pasó días bien terribles. El aborrecimiento al 
ejército y á la marina se hallaba tan profun- 
damente arraigado en su corazón, que no podía 
extinguirse de pronto. Sin embargo, le era for- 
zoso confesar que la conducta nobilísima del ca- 
pitán Núñez lo había mermado poderosamente 
El anhelo de casar á sus hijas gozaba tanta 
vida en el fondo de su ser como el desprecio de 



174 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la fuerza armada. ¡Cuánto le pesaba de haber 
vociferado tanto contra ésta! En su tribulación 
llegaba á deplorar que Núñez perteneciese al 
arma de infantería. Si fuese siquiera marino, 
disminuiría la gravedad del conflicto. Recordaba 
que en sus diatribas contra el ejército hacía la 
salvedad de que era necesario conservar algunos 
barcos para proteger las colonias. Lo mismo po- 
día decirse si perteneciese á la guardia civil. En 
cuanto á las demás fuerzas de tierra, no cabía 
disculpa ni había medio de salir del aprieto. 

En tan terribles circunstancias optó por ence- 
rrarse en casa. Cuando alguna vez salía, andaba 
receloso y huido. Los amores de su hija se fueron 
haciendo más formales y cada vez más públicos. 
Temía las bromas. El miedo le hizo claudicar, 
adoptando un proceder doble y falso, indigno por 
completo de su carácter y antecedentes. Es de- 
cir que, mientras públicamente seguía afectando 
desprecio hacia las fuerzas de tierra, cuando 
hablaba con el novio de su hija ó entre milita- 
res, lo hacía con agasajo, les preguntaba con 
interés por su carrera, lo mismo que si presta- 
sen servicios en cualquier oficina civil del Es- 
tado. Nadie sospecharía al oirle enterarse tan 
minuciosamente del escalafón, de las reservas y 
reemplazos, etc., que aquel hombre les tenía ju- 
rado odio eterno. Pero el Jubilado llegó con el 
tiempo á una distinción que nunca se había atre- 



EL MAESTEANTE 



175 



vido á proponer. Como militares no transigía 
con ellos, los consideraba una verdadera plaga 
social... Ahora, «como hombres,» bien podían ser 
dignos de estimación, según sus cualidades. 

Los amores de Emilita habían nacido y cre- 
cido como otros muchos en casa de las de Meré. 
Eran éstas dos señoritas que pasaban de los 
ochenta y no llegaban á los cien años. De todos 
modos, á la entrada del siglo XIX eran ya ma- 
duras. No tenían en Lancia familia alguna. Nin- 
guno de los vivos recordaba á su padre, que ha- 
bía muerto cuando todavía eran mocitas. Estuvo 
empleado en el ramo de Hacienda. Es de supo- 
ner, dada su remota antigüedad, que sería perci- 
bidor de alcabalas ó de otros pechos ya extingui- 
dos. Del siglo XVIII, al cual pertenecían, te- 
nían aquellas interesantes señoritas en primer 
lugar el traje. Jamás pudieron entrar por las mo- 
das del presente. Una saya de cúbica negra muy 
escurrida con plomos por debajo para que se es- 
curriera todavía más, talle muy alto, manga 
apretada con bullones, zapatito de tabinete des- 
cotado y un tocado inverosímil de puro extrava- 
gante: así se presentaban en todas partes. La 
mantilla que usaban no era de -velo, sino de 
sarga con franja de terciopelo, como las usan 
ahora solamente las artesanas. Llevaban bastón 
para apoyarse. Conservaban además la cortesía 
exquisita, la ligereza de carácter, la pasión por 



176 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la sociedad y una alegría inagotable, maravi- 
llosa á sus años. Lo que no habían traído con- 
sigo al siglo presente era la libertad de costum- 
bres y la malicia que, al decir de los histo- 
riadores, caracterizaba la sociedad del pasado. 
Imposible imaginar unas criaturas más senci- 
llas. Como si no hubiesen atravesado por la 
vida, todo les sorprendía, en todo creían menos 
en el mal. Así que, con frecuencia, eran víctimas 
de las bromas de sus amigos y tertulianos, sin 
que por eso dejase ninguno de profesarles entra- 
ñable afecto. Desde tiempo inmemorial tenían 
costumbre de recibir en su casa por la noche á 
la juventud de Lancia, particularmente á los mu- 
chachos que se placían en asistir por la grandí- 
sima libertad que allí disfrutaban. Por acuerdo 
tácito todos ellos las tuteaban. Y era en verdad 
peregrino el oir á los chicuelos de diez y ocho 
años hablar con tal familiaridad á unas viejeci- 
tas que pudieran ser sus bisabuelas. Carmelita 
para aquí, Nuncita para allá, porque la más an- 
ciana se llamaba D. a Carmen y la más joven 
D. a Anunciación. 

Tres ó cuatro generaciones babían pasado 
por aquella salita de la calle del Carpió, modes- 
ta y aseada, con el pavimento de madera encera- 
da, sillas de paja, sofá de damasco encarnado, 
cómoda de caoba atestada de chirimbolos, es- 
pejo con marco de carey y diversos cuadritos al 



EL MAE STR ANTE 



177 



pastel representando la historia de Romeo y Ju- 
lieta. La tertulia de las de Meré era la más an- 
tigua de Lancia. Contra lo que acaece general- 
mente, estas mujeres que no pudieron hallar ma- 
rido tenían la manía de casar á todo el mundo. 
El número de matrimonios que salieron acorda- 
dos de aquella salita es incalculable. En cuanto 
advertían que un muchacho se acercaba á cual- 
quier muchacha más que á las otras, ya estaban 
nuestras señoritas preparando los hilos para 
unirlos con lazo indisoluble; ya no consentían 
que nadie se sentase en la silla que estaba al 
lado de Fulanita para que cuando Menganito vi- 
niese la hallase aparejada y no tuviese más que 
sentarse. Y vengan á Fulanita elogios desmesu- 
rados de Menganito, y vayan á Menganito rela- 
ciones minuciosas de los primores que Fulanita 
ejecuta con la aguja y lo económica y hacendo- 
sa que es y lo piadosa y lo limpia. Y escápense 
más adelante á casa de la mamá de Fulanita para 
celebrar conferencias largas, íntimas, trascen- 
dentales, y procuren enseguida tropezarse con el 
papá de Menganito y desplieguen todas sus dotes 
diplomáticas para explorarle el corazón. Y por 
premio de estos sudores recibían, al cabo, un 
cartuchito de dulces el día de la boda. 

Pero todas las madres de niñas casaderas las 
adoraban, no se hartaban de bendecirlas y adu- 
larlas. Saludábanlas de media legua, y al salir 

12 



178 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de la iglesia se apresuraban á ofrecerles el brazo 
para que se apoyaran. En cambio, las que te- 
ñían algún hijo varón en edad de casarse solían 
mirarlas con recelo y antipatía, las llamaban pol- 
lo bajo chochas y entremetidas. No hay necesi- 
dad de indicar, por lo tanto, que su pasión casa- 
mentera les costó no pocos disgustos. Cuando 
algún lechuguino sentía brotar en su pecho la 
llama del amor, lo primero que hacía era mos- 
trársela á las de Meré. 

— Carmelita, estoy enamorado. 

— ¿De quién, corazón, de quién? — preguntaba 
la anciana con vivo interés. 

— De Rosario Calvo. 

— ¡Ajá! Buen gusto ha tenido el picarón. No 
hay chica más guapa ni mejor educada. Habéis 
nacido el uno para el otro. 

Y por un rato el zagalillo tenía el placer de 
escuchar el panegírico de su adorada. 

— Espero que me protegerás. 

— Todo lo que tú quieras, mi alma. 

Al cabo de pocos días, Rosario Calvo, que no 
había puesto los pies en su vida en casa de las 
de Meré, aparecía por allí y era tertuliana asi- 
dua. ¿Cómo se habían arreglado aquéllas para 
atraérsela? No es fácil averiguarlo, pero tantas 
veces habían llevado á término ya empresas 
análogas, que de seguro poseían una receta sim- 
ple y segura. 



EL MAESTKANTE 



179 



Encariñábanse con sus amigos como si fuesen 
próximos deudos todos. Contábanse de ellas 
rasgos de abnegación que las honraba ex- 
tremadamente. Durante la furiosa reacción del 
año 1823, uno de sus tertulios, teniente de ca- 
ballería, se refugió, después de cierta intento- 
na abortada, en su casa. Las señoritas le reci- 
bieron y le ocultaron algunos días, y al cabo 
lograron que se evadiese disfrazado con el traje 
de un criado. Pero teniendo noticia de que iba 
la policía á registrarles la casa, pensaron con te- 
rror en el uniforme del teniente. ¿Dónde guar- 
darlo que no diesen con él? Carmelita, en aque- 
llos instantes críticos, tuvo un rasgo de ingenio 
y bravura. Se vistió el uniforme debajo de sus 
ropas de mujer. Por cierto que este teniente se 
portó con ellas con bastante ingratitud. No tuvo 
en su vida diez minutos para escribirles una 
carta dándoles las gracias. 

No fué la única que hubieron de sufrir por par- 
te de sus tertulios. Acostumbraban éstos apro- 
vecharse de su amabilidad cuanto podían; re- 
creábanse en su casa, gozaban déla compañía y 
conversación de las jóvenes más bellas de Lan- 
cia, concertaban algunos su matrimonio, y lue- 
go que lo realizaban, ó porque sus negocios ó su 
edad les impedían asistir á la tertulia, si te vi, 
no me acuerdo; apenas las saludaban en la calle. 
Lo mismo puede decirse de las mamás, tan ren- 



180 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



didas y aduladoras antes de casar á sus hijas, y 
tan despegadas así que lo conseguían. Pero ta- 
les flaquezas no alteraban el buen humor de 
aquellas benditas ni destruían su optimismo. 
Como se estaban renovando sin cesar los asis- 
tentes á su casa, olvidaban la ingratitud de los 
antiguos para pensar tan sólo en el aprecio que 
les tributaban los nuevos. Además, en sus cora- 
zones no cabía rencor, ni siquiera hostilidad; las 
bromas no las ofendían. ¡Y cuidado que algunas 
eran bien pesadas! La que les dió Paco Gómez 
en cierta ocasión hizo raya: aún se cuenta con 
regocijo en Lancia. 

No todas las noches de invierno iban damas á 
la tertulia. Generalmente asistían los sábados y 
los miércoles. Pero había un grupo de mucha- 
chos que casi nunca dejaban de hacerles un rato 
de compañía á primera hora, aunque después se 
marchasen á otras casas. Uno de ellos era Paco 
Gómez. En estas noches de soledad se formaba 
generalmente un partido de brisca. Paco iba de 
compañero con Nuncita y el capitán Núñez, ó 
Jaime Moro, ó cualquier otro muchacho con 
Carmelita. Paco una noche se dolió de que las 
señas que se hacían durante el juego fuesen tan 
vulgares y conocidas: era imposible hacerlas 
pasar inadvertidas para los contrarios. Enton- 
ces, de acuerdo con el otro, propuso cambiarlas. 
El enseñaría unas á Nuncita, y el contrario otras 



EL MAESTRANTE 



181 



á Carmelita. Las nuevas señas fueron todas ade- 
manes obscenos, de esos que no se ven más que 
en las tabernas y lupanares. Aquellas inocen- 
tes mujeres las aceptaron sin saber lo que hacían 
y se sirvieron de ellas con la mayor desenvol- 
tura. Así que pasaron algunos días, y estaban 
perfectamente avezadas á usarlas, Paco invitó 
una noche á muchos de los tertulios á presen- 
ciar el juego. Resultó una escena de cómico 
subido. Cada vez que cualquiera de las dos se- 
ñoritas hacía una seña, había una explosión de 
alegría. Pues bien, apesar de lo brutal y des- 
vergonzado de la broma, las bondadosas señori- 
tas, en vez de ponerle de patas en la calle y ce- 
rrarle la puerta para siempre, se contentaron al 
saberlo con hacerse cruces de sorpresa y reírse 
como los demás. 

— ¡Santo Cristo bendito de Rodillero, quién lo 
diría! ¡Tantos pecados como hemos cometido sin 
saberlo! 

— Pues yo no los confieso — exclamó Nuncita 
con resolución. 

— Los confesarás, Niña — expresó gravemente 
la primera. 

— Que no. 

— ¡Niña! 

— Que no quiero. 

— ¡Silencio, Niña! Los confesarás y tres más. 
Mañana mismo te llevaré á Fray Diego. 



182 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Nuncita protestó todavía sordamente, como- 
una chica mimosa, hasta que las miradas seve- 
ras de su hermana mayor la hicieron callar. Pero 
todavía estuvo buen rato enfurruñada. A ve- 
ces, sin saber por qué, se mostraba díscola y re- 
belde en sumo grado. Necesitaba Carmelita ha- 
cer gala de toda su autoridad para someterla. 
Mas, ordinariamente no sucedía así. Aunque no 
le llevase más de tres ó cuatro años, Nuncita,. 
por la costumbre adquirida, por debilidad de ca- 
rácter, ó por ventura porque no le disgustaba 
aparecer más joven en presencia de la gente, 
reconocía la jefatura de su hermana y la obede- 
cía con una sumisión que envidiarían las madres 
para sus hijas. Pocas veces tenía necesidad de 
reprenderla, pero cuando lo hacía, Nuncita ba- 
jaba la cabeza y al poco rato se la veía llevarse 
el pañuelo á los ojos y salir de la sala, mientras 
Carmelita seguía sus movimientos con mirada 
fija, sacudiendo al mismo tiempo la cabeza se- 
veramente. Poco faltaba para que la castigase 
dejándola sin postre ó mandándola á la cama. 
Por tales razones y porque Carmelita así la lla- 
mase con frecuencia, D. a Nuncia, que pasaba 
algo de los ochenta, era conocida en Lancia por 
el sobrenombre de «la Niña.» 

En los amores de Emilita Mateo se portaron 
ambas hermanas heroicamente. El capitán Nú- 
ñez fué bloqueado en toda regla. Por espacio de 



EL MAESTRANTE 



183 



un mes lo menos, y hasta que le vieron bien 
encarrilado, ni una silla le dejaron libre más 
que la que estaba próxima á la más joven de las 
chicas de D. Cristóbal. En el juego de la lotería, 
al cual se entregaba con pasión desordenada 
aquella sociedad, Nuncita se encargaba, sin que 
nadie se lo pidiese, de buscarles cartones que 
fuesen combinados. Cuando se referían al oficial 
de Pontevedra y á Emilita hablaban como de 
una sola persona. Tan unidos y compactos los 
apreciaban ya. 

Servicios á tal extremo importantes los pa- 
gaba el Jubilado con una gratitud que le rebo- 
saba del alma y le salía por los ojos. De buena 
gana se prosternaría ante ellas y les besaría la 
orla del vestido de cúbica. Pero su dignidad y 
aquella larga serie de diatribas contra el ejér- 
cito que llevaba colgadas á los pies como grille- 
tes, le impedían estas y otras manifestaciones. 
Ni siquiera tenía el consuelo de poder mostrarse 
alegre cuando aquel pundonoroso militar acom- 
pañaba á su niña en el paseo. Pero ya se sabe 
que las señoritas se preocupaban muy poco de la 
gratitud de sus tertulios. Los casaban por voca- 
ción irresistible de su espíritu, por una necesi- 
dad de su organismo, como teje la araña la tela 
y cantan los pájaros en el bosque. Una vez en- 
lazados por el vínculo matrimonial, los tertu- 
lios, lo mismo hombres que mujeres, perdían 



184 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



todo su atractivo para las señoritas de Meré. 
Su atención se concentraba inmediatamente en 
los nuevos pollastres que venían piando á cobi- 
jarse bajo sus alas protectoras. 

Quien les causó una serie de decepciones y 
amarguras, que á poco dan con ellas en el se- 
pulcro, fué el conde de Onís. En su vida habían 
tropezado con un hombre más incomprensible, 
¡Lo que las pobres sudaron para meterle en ve- 
reda, en la florida vereda deHimeneo! Pero aquel 
diablo se les resbalaba por entre los dedos como 
una anguila. Mostrábase durante algunas noches 
tierno y amartelado con Fernanda; no se apar- 
taba de ella el canto de un duro. Las miradas 
de las dos hermanas se posaban sobre ellos con 
visible enternecimiento; procuraban con ahinco 
que nadie fuese á interrumpirles; poco les falta- 
ba para mandar á los demás que bajasen la voz 
á fin de que no les molestase el ruido. Pues bien, 
repentinamente, cuando menos podía pensarse, 
el conde cometía el absurdo de alzarse distraí- 
damente de la silla, bostezar y marcharse á 
hacer solitarios á un rincón de la mesa. Por su 
parte Fernanda caía en idénticas flaquezas, po- 
niéndose á charlar animadamente con el chico 
del regente de la audiencia sin dirigir una mi- 
rada á su novio. Carmelita y Nuncita quedaban 
aterradas cuando esto sucedía, se iban á la cama 
presa de la mayor consternación. 



EL MAESTRANTE 



185 



Después del rompimiento definitivo, y cuando 
al cabo se convencieron de que la ventura de 
realizar tan sublime matrimonio no estaba reser- 
vada para ellas, humillaron un poco su ambición 
y prestaron auxilio á Granate, que hacía mucho 
tiempo lo demandaba con instancia. También por 
estelado la suerte impía les hirió cruelmente. 
Fernanda rechazaba con irritación cualquier pa- 
labra suasoria que le dirigiesen en favor del in- 
diano. Si observaba que las señoritas tenían dis- 
puestas las sillas de modo que resultase aquél 
sentándose á su lado, en un instante destruía su 
combinación yéndose con ademán displicente al 
extremo opuesto. Al formarse las partidas de 
brisca ó de tute no consentía que se lo diesen por 
compañero so pena de renunciar al juego. En fin, 
que estaba tan alerta y sobre sí que era imposi- 
ble atacarla por ningún lado. No obstante, las 
de Meré persistían en su proyecto y trabajaban 
por llevarlo á cabo con paciencia; que es la ga- 
rantía más segura para dar cima á las grandes 
empresas. 

Algunos días después de la guasa de Paco Gó- 
mez se hallaban en la famosa tertulia, á más de 
tres ó cuatro pollastres, el mismo Paco, Manuel 
Antonio, D.Santos, el capitán Núñez, D. Cristó- 
bal, Fernanda, María Josefa Hevia y dos de las 
chicas de Mateo. No se pensaba todavía en jugar. 
Todos estaban sentados menos Paco, que daba 



186 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vueltas por la sala contándoles la broma que ha- 
bía dado la otra noche en el teatro á Manín, el 
mayordomo de Quiñones. Desde que éste había 
quedado paralítico, su famoso acompañante an- 
daba sin sombra por la ciudad. Mas, por la gran 
confianza que su amo le otorgaba, los tertulios 
de D. Pedro le guardaban consideraciones, y 
apesar de la rusticidad de su trato y del traje 
campestre que llevaba, cuando le tropezaban en 
la calle le abrazaban familiarmente, le convida- 
ban á entrar en el café y á veces le llevaban al 
teatro. Manín para aquí, para allá: el grosero al- 
deano se había hecho famoso no sólo en Lancia, 
sino en toda la provincia. Aquel calzón corto, 
aquella media blanca de lana con ligas de color, 
chaqueta de bayeta verde y sombrero calañés, 
le daban un aspecto original en la ciudad, don- 
de por milagro se veía ya un hombre con este 
arreo. Era una de las cosas que más sorprendían 
á los forasteros, sobre todo viéndole alternar en 
cierto pie, de igualdad con los señores de la po- 
blación. No sólo por respeto al maestrante, sino 
porque les hacía mucha gracia las salidas bruta- 
les de Manín, éstos se perecían por llevarle en 
su compañía. Además, Manín era un célebre ca- 
zador de osos, con los cuales se decía que había 
luchado algunas veces cuerpo á cuerpo. Los afi- 
cionados á tal clase de ejercicio le profesaban 
por esto respeto y simpatía. Sin embargo, los 



EL MAESTRANTE 



187 



enemigos que el mayordomo tenía allá en su al- 
dea aseguraban, riendo sarcásticamente, que lo 
de los osos era una farsa, que en su vida los ha- 
bía visto, cuanto más luchar con ellos. Añadían 
que Manín había sido siempre un zampatortas 
hasta que D. Pedro había tenido el capricho de 
sacarle de la oscuridad. La imparcialidad nos 
obliga á estampar esta opinión, que desde luego 
suponemos infundada. Hay que confesar, no obs- 
tante, que la conducta de Manín, ofreciendo re- 
petidas veces á sus amigos llevarles á cazar el 
oso, sin que jamás cumpliera la promesa, la pres 
taba cierta verosimilitud. Pero el profesar respe- 
to á la salud é integridad de los osos de su país 
¿es acaso motivo suficiente para arrojar á un 
hombre á la cara el calificativo de zampatortas? 
Nadie osará afirmarlo. Más lógico es suponer 
que el célebre Manín era, como todos los hom- 
bres que logran sobreponerse á la multitud, víc- 
tima de las asechanzas de la envidia. 

Refería Paco, con el desenfado procaz que le 
caracterizaba y del que no prescindía ni aun ha- 
llándose entre damas, cómo había llevado á 
Manín al palco proscenio que con otros amigos 
tenía abonado en el teatro. El mayordomo no 
había visto jamás bailarinas. Al presentarse és- 
tas en escena le hizo creer que traían las piernas 
desnudas. Manín quedó escandalizado, fijando 
en ellas sus ojos, donde se pintaba el asombro y 



188 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la indignación. «Pues aún no has visto lo me- 
jor; ¡aguarda, aguarda un poco!» Al comenzar 
la orquesta á tocar, las bailarinas hacen chas- 
quear los palillos, y dando una vuelta levantan 
todas la pierna á la altura de la cabeza. «¡So- 
llo!» exclama el pobre tapándose la cara con las 
manos. ¡Dios sabe lo que pensó que iba á ver! 

Paco narraba el lance con naturalidad, pa- 
seando de un cabo de la sala, la cabeza baja y 
las manos metidas en los bolsillos del pantalón. 
Las jóvenes tertulianas se creyeron en el caso 
de ruborizarse. Todos reían menos Granate, que 
aún tenía en el corazón la broma del día pasado. 
Desde su rincón, donde estaba como un oso ale- 
targado, dirigíale miradas torvas, agresivas. ¿Qué 
había pasado en casa de Estrada-Rosa cuando el 
indiano fué á ella en demanda de la mano de la 
señorita? Ni á D. Juan ni á su hija se les pudo 
sacar una palabra; pero cierta doncellita enteró 
á todo el mundo de que D. Juan había rehusado 
en términos desdeñosos, que Granate hizo osten- 
tación de sus millones y aun se autorizó el ma- 
nifestar que Fernanda no encontraría un matri- 
monio más ventajoso. Entonces D. Juan se in- 
comodó, le llamo zángano y lo despidió con ca- 
jas destempladas. Paco, cada vez que sorprendía 
una de aquellas miradas furibundas, sonreía y 
hacía guiños á Manuel Antonio. 

— Oye, Carmela — dijo parándose frente á un 



EL MAESTRANTE 



189 



cuadrito pintado al óleo, — ¿dónde habéis com- 
prado este San Juan? 

— ¡Jesús! señor — exclamó Carmelita, — no es 
un San Juan, que es un Salvador, ¡míralo cómo 
se ríe el pobrecito! 

— ¡Ah! es un Salvador. ¿En qué se distin- 
guen? 

Las señoritas de Meré, al escuchar tal pregun- . 
ta, quisieron volverse locas de alegría. Se les 
caían las lágrimas de risa. 

— ¡Ay, qué Paquito! ¡Ay, qué corazón!... ¡No 
distingue un San Juan de un Salvador! 

Y ríe y que te ríe. Hacía muchos años que no 
habían oído nada tan gracioso. Cuando hubieron 
sosegado un poco y se limpiaron las lágrimas y 
se sonaron estrepitosamente con un pañuelo de 
hierbas, Paco, que gozaba viéndolas tan alegres, 
les preguntó: 

— Pero vamos, ¿cuándo lo habéis comprado, el 
Salvador, que yo no lo he visto hasta ahora? 

— Estaba en el cuarto de Nuncia, mi alma; 
pero allí no estaba bien, porque tropezaba la 
cama en él, y lo hemos traído. 

— Se lo regaló á Carmela, cuando vivía papá, 
un pintor de Madrid que pasó aquí unos días — 
dijo Nuncita. 

— ¿Eras tú joven? — preguntó gravemente Paco 
dirigiéndose á Carmelita. 

— Sí, muy jovencita. 



190 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿El pintor tenía fama? 
— Mucha. 

— Entonces ya sé quién era, Murillo. 

— No; me parece que no se llamaba así. 

— Entonces sería Velázquez. 

— Ese nombre ya me suena más. Era hombre 
mozo, muy cortés y muy galán, ¿verdad, Nun- 
cia?... A tí me parece que te hizo algunas ca- 
rantoñas... 

Nuncita bajó los ojos ruborizada. 

— ¿Quién se acuerda de eso ya? 

— Era muy enamoradizo — prosiguió Carmeli- 
ta; — pero al mismo tiempo bien criado y bien 
entendido... 

— ¿Enamoradizo dijiste? Justo, no puede ser 
otro que Velázquez. 

— No se llamaba Velázquez; se llamaba Gon- 
zález — apuntó tímidamente Nuncita. 

Y después de decirlo volvió á ruborizarse. 

— ¡Eso es, González! — exclamó su hermana 
haciendo memoria. 

— Bueno, es igual, sería un contemporáneo su 
yo, de la buena raza de pintores del siglo XVII — 
manifestó Paco sin turbarse por las carcajadas 
de los tertulios, que se espantaban de la inocen- 
cia de aquellas pobres mujeres. 

— ¿Conque te ha hecho la corte á ti, Niña? — 
prosiguió cogiendo con dos dedos cariñosamente 
la barba de Nuncita. — Me parece que tú debiste 



EL MAE STR ANTE 



191 



de haber sido muy torerita, ¿verdad, Carmela? 

— Fué un poco tentada de la risa. 

— ¡Carmela, por Dios, que estos señores van 
á creer que he sido una coqueta! — exclamó con 
angustia la Niña. 

— No creerían más que la verdad, chica — 
dijo Paco. — ¿Ya no te acuerdas que has dado oí- 
dos á un procurador eclesiástico llamado don 
Máximo, y después que éste se iba de tu casa 
hablabas con el teniente Paniagua por el balcón? 

Nuncita sonrió con enternecimiento al recuer- 
do de aquellos tiempos, y repuso bajando los ojos 
con graciosa timidez: 

— D. Máximo venía á casa todos los días, 
pero nunca me requirió de amores. 

— ¡Qué amores ni qué calabazas! — exclamó 
Paco. — Di tú que quien te gustaba de verdad 
era el teniente, y concluirás más pronto. 

— ¿Conque ha estado usted enamorada de un 
militar? — preguntó con graciosa volubilidad 
Emilita, dirigiendo al mismo tiempo una mirada 
provocativa á Núñez. — Pues ha tenido usted 
bien mal gusto. 

El Jubilado se puso repentinamente serio y se 
le erizaron los bigotes de terror ante aquella sa- 
lida de su hija; pero se tranquilizó inmediata- 
mente al observar que el capitán, en vez de dar- 
se por ofendido, la pagaba con una sonrisa amo- 
rosa y lo echaba á broma como todos los demás. 



192 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No es ella sola la que ha tenido ese mal 
gusto — expresó con marcada intención Carme- 
lita, muy alegre de haber encontrado aquel rasgo 
de ingenio. 

— Y ¿quién era ese teniente?... Algún trasto... 
¡cómo si lo viera!... — tornó á preguntar Emilita 
con la misma adorable ligereza. 

— ¡Alto, alto, Emilia! — manifestó Paco. — 
Paniaga era teniente de los tercios de Flandes y 
muy bizarro. 

— No, corazón, no — se apresuró á rectificar 
Nuncita, — que era de la guardia real. 

— ¿No era arcabucero? 

— No, mi alma; de la guardia real te digo. 

D. Cristóbal disimulaba la risa con un flujo de 
tos. Manuel Antonio y los pollastres reían des- 
caradamente. 

— Paniagua era hombre muy notable — pro- 
siguió Paco. — Poseía esa decisión que tan bien 
sienta á los militares. El mismo día que llegó 
vio á Nuncia por la mañana al balcón. Por la 
tarde le entregó en el pórtico de San Rafael, al 
salir de la novena, un billete de declaración, que 
empezaba: «Señorita: Entre confuso y medroso, 
y dudando si en gracia de lo rendido me perdo- 
nará usted lo osado, confieso que mi único de- 
lito consiste en amar á usted...» 

— ¡Qué picarón! ¡cómo lo recuerda! — exclamó 
Nuncita, enternecida de verdad. 



EL MAE STE ANTE 103 



Lo cierto era que Paco, á quien la Niña, des- 
pués de muy rogada, había mostrado las cartas 
que conservaba de Paniagua, se había aprendido 
de memoria aquel originalísimo documento y lo 
recitaba en todas partes para regocijo de sus 
amigos. 

— Eso se llama un hombre resuelto. Así se 
manifiesta el carácter de la persona. ¡Qué dife- 
rencia de los militares de hoy, que antes de de- 
clararse á una muchacha la pasean un año la 
calle y luego tardan otro en decir: «Niña, ¿cuán- 
do nos vamos á la vicaría?» 

Pronunció estas palabras mirando al rincón 
donde estaban Emilita y el capitán. Este recogió 
la alusión y se~puso serio. La chica se hizo la 
distraída, pero agradeciendo mucho á Paco en el 
fondo de su corazón el capote, mientras el Ju- 
bilado se atusaba el bigote con mano temblorosa, 
temiendo que Núñez se enfadara, pero alegre al 
mismo tiempo por la esperanza de que estos ca- 
potazos oportunos le sacaran de su atonía. 

Cansados de platicar, los pollastres propusie- 
ron jugar un ratito á las prendas. Es un juego 
donde los hombres de criterio siempre pescan 
algo. Fernanda consintió en que Granate se sen- 
tase á su lado. Los guiños de Paco, que había 
sorprendido, le habían hecho mal efecto. Era 
una criatura muy orgullosa, pero en la cual se 
hallaba arraigado el sentimiento de justicia. No 

13 



194 



ARMANDO PALACIO VALDKS 



podía sufrir que se burlasen en su presencia de 
nadie, aunque fuese del ser más ínfimo y des- 
preciable. Podía decirse que el sentimiento de 
la dignidad, que era en ella tan delicado y vi- 
drioso, la hacía sentir las heridas causadas en la 
de los otros con más viveza. Aunque aborrecía á 
Granate, la molestaba que se le mortificase en su 
presencia, sobre todo si era por su causa; sin per- 
juicio, por supuesto, de que ella le diese á cada 
momento descomunales desaires; pero entendía, 
y no le faltaba razón, que los desdenes de la 
mujer que se ama, si causan dolor, no resque- 
man como las burlas. El indiano, que se vió tan 
honrado, no cabía en sí de gozo, y comenzó con 
voluntad excesiva y la ordinariez que le carac- 
terizaba á prodigarle mil atenciones. Fernanda 
las recibió con semblante grave, pero sin repug- 
nancia. 

Y vino, como es natural, aquello de las «tres 
veces sí y tres veces no, » el (¡contentar á todos los 
presentes,» «un favor y un disfavor,» etc., etc. 
La sociedad se recreaba con lo que se habían re- 
creado sus padres y sus abuelos, y con lo que 
pensaban que se recrearían sus hijos. ¡Inocen- 
tes! Había allí un espíritu, sin embargo, que no 
merecía este calificativo. Paco Gómez jugaba 
con una condescendencia displicente, como hom- 
bre que se adelantaba mucho á su época, come- 
tiendo mil torpezas y desaciertos que demostra- 



EL MAE STR ANTE 



195 



ban la distracción que caracteriza á los seres su- 
periores. En cambio, Núñez tenía puestos los 
cinco sentidos. No se vio jamás hombre más 
erudito en aquellas materias ni que las tratase 
con más profundidad. Su inteligencia lúcida ha- 
bía penetrado en todos los secretos del juego de 
prendas y sabía sacar de cada uno el partido 
posible, extraer todo su jugo, según pedían las 
circunstancias. Por ejemplo, cuando una señori- 
ta debía contentarle, quedaba sordo instantá- 
neamente. La joven se veía obligada á inclinar- 
se más y más, hasta que sus labios de carmín 
rozaban la oreja del capitán. Si quedaba conde- 
nada á hacer el papel de esquina de la Puerta 
del Sol y, por consiguiente, á sufrir que le pe- 
gasen carteles en la cara, que se recostasen con- 
tra ella, etc., etc., el profundo Núñez no soltaba 
la presa en tanto que no pasease las manos por 
todas las regiones de su cuerpo. Pero cuando dió 
más claras muestras de su talento portentoso y 
de los vastos conocimientos que había logrado 
adquirir en aquel ramo del saber, fué al pro- 
poner que la señorita á quien acertase lo que 
tenía en el bolsillo quedase obligada á darle un 
beso. Tal seguridad tenían todas de que nada 
conseguiría, que no vacilaron en aceptar la pro- 
posición. Erró, efectivamente, al vaciar con el 
pensamiento el bolsillo de Carmelita, erró con 
Fernanda, con María Josefa, con Micaela, y 



196 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



¡miren qué diablo! fué á acertar precisamente 
con Emilita. Unas tijeras, un pañuelo, un dedal 
y tres caramelos. La niña se puso á gritar ba- 
tiendo las palmas, toda nerviosa: ¡Trampa, 
trampa! El capitán, sereno, apacible, grandioso 
como un héroe de la antigüedad, rechazó aque- 
lla imputación y demostró hasta la saciedad que 
allí no cabía trampa alguna. 

-...Ano ser — añadió sonriendo mefistoféli- 
camente — que estuviera usted convenida con- 
migo para dejarme ver de antemano lo que tenía 
en el bolsillo. 

La niña protestó aún más ruidosamente con- 
tra esta hipótesis indecorosa, se puso agitada 
hasta un grado incomprensible y, levantándose 
con vneza, corrió al extremo opuesto de la sala, 
lo más lejos posible del capitán, como si éste 
fuese á tomar por la fuerza lo que de derecho le 
correspondía. Hubo quien se puso de parte de ella 
(las mujeres) y quien tomó partido por él (casi 
todos los hombres). Armóse en la sala un zipi- 
zape de mil demonios. Todos hablaban, reían, 
chillaban sin acabar de entenderse. Pero la que 
más gritaba y gesticulaba era, como es fácil de 
comprender, la interesada. Sin embargo, don 
Cristóbal, viendo que aquello llevaba trazas de 
no concluir, y queriendo dejar á salvo la forma- 
lidad de su progenie, intervino en la disputa 
como un dios majestuoso que extiende la dies- 



EL MAEST11ANTE 197 



tra para calmar las olas del mar embrave- 
cido. 

— Emilita — pronunció con firmeza, — juego es 
juego. Dale un beso á ese caballero. 

Adviértase que no dijo «al capitán,» ni si- 
quiera «á ese señor oficial.» Todavía sus labios 
civiles repugnaban dejar paso á una palabra de 
orden exclusivamente militar. 

— rjPero papá! —exclamó la hija menor, roja 
ya como una amapola. 

— ¡Vamos!... — profirió con la diestra extendi- 
da y en la actitud más imperativa que pudo adop- 
tar jamás un dios jubilado. 

No hubo más remedio. Emilita, confusa y aver- 
gonzada, con las mejillas convertidas en dos 
brasas, se acercó vacilante al heroico capitán de 
Pontevedra, fértil en toda clase de astucias, y 
le rozó con el carmín de lo > labios la tierra ama- 
rillenta de sus mejillas. 

Mas héte aquí que, apenas lo hubo efectuado, 
saltó hecha un basilisco Micaela, la más irasci- 
ble de las cuatro nereidas que nadaban en las 
profundidades de la morada del Jubilado: 

— ¡Qué desvergüenza!... Esos no son juegos 
decentes, sino suciedades... No me ex' raña de 
Núñez, porque los hombres ¿á qué están? Me ex- 
traña de tí, Emilita... Me parece que un poco 
más de pudor y vergüenza no te vendrían mal... 
Pero ¡cómo la has de tener si los que tienen 



198 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



obligación de ponértela son los primeros en em- 
pujarte á lo malo!... 

Aquella sangrienta diatriba contra el autor de- 
sús días dejó á éste pálido y clavado al suelo. 
Hubo un instante de silencio embarazoso. Una 
nota tan destemplada les sorprendió. Sin em- 
bargo, todos se apresuraron á defender á Emi- 
lita y á protestar de la pureza y la perfecta ino- 
cencia de tales juegos. El argumento que más se 
repetía, y el que á todos les parecía incontrasta- 
ble, era que, no habiendo malicia, aquello no va- 
lía nada, porque lo importante en estos asuntos 
es la intención. El beso ¿ha sido dado con inten- 
ción? — decía uno de los pollastres más dialécti 
eos. — ¿No? Pues entonces como si no se hubiera 
dado. Núñez asentía gravemente, un poco amos- 
cado y mirando de reojo á su futura cuñada 
Pero ésta no se rendía á demostraciones tan evi- 
dentes y se obstinaba en pedir, cada vez con 
mayor violencia y más altas voces, un poco de 
vergüenza para su hermana menor y unas miga- 
jitas de sentido para su señor padre. Mas como 
al cabo nadie se presentaba con estas cosas en la 
mano á satisfacer sus votos, no tuvo otro reme- 
dio que ir bajando el diapasón, hasta que al fin 
sus coléricas protestas se fueron trasformando 
poco á poco en murmullo sordo y amenaza 
dor como el de los truenos lejanos. Y la tertulia 
recobró su dulce sosiego habitual. 



EL MAESTBANTE 



1 99 



Pero quedó suspendido por aquella noche el 
juego de prendas. Nuncita, de quien casi siem- 
pre partían las grandes ideas, propuso que se ju- 
gase á la boba. No se sabe por qué, pero es lo 
cierto que este juego poseía particulares atracti- 
vos para la menor de las señoritas de Meré. Es 
indecible lo que se placía la ex-novia del teniente 
Paniagua cuando lograba encajar la boba á algu- 
na de sus tertulianas, la ansiedad y desasosiego 
que se apoderaba de ella cuando la tenía en su 
poder y no lograba soltarla. Paco Gómez tomó 
la baraja y sacó las tres sotas; pero sabiendo la 
debilidad de Nuncita y queriendo, según su 
temperamento, mortificarla un poco, hizo una 
señal á la que quedaba, y luego la fué manifes- 
tando al oído á algunos de los tertulios. Resul- 
tado de esto fué que la boba iba casi siempre á 
parar á manos de la Niña, y allí se atascaba, sin 
que apesar de todos sus esfuerzos consiguiese 
desprenderse de ella. Con esto, apesar de su apa- 
cible natura], se fué impacientando poco á poco. 
La tertulia reía y ella también, pero más con los 
labiosque con el corazón. Al fin, en un momento 
de cólera echó á rodar las cartas y declaró que 
no jugaba más. Carmelita, al ver aquel acto de 
descortesía, intervino severamente, como siem- 
pre que se desmandaba. 

— ¿Qué arrebato es ése? ¿A qué conduce esa 
tontería? ¿Qué dirán estos señores?... Dirán, con 



200 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



motivo, que no tienes educación, y que en nues- 
tra familia no ha habido quien hubiera sabido en 
señarte... ¡A ver si coges las cartas ahora mismo! 
— No quiero. 

— ¿Qué, qué dices, necia? ¡Tú, tú, tú eres ton- 
ta!... ¿Se habrá visto una criatura más díscola?... 
Co... co... coge las cartas enseguida... 

La cólera la hacia tartamudear, saliendo de su 
boca desprovista de dientes unos ruidos ex- 
traños. 

— ¡Hum!— gruñó Nuncita, torciendo el hoci- 
co co;i mueca de mimo. 

— ¡Niña, no me enfades! —gritó su hermana 
mayor. 

— ¡No quiero, no quiero! — repitió aquella cria- 
tura indómita con decisión. 

Y al mismo tiempo se levantó de la silla y 
arrastrando los pies se fué á refugiar en el ga- 
binete. 

Mas su hermana la siguió inmediatamente en 
la actitud más severa y autoritaria que puede 
nadie imaginarse, dispuesta á corregir aquel 
principio de rebelión, que con el tiempo podría 
traer funestas consecuencias. Oyóse rumor de 
disputa, sobresaliendo la voz áspera, irritada, de 
Carmelita; luego aquella voz se fué dulcificando, 
haciéndose persuasiva, razonadora, reprendiendo 
con suavidad. Llegó asimismo á los oídos de los 
tertulios el eco de un sollozo. Por último, ai 



201 



cabo de buen rato se presentó de nuevo Carme- 
lita, arrastrando los pies todavía más que su 
hermana, con los ojos resplandecientes de auto- 
ridad y el ademán majestuoso que conviene á 
los que necesitan dictar leyes á los seres que la 
Providencia les ha confiado. Detrás venía la Niña 
avergonzada, sumisa, con las mejillas inflama- 
das y los ojos llorosos. Sentóse otra vez á la 
mesa y, sin osar levantar los ojos á su hermana 
mayor, que la miraba aún con cierta dureza, 
tomó humildemente las cartas y se puso á jugar. 
Pues bien, este ejemplo conmovedor de respeto 
y de sumisión, en vez de impresionar grave- 
mente á los circunstantes, provocó en casi todos 
una sonrisa de burla, y en algunos de ellos al- 
gunas inoportunas carcajadas que á duras penas 
lograron sofocar. 

Sin embargo, el juego no duró mucho tiempo. 
Acercábase la hora de diseminarse aquella esco- 
gida sociedad. 

— María Josefa, hoy he visto á tu ahijada en 
el paseo— dijo Paco Gómez, mientras barajaba 
distraídamente las cartas. — La he dado un beso. 
Está cada día más guapa... ¿Cuánto tiempo 
tiene ya? 

— Pues saca la cuenta. La hemos bautizado 
en Febrero... Dos meses y medio. 

— ¿Iba con su madre? — -preguntó Manuel Anto- 
nio sonriendo de un modo particular. 



202 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— No. Á su madre la he encontrado después 
en Altavilla y he echado un párrafo con ella — 
respondió gravemente y con afectada natura- 
lidad. 

La mayor parte de los tertulios le miraban 
sonrientes con expresión de malicia reservada 
que sorprendió á Fernanda. Sólo las dos señori- 
tas de Meré y Granate permanecieron impasibles, 
sin darse cuenta de lo que se hablaba. 

— Pero ¿á qué ahijada de usted se refiere, á la 
niña recogida por los de Quiñones? — preguntó 
en voz baja la heredera de Estrada-Rosa á Ma- 
ría Josefa. 

— Sí. 

— ¿Entonces?... ¿Cómo hablan de su madre? 

— Porque esos dos tienen una lengua muy 
mala. ¡Dios nos libre de ella! — repuso la solte- 
rona sonriendo también con alegría maliciosa, 
mirando al mismo tiempo á la joven con la bene- 
volencia condescendiente con que se mira á las 
criaturas inocentes. 

— Pero ¿quién suponen que es su madre? 

— ¿Quién ha de ser? Amalia .. ¡Silencio! — 
dijo apresuradamente, bajando más la voz. 

Quedó estupefacta. Para ella era la noticia 
tan nueva, tan sorprendente, que por unos ins- 
tantes estuvo mirando con ojos pasmados á su 
amiga como si no hubiese oído. En el estupor 
que le causaba, no oyó las primeras palabras de 



EL MAESTBANTE 



203 



Paco. Sólo se hizo cargo al concluir de que esta- 
ba loando con calor la belleza de la niña. 

— Tiene á quien parecerse — murmuró el mari- 
ca de Sierra con la misma intención maligna. — 
Ya ves... su madre... ¡Y su padre!... Su padre se 
cae de buen mozo. 

Fernanda, picada repentinamente por viví- 
sima curiosidad, una curiosidad insana que la 
puso agitada y anhelante sin saber por qué, se 
inclinó otra vez hacia María Josefa, y metién- 
dole la boca por el oído, le preguntó con voz 
alterada: 

— Pero ¿quién es su padre? 

La solterona se volvió hacia ella y le clavó 
una mirada donde se traslucía junto con la sor- 
presa la misma indulgencia compasiva. 

— Pero ¿de veras no sabes?... 

La joven hizo signo negativo. Y al mismo 
tiempo se sintió embargada por terrible emo- 
ción. Una corriente de aire frío atravesó su ser 
interior repentinamente. Quedó pálida, pendien- 
te de los labios de María Josefa, como si de ellos 
esperase la salud ó la muerte. Aquélla advirtió 
bien su turbación, y dijo después de mirarla un 
instante fijamente: 

— No te lo digo... ¿Para qué?.. . Acaso sea todo 
una calumnia. 

Fernanda se repuso instantáneamente. 

— Está bien — respondió haciendo un gesto de 



204 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



displicencia. — Cálleselo. Después de todo, ¿á 
mí qué me importa todo eso? 

Este gesto hirió á la solterona, que se apre- 
suró á decir con aguda sonrisa: 

— Pues precisamente porque á tí te importa 
es por lo que temo decírtelo. - 

— No entiendo... 

María Josefa se inclinó hacia ella y le dijo: 
— Porque dicen que el padre de la criatura es 
Luis. 

Como ya antes había sentido la puñalada, 
Fernanda quedó impasible y preguntó con indi- 
ferencia: 

— ¿Qué Luis? 

— El conde, muchacha. 

— ¿Y por qué me ha de importar á mí que sea 
Luis el padre? 

María Josefa quedó un poco desconcertada. 

— Como ha sido tu novio... 

— ¡Pero como ya no lo es! — replicó encogién- 
dose de hombros desdeñosamente. 

Y se puso á hablar con Granate, que tenía del 
otro lado. Aquella indiferencia era pura come- 
dia que su orgullo lograba representar. Una 
tristeza inexplicable y penetrante cayó sobre su 
alma y la invadió por completo, sin dejarle fuer- 
zas para pensar ni para hacer nada. Si Granate 
no fuese un animal, hubiera comprendido ense- 
guida que la sonrisa con que acogía sus barba- 



EL MAE STB ANTE 



205 



rismos y barbaridades era una verdadera mueca 
sin expresión alguna, y que los monosílabos y 
respuestas incoherentes que dejaba escapar de 
sus labios denunciaban bien claramente que no 
le escuchaba á él, sino á Paco Gómez, Manuel 
Antonio y los demás que seguían charlando de 
la niña expósita. 

¡Con qué interés ardiente recogía todas las 
palabras que se cambiaban entre aquellos mal- 
dicientes! Y á medida que iban poniéndole en 
claro el suceso y que iban acumulando porme- 
nores, entreverando frases burlonas y reticen- 
cias de efecto cómico, su corazón se apretaba, 
se apretaba poco á poco, como si todos ellos lo 
fuesen oprimiendo entre sus manos, uno después 
de otro, para hacerle daño. Pero su rostro per- 
manecía impasible. Ni la más leve contracción 
acusaba el dolor que la mordía- 
La tertulia se deshizo á las doce, como siem- 
pre. Fernanda sintió gran consuelo al respirar el 
aire frío y húmedo de la noche. Tenía ansia de 
quedarse á solas con su pensamiento y darse 
cuenta cabal de lo que acababa de aprender. 

Había llovido mucho. Las calles, empedra- 
das de grueso guijarro, resplandecían á la luz de 
los reverberos. Al salir de la casa unos tomaron 
por la calle abajo; otros, entre ellos Fernanda, 
hacia arriba en dirección á la plaza. Pocos pa- 
sos habían dado cuando sintieron el estrepitoso 



ARMANDO PALACIO VALDKS 



trotar de unos caballos que doblaban en aquel 
instante la esquina y bajaban hacia ellos. 

— Ahí está el barón y su criado — dijo Manuel 
Antonio. 

Era la hora, en efecto, en que el excéntrico ba- 
rón de los Oseos salía á dar su paseo habitual 
por las calles de Lancia. Su famoso caballo las 
desempedraba haciendo cabriolas, levantando 
tal estrépito que, aun siendo el corcel de su 
criado mucho más paciente, parecía que atra- 
vesaba la ciudad un escuadrón . Al cruzarse 
con los tertulios, Manuel Antonio, con el des- 
parpajo que le caracterizaba, gritó: «Buenas 
noches barón.» Pero éste volvió hacia ellos el 
rostro espantable, los miró fijamente con sus 
ojos encarnizados y siguió adelante sin contes- 
tar. El marica, corrido, dijo: 

— ¡Va borracho, como siempre! 

Todos asintieron burlando. Pero en el fondo 
sintieron todos, unos más y otros menos, el mis- 
mo estremecimiento al ver aquella figura si- 
niestra. Fernanda, por mujer y por el estado 
especial de su alma, se inmutó visiblemente: 
después de pasar siguió todavía con ojos de 
temor á los dos jinetes hasta que se perdieron 
entre las sombras. 

Al meterse en la cama, con el corazón apreta- 
do, quiso analizar la emoción que la dominaba; 
quiso remontarse á la causa. Sintió vergüenza 



EL MAESTRANTE 



207 



de ella. Su orgullo le hia© exclamar con rabia y 
en voz alta: 

— ¿A mí que me importan esas picardías? ¿Qué 
tengo que ver con él ni con ella? 

Pero acabado de proferir tales palabras sintió 
las mejillas caldeadas por el llanto. La herede- 
ra de Estrada-Rosa se volvió rápidamente y 
hundió el rostro, cubierto de rubor, en las al- 
mohadas. 



VII 



El aumento del contingente. 




AS terribles dificultades que debían de 
surgir para el matrimonio de Emi- 
lita, a causa de las opiniones antibé- 
licas de su padre, se orillaron con más facilidad 
de lo que podía esperarse. La historia no habla- 
rá (aunque mejor razón tendrá que para otros 
muchos sucesos) de aquel día solemne en que 
Núñez fué de uniforme á pedir á D. Cristóbal la 
mano de su hija, de aquel abrazo memorable 
con que éste le recibió, estrechándole calurosa- 
mente contra su pecho civil, de aquella fusión 
increíble de dos elementos heterogéneos creados 
para repelerse, y que gracias al amor de un án- 



210 



ARMANDO PALACIO VALDÉ3 



gel dulce y revoltoso se compenetraban y enten- 
dían. Si por casualidad esta página privada fue- 
se objeto de atención para algún historiador, no 
tendría más remedio que afirmar la grandísima 
importancia de semejante concordia, que hasta 
entonces se había juzgado inverosímil, y al mis- 
mo tiempo presentar con imparcialidad el re- 
verso, descubriendo á las futuras generaciones 
en qué modo el benemérito patricio D. Cristó- 
bal Mateo fué víctima de una injusticia social y 
de la persecución de sus conciudadanos. 

Es de saber, que todo el mundo en Lancia se 
creía autorizado para dar cantaleta á este res- 
petable y antiguo funcionario acerca del matri- 
monio de su hija. Unas veces directa, otras in- 
directamente, siempre que tocaban tal punto alu- 
dían á las opiniones contrarias al desenvolvi- 
miento de las fuerzas de tierra sustentadas por 
él hasta entonces. Al matrimonio dió en llamár- 
sele «el aumento del contingente,» y algunos lle- 
varon su procacidad hasta darle tal nombre de- 
lante de su futuro yerno. Fácil es de concebir 
cuánta saliva habría tenido que tragar antes de 
perder, como lo hizo, una molesta y mal enten- 
dida vergüenza. 

Pero á despecho de todas las diatribas y mur- 
muraciones de los vecinos, que reflejaban, en el 
sentir de Mateo, más que su naturaleza jocosa, 
la envidia que ardía en la mayor parte de los co- 



EL MAESTEANTE 



211 



razones, «el aumento del contingente» se abría 
paso. El plazo fijado para realizarlo fué el mes 
de Agosto. Cuando llegó el momento había ad- 
quirido tal importancia que, como sucede gene- 
ralmente en los pueblos pequeños, apenas se ha- 
blaba de otra cosa. Las relaciones del Jubilado 
y sus cuatro hijas eran numerosísimas, y todas 
ellas aspiraban á ser invitadas el día de la 
boda. Por otra parte, la misma aspiración ali- 
mentaban en su pecho algunos dignos y pundo- 
norosos oficiales del batallón de Pontevedra 
amigos del futuro. No siendo posible reunir tanta 
gente en el hogar poético del Jubilado, se pensó 
en celebrar la boda en el campo. La casa más 
á propósito era la de la Granja por su proximi- 
dad á la población. D. Cristóbal se la pidió al 
conde, con quien tenía extremada confianza, lo 
mismo que sus hijas, y éste se apresuró á poner- 
la á su disposición. 

En la iglesia de San Rafael se consumó de 
madrugada aquella venturosa alianza, prenda 
segura de paz entre el elemento civil y el mili- 
tar. Bendíjola fray Diego que, por ser el sacer- 
dote más bizarro y el más firme bebedor de ani- 
sado de la capital, gozaba de gran prestigio en- 
tre la oficialidad. Asistieron al acto más de vein- 
te damas y casi otros tantos caballeros. En 
cuanto terminó se trasladaron todos á la Granja 
para pasar allí el día. Por hallarse tan cerca de 



212 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ia población no se necesitaban carruajes. Sin 
embargo, fueron los del conde de Onís y de Qui- 
ñones para trasportar á los novios y á algunas 
personas de edad avanzada, como las dos seño- 
ritas de Aleré. Entre los invitados estaba casi 
toda la tertulia del maestrante, bastantes de la 
de las de Meré y un número crecido de oficiales. 

El conde había hecho asear, hasta donde era 
posible, el vetusto caserón. Casi todos lo cono- 
cían como su propia casa. Era el sitio obligado 
de las giras campestres por hallarse tan cerca y 
por el hermoso bosque que tenía. Los condes ja- 
más habían negado el permiso. En cuanto llega- 
ron y gustaron el chocolate, que les esperaba en 
el vasto salón con pavimento de ladrillo de la 
planta baja que servía de comedor, se disemina- 
ron sin ceremonia por la casa y por la finca dis- 
puestos á matar las horas del mejor modo posible 
hasta que sonase la de comer. La novia, con 
Amalia, que había sido su madrina, y otras dos 
señoras se fué á sentar gravemente en una de las 
habitaciones. Tenía los ojos brillantes, las meji- 
llas coloradas y procuraba inútilmente disfrazar 
con un continente digno y serio la profunda emo- 
ción que la embargaba. Las que la acompañaban, 
casadas todas, la acariciaban sin cesar, pasando 
la mano por sus cabellos, dándole palmaditas en 
las mejillas, cogiéndole las manos y de vez en 
cuando inclinándose para estampar un beso en su 



EL MAESTRANTE 



frente con esa condescendencia, mitad cariñosa, 
mitad irónica, con que las veteranas del matri- 
monio contemplan á las bisoñas. No hay una de 
aquéllas que al acercarse á una novia no sienta 
vibrar en su pecho el eco de cierta música lejana 
y divina; viene á sus labios el gusto de la miel 
de la remota luna; pero llega ¡ay! con el dejo 
amarguillo de algunos años de prosa matri- 
monial. En toda mujer casada hay un poeta 
desengañado de su musa. De aquí la sonrisa bai- 
roniana que aparece en su rostro al observar la 
dicha que arde en los ojos de una desposada. 

Emilita había cambiado de carácter en un 
cuarto de hora. Todo lo juguetona y pizpireta 
que se había mostrado hasta entonces, aparecía 
ahora grave y espetada. Disertaba sabiamente 
con las matronas, sus compañeras, acerca de la 
instalación de la despensa, del servicio domés- 
tico que todas consideraban en espantosa deca- 
dencia, del precio de la carne. Tan vieja se ha- 
bía hacho en este cuarto de hora, que sorprendía 
no ver ya alguna hebra de plata entre sus ca- 
bellos de oro. 

En cambio á sus hermanas, por extraño con- 
traste, les habían quitado algunos años de enci- 
ma desde que la menor tomara la investidura. 
Habían retrocedido hasta la infancia. Como cria- 
turas ávidas de aire y de luz para desarrollarse, 
lanzáronse al bosque las tres, animando con sus 



214 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gritos é inocentes carcajadas el silencio y la paz: 
que allí reinaba. ¡Virgen del Amparo lo que sal- 
taron, lo que rieron, las diabluras que llevaron 
á cabo en poco tiempo aquellas loquillas! Para 
entregarse á los juegos inocentes, que exigía ei 
retroceso sensible que habían experimentado de 
pronto, se quitan las mantillas y dejan suelto eL 
cabello, tiran los guantes, el abanico, la sombri- 
lla, todo lo que pudiera simbolizar la juventud, 
y se quedan gozosas con los atributos de la ado- 
lescencia. No sólo dejan flotando sobre la espal- 
da su cabellera angelical, sino que se despojan 
del reloj, de las pulseras y sortijas que entregan 
á su papá, colgándose antes de su cuello para ha- 
cerle mil caricias como niñas sencillas y apa- 
sionadas que eran; hecho lo cual y al observar 
que algunos dignos oficiales del batallón de Pon- 
tevedra las contemplan, huyen ruborizadas y 
confusas, se recogen las enaguas con alfileres 
hasta dejar descubierto el pie y parte de la pier- 
na, y en la inocencia de su corazón huyen, hu- 
yen siempre por el bosque adelante, esquivando 
como las ninfas de Diana las miradas ardientes 
de la oficialidad. 

Y cuando llegan á un rincón apartado y soli- 
tario donde las sombras se espesan, donde no 
llegan los ruidos mundanales ni penetran los 
ojos maliciosos de los hombres, llaman con gri- 
tos de alegría; como pajaritos de Dios, ásus com- 



EL MAESTRANTE 



215 



pañeras, las invitan á venir á disfrutar de aque- 
lla amable seguridad donde libremente pueden 
mostrar sus gracias y recrearse sin peligro de 
ser sorprendidas. Entonces una propone jugar á 
la cuerda y las demás acceden batiendo las pal- 
mas. Jovita es la primera. Salta, salta hasta que 
queda rendida y se deja caer sobre el césped, 
llevándose la mano al corazón, que palpita con 
la fatiga, no con la agitación insana de las pa- 
siones juveniles. Luego salta otra, luego otra y 
otra hasta que todas se tienden exánimes pero 
risueñas, reflejando en sus mejillas sudorosas y 
en sus ojos entornados la dulce alegría que se 
escapa de un pecho inocente. Y en cuanto des- 
cansan se propone jugar «al milano que le dan — 
cebollita con el pan.» ¡Qué risa! ¡qué algazara! 
¡cómo resuena el dormido bosque con las voces 
argentinas de aquellas bellas y tiernas criaturas! 
Cansadas de este juego se diseminan por un mo- 
mento. Algunas forman grupo sentadas al pie 
del tronco de un roble y se cuentan en voz baja 
como suave gorjeo mil puerilidades encanta- 
doras; otras se entregan apasionadamente á la 
busca de florecillas azules y hacen con ellas ra- 
milletes que colocan en el pecho; otras se persi- 
guen, como las golondrinas en el aire, con chilli- 
dos penetrantes. Otras, las más resueltas, dedi- 
can sus esfuerzos á la caza de cigarras y otros 
bichos temerosos. Pero luego tornan á juntarse 



216 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



porque hay una chica muy aturdida que apuesta 
á encaramarse en un árbol si la ayudan, y hay 
otra maligna que dice que sí, que ella la ayuda- 
rá. Manos á la obra. Empezó la animosa joven, 
que se llama Consuelo, á poner sus piececitos en 
las rugosidades del roble más asequible. La com- 
pañera maligna, que no es otra que Socorro, la 
tercera sirena del Jubilado, la sostiene. Encará- 
mase al fin la primera en la cruz de dos ramas; 
asciende después á otra; aplauden las ninfas y 
la alientan con gritos de entusiasmo... 

Mas hé aquí que Rubio, el teniente de la ter- 
cera, hombre acreditado de audaz entre sus com- 
pañeros de arma y de un genio devastador para 
el sexo femenino, se presenta de improviso aso- 
mando su cabeza temeraria por encima de linas 
matas. Las ninfas, al verle, lanzan un grito y 
quedan petrificadas en la actitud en que las sor- 
prende. Consuelo, desde lo alto del árbol, le 
apostrofa con violencia. Sien su mano estuvie- 
ra trasformaría inmediatamente en ciervo á aquel 
nuevo Acteón. Acá, para ínter nos, es posible que 
prefiriese trasformarle primeramente en marido, 
sin perjuicio de acudir más adelante á la meta- 
morfosis clásica... Pero Rubio, el teniente de la 
tercera, conoce perfectamente el valor de estos 
gritos y estos apostrofes. No se inmuta; sonríe 
maliciosamente y llama con voz ronca á sus her- 
manos de armas. ¡Qué confusión, qué espanto 



EL MAESTRANTE 



217 



entre aquellas risueñas hijas de los bosques al 
aproximarse en columna cerrada los hijos de 
Marte! Sin recoger las mantillas, ni los guantes, 
ni las sombrillas, nada en suma de lo que las 
pertenecía, huyen y se desbandan por la floresta 
lanzando gritos de terror. Pero los sátiros de 
pantalón encarnado las persiguen con saña, las 
atrapan aquí y allá y las traen cautivas enmedio 
de risotadas odiosas. Mientras tanto la pobre 
Consuelo, encima del árbol y bloqueada por tres 
de estos silvanos voluptuosos, se niega terminan- 
temente á bajar mientras no se alejen por lo me- 
nos cincuenta varas. Ellos ¡los crueles! se nie- 
gan. Ruega la ninfa, se irrita, está á punto de 
llorar; pero ni su enojo ni sus lágrirrías consi- 
guen ablandar el corazón empedernido de los in- 
fames sátiros. Por fin se resigna á descender y, 
aunque toma muchas y castas precauciones, éstos 
logran ver un pie deliciosamente calzado y un 
nacimiento de pierna que les hace rugir de gozo. 
Pero ¿dónde está Rubio? ¿Dónde está el más te- 
rrible y feroz de todos ellos? No se sabe, mas al 
cabo de mucho tiempo sale de la espesura arras- 
trando consigo á Socorro, la más sentimental de 
las ondinas de D. Cristóbal. En los rasgos crue- 
les de su fisonomía viene pintada la expresión 
del triunfo, y en los de ella la vergüenza y la su- 
misión de una cautiva. Muchas hor,as después, 
en las últimas de la noche, sentado á una mesa 



218 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



del café de Marañón y rodeado de ocho ó diez 
de sus colegas, el teniente de la tercera narraba 
con sonrisa malévola el vencimiento de la ninfa, 
calculando lo menos en veinticinco ó treinta los 
besos que logró robarle en distintos sitios de su 
rostro hechicero; y todos los hijos de Marte 
aplaudían y celebraban con homéricas carcajadas 
aquel nuevo triunfo de su heroico compañero. 

Finalmente, los vencedores no se mostraron 
demasiado tiranos, y el orden se restableció gra- 
cias á la llegada oportuna de las señoritas de 
Meré, que venían acompañadas de María Josefa 
y de Paco Gómez. Las autoras y únicas respon- 
sables de todo aquello habían sacado el fondo del 
cofre. Carmelita traía un vestido de alepín de 
seda negra que sólo salía á relucir.en las gran- 
des ocasiones, al paso que Nuncita, por contar 
menos años y respetabilidad, podía lucir un traje 
claro con flores bordadas, como sólo se ven en 
los retratos del siglo pasado. Estaban alegres, 
rebosando satisfacción por los ojos; pero las pier- 
nas no respondían á aquella eterna juventud de. 
sus corazones: caminaban apoyándose en sendas 
muletas y agarrándose con la mano libre al bra- 
zo de sus acompañantes. Fueron recibidas con 
vivas y hurras. Se oyeron asimismo algunas fra- 
ses harto familiares, de esas que nadie más que 
las benditas de Meré consentían y reían. Por eso 
tenía poco mérito el embromarlas. Jamás se dió 



EL AMAESTRANTE 



219 



el caso de verlas enfadadas con sus amigos, y eso 
que algunos se deslizaban en sus guasas hasta 
llegar no pocas veces á la grosería. En cambio 
eran muy propensas á la guerra intestina, esto 
es, á irritarse una con otra; pero ya sabemos en 
qué paraban siempre estas misas. 

El espíritu temerario del teniente Rubio, apre- 
tado por las circunstancias, engendró una idea 
felicísima, es á saber: que para mejor pasar el 
rato hasta la hora de comer se construyese un 
columpio, donde las damas pudieran gozar la 
dicha de sacudirse el diafragma algunos instan- 
tes, y los caballeros la de proporcionársela mo- 
viendo galantemente el aparato. Dicho y hecho: 
se buscan cuerdas, se sierra una tabla; en menos 
de un cuarto de hora queda todo terminado. Ru- 
bio, mientras se lleva á cabo, no deja de hacer 
guiños expresivos á sus compañeros, que com- 
prenden, sonríen, callan, profundamente admi- 
rados, como siempre, de la audacia y penetra- 
ción del teniente de la tercera. Ya está amarra- 
do el columpio. ¿Quién es la primera? Todas ma- 
nifiestan la misma vergüenza, idéntico rubor 
colorea sus mejillas. A una se le ocurre ma- 
lignamente proponer que lo estrene Nuncita. 
Las demás aplauden la idea. Nuncita resiste ate- 
rrada. Carmelita ni concede el permiso ni lo 
niega. Las instancias se repiten sin cesar. Los 
mancebos encuentran la idea cada vez más ori- 



220 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



ginal. Al fin, casi á viva fuerza, entre los aplau- 
sos frenéticos del corro, Cuervo, el hercúleo al- 
férez de la primera, levanta en brazos á la Niña 
y la sienta en la tabla. 

— ¡Agárrate bien, Nuncia! — le grita Paco Gó- 
mez, mientras el citado alférez y algunos otros 
amigos empiezan á mecerla. 

— ¡Suave, suave! — exclama Carmelita. 

No hay cuidado; así lo hacen, porque temen 
dar con ella en tierra. Pero aun moviendo el co- 
lumpio con parsimonia, el aire consigue levantar, 
al poco tiempo, las enaguas de la antigua donce- 
lla. Los oficiales ríen y empujan el columpio 
para que se vea más. 

— ¡Fuerte, fuerte, que algo se pesca! — les gri- 
ta Paco Gómez. 

Las muchachas, entre risueñas y avergonza- 
das, se tapan la cara y se abrazan unas á otras 
diciéndose palabritas al oído. 

— ¡Alto, alto! — exclama Carmelita. — ¡Paren 
ustedes! 

Nadie hace caso. Las ropas de la Niña van su- 
biendo, subiendo: no se sabe dónde se van á de- 
tener. 

— ¡Alto, alto! ¡Por Dios, señor alférez! 

— ¡Anda con ella! — rugen los militares. 

Y el columpio sigue cada vez más vivo. Nun- 
cita está tan asustada que no tiene tiempo á 
pensar en el pudor. 



EL MAESTRANTE 



221 



— -¡Señor alférez! ¡Señor capitán! — grita Car- 
melita toda temblorosa, agitando los brazos, la 
mandíbula inferior, desdentada, batiendo contra 
la superior, desdentada también, con un estre- 
mecimiento particular. — ¡Señor capitán, téngase 
por Dios! ¡Por la Virgen del Amor Hermoso!... 
¡Pare! ¡pare!... ¡pare! 

— ¡Sooó! — exclama Paco. 
Pero el capitán es sueco y sigue apretando. 
Las enaguas de Nuncita se encuentran ya en la 
más alta cúspide adonde pueden llegar. Las jó- 
venes se vuelven de espaldas; algunas corren 
riendo á ocultarse entre los árboles. Sólo cuando 
hubieron consumado su obra de desvergüenza se 
consiguió que los oficiales aplacasen y permitie- 
sen á Nuncita tomar tierra. Su hermana, en vez 
de enojarse con los culpables, la emprende con 
ella llena de furor, vibrando rayos por los ojos. 

— ¡Bájate, picarona! ¡Escandalosa! ¿Es ésa la 
educación que has aprendido de tus padres? ¿Es 
eso lo que te aconseja el confesor? 

Nuncita, aterrada, empieza á hacer pucheros 
y suelta la llave de las lágrimas. La juventud 
masculina, lo mismo que la femenina, tratan de 
calmar á la enfurecida Carmelita. El capitán y 
el alférez echan sobre sí toda la culpa. Es en 
vano. La cólera no se apaga hasta que no se des- 
carga de palabras bien ofensivas y pesadas. La 
pobre Niña, sentada en el suelo, sollozando, con 



222 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la cara oculta entre las manos, excita la compa- 
sión de todos los presentes, que no cesan de in- 
terceder por ella. 

Se trata de saber cuál es la que ha de subirse 
al columpio después. Ninguna quiere: es natu- 
ral. ¿Cómo han de dejarse columpiar por hom- 
bres tan atrevidos y desvergonzados? Es en vano 
que militares y paisanos expliquen su conducta 
en el suceso anterior y hagan juramento de no 
reincidir y estar comedidos y prudentes y siem- 
pre á las órdenes de las damas. Estas no se fían. 
Sobre todo el teniente Rubio les inspira un te- 
rror pánico considerándolo, y no sin razón, como 
el alma de todas aquellas intrigas libidinosas. 

Pero cuando más desesperanzados estaban, 
hé aquí que Consuelo, aquella niña aturdida y 
resuelta que hacía poco se había encaramado en 
un árbol, habla al oído á una compañera y luego 
se adelanta y dice, con espanto de sus compa- 
ñeras: 

— Yo me subo. Ayúdenme ustedes. 

Un grito de entusiasmo acogió estas sencillas 
palabras. Por algunos instantes no se oyó más 
que ¡viva Consuelo! ¡viva Consuelo! entre la 
muchedumbre frenética. No hay quien no quiera 
ayudarla y quien no la colme de flores y agasa- 
jos. El alférez atlético, con ademán caballeres- 
co, pone una rodilla en tierra y la invita á que 
afiance el pie sobre su muslo. La intrépida joven 



EL MAESTKANTE 223 



no se hace de rogar y lo ejecuta, sentándose de 
un salto en la tabla. Lo mismo militares que 
paisanos se las prometen muy felices y cambian 
entre sí miradas de inteligencia, decididos á fal- 
tar á su palabra y á pagar la confianza de la niña 
con la más negra traición. Mas cuando ya se dis- 
ponían á dar comienzo á su obra maléfica em- 
pujando el aparato, Consuelo hace seña á su 
compañera. Se adelanta ésta con un puñado de 
alfileres y en un instante le prende las enaguas 
por debajo, de tal manera que no hay forma de 
que se le vea ni la punta del pie aunque echen 
á vuelo el columpio. El sexo femenino aplaude 
con entusiasmo loco. 

— ¡Bien, Consuelo! ¡bien! 

El masculino, enfadado y mohíno, no se atre- 
ve, sin embargo, á protestar ruidosamente, pero 
murmura de aquella falta de confianza, mientras 
la interesada, orgullosa de su ocurrencia, los 
contempla con sonrisa burlona. La desgracia 
fué completa. Los alfileritos obtuvieron un éxito 
tan lisonjero que no hubo niña que se subiese al 
aparato que no se hiciese coser la ropa previa- 
mente con ellos. 

Mientras tales memorables escenas se efectua- 
ban en el bosque, Jaime Moro, desdeñando los 
placeres campestres, había logrado catequizar 
á fray Diego y á D. Juan Estrada-Rosa para 
echar un tresillito. Se aburría en la iglesia, se 



224 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aburría en el bosque, en la ciudad y en la cam- 
piña. Tan sólo recobraba la serenidad de espíri- 
tu y renacía en él la calma y la alegría cuando 
tomaba las cartas en la mano. La suerte quiso 
serle aciaga. No había naipes en la casa. Pero 
no se arredra por eso. Baja á la cocina, llama 
aparte á un criado, al que le pareció más ligero 
y musculoso, y dándole una propina le encarga 
que á todo correr vaya á la ciudad y traiga un 
par de barajitas. Mientras tanto, para que no se 
le escapen, hace esfuerzos portentosos por en- 
tretener á sus compañeros, hablándoles de lo 
que más puede interesarles, sobre todo á don 
Juan, que manifestaba tendencias muy señala- 
das á desertar, seducido por la idea absurda de 
dar un paseo por la quinta y hacer una visita al 
molino como otros de los invitados. Moro suda- 
ba de congoja temiendo no poder resistir hasta 
la vuelta del criado. Felizmente éste llegó á tiem- 
po. En cuanto tuvo en su poder las anheladas 
barajas ya fué otro hombre. Seguro de la victo- 
ria los arrastra á una de las salas retiradas del 
caserón, se hace traer una mesa adecuada, bu- 
jías, cerveza, cigarros y ¡vamos allá!... Después 
de haber estado á dos dedos de perderla, Jaime 
Moro gozaba de aquella felicidad con una ruido- 
sa alegría que causaba envidia. 

Un buen golpe de gente ridicula, sin imagina- 
ción bastante para comprender ni gustar las dul- 



EL MAESTKANTE 



225 



zuras del tresillo, se había ido, con el Jubilado á 
la cabeza, á recorrer la posesión y visitar des- 
pués el molino de nuevo sistema que el conde 
había montado hacía poco tiempo. Formaban la 
comitiva, entre otros, el novio, el propio capi- 
tán Núñez, con aquellos de sus compañeros me- 
nos propicios al sexo femenino, Granate, D. En- 
rique Valero, Saleta, Manín y otros pocos. Al 
conde no se le pudo arrastrar porque no se le 
halló. Se dijo que estaba dando órdenes á los 
criados y vigilando algunas obras allá lejos, pero 
no se le halló tampoco en ellas. Uno que hacía 
allí de capataz ó medio mayordomo se brindó á 
servirles de guía. 

La finca estaba situada en la pendiente de la 
misma suave colina donde está asentada Lancia. 
A espaldas de la casa se encuentra el bosque, 
que le priva de la vista de la ciudad. Así que con 
hallarse tan próxima parece que se está á cien 
leguas de ella, en la amable soledad del campo. 
Al mismo tiempo la protege contra los vientos 
del Norte y del Oeste, dejándola solamente abier- 
ta á las templadas y benéficas corrientes que vie- 
nen del Mediodía y del Este. No llegan hasta allí 
los ruidos de la población. Tan sólo las campa- 
nas de la catedral suenan á ciertas horas del día 
dulcemente amortiguadas por la distancia. La 
carretera general va por detrás del bosque. Otra 
pequeñita, que arranca de ella, la pone en co- 

*5 



22(3 



ARMANDO PALACIO VAf.DhS 



municación con la quinta. No hay en ésta, como 
ya sabemos, ningún parque á la inglesa ó á la 
francesa, ni jardincitos, ni cascadas, ni grutas 
artificiales. Es una finca mitad de recreo, mitad 
de labor. Primero el bosque, luego la casa con 
su corrada; después un jardín vasto y abandona- 
do; enseguida praderas inmensas que se extien- 
den por la falda de la colina y llegan hasta el 
río y aun lo salvan y se dilatan por la opuesta 
orilla. Por estas praderas se ve pastando el ga- 
nado, se oyen sus esquilas y los ladridos de los 
perros. Es fácil forjarse la ilusión de que se está 
en el seno de la naturaleza solitaria. La paz es 
profunda y sólo la interrumpe el canto de un pá- 
jaro ó el mugido de una vaca. 

Los excursionistas recorrieron las cuadras, 
que estaban bien cuidadas, pues el conde tenía 
afición á la ganadería. Sin embargo, Saleta afir- 
mó que las había visto en Holanda mucho me- 
jores. 

— Figúrense ustedes, señores — manifestó con 
su característico acento gallego, — que allí á las 
vacas les atan el rabo con una cuerda, ¿saben? y 
lo tienen suspendido para que cuando les da la 
gana de proveerse lo puedan hacer sin ensu- 
ciárselo. 

Esta noticia, rigorosamente exacta, hace sol- 
tar la carcajada á los presentes. 

— ¡Pero este D. Ramón cuándo se cansará de 



EL MAE STR ANTE 



227 



inventar patrañas! — se decían los unosálos otros 
por lo bajo, todo por causa de aquella maldita 
reputación de embustero que había adquirido. 

— Pue eztán bien atrazaiyo en Holanda, ami- 
go Zaleta — manifestó Valero, que no le dejaba* 
pasar una. — En Málaga, cuando á alguna vaca 
le da la gana de ezo, ze le zienta en un inodoro 
y ze la limpia depué con papel higiénico. 

Saleta no se dio por ofendido. Estaba tan 
avezado á la incredulidad de sus oyentes, que 
aunque ahora reventase con la verdad no le im- 
pacientaba que no se le creyese. 

Cuando hubieron recorrido las cuadras toma- 
ron el camino de los prados á campo traviesa, y 
descendieron hasta el río guarnecido, por entram- 
bas orillas, de alisos, álamos y mimbreras, los 
cuales formaban á trechos una mata espesa por 
debajo de la cual corría oscuro y tétrico. El río 
Lora es uno de los menos caudalosos y al mis- 
mo tiempo de los más originales de España. An- 
tes de llegar al mar, «que es el morir,» como 
dijo el poeta, se arregla para dar infinidad de 
vueltas como un viejo marrullero que pretende 
burlarse de la ley común á los seres creados. 
Imposible imaginarse un cauce más extravagan- 
te. Sale de cualquier población muy resuelto y 
boyante; parece que va á tragarse las leguas y 
marchar impávido hasta el océano. Pero al cuar- 
to de legua se arrepiente, da la vuelta y retorna 



228 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lento y cabizbajo cerca del punto de partida, lo 
% cual hace pensar á algunos, no sin fundamento, 
que camina cuesta arriba. Sale de nuevo, no por 
voluntad, sino apretado por las circunstancias; 
esta vez se pierde de vista; todo el mundo cree 
que se va de veras para no volver. No es así, sin 
embargo . El gran zorro, cuando entiende que ya 
no le ven desde el pueblo, revuelve muy solapa- 
damente y trata de meterse otra vez por él, pero 
le da vergüenza, y antes de llegar se aparta un 
poco y va á parar á alguna aldea próxima del 
mismo concejo. Jamás siguió una carrera franca 
y abierta. Como todos los caracteres rebajados, 
repugna la luz, aprovecha cualquier coyuntura 
para deslizarse debajo de alguna peña ó una 
mata y ocultarse á las miradas de los hombres 
y permanecer allí estancado, corrompiéndose en 
degradante ociosidad. Nadie se fíe de él. Con 
sus apariencias de viejo inválido y reumático, 
incapaz de dar un paso, ha engañado á muchos 
zagales. Los invita á bañarse haciéndoles pensar 
que no tiene media vara de fondo, y luego los 
estrangula miserablemente entre sus aguas ver- 
des. No se hallarán dentro náyades de celestial 
hermosura quebrando al nadar con sus brazos de 
alabastro los frágiles cristales, ni saldrán de no- 
che á jugar sobre su linfa las graciosas ondinas 
de cabellera blonda. El río Lora es taciturno, 
enemigo de toda idealidad poética. Nada de se- 



EL MAESTKANTE 



229 



res fantásticos. Lo único que alimenta con ver- 
dadero cariño es un enjambre de ranas, tan 
grande que causa vértigo el pensar qué número 
de ellas vivirá bajo su amparo. Ellas son las que 
se encargan de alegrar con su voz armoniosa los 
parajes que recorre. 

Ellas fueron también las que impidieron con 
ruido atronador que Saleta pudiese afirmar, como 
afirmó después que se vieron lejos, que estando 
á orillas del Yumurí cierta tarde, había tenido 
la suerte de matar de una pedrada un coco- 
drilo. Verdad que bajo la mirada insistente de 
su colega Valero se apresuró á rectificar ha- 
ciendo constar que el cocodrilo era todavía ca- 
chorro y no tenía más que una carrera de 
dientes. 

Siguieron buen trecho la margen sombría del 
Lora y lo atravesaron por un puente rústico 
en el sitio donde el conde lo había desangrado, 
por medio de una acequia, para dar movimiento 
á su molino. Mas en aquel punto, á los amigos 
del novio, representantes genuinos del elemento 
más vigoroso y masculino del batallón, se les 
despierta repentinamente el sentimiento de su 
fuerza y del poder muscular de sus piernas. Un 
teniente salta la acequia. Un capitán, por no ser 
menos que el subalterno, también lo hace, pero 
se moja los pies. Excitado el amor propio, se 
despoja de la levita y vuelve á saltar con felici- 



330 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dad. Los demás le imitan. Al instante toma aque- 
llo el aspecto de los juegos olímpicos y todavía 
más de la gran batuda americana. Pero Núñez 
es un eminente saltarín. Así estaba de antiguo 
reconocido en todo el ejército y más particular- 
mente en el arma de infantería. Saltó tres ó 
cuatro veces con gran facilidad; mas, queriendo, 
como es lógico, sobreponerse á sus compañeros 
y dar prueba gallarda de su destreza, afirma en 
tono desdeñoso que «aquello no vale nada» y que 
él es capaz de saltar la acequia volviéndose de 
espalda. Estas palabras fueron acogidas con res- 
peto por sus colegas, pero también con un silen- 
cio que al capitán se le antojó dubitativo. Y sin 
aguardar más resuelve confundirlos. No se des- 
poja de una sola prenda del uniforme, que esto 
queda para los neófitos; toma vuelo, y al llegar 
al borde del agua se vuelve- y da el salto, pero 
con tan mala fortuna que los pies se le enredan 
en unos juncos y cae de espaldas tan largo como 
era enmedio del arroyo. Se oculta á las miradas 
de sus amigos por un momento, y sale al fin bu- 
fando y chapoteando como un verdadero tritón, 
diciendo que no es nada y que va á saltar otra 
vez para que se vea. Pero su padre político no 
lo consiente. Le pasea las manos por el cuerpo 
para cerciorarse de que está calado (¡cómo ha- 
bía de estar!) y, presa de insana agitación, él, 
que hacía poco tiempo hubiera exterminado 



EL MAESTEANTE 



23Í 



en pleno á toda la milicia, comienza á gritar: 

— ¡Es necesario mudarse!... ¡Ahora mismo!... 
¡Una pulmonía!... ¡Mudarse!... ¡Fricciones!... 
¡Una fiebre reumática! 

Y otras exclamaciones más ó menos coheren- 
tes, que daban testimonio del profundo interés 
que la salud del oficial le inspiraba. 

Núñez, aunque guerrero, cede á sus instancias 
y vuelve hacia la casa con semblante fiero y ce- 
ñudo, enteramente resuelto á quitarse hasta los 
calcetines y á meterse en la cama mientras se 
manda propio á Lancia por una muda. Todos 
sus amigos le rodean, y así llegan hasta la casa. 
Emilita. que está al balcón, al verlos de aquella 
guisa, pregunta con sorpresa: 

— ¿Qué es eso? 

— Nada — le grita su papá, — que Núñez se ha 
caído á la acequia. 

Naturalmente al oir esto Emilita lanza un gri- 
to desgarrador y cae desmayada en brazos de 
varias damas. Núñez, hecho un héroe, despre- 
ciando su propia salud, corre á socorrerla. En 
pocos momentos se llena la habitación de vasos 
de agua y salen á relucir también dos ó tres 
frascos de antiespasmódico. Cuando empieza á 
recobrar el conocimiento y llega el momento 
crítico de las lágrimas, su hermana Micaela no 
puede contenerse; increpa violentamente á su 
papá. 



232 



ARMANDO PALACIO VALDES 



— ¡Esto ha sido una verdadera barbarie! ¿Se 
ha figurado usted que su hija tiene el corazón 
de bronce?... ¡Bien poca delicadeza se necesita 
para herir de este modo á una pobre criatura!... 

La pobre criatura le paga aquella defensa con 
una mirada cariñosa de sus ojos húmedos, apre- 
tándole al mismo tiempo la mano. El Jubilado se 
encuentra en el último grado ctel abatimiento y 
apenas sé atreve á murmurar «que viendo á Nú- 
ñez vivo á su lado no había razón para tanto 
susto.» Las señoras juzgan que Micaela ha esta- 
do irrespetuosa con su padre, pero al mismo 
tiempo no pueden menos de convenir en que 
aquello ha sido un escopetazo, y manifiestan á 
la desgraciada esposa una ardiente simpatía. 



VIII 



El vino de Fernanda. 



^¿Uernanda no había presenciado nada de 
'fe^ esto. Estuvo á primera hora en el bos- 
q UQf haciendo de ninfa pudorosa como 
sus compañeras; pero cansada pronto del papel, 
se apartó de ellas y comenzó á discurrir por los 
lugares más solitarios. Su cabeza, tan erguida 
siempre, se doblaba bajo el peso del tedio ó la 
preocupación; su talle flexible, ondulante, se 
movía sin compás girando á un lado y á otro 
como el cuerpo de un beodo; arrastraba los 
ojos por el suelo, aquellos hermosos ojos africa- 
nos que eran el más preciado ornamento de la 
noble ciudad de Lancia, y por su frente pálida 




234 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cruzaba una arruga bien profunda, signo de pen- 
samiento fijo y doloroso. ¡Cuánto le había ator- 
mentado desde hacía dos meses! La impresión 
que los amores del conde habían dejado en su 
* alma, sofocada al principio por el orgullo, pol- 
la esperanza de volver á ellos, se había dilata- 
do de pronto al conocer el secreto de su desvío, 
había hecho irrupción en ella, la había llenado 
toda y la abrasaba de amor y de celos. Eran 
tanto más ásperos éstos cuanto que vió clara- 
mente que Luis la había estado engañando 
mucho tiempo, le había fingido cariño cuando 
amaba ya á otra. La miserable traición de 
Amalia la sublevaba, le inspiraba horror y re- 
pugnancia; pero la del conde, tenía que con- 
fesárselo, la traspasaba de dolor y acrecía su 
pasión desmesuradamente. 

Supo, no obstante, mantener su dignidad á 
flote. Siguió frecuentando el trato de Amalia y 
mantuvo con ella en apariencia las mismas re- 
laciones amistosas, mas á despecho suyo, sin dar- 
se eliamismacuenta, habíaunas veces en su acti- 
tud, otras en sus ojos, otras en su acento, un leve 
dejo amargo y desdeñoso que no pasó inadver- 
tido para la penetrante valenciana. Con su ex- 
novio se mostró circunspecta, dejó aquel tono 
agresivo que con él acostumbraba á emplear y 
se hizo más suave y formal; pero también, con 
gran disgusto suyo, la emoción que sentía al ha- 



EL MAE STR ANTE 



235 



blarle se le traslucía no pocas veces en una leve 
alteración de la voz y en palideces ó rubores en- 
fadosos. Su vida interna, durante aquellos seis 
meses, había sido devorada por una actividad fe- 
bril, ansiosa, mareante, disimulada con esfuer- 
zo bajo actitud tranquila y altiva. A veces la 
sorda irritación que la minaba no podía resistir 
tanta presión, y estallaba en un flujo de palabras 
candentes, injuriosas, que pronunciaba en voz 
baja, al advertir algún signo de inteligencia en- 
tre los traidores. Su naturaleza ardiente, orgu- 
llosa, lisonjeada por un padre que llegaría hasta 
el crimen por darle gusto, y por un enjambre de 
adoradores postrados á sus pies, botaba ante 
aquel obstáculo, el primero con que había trope- 
zado en su vida, como un potro salvaje. 

En estos frenesíes de cólera ideaba vengar- 
se. Escribió varios anónimos á D. Pedro, pero 
ninguno llegó á su destino. Antes de echarlos 
al correo los rompía. El gran fondo de dignidad 
que había en su carácter se sublevaba ante un 
proceder tan bajo; los rompía vertiendo lágri- 
mas de despecho. Después de hacer trizas 
el último que escribió, tuvo ocasión de ale- 
grarse, pues supo casualmente aquella noche 
que ninguna carta llegaba á poder de Quiñones 
sin pasar por las manos de su esposa. Otras ve- 
ces no podía más; se rendía á la pesadumbre de 
su pena y se dejaba caer en una butaca, y pasa- 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ba largo rato con los ojos extáticos en medita- 
ción intensa y dolorosa. Acometíanle, en estos 
momentos, súbitos arranques de ternura; se con- 
fesaba sin rubor, con gozo voluptuoso, el amor 
que sentía; perdonaba á Luis de todo corazón y 
se prometía amarle toda la vida en silencio, no 
ser jamás de ningún otro hombre. Según trascu- 
rrían los días este sentimiento se irritaba, se 
trasformaba en deseo enfermizo, irracional. La 
excitación de los sentidos, que al fin despertaban 
en ella de un modo violento, juntábase al cos- 
quilleo del amor propio herido, para mantener 
vivo este deseo. Poco le faltaba, cuando veía á 
Luis á su lado, para abrirle su pecho y confesar- 
le la abrasadora pasión que sentía. 

Sin conciencia clara de lo que hacía, Fernan- 
da buscaba á su ex-novio por la finca. Todo lo 
que allí había le interesaba profundamente, el 
bosque, la casa, los criados, hasta los animales 
que pastaban en la pradera; sobre todo esparcía 
una mirada simpática, brillante de emoción. 
¡Cuán amable le parecía aquel caserón estro- 
peado, roído por la humedad y los ratones! Des- 
pués de vagar por las regiones más solitarias del 
bosque largo rato, entró distraídamente por los 
prados; descendió lentamente hasta cierto sitio 
donde había algunos obreros abriendo una zanja 
profunda para desecar el terreno. Allí supo, sin 
preguntarlo, que el conde, después de estar un 



EL MAESTEANTB 



23i 



rato mirando la obra, se había marchado. Espe- 
ró algún tiempo para disimular, y al cabo se 
apartó con lento paso, arrastrando la sombrilla, 
como quien no sabe adonde enderezarse. 

En efecto, no lo sabía. Pero no por falta de 
objetivo, sino porque ignoraba dónde estuviera 
éste. Una idea cruel flotaba en su cerebro sin 
determinarse con claridad; la de que Luis pu- 
diera hallarse á solas en aquel momento con 
Amalia. Poco á poco, á medida que marchaba 
por el campo, esta idea fué adquiriendo relieve. 
Y según se precisaba, le roía el corazón, se lo 
llenaba de despecho y de cólera. ¿Por qué? ¿No 
conocía perfectamente sus relaciones adúlte- 
ras? Pues, con todo, le causaba viva irrita- 
ción, le parecía que no debía sufrirlo, que tenía 
derecho á impedir que se juntasen. Sin darse 
cuenta de lo que hacía apretó el paso. Sus ner- 
vios se iban alterando. Cuando llegó á la corra- 
da estaba enteramente persuadida que los adúl- 
teros se hallaban juntos y solos. Entró en la 
casa y, como quien la visita por curiosidad, la 
recorrió toda, escudriñó hasta las más apartadas 
estancias. No logró verlos; pero la circunstancia 
de no hallar á Amalia por ningún sitio la confir- 
mó aún más en su sospecha. Fatigada de tanto 
buscar, inflamada de anhelo, nerviosa, salió de 
nuevo al aire libre. Evitó el encuentro de las 
personas que pudieran detenerla y se dirigió al 



238 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



jardín. En cuanto puso el pie en él despertó vi- 
gorosamente en su espíritu la esperanza de en- 
contrarlos. Aquel rincón de verdura donde los 
arbustos, creciendo á su antojo, se entrelazaban 
hasta formar una masa impenetrable, era á pro- 
pósito para las confidencias amorosas. Avanzó 
con precaución, sin hacer ruido, por sus sende- 
ros casi desaparecidos, tapizados de hierba, in- 
vadidos en muchos parajes por las ramas de los 
arbustos y la maleza. A veces, un montoncito de 
lirios le cortaba el paso, y se veía precisada á 
saltar sobre ellos; otras, un rododendro extendía 
sus ramas para abrazar á la camelia de enfrente 
y formaba bóveda tan baja que necesitaba do- 
blarse mucho para pasar. Antes de llegar creyó 
sentir leve rumor de voces. Quedó inmóvil y 
esperó algunos instantes. Volvió á percibirlo y 
se dirigió hacia el sitio de donde partía. 

¡Eran ellos! Sí, eran ellos. Mucho antes de oir 
su voz claramente los había adivinado. Se pa- 
seaban por una calle más ancha y despejada que 
las otras, resguardada de un lado por el muro, 
del otro por alto seto de boj. Amalia se col- 
gaba del brazo del conde con imperio y negli- 
gencia y hablaba mirando al suelo, mientras él 
se inclinaba hacia ella risueño, sumiso, metién- 
dole las palabras por el oído. Los contempló des- 
de lejos al través del follaje. La emoción la dejó 
clavada al suelo algunos instantes. Por encima 



EL MAESTBANTE 



239 



del sentimiento de dolor y de ira que la embarga- 
ba asomó su cabeza el orgullo de mujer. Después 
de examinar con ojos ansiosos la figura de Ama- 
lia no pudo menos de murmurar con amargura: 

— ¿De qué se habrá enamorado ese hombre? 
¡Si es una gata disecada! 
- Después pensó: 

— ¿Qué se dirán? 

Acometióle un deseo vivo de escuchar su plá- 
tica, y sin reflexionar sobre el peligro que corría, 
fuése acercando poco á poco al seto, doblando el 
cuerpo para no ser vista. Buscó el paraje más 
sombrío y seguro, y escuchó. Sólo se les oía cuan- 
do cruzaban cerca. En cuanto se alejaban unos 
cuantos pasos no se percibía palabra alguna. No 
pudo recoger más que retazos de conversación, 
que resultaban incoherentes. 

— Se le rozan mucho los muslos. ¡Si vieras 
cómo va engordando! Ni con polvos de almidón 
ni con los de rosa se consigue suavizar la irrita- 
ción de la piel — decía la dama. 

— Hablan de la niña — pensó Fernanda. 

— No la he visto nunca en el baño. ¡Cuánto 
daría por asistir á él un día! 

— Es porque no quieres. 

— No, no quiero, exponiéndote á tí á un peli- 
gro y á que concluya de ese modo... 

No oyó más. Tuvo que aguardar á que llega- 
sen al final de la calle y diesen la vuelta. 



240 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Di que has estado en casa de esas viejas 
chochas y no mientas— oyó decir á Amalia, al 
acercarse de nuevo. 

— Te aseguro que estuve en el Casino. Nos 
hemos reunido los individuos de la junta para 
ver si se ha de decorar nuevamente el salón. 
Creí que podría salir á las diez, pero hasta las 
doce no nos separamos. ¿No conoces el carácter 
disputón y minucioso de D. Juan? Á casa de las 
de Meré hace un siglo que no voy. Tanto, que 
algunos empiezan á... 

Otra vez se perdieron las palabras. ¿Aquel 
D. Juan sería su padre? Procuraría enterarse. 
Cuando volvieron, el conde acariciaba tierna- 
mente la mano de su querida y sonreía, al hablar, 
con arrobada expresión de felicidad. 

— Muchas veces me he propuesto dejar de 
verte. Por la noche, estando á solas en la cama, 
me entran terribles remordimientos. Entonces 
me digo: «Es necesario que esto concluya. Los 
dos nos condenamos irremisiblemente.» Y re- 
suelvo marcharme de Lancia y hasta compongo 
todo un plan de vida; viajo con la imaginación 
por toda Europa; me olvido de tí; vuelvo al cabo 
de algunos años, y en vez del amor antiguo se 
renueva en mi corazón una amistad tierna y 
honesta, en la cual podemos descansar tran- 
quilos sin temor al castigo del Cielo... Pero 
así que amanece, estas resoluciones se disipan, 



EL MAESTRANTE 



241 



sucumbo á la tentación, voy á tu casa, y en 
cuanto te veo, en cuanto oigo tu voz adorada... 

Fernanda se agarró con mano crispada al 
tronco de una magnolia. 

A la vuelta era Amalia quien hablaba. 

— No es verdad eso. Ya te he dicho que para 
mí siempre hay un punto negro. Por más que 
pretendo forjarme la ilusión de ser la primera... 

— ¡La primera y la última! Yo no amaré á 
otra mujer más que á ti. 

— No sabes los celos que tengo del pasado. 
Cada día más. Di la verdad: ¿la has querido 
ó no? 

—No. 

— Entonces, ¿cómo eras capaz de... 

No oyó más. Fué bastante para hacer brotar 
de sus ojos una lágrima. Trató de huir. Cuando 
iba á hacerlo observó que los traidores se habían 
detenido al extremo de la calle. 

Amalia echa los brazos al cuello á su amante, 
le pone los labios en la boca y le da un beso que 
se prolonga, se prolonga una eternidad. Fer- 
nanda cierra los ojos. Cuando los abre de nuevo 
ve que se alejan cogidos de la mano. 

Los deja salir del jardín. Los sigue inmedia- 
tamente. ¿Adonde irán? Una vez en la corrada, 
observa que se sueltan y se dirigen á la casa. 
Entra en su seguimiento, pero ya habían des- 
aparecido y no sabe en qué habitación hallar- 



242 



ARMANDO PALACIO VALUES 



los. Las recorre todas imprudentemente, cegada 
por emoción extraña que no acierta á repri- 
mir, acometida de un deseo vivo, anhelante, de 
espiarlos. 

— ¿Adónde*va usted, Fernanda? — le pregunta 
un joven. 

— Ando en busca de la novia. 

— Pues va usted mal. Está en el otro extremo 
de la casa, en una de las salas que miran al 
Norte. 

Se vuelve para disimular; pero inmediatamen- 
te emprende de nuevo la batida. Llega, por fin, 
á cierto gabinete cerrado, que no es otro que el 
célebre cuarto de la condesa. Va á levantar el pes- 
tillo, como ha hecho en otros, pero se queda 
inmóvil al escuchar un rumor levísimo. Aplica 
el oído. ¡Son ellos! 

Se aparta de allí, corre como si la persi- 
guieran, se mete por el bosque y, cuando se 
encuentra en paraje solitario, se sienta al 
pie de un árbol y apoya en su tronco la cabeza. 
El rostro triste y demudado, los ojos extáticos, 
las manos cruzadas sosteniendo una rodilla, ex- 
presa su actitud una agonía desesperada y muda. 

Llegó la hora de comer. Se habían colocado 
en el gran salón de la planta baja de la casa dos 
mesas paralelas. x\quella sociedad diseminada se 
reunió instantáneamente á la palabra santa de 
«á comer» lanzada á los cuatro vientos de la 



EL MAESTKANTE 



243 



finca por la ruda voz de Manín y por la argenti- 
na de Manuel Antonio. Los sentimientos poéti- 
cos, cuando se desenvuelven al aire libre y en- 
medio de los bosques, son excelentes para facili- 
tar la secreción del jugo gástrico. Por eso tanto 
ninfas como faunos asaltan con bríos, antes de 
sentarse á la mesa, las aceitunas, los pepinos, 
las rajas de salchichón. Por voto unánime de la 
milicia y del clero, representado dignamente por 
Fray Diego, se cometió á la novia el encargo de 
designar sitio á cada cual. La festiva y revolto- 
sa Emilita, trasformada súbito en severísima 
matrona, llenó su cometido con tacto y amabi- 
lidad que le valieron el aplauso del concurso. 
A cada niña iba dando por compañero y servi- 
dor aquel mancebito que era más de su agrado, 
y á cada persona mayor aquella otra con quien 
más congeniaba por su humor y aficiones. 
Pero cuando llegó al delirio el palmoteo fué 
cuando colocó al teniente Rubio entre las dos 
señoritas de Meré. Había dejado para lo último 
este donaire, que no le hizo maldita la gracia al 
interesado. Viéndose oprimido por tales vejes- 
torios, el injusto forzador quedó amoscado y es- 
tuvo á punto de protestar contra la designación 
de Emilita y faltar á todas las reglas de la ga- 
lantería, pero se contuvo. Al tiempo de sentarse 
se le ocurrió exclamar mirando á entrambos la- 
dos y parodiando á Napoleón: 



244 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Desde lo alto de estas dos sillas, cuarenta 
siglos me contemplan. 

La ocurrencia se celebró mucho y esto vol- 
vió el humor á aquel dañino animal. Supo con- 
testar tan bien á la vaya que le daban sus 
amiguitas, que aquella tarde ganó fama impe- 
recedera de cazurro y de picaro. 

Moro se sentó al lado del conde, y mientras 
comían no cesó de inculcar en su alma la venta- 
ja de traer al palacio de Granja una mesa de bi- 
llar. Conocía todas las fábricas, pero la mejor 
sin disputa era la de Tutau, de Barcelona. Elo- 
gió el artículo como si fuese un viajante de la 
casa. A Luis se le conocía en la cara el hastío y 
el pesar de no hallarse sentado al lado de Ama- 
lia. Pero Emilita no se atrevió á colocarlo en 
esta forma, ni tampoco junto á Fernanda. Lo 
primero sería un escándalo. Lo segundo, una 
molestia para ambos. 

Se comió como en un banquete de la Iliada. 
Pero el Aquiles de esta formidable pelea fué Ma- 
nín, el bárbaro Manín, que, al decir de los que 
estaban á su lado, se comió once calabacines re- 
llenos. Verdaderamente Manín era digno de ser 
llamado, si no suevo, ya que esto ofendía al se- 
ñor Saleta, por lo menos longobardo. Se habló 
y se gritó como en una plazuela. Las tres hadas 
del Jubilado, que tanto habían ganado desde que 
Fray Diego echó la bendición á su hermana en 



EL MAESTRANTE 



245 



inocencia y gracia infantil, tiraban bolitas de 
pan á los oficiales. Estos echaban miradas á la 
novia, haciendo después guiños á su compañero 
Núñez, y murmuraban palabras espantosas que 
les hacían prorrumpir en carcajadas más espan- 
tosas aún. Paco Gómez se peleaba con María Jo- 
Sifa. No se sabe cuál de los dos era peor inten- 
cionado, de quién partían las flechas más agu- 
das y envenenadas. Saleta, que tenía á su com- 
pañero y censor D. Enrique Valero lejos, se des- 
pachaba á su gusto, contando á D. Juan Estrada- 
Rosa y á otros dos caballeros cómo se había 
arreglado para seducir á cierta inglesa, esposa de 
un cónsul que había conocido en Oncón, yendo 
desterrado á Filipinas. El barco no se detenía 
allí más que veinticuatro horas. En este breve 
espacio la enamoró y logró que se escapase con 
él. Pero tuvo que separarse de ella al instante, 
porque aquel lance fué objeto de una reclama- 
ción diplomática por parte de la Gran Bretaña. 
Manuel Antonio, atacado súbitamente de viva 
simpatía por un alférez rubio que tenía á su 
lado, le abrumaba á cuidados y delicadas aten- 
ciones. 

— Federico... una aceitunita. .. No tome tanta 
mostaza, criatura, que le puede hacer daño. Re- 
sérvese para las perdices. Me consta que están 
riquísimas. ¿Quiere Burdeos?... Aguarde, yo me 
encargo de traerlo. . . 



246 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y se levantaba solícito, daba la vuelta á la 
mesa y traía un par de botellas que colocaba de- 
lante del mancebo. 

— Se ha puesto usted muy bueno en Lancia. 
Cuando vino usted hace seis meses era usted del- 
gadito y pálido. Yo decía: ¡qué lástima de jo- 
ven, tan guapo y tan simpático! Porque creía 
que se iba us'ted á dañar del pecho. Se conoce 
que llevaba usted mala vida allá en Barcelona... 
¿No? Pues mire usted, cualquiera lo pensaría. 
Me acuerdo que cuando usted llegó traía una ga- 
bardina de color de ala de mosca muy bien hecha 
y chalina azul celeste muy linda... Reconozco 
que le sienta á usted bien el traje de paisano, 
pero á mí me gusta usted más de uniforme. Será 
un capricho, pero no lo puedo remediar. ¡Vamos, 
que de uniforme y con esos bigotes á la borgoño- 
na está usted del todo simpático! 

Algunas toses significativas de los oficiales, 
que se sentaban enfrente, le paralizaron de pron- 
to. Pero no se corrió ni mucho menos. Era in- 
capaz de avergonzarse por nada. El que quedó 
amoscado y se puso muy serio y ceñudo fué el 
alférez. 

Cuando el banquete daba á su fin, algunos 
caballeros, favorecidos de las musas, se levan- 
taron á brindar en verso ó cosa parecida. Y los 
que no lo hicieron en verso felicitaron en prosa 
á los desposados, resultando que lo mismo unos 



EL MAESTEANTE 



247 



que otros coincidieron en desearles «una eterna 
luna de miel.» Y lo mismo el periódico local 
que al día siguiente dió la noticia. De todos 
aquellos brindis el más original é interesante 
fué el del padre de la novia, D. Cristóbal Mateo. 
¿No había de ser original oir á este sañudo ene- 
migo de la jfuerza armada cantar sus glorias y 
declararse partidario frenético del aumento del 
contingente y del sueldo á los oficiales? A las 
pocas palabras que pronunció se mostró tan en- 
ternecido, que algunas lágrimas rodaron preci- 
pitadamente por sus mejillas. No faltó quien dijo 
que lloraba el vino que había bebido; pero esta- 
mos lejos de dar crédito á esta insinuación ma- 
lévola, primeramente porque es un absurdo que 
se llore vino, y después porque su acento era 
tan sincero, su ademán tan patético, que nadie 
podía dudar de que sus palabras salían del fondo 
del corazón. 

— ...Es un consuelo, sí, es un consuelo que 
Dios me haya dejado ver á mi hija casada con un 
pundonoroso militar... Bien que decir militar en 
España es decir pundonoroso... Porque el ejér- 
cito es la escuela del honor, como dijo cierto 
filósofo... Levantar el ejército, honrar el ejérci- 
to, es levantar, es honrar el honor de la nación... 
Levantar el ejército es levantar el poderío y la 
prosperidad del país... Levantar el ejército es 
colocarnos al nivel de las naciones más grandes 



248 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de Europa... Levantar el ejército es vivir respe- 
tados por todo el mundo... Levantar el ejército 
es levantarnos nosotros mismos... Levantar el 
ejército... 

— Que se levante el ejército, pero que se sien- 
te don Cristóbal — gritó uno. 

El Jubilado quedó parado en firme, echó una 
mirada de triste reconvención hacia el sitio de 
donde había partido la voz, se llevó el pañuelo 
á los ojos para enjugarse las lágrimas, bebió 
con calma lo que restaba de vino en la copa y se 
sentó gravemente entre el aplauso y la risa de 
los comensales. 

Fernanda no había despegado los labios du- 
rante la comida. Todos los esfuerzos de Grana- 
te, á quien la amabilidad de Emilita había colo- 
cado cerca de su apetecido dueño, resultaron in- 
fructuosos. Ni por hablarle de la zafra y descri- 
birle cómo se recoge el tabaco y hacer cálculos 
exactos de lo que se gana en cada caja de azúcar 
y lo que se ganaría si se rebajasen los derechos, 
ni por contar los cien pormenores interesantes 
sobre la importación de las carnes saladas de la 
República Argentina y del bacalao de Terranova, 
logró Romeo que su Julieta emitiese más que 
secos monosílabos. Lo único que hacía era alar- 
garle de vez en cuando la copa, diciendo con 
imperio: 

— Eche usted vino. 



EL MAESTKANTE 



249 



El indiano se apresuraba á cumplimentar la 
orden. La joven la apuraba de un trago, la ponía 
sobre la mesa y paseaba sus ojos altivos por los 
comensales, deteniéndose con insistencia en 
Amalia. Poco á poco aquellos ojos iban adqui- 
riendo expresión más sombría, los párpados se 
le caían, se ponían encendidos y se movían á 
un lado y á otro con más dificultad. D. Santos, 
á quien sorprendía aquella manera de beber, se 
atrevió á decir: 

— Fernandita, bebe usted como un sumidero. 
¡Porra! Tengo miedo que le dé á usted un to- 
rozón. 

— Eche usted vino —respondió Fernanda lan- 
zándole al mismo tiempo una mirada torva que 
le desconcertó. 

Ya que se hubo brindado, voceado y dispara- 
tado bien, el alegre concurso volvió á diseminar- 
se. Sólo permanecieron en sus puestos el Jubila- 
do y los oficiales refractarios al amor. Que- 
daron discutiendo la forma más adecuada de 
aumentar, sin gravar mucho al Tesoro, ocho 
duros mensuales á los capitanes, cinco á los te- 
nientes y tres á los alféreces. Sin esta reforma 
declaraban explícitamente los interesados que se 
operaría muy pronto una completa disolución en 
el ejército, y por lo tanto, dejando de ser la es- 
cuela del honor, ni lo habría en el país, ni nos 
levantaríamos jamás á la altura de otras nació- 



250 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



nes, ni habría prosperidad ni poderío ni pundo- 
nor en toda la vida. Jaime Moro volvió á trincar 
á Fray Diego y á D. Juan Estrada-Rosa y los 
arrastró hasta la mesa del tresillo. D. Juan ha- 
bía perdido y se mostraba rehacio, pero el sim- 
pático mancebo logró convencerle con astucia 
de que, si no le había dado el naipe por la maña- 
na, era porque él, Moro, nunca había perdido á 
esa hora. Cuando le venía la mala era por la 
tarde. Capaz sería de dejarse ganar con tal de 
retenerlos. 

Manín, sentado á un extremo de la mesa, sin 
intervenir en la conversación de los oficiales, 
cortaba con su navaja rebanadas de pan y las 
comía cachazudamente formando bulto en el ca- 
rrillo, remojándolas con largos tragos del Bur- 
deos que había quedado en las botellas. No es- 
taba conforme con la comida que les sirvió Ma- 
rañón, el dueño del café de Altavilla. Después 
de haberse hartado como un salvaje, decía que 
todos aquellos platos eran perfumerías, y que 
donde estaba una fuente de judías con morcilla, 
longaniza y huesos de marrano deben callarse 
los macarrones. Hay que advertir que para Ma- 
nín se llamaban macarrones todos los manjares 
que no conocía, lo cual caía muy en gracia al 
maestrante. 

Mientras terminaba tan dignamente aquella 
comida indecorosa no cesaba de murmurar pes- 



EL MAESTRANTE 



251 



tes contra ella, haciendo responsable en parte á 
D. Cristóbal, á quien dirigía de vez en cuando 
desde un rincón largas miradas de rencor. 

De pronto se abren con estrépito las puertas 
del salón y penetran en él cuatro muchachas en 
un estado de agitación que impresionó vivamen- 
te á los circunstantes. Sin hacer caso de los 
otros se dirigen todas al mayordomo de Qui- 
ñones: 

— ¡Manín, un oso! ¡Manín, un oso! 

— ¿Dónde? — pregunta aquél sin inmutarse. 

— En el bosque. 

— ¿Quién lo ha traído? 

Ante esta pregunta extravagante quedan las 
cuatro estupefactas y suspensas. Una de ellas se 
atrevió al fin á apuntar tímidamente : 

— Ha venido él solo. 

— ¡Bah, bah, bah! — exclamó rudamente el ma- 
yordomo. 

Y vuelve á las tajadas de pan con más ardor 
que antes, dando quizá con esto la razón á los 
envidiosos de la aldea, que no querían oir ha- 
blar de los osos que había matado y se emperra- 
ban en llamarle zampatortas. 

— Vamos, niña, di cómo lo has visto — mani- 
fiesta la simpática Consuelo, que venía en la di- 
putación. 

Una, que estaba más pálida que las otras, avan- 
zó y exclamó con trabajo: 



252 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Qué miedo! ¡Madre mía, qué miedo! Creí 
que me moría... porque mire usted, el oso... ¡el 
oso era horrible! 

En tal estado de sobresalto se hallaba, que no 
pudo articular más que palabras incoherentes. 
Entonces la resuelta Consuelo avanzó á su vez 
y dijo con voz firme: 

— Verá usted, Manín. Esta niña se encontra- 
ba con nosotras en la parte más espesa del bos- 
que, allá muy lejos. Oyó cantar un pájaro, un 
malvís, según creo. ¿No era un malvís?... Bue- 
no, pues oyó cantar un tordo y se dirigió al sitio 
donde sonaba. Se alejó bastante y no pudo dar 
con él. Cuando se volvía, sale de unas matas el 
oso, la acomete, la tira al suelo y sin hacerla 
daño, no sabemos por qué, huye y desaparece. 

El famoso cazador de osos se levanta pausa- 
damente y dice con el acento firme y sosegado 
de los héroes: 

— Vamos á ver qué es eso. 

Pidió una escopeta arriba, y seguido de lejos 
por las pálidas doncellas, dió una batida al bos- 
que. Lo único que halló fué un cerdo alemán de 
la pareja que el conde había traído para encas- 
tar. La hembra había muerto y el macho vagaba 
triste y solitario por la espesura mientras se 
efectuaba su metamorfosis en morcillas y chule- 
tas. Hubo sospechas vehementes de que el autor 
de la agresión fuese este cerdo viudo, pero la 



EL MAESTRANTE 



253 



joven de la aventura juraba y perjuraba que ha- 
bía sido un oso quien la había acometido, y que 
no le dijeran cómo era este animal, porque lo 
había visto muchas veces disecado en el gabine- 
te de zoología de la universidad. 

Fernanda se había marchado mucho antes se- 
guida de Granate. Estuvieron en el jardín. Allí 
la joven se le colgó del brazo y dieron algunas 
vueltas por la misma calle en que había visto 
pasear al conde con Amalia. 

— Usted está muy enamorado de mí, ¿ver- 
dad? — le preguntó bruscamente. 

El indiano, sorprendido, murmuró: 

— ¡Oh, sí! Dicen que estoy como un burro, y 
es verdad. 

— ¿Y qué siente usted, vamos á ver, qué siente 
usted? Expliqúese. 

— ¿Yo?... ¿Cómo? — exclamó sorprendido. 

—Sí. ¿Qué siente usted cuando me ve? ¿Qué 
siente cuando otro hombre se acerca á mí, el 
conde, pongo por caso? ¿Qué siente usted en este 
momento en que va oprimiendo mi brazo? Des- 
críbame usted sus sensaciones, lo que le pasa 
por dentro... 

— Yo, señorita... no sé qué decirla... La tengo 
tanta ley como si fuese de la familia... Y á don 
Juan, su padre, aunque sea un poco cascarra- 
bias, lo mismo... Que sea cascarrabias ó no, ¿á 
mí qué me importa?... Si me casara con usted, 



254 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tengo casa, gracias á Dios... Y no es porque yo 
lo diga, pero mi casa vale más que la suya, eso 
bien lo sabe usted... Pero antes nos iríamos á 
viajear por Francia, por Italia, por Ingalaterra, 
por donde usted quisiera,.. Y si echábamos aba- 
jo cinco mil duros, ¡que los echáramos! 

Granate siguió desbarrando un buen rato en 
esta forma. Fernanda no le oía. Al fin le enfadó 
aquel ruido molesto y dijo con acento colérico: 

— ¿Se quiere usted callar, hombre? ¿Qué sarta 
de estupideces está usted ahí soltando? 

El pobre D. Santos quedó anonadado. Pa- 
searon en silencio algún tiempo. 

— ¡Qué feo es todo esto! — exclamó al cabo la 
joven. 

— ¿Cudlo? 

—¡Todo! La casa, el bosque, los prados, el 
jardín... Mire usted qué horrible es esta mag- 
nolia. 

— La casa muy fea y muy antigua, siempre lo 
he dicho... Si la dieran tan siquiera un revoque 
y me pintaran los balcones, todavía... El bosque 
no vale para nada, no trae utilidad, está ocupan- 
do un sitio precioso para hortaliza ó espalera de 
fruta ó lo que le manden. 

Fernanda soltó una carcajada. 

— Usted padeció alguna vez de melancolía, 
D. Santos. 

— ¿De tristeza? Nunca. Yo siempre de buen 



EL MAESTKANTE 



255 



humor. Tan sólo hace un año, que me comió un 
bribón ocho mil y pico de duros, tomé un be- 
rrenchín que me duró dos días. 

— ¡Qué feo está el sol ahora, visto por entre 
las ramas de los árboles! 

— ¿Quiere usted que nos volvamos á casa? 

— No, lléveme usted hacia el río. Tengo la 
cara ardiendo y quiero refrescarla un poco con 
agua. 

Bajaron por los prados, llegaron al río, y allí 
la heredera de Estrada-Rosa, contra las pres- 
cripciones de D. Santos, se echó agua al rostro 
por largo rato. Después que se hubo secado as- 
cendieron de nuevo lentamente hacia la casa. 

— ¿Cómo estoy ahora? Bien, ¿eh?. . . ¡Si viera us- 
ted cómo me aburro aquí! No puedo más; todo 
esto me fatiga. Yo no nací para andar por los 
prados como las vacas. A mí me gustan las ciu- 
dades, los salones, el lujo. Quisiera viajear, como 
usted dice, por París, por Londres, por Viena. 
Qué aburrido es Lancia, ¿verdad? ¡Aquellos eter- 
nos paseos del Bombé! ¡Aquel campo de San 
Francisco! ¡Aquella torre de la catedral tan ne- 
gra y tan triste! Luego siempre las mismas ca- 
ras. La única persona divertida de Lancia es 
usted... En cuanto le veo se me suelta la risa 
sin poderlo remediar. ¿Por qué le llaman á us- 
ted Granate? Yo creo que el color de usted más 
se parece al lapislázuli... ¿Usted habrá tenido 



256 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



esclavos allá en América?. . ¡Oh, cómo me gus- 
taría á mí tener esclavos! ¡Es tan fastidioso eso 
de pedir las cosas por favor! Pero no, en Amé- 
rica, no; hay fiebre amarilla... Preferiría ir á 
China. 

A medida que hablaba se iba exaltando, se 
emborrachaba con sus propias palabras. Los 
pensamientos salían cada vez más incoherentes. 
D. Santos trató de decir algo, pero se lo impidió 
ella tapándole la boca con la mano. 

— Déjame hablar, hombre. ¿Te lo quieres de- 
cir todo tú? 

El indiano empezó á inquietarse. La exalta- 
ción de la joven iba en aumento. Hablaba por 
los codos y le tuteaba rudamente. 

— Dame un cigarro. 

— ¡Fernandita!... ¡Un cigarro!... Se va á us- 
ted á marear. 

— ¡Silencio! ¿Qué dices ahí, tonto? ¡Marear- 
me! Tú no sabes ya qué inventar para fastidiar- 
me. Dame un cigarro ó te dejo ahí plantado. 

El indiano sacó la petaca: la gentil heredera 
tomó de ella una breva, le arrancó con sus dien- 
tes etiópicos la punta y pidió por señas un fós- 
foro. Granate se lo ofreció encendido, sacudien- 
do al mismo tiempo la cabeza en señal de dis- 
gusto. 

Cuando hubo dado dos ó tres chupadas, puso 
un gesto avinagrado y exclamó: 



EL MAESTRANTE 



257 



— ¡Qué cigarros tan infames! Mira, fílmate- 
lo tú. 

Y se lo puso en la boca. 

No fué, no, avinagrado el gesto de Granate 
al chuparlo. 

— ¡Ya lo creo que me lo fumaré! — exclamó 
sonriendo beatamente. — Me salen á doscientos 
pesos el millar... Pero ahora, después de chupar- 
lo usted, vale un millón... 

— Vamos, no empieces á decir brutalidades. 
Llévame á casa... Esta luz me marea. 

Llegaron hasta la corrada cogidos del brazo. 
Allí un pollastre les dijo desde lejos: 

— ¿Dónde van ustedes? La gente está en el 
bosque. 

— Dígale usted á la gente que me río de ella — 
respondió Fernanda con gesto furioso que hizo 
sonreír al muchacho. 

— ¿Tú no conoces la casa? — añadió bajando la 
voz y dirigiéndose á D. Santos. — Pues voy á 
enseñártela toda. Verás. 

Subieron la mohosa y estropeada escalera. 
Fernanda, sin cerrar boca, fué recorriendo to- 
das las habitaciones del caserón y mostrándolas 
al indiano. 

- — ¡Aquí está el célebre cuarto de la condesa! — 
exclamó con singular entonación al llegar á él. — 
Vamos á entrar. Estoy cansada. 

Entraron y la joven cerró la puerta. 

17 



258 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Qué hermoso, eh?... Éste es el cuarto más 
hermoso y más picaro de la casa. Si estos mue- 
bles se pusieran á contar secretos diverti- 
dos, no concluirían nunca... Mira, díme pron- 
to algo que me haga reir, porque si no vas á 
ver cómo empiezo á llorarlo mismo que una co- 
legiala... ¿Lo ves? Ya estoy llorando... Siéntate 
ahí, gaznápiro... ¡Qué bonito chaleco traes! ¡Qué 
bien dibuja la redondez de la panza!... Contempla 
esa cama. Es grande, ¿eh? es ancha, es hermo- 
sa, es artística. Pues mira, yo la quemaría... 
Por no sentarme en ella, voy á sentarme sobre 
tus rodillas... 

Y así lo hizo. Granate al sentir aquella carga 
tan dulce quedó enajenado, y con increíble au- 
dacia le pasó un brazo por la cintura. La joven 
se alzó como si la hubiera pinchado. 

— ¿Qué haces, bruto? ¿Crees que estamos en 
la manigua y soy alguna negra cimarrona? 

Después de contemplarle un rato con ojos co- 
léricos, su fisonomía se fué serenando, sus la- 
bios se dilataron con sonrisa dulce. 

— ¿Me quieres mucho? 

— ¡Casi na! — dijo el indiano con acento pi- 
carón. 

— Pues vas á ser feliz un momento. Mira, te 
voy á permitir que me des un beso... uno 
solo, ¿lo entiendes? Pero me has de jurar que no 
lo ha de saber nadie... 



EL MAESTRANTE 



259 



El indiano hizo un juramento espantoso. 

— Bueno, basta. Ahora, dame el beso aquí en 
la sien. El primero y el último que me has de dar 
en tu vida... Espera un poco — añadió alzándose 
otra vez. — Por este beso yo te he de dar cincuen- 
ta bofetadas en esos carrillos azules... ¿Admites 
el trato? 

Granate consintió inmediatamente. La niña 
volvió á sentarse sobre sus rodillas é inclinó la 
cabeza para recibir el beso. 

— ¡Bueno, ahora llega mi turno! — exclamó con 
infantil alegría. — Prepárate á recibir los bofe- 
tones... ¡Qué carrillos, Dios mío, tan magnífi- 
cos! ¿Ves que son azules?... Pues te los voy á po- 
ner verdes... ¡Atención!... ¡Una.!... La primera... 
¡Dos!... La segunda... ¡Tres!... La tercera... 
¡Cuatro!... ¡Cinco! 

La mano breve y torneada de la hermosa 
chasqueaba ruidosamente en las carnosas meji- 
llas del indiano. Los ojos de éste comenzaron á 
ponerse encendidos y encarnizados, como los de 
un lobo, su sangre llameó repentinamente y con 
brusco ademán la sujetó brutalmente por la cin- 
tura. 

Fernanda dejó escapar un grito ahogado. 

— ¿Qué tienes?... ¿Por qué te ¡enfadas?... ¡Dé- 
jame!... ¡Déjame, bruto! 

Luchó, forcejeó con desesperación, pero no 
logró desasirse... 



260 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Al apartarse, la embriaguez había desapare- 
cido por completo. Dirigió una mirada vaga, 
extraviada, al indiano. Pero esta mirada adqui- 
rió súbito expresión de espanto, se fijó en él 
como en un animal extraño que la viniese á 
acometer. 

— ¿Qué hace usted aquí?... ¡Ah, sí! — exclamó 
llevándose la mano á la frente. — ¡Dios mío! ¿Qué 
me pasa? ¡Estoy soñando?... 

Y volviendo á clavarle sus ojos irritados, ame- 
nazadores, le gritó con rabia: 

— ¿Qué hace usted ahí plantado? ¡Salga usted 
inmediatamente! : ¡Salga usted! ¡salga usted! — 
repitió con grito cada vez más alto. 

Pero cuando el indiano retrocedía ya hacia la 
puerta ella se lanza de pronto fuera, sale dispa- 
rada por los pasillos y, al llegar cerca de la es- 
calera, cae atacada de un síncope. 

La levantaron, la prodigaron mil cuidados. 
Al recobrar el sentido brotó de sus ojos un rau- 
dal de lágrimas; no cesó de llorar en toda la 
tarde. Cuando la comitiva se puso de nuevo en 
marcha hacia la población aún seguía llorando. 

— ¿Han visto ustedes- qué vino más llorón tie- 
ne esta niña de Estrada-Rosa? — decía riendo el 
capitán Núñez. 



IX 



La mascarada. 




omentos antes de que la rosada auro- 
ra abriese de par en par las venta- 
nas del Oriente, Satanás, que ama- 
neció de humor campechano, envió á Lancia al 
más travieso y juguetón de los demonios con 
encargo de despertarla. Batió sus negras alas el 
ministro de Averno sobre la ciudad y lanzó una 
carcajada horrísona, estridente, que logró arran- 
car de las profundidades del sueño á todos sus 
habitantes. Despertaron con unas ganas atroces 
de reir, de alborotar, de burlarse de la autoridad 
gubernativa, improvisar coplas y decir barbari- 
dades. 



262 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Uno de ellos, imaginamos que haya sido Jai- 
me Moro, lo primero que hizo al saltar de la 
cama fué llamar al criado y preguntarle con 
semblante risueño si D. Nicanor, el bajo de la 
catedral, le había prestado al fin su figle. El 
criado, sin responder, salióse un momento del 
cuarto y no tardó en aparecer con un descomu- 
nal serpentón entre las manos. Y sin respeto al- 
guno á su amo aplicó los labios á la boquilla y 
produjo un ruido temeroso semejante al rugido 
de un león. Moro, en calzoncillos como estaba, 
hizo una pirueta y tres ó cuatro zapatetas en se- 
ñal de íntimo regocijo, como si aquel ruido bár- 
baro hubiese tocado las fibras más delicadas de 
su corazón. Después de probar por sí mismo á 
producir idéntico rugido y cerciorarse de que era 
bien capaz, se vistió, se aliñó y, tomando apre- 
suradamente el desayuno, se salió á la calle lia- 
do en su capa y debajo de ella el artefacto mu- 
sical que tan gozoso le había puesto. A cuantos 
encontraba detenía con guiño misterioso, y me- 
tiéndose en el portal más próximo les mostra- 
ba, lleno de emoción, el contrabando que traía 
oculto. Ninguno preguntaba lo que iba á hacer 
con él. Sonreían, le apretaban la mano signifi- 
cativamente y solían preguntarle al oído: 

— ¿Para cuándo? 

— Esto para la noche, pero á las doce sale la 
carroza. 



EL MAESTRANTE 



263 



— ¿Se escaparán? 

— ¡Ca! Están bien tomadas las medidas. 

Y seguía su camino, embozado hasta los ojos, 
porque hacía un frío de dos mil diablos. 

Otros no se limitaban á sonreír y apretarle la 
mano, sino que en justa correspondencia á su 
confianza sacaban con mano temblorosa de los 
bolsillos del gabán ó de lo interior de la gabar- 
dina algún instrumento resonante también de 
menor categoría, una trompeta, un cuerno de 
caza, una matraca. Moro aplaudía, alababa el 
instrumento sin hacer alarde de su superioridad. 
Y proseguía con marcha oblicua y trabajosa, no 
hacia la confitería de D. a Romana, que era el 
término glorioso de sus expediciones matinales, 
sino hacia casa de Paco Gómez. 

Resonaba ésta ya con los pasos agitados y el 
vocerío de una muchedumbre de jóvenes dili- 
gentes. Todos ellos trabajaban con verdadero 
afán, con ahinco que rara vez se ve en los ta- 
lleres. Unos cortaban estandartes, otros mol- 
deaban caretas de cartón; quiénes pegaban letras 
negras á los trasparentes de un farol; quiénes 
vestían primorosamente dos grandes muñecos; 
quiénes, en fin, se ocupaban en desatascar las 
boquillas de varios bombardinos y serpento- 
nes semejantes al que Moro llevaba. La estan- 
cia era una inmensa sala destartalada. Paco Gó- 
mez habitaba el palacio de un marqués que ja- 



264 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



más había puesto los pies en Lancia, del cual su 
padre era mayordomo. El implacable bromista 
presidía vigilante y solícito los trabajos de sus 
compañeros, acudiendo á todas partes, saliendo 
á cada momento para dar órdenes á los criados 
ó para recibir los mensajes que le enviaban. 
Nunca se le había visto tan afanoso. General- 
mente era displicente, y hasta en las bromas 
más premeditadas mostraba cierta actitud des- 
deñosa, sincera ó fingida, que le hacía más 
temible. Ahora echaba todo el cuerpo fuera. Es 
que se trataba de la farsa más estupenda y rego- 
cijada que había presenciado jamás la ciudad de 
Lancia desde que los monjes de San Vicente ha- 
bían venido á fundarla. El motivo era que se ca- 
saba... (apenas si la pluma se atreve á estam- 
parlo) Fernanda Estrada-Rosa... se casaba... 
(vamos, que cuesta trabajo decirlo) ^¡ se casaba 
con Granate! 

Desde la memorable escena de la Granja, Fer- 
nanda vivió en estupor doloroso, en un abati- 
miento de alma y de cuerpo que alarmó á su 
padre. Hizo llamar al médico. Este no halló 
más que un desequilibrio nervioso; se curaría 
con algún viajecito á la corte, con paseos y dis- 
tracciones. La niña se negó en absoluto á curar- 
se por estos medios. Ni paseos, ni teatro, ni ter- 
tulias, ni mucho menos pensar en hacer viaje 
alguno. Desde su gaoinete al comedor, desde 



EL MAE STR ANTE 



265 



aquí al cuarto de su padre, donde solía perma- 
necer breves instantes. No tenía fuerzas para su- 
bir al piso segundo ni humor para enterarse de 
los trabajos de los criados y dirigirlos. Cerrada 
en su habitación tampoco lo tenía para seguir 
labor alguna. Se dejaba caer en una silla y per- 
manecía larguísimo rato inmóvil con las manos 
sobre las rodillas y los ojos extáticos. Algunas 
veces se ponía á leer y, observando que no se 
hacía cargo de lo que el libro decía, concluía 
por arrojarlo. Otras se asomaba al balcón y per- 
manecía de bruces sobre la baranda horas ente- 
ras con la vista fija en el espacio ó en un punto 
de la calle, sin ver á los transeúntes ni contestar 
al saludo que muchos le dirigían, ni advertir si- 
quiera la curiosidad de que era blanco por parte 
de las vecinas. 

Mas hé aquí' que repentinamente se le antoja 
marcharse á Madrid. Fué necesario preparar el 
viaje instantáneamente. Manifestó su deseo por 
la mañana. Por la noche montaban padre éhija 
en la diligencia: con tal ímpetu y palabras ex- 
tremosas exigió la niña el viaje. Una vez en la 
corte, cambió radicalmente su humor. Entre- 
góse con rabia , con pasión desenfrenada á 
los placeres que brinda Madrid á una joven fo- 
rastera, rica y hermosa. Vivió dos meses en 
la embriaguez de los teatros, de los paseos 
en coche, de los grandes saraos y conciertos. 



266 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Acometida súbito de una alegría nerviosa, pa- 
recía feliz enmedio del ruido y el tumulto de 
la sociedad, donde empezó á conocérsela por el 
sobrenombre de la Africana. 

Para que su vida fuese aún más alegre y atur- 
dida le placía comer por los cafés y restaurants, 
como un mancebo disipado. D. Juan fluctuaba 
entre el gozo de verla contenta y la incomodi- 
dad aguda que le producía aquella vida desorde- 
nada, tan contraria á sus hábitos y edad. 

Una tarde, regresando del paseo del Prado, 
Fernanda estalló repentinamente en sollozos. 
D. Juan quedó estupefacto, aterrado; en toda la 
tarde no había cesado de reir aquella locuela 
burlándose de cierto mancebito que seguía per- 
tinazmente su coche. 

— ¿Qué te pasa?... ¡Fernanda! ¡Hija mía! 
- La niña no respondió. Con el pañuelo en los 
ojos, el cuerpo sacudido por fuertes estremeci- 
mientos, lloraba cada vez más perdidamente. 

— ¡Fernanda, por Dios, que la gente se está 
fijando! 

El llanto se iba convirtiendo en ataque de 
nervios. D. Juan ordenó al cochero partir á es- 
cape á casa. Mas antes de llegar á ella, la joven 
cesó de llorar y, levantando la cabeza con reso- 
lución, exclamó: 

— ¡Papá, quiero marcharme á Lancia! 

— Bien, hija; nos iremos mañana. 



EL MAESTRANTE 



267 



— No, no; quiero que nos vayamos ahora 
mismo. 

— Considera que no falta más que una hora 
para salir el tren. 
— Sobra tiempo. 

No hubo más remedio que meter apresurada- 
mente la ropa en los baúles y salir disparados 
á la estación. Sólo cuando el silbido de la loco- 
motora anunció la salida y comenzaron á correr 
por las llanuras áridas que rodean á Madrid se 
calmaron un poco los nerviosde la excitada niña. 

Al día siguiente de llegar á Lancia no fué á 
dar los buenos días á su padre ni á tomar cho- 
colate con él, como tenía por costumbre. Cuando 
ya se disponía el viejo á llamarla, entra de re- 
pente en su habitación una doméstica pálida y 
agitada. 

— ¡La señorita se ha puesto muy mala! 

Corrió D. Juan al gabinete y la halló desenca- 
jada, lívida, por los esfuerzos que unas violentí- 
simas náuseas la obligaban á hacer. 

— ¡Pronto! ¡Á buscar el médico! — gritó el po- 
bre padre. 

Fernanda hizo un gesto negativo y articuló 
débilmente: 

— No, que llamen al penitenciario. 

No hizo caso. Vino el médico y, después de 
examinarla detenidamente, llamó á D. Juan 
aparte y le dijo: 



268 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Su hija de usted ha tomado una cantidad 
extraordinaria de láudano. 

— ¿Para qué? — preguntó sin comprender. 

— Pues... para lo que se toman siempre esas 
cantidades... para envenenarse. 

— ¡Hija de mi alma! ¿qué has hecho? — gritó el 
desgraciado; y quiso lanzarse de nuevo á la ha- 
bitación de la joven. El médico le detuvo. 

— No corre peligro alguno. Ha devuelto todo 
el veneno, y con el medicamento que voy á re- 
cetar quedará completamente tranquila. Lo que 
importa ahora es que no repita. 

— ¡Oh, no! Yo me encargo. 

Y corrió al cuarto de su hija. Pero no pudo 
arrancarle una palabra. La niña se obstinaba en 
que viniese su confesor. Al fin fué por sí mismo 
á llamarlo, y no tardó en aparecer con él. 

Mientras duró la confesión, D. Juan paseaba 
agitadamente por el amplio corredor de la casa 
en espera, devorado por curiosidad ardiente, 
presa de vagos y tristísimos presentimientos. 
Salió al fin el penitenciario, quien sin respon- 
der á la muda interrogación que le dirigía con 
la vista, tomóle gravemente de la mano y le 
llevó en silencio hasta su propia habitación, 
donde se encerraron. Cuando al cabo de una 
hora salieron, el anciano banquero tenía las me- 
jillas inflamadas, los blancos cabellos en des- 
orden y en los ojos señales ds haber llorado. 



EL MAESTEANTE 



Despidió al canónigo en la escalera y tornó á 
encerrarse en su despacho. Allí permaneció todo 
el día y toda la noche, sin hacer. caso de los re- 
cados que su hija le mandó para que se llegase 
á verla. 

Fué el propio penitenciario quien se ofreció á 
hablar con Granate y seguir las negociaciones. 
El indiano relinchó de gozo al saber de lo que 
se trataba. Pero su naturaleza de aldeano astuto 
y la pasión de la avaricia, que era la que hasta 
entonces le había dominado, alzaron la cabeza. 
Cuando al otro día fué el canónigo á hablarle ha- 
llólo cambiado: cerdeaba, gruñía, sacudía la ca- 
beza, hablaba con palabras entrecortadas del lujo 
con que habían criado á Fernanda, de los grandes 
gastos que el matrimonio trae consigo. En resu- 
midas cuentas, pedía una dote. El penitenciario, 
que era hombre justificado y de genio vivo, no 
pudo contenerse ante tal vileza y le llenó de de- 
nuestos. Pero esto era lo que menos importaba 
á aquel rústico. Seguro de tener á D. Juan bajo 
sus tacones, reía como un bestia, se rascaba la 
cabeza y dejaba escapar algún dicharacho gro- 
sero que ponía aún más fuera de sí al canónigo. 

Cuando, haciendo grandes rodeos, éste enteró 
á D. Juan de lo que ocurría, el desgraciado pa- 
dre quiso volverse loco de desesperación 
ira. Se arrancaba los cabellos, vomitaba injurias 
atroces y hablaba de dar un tiro á su hija y darse 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



él otro enseguida. Á duras penas logró calmarle 
un poco. Entró, al fin, en razón, siguieron las 
negociaciones y después de disputar como mer- 
caderes el tanto y el cuanto de la dote, se fijó al 
fin lo que había de ser, y Granate consintió en 
dar su mano de sapo á la niña más preciosa que 
Lancia guardaba por aquella época. 

Pero faltaba la más negra. Faltaba decírselo á 
ella. Cuando le anunciaron que se preparase á 
unir su suerte en plazo breve á la de D. Santos, 
cayó presa de fuerte desmayo. Al salir de él de- 
claró rotundamente que no lo haría aunque la 
desollaran viva. Ni las reflexiones de su confesor, 
ni la perspectiva de la deshonra, ni las lágrimas 
de su padre consiguieron ablandarla. Sólo cuan- 
do vió á éste frenético llevarse el cañón de un re- 
vólver á la sien para arrancarse la vida se arrojó 
á detenerlo prometiendo hacer cuanto le manda- 
se. Y hé aquí cómo quedó concertado en princi- 
pio aquel matrimonio horrendo. 

Al tener noticia los nobles hijos de Lancia de 
tal concierto, el mismo sentimiento de vergüen- 
za se apoderó de todos ellos. Una ola inmensa de 
rubor invadió las mejillas de aquel generoso ve- 
cindario. Esta ola solía venir á Lancia y hacer 
los mismos estragos siempre que la suerte favo- 
recía á algún laciense más de lo justo. Si á uno 
le tocaba la lotería, si á otro le daban un buen 
empleo, si el de más allá se casaba con una mu- 



EL MAESTEANTE 



271 



jer rica ó adquiría gran caudal con su industria, 
ó se hacía famoso por su talento, la delicadeza 
exquisita de los habitantes de Lancia se sobre- 
saltaba y procuraba, rebajando el dinero, el ta- 
lento, la instrucción ó la industria de su vecino, 
poner las cosas en su verdadero sitio. Tal senti- 
miento puede equivocarse fácilmente con el de 
la envidia. El verdadero observador comprende- 
ría, no obstante, al oírlos disertar en las tertu- 
lias de las tiendas y en los corrillos de la calle, 
que sólo el amor, acaso demasiado ardiente, á 
la justicia les obligaba á minorar los méritos de 
su convecino y renunciar de este modo generosa- 
mente á la parte de gloria que en ellos pudiera 
refluir por este concepto. 

El matrimonio de Granate causó profundo es- 
tupor. Siguió al estupor un grito de indignación. 
Nunca se colorearon tan vivamente las mejillas 
de los lacienses como en aquel momento; ni si- 
quiera cuando la prensa de Madrid vino elogian- 
do cierta comedia escrita por un hijo de la po- 
blación, j Qué de improperios, primero contra 
Granate, luego contra D. Juan, después contra 
Fernanda! Singularmente los pollos se agitaban 
convulsos, frenéticos; encontraban deficiente la 
legislación, que no contenía medios de prohibir 
semejantes monstruosidades. Resultado de todo 
fué que, para dar expansión á las fogosas emo- 
ciones que la noticia había despertado en su 



272 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



alma y para dar claro testimonio al mundo en- 
tero del profundo disgusto que un matrimonio 
tan extravagante les causaba, la juventud lacien- 
se dispuso una soberana farsa á cuyos comien- 
zos asistimos. 

Los interesados tuvieron noticia de ella y qui- 
sieron evadir el golpe, primero ocultando el día 
en que se había de celebrar el matrimonio, des- 
pués celebrándolo fuera de la población. Pero no 
les valieron de nada sus precauciones. Los po- 
llos olfatearon que la ceremonia se celebraría en 
los primeros días de Febrero, en la posesión que 
Estrada-Rosa poseía á media legua de Lancia. 
Se colocaron espías en la calle de Altavilla y en 
las inmediaciones de casa de Granate á fin de 
que no se escaparan; sobornóse á los criados; se 
trazaron por las cabezas más fecundas de la ciu- 
dad mil planes ingeniosos para vejar á los no- 
vios. Como coincidió con estos preparativos el 
Carnaval, resolvieron aprovecharlo para dar el 
primer golpe con una gran mascarada burlesca, 
que salió el domingo á las doce de casa de Paco 
Gómez recorriendo las calles. En una carroza 
tirada por cuatro bueyes vestidos con percalina 
roja, sus cuernos adornados con ramaje, venían 
tres máscaras, queriendo figurar una á Fernanda 
Estrada-Rosa, otra á su padre y otra á Granate. 
Este último traía un sombrero de cuernos. De 
vez en cuando se paraba la carroza y ejecutaban 



EL MAESTKANTE 



273 



una farsa ridicula y grosera que hacía bramar de 
regocijo á los curiosos que en torno se reunían. 
Fernanda besaba con trasportes de entusiasmo 
á Granate; éste, como más pequeño, la abrazaba 
por más abajo de la cintura, y mientras tanto 
D. Juan hacía sonar riendo una bolsa de dinero. 
De vez en cuando, del fondo de la carroza salía 
rápidamente otro máscara que quería represen- 
tar al conde de Onís, daba un beso á Fernanda, 
se lo devolvía ésta á espaldas de Granate, y tor- 
naba á ocultarse con la misma celeridad. 

Como quiera que esta payasada se ejecutó en 
ja calle de Altavilla, delante de la misma casa 
de Estrada-Rosa, el escándalo fué enorme, el 
gentío que la presenciaba inmenso. D. Juan, en 
el paroxismo de la ira, dió parte al gobernador, 
grande amigo suyo, y resolvió partir al día si- 
guiente con Fernanda. Los jóvenes maleantes, 
que prevían esta determinación, ya tenían urdi- 
do el medio de hacerla ineficaz, preparando, 
como hemos visto, una grandiosa cencerrada 
para la noche. Era anticipada porque aún no se 
habían casado, pero de ningún modo querían 
que se escapasen sin ella. Armados, pues, de 
cuantos instrumentos ruidosos pudieron ha- 
ber, con grandes trasparentes, donde aparecían 
pintadas las mismas grotescas figuras de la 
carroza con bestiales leyendas debajo, y teas en 
las manos, se congregaron más de trescientos 

18 



274 



ASMANDO PALACIO YALDÉS 



muchachos en Altavilla, y alrededor de ellos me- 
dia población que los alentaba con sus carcaja- 
das. El estruendo era horrísono. De vez en 
cuando cesaba y una voz lanzaba al aire alguna 
copla indecente, que era celebrada con rugidos 
de alegría, creciendo tanto y tanto la algazara, 
que el mundo se venía abajo. El teniente Rubio, 
siempre original, trepó por las cornisas de la 
capilla de San Fructuoso, situada casi enfrente 
de la casa de Estrada-Rosa, y comenzó á repi- 
car la campana. Paco Gómez iba solapadamen- 
te de uno en otro grupo apuntando las coplitas 
más dañinas para que las repitiese en alta voz el 
que la tuviese más recia. Moro hacía sonar su 
famoso serpentón hasta echar los pulmones, 
mientras el marica de Sierra, que había sido uno 
de los más activos promovedores de la cencerra- 
da, se metía traidoramente en casa de D. Juan, 
vendiéndose como amigo fiel, para espiar en rea- 
lidad lo que allí pasaba. 

Pero el jefe político de la provincia pensó que 
era ya hora de oficiar de Neptuno y componer 
las olas irritadas. Cuando la cencerrada se ha- 
llaba en su periodo álgido, envió á Altavilla á 
Ñola, cabo de los guardias municipales, acom- 
pañado de dos números, que resultaron ser Lucas 
el Florón y Pepe la Mota, con encargo de apa- 
ciguar el escándalo y despejar la calle. Los la- 
cienses estaban avezados de anticuo á no reco 



EL MAESTR ANTE 



275 



nocer el origen divino de la autoridad cuando 
Ñola, el Fl orón ó Pepe la Mota se empeñaban en 
representarla. Y no sólo ponían en duda su le- 
gitimidad, sino que en cuanto de lejos los colum- 
braban, soplaba en su espíritu el viento de la re- 
belión y lo encrespaba. ¿Consistía esto en que los 
laciensss estuviesen predestinados por los ciegos 
impulsos de su naturaleza á conspirar contra el 
orden establecido? No es verosímil. Ninguno de 
los historiadores de Lancia han señalado como 
carácter distintivo de aquella raza la oposición 
á las instituciones. Es más natural suponer que 
lo que les indignaba tan profundamente y les 
inclinaba á la conjuración era la nariz de Ñola, 
del tamaño de un botón de timbre eléctrico, la 
voz aguar dentosa de Lucas el Florón y las pier- 
nas monstruosamente arqueadas de Pepe la 
Mota. 

De sobra conocían estos respetables agentes 
del poder gubernativo las tendencias anárqui- 
cas que algunas veces manifestaba el vecindario 
de Lancia. Pero lo que no sospechaban siquiera 
al introducirse incautamente entre la muche- 
dumbre de Altavilla fué que habían de salir de 
allí sin bastón, sin sable, sin kepis y con las me- 
jillas abofeteadas. Así estaba escrito, sin em- 
bargo. 

El jefj político no quiso conformarse con los 
inescrutables fallos de Dios, y montando en có- 



276 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lera hizo llamar inmediatamente al teniente de 
la guardia civil y le envió á vengar con ocho 
números á los infortunados Ñola, Lucas el Flo- 
rón y Pepe la Mota. 

Envalentonados con la victoria pasada los 
graciosos de Altavilla, trataron de resistir. En- 
tonces el teniente, á quien devoraba el fuego de 
la guerra, mandó desenvainar los sables, y son- 
riendo ferozmente, cargó sobre la muchedumbre 
como un jabalí indomable. 

Al verlo, un vivo estremecimiento corrió por 
los miembros de cada uno de los lacienses. Hubo 
tendencias á retirarse del campo de batalla; pero 
no faltó en aquel momento quien animase su co- 
razón intrépido ofreciéndoles la perspectiva en- 
gañosa de la victoria. 

— ¡Fuera los civiles! ¡Abajo los tricornios! 
¡Muera el patatero! 

Tales fueron los gritos sediciosos que se es- 
caparon de los pechos de aquella juventud teme- 
raria. 

Y en el mismo punto volaron algunas pie- 
dras. Los trompones, los bombardinos, los cor- 
netines de pistón cuya voz armoniosa tantas ma- 
zurkas habían cantado en el seno de la paz, 
trasformados repentinamente en instrumentos 
de guerra, brillaron siniestros á la luz de las 
antorchas. El tricornio del teniente cayó ver- 
gonzosamente al suelo á impulso de uno de 



EL MAKSTRAKTE 



277 



«líos. Lo recoge. Su corazón de guerrero se es- 
tremece, un círculo de espuma se forma en tor- 
no de sus labios y se lanza al combate con los 
ojos inflamados, respirando exterminio. 

Entonces, bajo el imperio de su fuerza incon- 
trastable, los jóvenes héroes de Lancia se reple- 
garon dando fuertes gritos amenazadores. Los 
sables de los civiles comenzaron ásonar de plano 
en las espaldas de algunos. La retirada se con- 
virtió en huida muy pronto. Tal como un rebaño 
de ciervos huye y se desbanda perseguido por los 
chacales, asilos hijos generosos de Lancia hu- 
yeron aquella noche memorable, perseguidos 
por los civiles sedientos de sangre. El suelo 
quedó sembrado de instrumentos de bronce, 
testigos de la afrenta. El indomable teniente pa- 
seó largo rato su furor por las calles, animando 
con vivas interjecciones á sus huestes, lanzán- 
dolas en persecución de los rebeldes como un 
cazador lanza su jauría en persecución de un ve- 
nado. Así fué como Paco Gómez, seguido tenaz- 
mente por los tricornios, se vio en la precisión, 
para escapar á un cintarazo, de meterse por el 
escaparate de la confitería de D. a Romana, ca- 
yendo de bruces sobre una fuente de huevos mo- 
les y destruyendo por completo una magnífica 
tarta de borraja destinada al chantre de la cate- 
dral. Así fué también como Jaime Moro, des- 
pués de perder en la refriega el serpentón de don 



278 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Nicanor, estuvo á punto de ser inmolado por el 
sable resplandeciente de un civil. Sólo por ha- 
ber tomado la precaución de bajar la cabeza 
cuando éste le tiró el golpe evitó la efusión 
de sangre". El sable fué achocar con la pared de 
una casa, haciendo no poco estrago en ella. 
Meses después, Moro enseñaba el trozo descas- 
carillado como un trofeo á los amigos forasteros 
que venían á Lancia; y al recordar sus proezas 
y peligros en aquella noche gloriosa, una suave 
alegría descendía á su corazón heroico. 

Otros muchos miembros de aquella juventud 
magnánima experimentaron desperfectos de con- 
sideración en su economía, unos por el influjo 
de los sables, los más por las caídas y los cho- 
ques que resultaron de la desbandada. La victo- 
ria no fué, sin embargo, gratuita para los agen- 
tes del gobierno. Aparte del fracaso del tricor- 
nio del teniente y de algunas contusiones de sus 
subordinados, el poder constituido sufrió un im- 
portante revés en la persona de uno de sus más 
antiguos representantes, en la persona de Ñola r 
cabo de municipales. Ya sabemos que este per- 
sonaje, enteramente impopular en Lancia, á 
causa de la cortedad, y aún más de la redondez 
excesiva de su nariz, había perdido en la prime- 
ra escaramuza el kepis, el sable y el honor de 
sus mejillas. La cólera y la venganza se ense- 
ñorearon de su corazón. Nada podía hacer, sin 



EL MAESTRANTE 



279 



embargo, para apagarlas, porque se hallaba pri- 
vado de todo medio coercitivo. Pero en vez de 
retirarse prudentemente al soportal de las Con- 
sistoriales, como hicieron sus compañeros Lucas 
el Florón y Pepe la Mota, quedóse enmedio de 
la calle contemplando con ansiedad la batalla. 
Al ver que se decidía en favor de las institucio- 
nes que él representaba, la alegría se desbordó 
ruidosamente de su pecho municipal. 

— ¡Bien por los guardias! ¡Duro en ellos! 
¡Rajarme esa canalla! ¡A ver si escarmienta de 
una vez esa pillería! 

Tales eran los gritos belicosos que salían de 
su garganta. Sin embargo, cuando menos podía 
esperarse, dado que los enemigos huían en com- 
pleto desorden, vino á estrellarse contra el bo- 
tón de su nariz un cuerpo duro de superficie lisa 
y compacta que resultó ser un trozo de cal hi- 
dráulica. Todos los timbres de su cerebro sona- 
ron á un tiempo. No pudiendo sufrir tanto es- 
trépito, vino al suelo privado de conocimiento. 
Su pecho magnánimo sólo tuvo fuerzas para 
exhalar una queja melancólica. 

— ¡Recongrio, me han escuaernao esos sinver- 
güenzas! 

Así cayó aquel baluarte poderoso del orden, 
aquel varón esforzado que en sus luchas ince- 
santes con la pillería de los arrabales tantas ve- 
ces había caminado por la senda de la victoria. 



280 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Levantáronlo y lo metieron en la botica de don 
Matías, que estaba próxima. Desde allí lo con- 
dujeron poco después al hospital. La ciudad per- 
dió por algunos días su escudo protector. Porque 
ni Lucas el Florón ni Pepe la Mota podían com- 
petir en energía con Ñola. 

Mientras tales sucesos se efectuaban en Alta- 
villa y en las calles adyacentes, D. Juan Estra- 
da-Rosa, presa de irritación indescriptible, se 
paseaba agitadamente por su gabinete mesán- 
dose los cabellos. Los consuelos hipócritas del 
marica de Sierra no lograban calmarle. Habla- 
ba de salir á la calle y arrojarse sobre la inso- 
lente muchedumbre. 

— ¡Qué les habrá hecho mi pobre hija! — ex- 
clamaba con voz temblorosa, próximo á so- 
llozar. 

Fernanda se había retirado á su habitación 
temprano y se había metido en la cama. Si la 
sorprendió la algazara que sonaba en la calle ó 
contaba ya con ella, no es fácil saberlo. Cuando 
D. Juan, después de adoptar una violenta reso- 
lución, subió á despertarla, al encender la luz 
hallóla con los ojos secos y brillantes, sin apa- 
riencias de haber dormido ni de haber llorado. 
Hizo que se vistiese á toda prisa, y dando orden 
á los criados para que tuviesen encendidas todas 
las luces de la casa á fin de engañar á los de 
afuera, salió con ella por la puerta de la coche- 



EL MAESTRANTE 281 



ra, que daba á un callejón solitario. Los acom- 
pañaba únicamente Manuel Antonio. Dirigiéron- 
se por las calles más extraviadas á casa del Ju- 
bilado. Una vez allí, se pasó un recado á don 
Santos para que se presentase inmediatamente; 
otro al penitenciario. Cuando ambos acudieron, 
el padre, la hija y estos dos señores, Manuel 
Antonio y Jovita Mateo salieron ocultamente 
de Lancia por la carretera de Castilla. Después 
de caminar un rato esperaron el coche que don 
Juan había mandado venir. Acomodáronse los 
seis como pudieron en la carretela, echando á 
Manuel Antonio al pescante. Media hora después 
estaban en la posesión del banquero. Alzóse 
apresuradamente un altarcito en el salón princi- 
pal de la casa, y antes de que amaneciese, el 
penitenciario bendijo la unión de los prome- 
tidos. 

Fernanda no había despegado los labios du- 
rante el camino. El mismo silencio cuando se 
hacían los preparativos para la solemnidad. Pa- 
recía tranquila, en un estado de indiferencia ab- 
soluta ó, por mejor decir, de soñolencia, como 
la persona á quien se arranca violentamente del 
sueño y tarda en darse cuenta de lo que pasa en 
torno suyo. Pero tal estado letárgico continuó 
después de pronunciar el sí ante el altar. Ni la 
plática afectuosa y elocuente del penitenciario, 
ni las bromas incesantes de Manuel Antonio 



282 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



mientras tomaban el desayuno, ni las caricias de 
Jovita, ni la alegría afectada, ruidosa, de su pa- 
dre lograban sacarla de su extraña distracción. 
Clareaba el día, un día triste, nublado, que se 
filtraba melancólicamente por los cristales. To- 
dos hacían esfuerzos por parecer alegres; se ha- 
blaba en voz alta, se reía comentando la torpeza 
del criado, el miedo de Manuel Antonio á volcar. 

Traslucíase, no obstante, una gran tristeza. 
Cuando la conversación se interrumpía, las fren- 
tes se arrugaban, los semblantes se oscurecían. 
Al entablarla de nuevo, las palabras resonaban 
lúgubremente en el lujoso comedor. 

La novia se retiró para cambiar de traje. Poco 
después apareció de nuevo, con el mismo sem- 
blante impasible. Según los planes de D. Juan, 
debían irse inmediatamente para tomar en un 
pueblo próximo la silla de posta. Los inrlecen 
tes de Lancia quedarían de este modo chasquea, 
dos. Cuando bajaron al jardín, donde esperaba 
el coche, caía una lluvia menuda y fría. Fer- 
nanda besó á su padre y entró en el coche. El 
pobre anciano, al recibir aquel beso en la meji- 
lla, pensó que una corriente de aire frío entraba 
por ella paralizando sus miembros y helándole 
el corazón. 

El látigo chasquea. «Adiós, Fernanda; abrí- 
gate, Fernanda. Adiós, Santos. Que vengan us- 
tedes pronto.» Ya están en camino. Antes de 



EL MAESTBANTE 



283 



una hora llegan á Meres, esperan la diligencia 
y suben en ella. El mismo silencio obstinado por 
parte de Fernanda. Las atenciones de Granate 
no le arrancan ni una sonrisa ni una palabra de 
gracias; sus ademanes grotescos y los desatinos 
que de vez en cuando deja escapar tampoco ha- 
cen surgir en el semblante marmóreo de la jo- 
ven un gesto de fatiga ó disgusto. A ratos dor- 
mita, á ratos contempla con ojos atónitos el pai- 
saje. Cuando llegaron á las inmediaciones de 
León era ya noche. 

Pero ¿qué ocurre en León? Al llegar á la pla- 
zoleta donde cambia el tiro la diligencia descu- 
bren gran golpe de gente, escuchan voces des- 
aforadas, ruido desacordado de instrumentos de 
música, tañido de cencerros. Y ven alzarse so- 
bre la muchedumbre algunos trasparentes pin- 
tados. 

Paco Gómez, fecundo en trazas más que Uli- 
ses, había escrito á algunos amigos de León 
tiempo atrás invitándoles á disponer una cence- 
rrada para cuando Granate y su esposa pasasen 
por allí. La colonia de Lancia, que es numerosa 
en León, secundó admirablemente los planes de 
su paisano. Todo lo tenían preparado. Sin em- 
bargo, estos preparativos no hubieran servido de 
nada sin la traición de Manuel Antonio, que al 
llegar á Lancia notició secretamente á Paco lo 
que pasaba. Este aprovechó el telégrafo, recién 



284 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



instalado, y se puso en comunicación con sus 
secuaces. 

Fernanda tardó en darse cuenta de que aque- 
lla algazara iba contra ella. Cuando, por algunos 
gritos que llegaron á sus oídos, vino en conoci- 
miento de ello, empalideció, sus ojos se dilata- 
ron y, dando un grito, precipitóse á la ventanilla 
para arrojarse fuera. Granate la detuvo sujetán- 
dola por la cintura. La joven luchó algunos mo- 
mentos con furor; pero no pudiendo desprender- 
se de aquellos brazos cortos y membrudos de 
oso, se dejó caer al fin en el asiento, llevóse las 
manos á la cara y rompió á sollozar. 

— ¡Dios mío, ha sido grande el pecado, pero 
qué castigo tan terrible! 




X 



Cinco años después. 



yQRuRASCURRiERON cinco años. La noble ciu- 
dad de Lancia ha cambiado poco en 
su exterior y menos aún en sus costum- 
bres. Unas cuantas casas-grilleras con adornos 
de mazapán alzadas por el oro indiano en las in- 
mediaciones del parque de San Francisco; va- 
rios trozos de acera en calles que jamás la po- 
seyeran; tres faroles más en la plaza de la Cons- 
titución; un guardia municipal suplementario, 
que debe su existencia no tanto á las necesida- 
des del servicio como á las pasiones del alcal- 
de, varón de excelsos pensamientos, consagra- 
dos casi enteramente á Venus, que premia las 



286 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



condescendencias de Vulcano con el presupues- 
to municipal; en el paseo del Bombé algunas 
estatuas de bronce con el ropaje caído, que pro- 
dujeron grave escándalo á su erección, hacien- 
do pregonar al magistrado Saleta en la tertu- 
lia del maestrante que «la media desnudez era 
cien veces más incitante que la completa;» en 
las cabezas de nuestros maduros conocidos al- 
gunas hebras de plata, y en el semblante ra- 
dioso como el arco iris de Manuel Antonio, el 
más seductor de los hijos de la ínclita ciudad, 
signos ya evidentes de que su belleza pronto se 
desvanecerá como un sueño feliz al soplo gla- 
cial de la mañana, como los copos de nieve que 
caen suavemente en el silencio de un día triste 
de invierno. 

La misma vida vegetativa, brumosa, soño- 
lienta; las mismas tertulias en las trastiendas 
libando con deleite la miel de la murmuración. 
Los apodos soeces pesando siempre como losa 
de plomo sobre la felicidad de algunas respeta- 
bles familias. En el Bombé, las tardes de sol, 
los mismos grupos de clérigos y militares pa- 
seando desplegados en ala. Las enormes campa- 
nas de la basílica tañendo invariablemente á ho- 
ras fijas. Las viejas devotas caminando con planta 
presurosa al rosario ó á la novena. El canto mo- 
nótono de los canónigos resonando profunda- 
mente en la soledad delasaltas bóvedas. En Alta- 



EL MAESTBANTE 



287 



villa, á la hora del crepúsculo, los eternos corros 
de jóvenes alegres, riendo mucho, hablando alto 
y abriéndose amenudo para dejar paso á alguna 
costurera espiritual ó criada de carnes opulen- 
tas á quienes rinden homenaje con los ojos, con 
la palabra y no pocas veces con las manos. Y 
allá, en lo alto del firmamento, iguales corros de 
nubes pardas y tristes amontonándose en silen- 
cio sobre la vetusta catedral, para escuchar en 
las noches melancólicas de otoño los lamentos 
del viento al cruzar la alta flecha 'calada de la 
torre. 

Estamos en Noviembre. El conde de Onís 
acostumbra á pasear á caballo lo mismo en los 
días claros que en los oscuros. Cada vez menos 
le place la compañía de los hombres. Su carác- 
ter se ha hecho más receloso y melancólico. El 
pecado aniquiló los débiles gérmenes de alegría 
que la naturaleza había depositado en su cora- 
zón. El temperamento sombrío, extravagante, 
fanático de los Gayoso se ha ido exaltando en él 
poco á poco con el roer incesante del remordi- 
miento; ha trastornado su imaginación, ha ener- 
vado su escasa actividad y ennegrecido su exis- 
tencia. 

Le molestan los hombres. En todas las mi- 
radas piensa ver hostilidad; en las frases más 
inocentes, alguna aviesa intención que hace her- 
vir su sangre de coraje. No osa entrar en los 



288 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



templos, ni siquiera se deja caer de rodillas, co- 
mo antes, frente al sangriento crucifijo del cuar- 
to de su madre. Si oye hablar del infierno se 
estremece y huye. Envía cuantiosas limosnas á 
las iglesias; encarga misas que no oye; pone 
cirios á las imágenes, y en el secreto de su ha- 
bitación se entretiene á veces puerilmente en 
preguntar á la suerte, echando una moneda al 
aire, si se condenará eternamente ó irá tan sólo 
al purgatorio. Cuando llega á sus oídos el can- 
to de los sacerdotes que acompañan á un entie- 
rro, empalidece, tiembla y se tapa los oídos. 
Por la noche se despierta amenudo sobresal- 
tado, con un sudor frío, gritando miserable- 
mente: «¡Hay que morir! ¡hay que morir!» 

Por largo tiempo vivió casi en absoluto re- 
tirado, sin salir más que cuando se lo ordenaba 
aquella voluntad que había logrado señorear la 
suya. Después, como sufriese demasiado, te- 
miendo que sus negros pensamientos acabasen 
con su razón, le dio por recorrer los contorno s 
á pie ó á caballo, hasta fatigarse. El cansancio 
corporal prestaba descanso á su espíritu; el es- 
pectáculo de la naturaleza serenaba su atormen- 
tada imaginación. 

Era un tarde fría y oscura. Las nubes pesan 
amontonadas sobre las colinas que cierran el 
horizonte por el Norte, y ocultan las altas mon- 
tañas de Lorrín que se extienden como una cor- 



EL MAESTRANTE 



289 



tina lejana por el Oeste. Han caído fuertes chu- 
bascos que convirtieron enlaguna la parte baja 
de la ciudad y en lodazales las carreteras que de 
ella parten. Apesar de esto el conde manda en- 
sillar su caballo, sale de Lancia por la carre- 
tera de Castilla, y galopa entre torbellinos de 
lodo al través de las praderas y los bosques de 
castaños. Las hojas amarillentas de los árboles, 
lavadas por la lluvia, brillan como monedas de 
oro; mil arroyuelos serpean vacilantes por la fal- 
da de la colina y van á depositar sus aguas en la 
llanura, que se dilata verde y mojada con suaves 
ondulaciones. Una franja más oscura señala el 
cauce del Lora, que se oculta misterioso bajo 
sus mimbreras y espesas ñlas de alisos. 

El conde, con la cabeza echada hacia atrás, 
los ojos medio cerrados, aspiraba con delicia el 
fresco húmedo de la tarde. La carretera flan- 
queaba la colina en suave declive. Antes de 
trasponerla y perder de vista la ciudad, detuvo 
el caballo y echó una mirada atrás. Lancia era 
un montón, no grande, de techos rojos, sobre los 
que resaltaba la flecha oscura de la catedral. 
Debajo percibió una mancha amarilla, el bosque 
de robles de la Granja. Más abajo las torrecillas 
anaranjadas de su casa solariega. 

La lluvia ha cesado. Un viento frío barre las 
nubes y las precipita detrás de los montes. El 
firmamento se despliega trasparente con el pá- 

19 



290 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lido azul de los días de otoño. Algunas estre- 
llas apuntan ya como diamantes en el horizonte. 
Los árboles, las montañas, los arroyos, el valle 
cubierto de su verde tapiz brillan indecisos 
bajo la tenue claridad del crepúsculo. 

El conde pone de nuevo su caballo al galope 
y desciende velozmente por el flanco de la coli- 
na que oculta á Lancia. El viento oprime sus 
sienes, zumba en sus oídos produciéndole una 
dulce embriaguez que disipa las negras nubes 
de su imaginación. Por la enlodada carretera no 
encuentra sino algún hato de ganado, algún 
trajinante con su recua, ó carro tirado pausa- 
damente por bueyes, en el fondo del cual duer- 
me descuidadamente el carretero. Mas antes de 
trasponer un recodo, cree escuchar rumor lejano 
de ruedas y campanillas. Es la silla de posta 
que llega al anochecer á Lancia. Al cruzar á su 
lado dirige una mirada distraída al fondo, y 
chocan sus ojos con otros grandes y lucientes. 
Siente un estremecimiento eléctrico, vuelve la 
cabeza con presteza, pero sólo percibe ya la tra- 
sera de la silla que se aleja. Tira de las riendas 
al caballo y la sigue: á los pocos momentos se 
detiene avergonzado y prosigue su marcha. 

¿Sería Fernanda^ Una sensación fugaz, pero 
muy clara, se lo decía. Sin embargo, puio ha- 
berse equivocado. Ninguna noticia tenía de su 
llegada. Sabía que se quedara viuda hacía unos 



EL MAESTRANTE 



201 



meses. Granate había rodado al fin como un buey 
bajo el golpe de la apoplejía. Pero al mismo 
tiempo era válida la voz de que la viuda del in- 
diano aborrecía de muerte á Lancia desde la 
humillante farsa con que sus compatriotas la 
habían regalado al casarse. El hecho de no ha- 
ber venido cuando la muerte de su padre, acae- 
cida el año anterior, lo dejaba bien probado. 

El conde pensó algunos momentos en esto; 
al cabo se le borró de la mente; le distrajo una 
nube violada y espesa que avanzaba hacia el ze- 
nit presagiando nuevo chubasco. Pero en el fon- 
do de su espíritu quedó algo indeterminado y 
dulce que le puso de buen humor. Revolvió el 
caballo y llegó á Lancia ya bien de noche, cho- 
rreando y cubierto de lodo, pero el corazón li- 
gero y alegre sin saber por qué. 

Fernanda no vaciló un instante. Lo vió y lo 
conoció tan claramente que pudo hasta advertir 
las señales que el tiempo y los cuidados habían 
impreso en su semblante. Le pareció más viejo; 
creyó ver en su luenga barba rubia algunos me- 
chones plateados. Al mismo tiempo en sus ojos, 
pesados un instante sobre ella, adivinó el sufri- 
miento, el hastío, algo triste, que le impresio- 
nó alegremente. El recuerdo de su antiguo no- 
vio había vivido siempre en el fondo de su pe- 
cho. Ni la traición, ni el desdén, ni las mil dis- 
tracciones á que se arrojó en la vida frivola y 



292 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bulliciosa de París, habían logrado arrancarlo 
de allí. Si le hubiera hallado satisfecho, en la 
plenitud de su fuerza y salud, no habría sentido 
aquel soplo dulce que la acarició un instante. 
En tal alegría maligna había el rencor inextin- 
guible de la mujer desdeñada, pero también algo 
alado, sonoro, vaporoso, como la esperanza, que 
cantó y rió en su alma y disipó los negros pen- 
samientos que se acumulaban sobre su frente. 

La necesidad, no su querer, la obligaban á 
volver á Lancia, donde había jurado no poner 
los pies nunca más. Su marido tenía hecho tes- 
tamento á su favor. Los hermanos de aquél 
lo impugnaban. Se había entablado un pleito, 
que ganó en primera instancia. Venía acompa- 
ñada de una antigua sirviente de su padre, 
trasformada en dama de compañía, y de un ma- 
yordomo. Desde Madrid había telegrafiado á 
una prima, y ésta, en unión con Manuel Anto- 
nio, dos de las niñas de Mateo y algunas amigas 
más, la esperaban en la mal empedrada plazole- 
ta del Correo, donde paraba la diligencia. Y 
vengan de abrazos y achuchones y besos, y va- 
yan de preguntas y exclamaciones y lágrimas. 
La ofendida heredera de Estrada-Rosa no había 
imaginado sentir tal alegría al poner la planta 
en su pueblo natal. 

Sus amigas la llevaron abrazada, casi en vo- 
landas, hasta casa. Allí se despidieron todas, 



EL MAESTRANTE 



293 



menos Emilita Mateo, á quien Fernanda hizo 
una seña para que se quedase. Las dos amigas 
ascendieron lentamente, cogidas por la cintura, 
aquella escalera, amplia, encerada, que tantas 
veces sus pies menudos de niña habían pisado. 
No tardaron en encerrarse en el antiguo gabi- 
nete de la hija de Estrada-Rosa para saborear 
la hora de las dulces confidencias. Entre besos 
y sonrisas y protestas de fiel amistad se conta- 
ron su vida durante aquellos cinco años. Fer- 
nanda hablaba de su difunto marido con una 
compasión que quería ser triste y resultaba al- 
tamente despreciativa. Vivió con él en una suer- 
te de antagonismo de ideas, de gustos y deseos, 
que los mantuvo constantemente alejados. Ni fué 
feliz ni desgraciada. Fueron cinco años de atur- 
dimiento en que desfilaron ante su vista calles 
populosas, teatros resplandecientes, hoteles mag- 
níficos, salones de baile, trajes deslumbradores, 
muchos conocidos y ningún amigo. Su marido 
se plegaba á sus caprichos á la fuerza, como un 
oso indómito que obedeciese gruñendo al palo 
del domador. Habían tenido úna niña, que se mu- 
rió á los cuatro meses. 

La juguetona Emilia fué muy desgraciada en 
su matrimonio. Núñez había salido un perdis. 
Ya lo sabía Fernanda, pero vagamente. En car- 
tas no es fácil descender á ciertos significativos 
pormenores. Al principio muy bien, pero luego 



294 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las malas compañías le habían echado á perder. 
Le dio por el juego primero, después por la be- 
bida, últimamente por las mujeres. Esto últi- 
mo era lo que más sentía Emilia. Todo se lo. 
perdonaba de buen grado: que viniese borracho 
á las tantas de la madrugada, que le empeñase 
los pendientes, los cubiertos, hasta el capuchón 
de abrigo; lo que no podía sufrir era que se le 
viese entrar en casa de una perdida que vivía en 
la calle de Cerrajerías. Al decir esto la hija 
del Jubilado soltaba un torrente de lágrimas. 
Apenaba más verla llorar, por la alegría revol- 
tosa que siempre fué el distintivo de su carác- 
ter. Fernanda la acariciaba tiernamente y com» 
partía sus lágrimas. Al cabo de un rato de silen- 
cio le preguntó: 

— Pero ¿tú le sigues queriendo? 

— ¡Sí, hija, sí! — exclamó con rabia. — No lo 
puedo remediar. Cada vez estoy más ciega, 
por él. 

— ¡Vaya por Dios! Tu pobre padre estará tam- 
bién disgustadísimo. 

— ¡Figúrate!... Y lo peor es — añadió lloran- 
do amargamente — que ahora volvió á su manía 
antigua contra el ejército... Dice cosas horribles, 
de los militares. . . ¡Sí, sí, horribles!... En cuan- 
to yo entro por casa empieza á disparatar, nada 
más que por mortificarme... Mis hermanas, 
le apoyan... Nos llaman holgazanes y dicen... 



EL MAESTEANTE 



295 



dicen que se debe reducir el contingente... 

Al llegar aquí, los sollozos rompían el tierno 
pecho de la esposa de Núñez. Fernanda, que 
también lloraba viéndola tan afligida, no pudo 
menos de sonreír. 

— ¡Tus hermanas también! 

— ¡Ya lo creo!... ¡Todos, todos desean que se 
reduzca!... 

Cuando la hija de Estrada-Rosa le hubo de- 
mostrado que no era tan fácil como parecía la 
reducción de las fuerzas de tierra, su espíritu se 
serenó al fin poco á poco. Luego concertaron 
ambas dar una sorpresa á la sociedad laciense. 
Fernanda se presentaría aquella noche sin pre- 
vio anuncio en la tertulia de Quiñones. Una ale- 
gría infantil se apoderó de ambas con este pro- 
yecto. Así que le dieron forma, despidióse Emi- 
lita, prometiendo volver enseguida á buscar ásu 
amiga. 

Eran las diez de la noche cuando subían am- 
bas los peldaños de piedra, que rezumaban siem- 
pre por la humedad, de la vasta escalera señorial 
de los Quiñones. 

Al llegar arriba Emilita prohibió al criado 
que las anunciase. Ella misma abrió la puerta 
del salón y empujó á Fernanda hacia adentro. 

Fué una aparición que dejó extáticos por un 
instante á los tertulios. La hija de Estrada-Rosa 
lucía un traje elegantísimo recién salido del ta- 



296 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



11er de una de las más afamadas modistas de 
París. Su belleza, de la cual sus compatriotas 
no conocían más que el delicado botón, se había 
convertido en rosa espléndida en los cinco años 
de vida refinada y elegante. Maravillosa por la 
arrogancia de su talle, por el brillo de sus gran- 
des ojos africanos, por la delicadeza de su cutis, 
la hermosura de Fernanda había adquirido en 
París su complemento necesario, la gracia, el 
noble y sencillo ademán, el gusto para vestirse, 
la suprema distinción que en Lancia no hubiera 
logrado jamás. Su traje negro de seda dejaba 
descubiertos pecho y espalda. Algunas carreras 
de perlas tejidas entre los cabellos componían 
todo el adorno de su cabeza. 

Amalia fué la primera que la vió, y su sangre 
fluyó de repente al corazón. Repuesta inmedia- 
tamente, corrió á saludarla. 

— ¡Oh! Ya sabía que usted había llegado; pero 
no imaginé que fuese tan amable... 

Ambas se miraron á los ojos y se declararon, 
con un chispazo, el odio que ardía en el fondo 
de sus almas. Pero habían cambiado las circuns- 
tancias. Amalia era cinco años atrás la dama 
más elegante y distinguida de la población, la 
única cuyo porte y refinamiento de costumbres 
trascendía á otra esfera más culta y espiritual. 
Fernanda la aventajaba ahora infinitamente. 
Aquélla había envejecido de modo ostensible. 



EL MAESTRANTE 



297 



Entre sus cabellos se veían ya bastantes hebras 
plateadas; su tez, siempre pálida, había perdido 
toda su frescura; además, había perdido el deseo 
y el gusto para vestirse, se había ido plegando 
poco á poco bajo la presión de la sociedad ordi- 
naria y cursi que la rodeaba, adaptándose á ella 
y descuidándose más y más de su persona. El 
contraste era, por lo tanto, más vivo. Bien lo ad- 
virtió la noble esposa del maestrante y se sintió 
humillada hasta el fondo de su ser. Una sonrisa 
de despecho contrajo sus labios mientras cam- 
biaba con Fernanda los obligados saludos. Esta 
gozaba de su triunfo con grave y serena alegría. 

Las damas rodeáronla inmediatamente. Fué 
un diluvio de besos y abrazos acompañados de 
vivas exclamaciones de gozo. Los hombres, que 
formaban círculo detrás, avanzaron también sus 
manos y estrecharon con efusión la de la hermo- 
sa viajera. Y entre tanto pláceme y tanta frase 
congratulatoria, ó por olvido ó por vergüenza, 
nadie osaba hacer alusión á la desgracia que la 
joven había experimentado algunos meses atrás; 
ni el más mínimo recuerdo para el oso colorado 
que dormía su sueño eterno en un cementerio de 
París. Tan sólo cuando la efervescencia de los sa- 
ludos hubo calmado, Amalia la cogió sonriente 
las manos y exclamó mirándola de arriba abajo: 

— ¡Sabe usted que son muy elegantes los tra- 
jes de duelo en París! 



2Ü8 



ARMANDO PALACIO YALDÉS 



Fernanda hizo una mueca de desdén. 

— Poco importa el vestido si se lleva el duelo 
en el corazón — apuntó María Josefa, que en los. 
cinco años trascurridos había aguzado prodigio- 
samente el filo, el contrafilo y la punta de su 
lengua. 

Las mejillas de Fernanda se tiñeron de car- 
mín. Se avergonzó como si fuese un delito no 
sentir la pérdida de Granate. Luego, irritada por 
aquella hostilidad, estuvo á punto de mostrar 
violentamente su enojo. Volvió la espalda y se 
puso á hablar con otras damas. 

En aquel momento el conde de Onís salió del 
gabinete y vino á saludarla. Le tendió la mano 
con afectuosa sonrisa. Ella le entregó la suya de 
un modo glacial, separando rápidamente la mi- 
rada. Sin embargo, pudo advertirse alrededor de 
sus ojos un círculo pálido que denunciaba la 
emoción. Para disimularla se encaminó al gabi- 
nete, diciendo con afectada ligereza que la deja- 
sen libre, que á quien tenía más gana de ver era 
á D. Pedro. 

El noble maestrante yacía en su sillón con 
los naipes en la mano. Sus cabellos y su bar- 
ba estaban más blancos, pero tan erizados é 
indómitos. Sus facciones enérgicas parecían más 
acentuadas; sus ojos hundidos brillaban con ful- 
gor más delirante. Al mover con trabajo aquel 
gran torso atlético desprovisto de base los ras- 



EL MAESTKANTE 



299 



gos de su fisonomía se contraían con expre- 
sión de feroz impotencia que inspiraba tristeza 
y miedo. Pero si su cuerpo se abatía á ojos vis- 
tas, alzábase su orgullo cada vez con más brío. 
Todos los días crecía un poco el respeto que se 
consagraba á sí mismo por llamarse Quiñones 
de León y el desprecio á los demás por haber 
nacido bajo el estigma de otro nombre cualquie- 
ra. Agradeciendo profundamente al cielo la di- 
cha con que había querido favorecerle, tendría 
á pecado quejarse de su suerte y envidiar á los 
otros hombres la facultad de usar de sus pier- 
nas. ¿Qué importa que Juan Fernández pueda 
andar, correr y saltar, si al fin y al cabo se lla- 
ma Juan Fernández? Lo único que le preocupa- 
ba algunas veces era si convendría á la dignidad 
de un Quiñones poseer unas extremidades ente- 
ramente inertes, y si no sería preferible que vi- 
viesen para participar de la gloria del resto del 
organismo. Pronto desechaba, sin embargo, ta- 
les inquietudes pensando justamente que vivas ó 
muertas aquellas extremidades ocupaban un ran- 
go superior en la sociedad. Cuando Fernanda 
entró en el gabinete alzó los ojos y clavó en ella 
una mirada penetrante que la abrazó de la cabe- 
za á los pies. Ni la hermosura ni el porte, sin- 
gularmente elegante, de la joven debieron dejarle 
satisfecho, porque la convirtió inmediatamente á 
los naipes y exclamó con insolente protección: 



300 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Hola, pequeña! ¿Eres tú? ¿Cuándo has lie- 
gado? 

Apesar de sentirse mortificada por aquel tono, 
Fernanda le saludó afectuosamente. 

— Me alegro de verte tan buena, querida, y apro 
vecho la ocasión para darte el pésame. Ya sabes 
que yo no escribo cartas hace años. He sentido 
mucho á Santos... Oigausted, Moro: ¿se propone 
usted no darme en su vida una carta decente?... 
Era un buen sujeto, un vecino excelente, inca- 
paz de hacer daño á nadie. No hallarás otro ma- 
rido como él. Tenía una cualidad que se en- 
cuentra muy difícilmente: la modestia. Apesar 
del dinero que había logrado juntar, no preten- 
día salirse de su esfera; siempre se manifestó 
respetuoso con los superiores. ¿Verdad, Saleta, 
que no era como esos piojos resucitados, que 
así que les suenan algunas monedos en el bolsi- 
llo olvidan las judías y el centeno, como si en 
su vida los hubiesen probado?... Valero, siéntese 
usted, y diga pronto si es vuelta eso que tie- 
ne... ¿Vienes á establecerte aquí, chiquita, ó te 
vuelves á ver á los franchutes? 

Fernanda, que sintió perfectamente toda la 
hiél de aquel discurso, respondió fríamente, y 
después de pocas palabras más se volvió al 
salón. 

Á D. Pedro le había molestado el tufillo 
de elegancia y distinción que despedía la hija 



EL MAESTEANTE 



301 



de Estrada-Rosa. Le irritaba que alguien se 
alzase en torno suyo, siquiera fuese solamente 
algunas pulgadas. Aborrecía todo lo extranje- 
ro, y muy particularmente aquel París, donde 
imaginaba que los Quiñonts de León no tenían 
influencia muy decisiva. Kasta sospechaba vaga- 
mente, con horror, que eran desconocidos. Por 
supuesto que procuraba apartar la mente de tan 
disparatada idea. Si llegase á penetrar por 
completo en su espíritu, ¿qué le restaba al no- 
ble caballero? Morir, y nada más. 

Haciéndole la partida de tresillo están los 
mismos personajes que ya conocemos. Saleta, el 
gran Saleta, cuyas mentiras siguen fluyendo de 
su boca suaves y almibaradas, lo cual le obliga- 
ba á relamerse amenudo. Faltó poco para que 
Lancia se viese privada para siempre de este 
magnánimo y divertido varón. Jubilado hacía 
tres años, fué á establecerse ásu país, donde per- 
maneció uno solamente. La nostalgia de Lancia, 
de la tertulia de Quiñones, y sobre todo de las 
burlas de su colega Valero, le impulsaron á 
dejar la patria gallega para venir de nuevo á 
habitar entre los lacienses. Valero, ascendi- 
do á presidente de sala, más ajado cada día, 
más jaranero y ceceoso, se sienta á la izquierda 
del procer. Enfrente está Moro, ideal inaccesi- 
ble de todas las niñas casaderas, cuya cabeza in- 
fatigable soporta fácilmente doce horas de tresi- 



302 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lio sin mareo ni turbación alguna. De todas las 
instituciones creadas por los hombres, la más fir- 
me, la más respetable es ésta; el tresillo. Por su 
inquebrantable solidez puede compararse muy 
bien á las leyes inmutables de la naturaleza. Para 
Moro es tan verdad que la espada vale más que el 
basto, como que los cuerpos al caer siguen un mo- 
vimiento uniformemente acelerado. Y allá en el 
fondo oscuro de la cámara dormita en la misma 
butaca el glorioso Manín con su calzón corto, 
chaqueta de bayeta verde y fuertes zapatos cla- 
veteados. Tiene el pelo gris, casi blanco. Pero 
no es esto lo peor para él. Lo verdaderamente 
triste es que el pueblo no le considera ya como 
un cazador feroz envejecido en la lucha con los 
osos de las montañas. Aquella leyenda se ha ido 
disipando poco á poco. Sus compatriotas tenían 
razón. Manín no era más que un zampatortas. 
En Lancia se ríen también de sus proezas y le 
miran como un viejo bufón del loco y heráldico 
señor de Quiñones. 

Fernanda consiguió al fin sustraerse á los plá- 
cemes de sus amigos y fué á sentarse en un rin- 
cón apartado. Estaba triste. La hostilidad de los 
dueños de la casa le había impresionado. Pero 
no era esto lo principal, aunque ella hiciese por 
creerlo. El motivo recóndito, que se avergonzaba 
de confesar á sí misma, era Luis. El saludo afec- 
tuoso de su antiguo novio había despertado sú- 



EL MAESTRA Ñ T K 



bito todos sus recuerdos, todas sus ilusiones, las 
penas y las dichas de otro tiempo que dormían 
en el fondo de su alma como pajarillos entre las 
hojas del árbol. La agitación interior era inten 
sísima, pero nada ó muy poco se traslucía en su 
continente grave y frío. Sin embargo, sintió un 
fuerte estremecimiento al escuchar muy cerca 
de su oído estas palabras: 

— ¡Qué hermosa te has puesto, Fernanda! 

Se hallaba tan distraída que no advirtió que 
el conde se había sentado á su lado. Involunta- 
riamente se llevó la mano al sitio del corazón. 
Repuesta inmediatamente, sonrió diciendo: 

— ¿Te parece? 

— Sí... Y yo qué viejo, ¿verdad? 
Hizo un esfuerzo y le miró á la cara con 
fijeza. 

— No; algunas canas en la barba... y el aspec- 
to un poco fatigado. 

El temblor de su voz contrastaba con la apa- 
rente indiferencia que quiso dar á sus palabras. 

El conde se puso repentinamente serio, llevó- 
se la mano á la frente y replicó al cabo de unos 
momentos con acento sombrío y como si se ha- 
blase á sí mismo: 

— Fatigado, sí; ésa es la verdadera palabra... 
¡Muy fatigado!... La fatiga me sale por los 
poros. 

Guardaron ambos silencio. Ei conde quedó 



304 



ASMANDO PALACIO VALDÉS 



entregado á una intensa meditación que trazó 
en su frente arruga profunda. Al cabo dijo, en- 
tablando nuevamente conversación: 

— Ya te había visto antes de venir aquí. 

— ¿Dónde? — preguntó ella afectando sorpresa. 

— En la carretera. Salí esta tarde á dar un pa- 
seo á caballo y me crucé con la silla de posta. 
Te conocí perfectamente. 

— Pues yo no te he visto... Recuerdo que en- 
contramos dos ó tres jinetes antes de llegar á 
Lancia, pero no he conocido á ninguno. 

Al decir esto no pudo impedir que una ola de 
carmín tíñese de nuevo sus mejillas. Volvió, para 
disimular, la cabeza. Sus ojos tropezaron con los 
de Amalia, que se posaban sobre ellos lucientes, 
acerados. Contempláronse un instante. La boca 
felina de la valenciana se contrajo con una son- 
risa. Fernanda quiso corresponder con otra tan 
falsa, pero no pudo. Volvióse de nuevo hacia el 
conde y hablaron de cosas indiferentes, de tea- 
tros, de música, de proyectos de viaje. 

Sin embargo, aquél se mostraba más y más 
preocupado. Iba perdiendo el aplomo y hablaba 
equivocándose, como si su pensamiento andu- 
viese lejos. Guardaba silencio algunos momen- 
tos, pugnaba por decir algo, movíanse sus la- 
bios, pero en vez de articular lo que quería, ex- 
presaban otra cosa distinta, algo trivial y ridícu- 
lo que le avergonzaba en cuanto salía de ellos. 



EL MAESTRANTÉ 



305 



Fernanda le observaba con atención, ganando la 
serenidad y la calma que él perdía rápidamente. 
Parecía embebida por completo en la conversa- 
ción, describiendo con naturalidad sus impresio- 
nes de viaje, expresando sus opiniones con la 
misma indiferencia que si no mediase entre ellos 
más que una antigua y tranquila amistad. Luis 
concluyó por ponerse taciturno. Al fin tuvo re- 
solución para decir, aprovechando un instante de 
silencio: 

— Cuando me acerqué á tí estabas muy dis- 
traída. ¿En qué pensabas? 

— No me acuerdo... ¿En que querrías tú que 
pensase? 

El conde vaciló un momento; pero animado 
por la graciosa sonrisa de su ex-novia se atrevió 
á articular: 

—En mí. 

Fernanda le miró en silencio, con curiosidad 
burlona bajo la cual chispeaba una alegría im- 
posible de ocultar. El conde se puso colorado 
hasta las orejas, y las hubiera entregado segu- 
ramente á las tijeras por no haber pronunciado 
aquellos dos fatales monosílabos. 

— Bien... — dijo la joven alzándose de la si- 
lla. — Hasta luego. Me alegro de verte bueno. 

— ¡Escucha! 

— ¿Qué hay? — dijo retrocediendo el paso que 
había dado para alejarse y posando en él unos 

20 



306 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ojos sonrientes y maliciosos que concluyeron de 
fascinarle. 

— Perdona si mis palabras te han ofendido. 

Fernanda hizo una mueca de desdén y se ale- 
jó exclamando: 

— ¡ Arrepiéntete, pecador, que el infierno tie- 
nes delante! 

¡El infierno! Esta palabra, soltada á la ligera, 
como broma, hizo dar un vuelco á su cora- 
zón; despertó la preocupación constante de su 
existencia desde hac?a algún tiempo. Todos los 
Gayoso habían vivido bajo la influencia de esta 
idea funesta. Pero el terror de sus abuelos pa- 
recía dilatarse en su espíritu, atormentándolo, 
enloqueciéndolo. Amalia necesitaba luchar he- 
roicamente para distraerle por poco tiempo de 
sus escrúpulos. Por eso ahora, cuando le hizo 
seña para' que se acercase, le vió alzarse tétrico 
de la silla y aproximarse lentamente como si le 
arrastrasen. Tenía ella demasiado talento y or- 
gullo para mostrarse herida de la corta plática 
que acababa de tener con su antigua novia. Le 
acogió con la misma sonrisa, dirigióle la pala- 
bra con su habitual y afectada ligereza y no se 
acordó ni del nombre de Fernanda. Pero sus la- 
bios pálidos se contraían de coraje cada vez que 
le veía volver los ojos hacia aquélla. Y el incau- 
to lo hacía amenudo. 

Una hermosa niña de ojos azules y flotante 



EL MAESTKANTE 



307 



-cabellera dorada apareció en la puerta, condu- 
cida por una doméstica. 

— ¡Oh, qué tarde! — exclamó la señora de Qui- 
ñones. — ¿Por qué ha tardado usted tanto 'en 
traerla, Paula? — añadió severamente. 

Esta contestó que la niña se había entreteni- 
do jugando al milano que le dan, y que lloraba 
cada vez que la querían acostar. 

— ¿No tienes sueño aún, rica mía? — dijo la 
dama trayéndola hacia sí y pasándole la mano 
tiernamente por los bucles de su cabellera. 

Los tertulios se interesaron vivamente por la 
criatura. Fué de uno á otro recibiendo caricias 
y pagándolas con afectuosos besos de despe- 
dida. 

— Buenas noches, Josefina. — Hasta mañana, 
rica. — ¿Has sido buena hoy? — ¿Te ha comprado 
tu madrina la muñeca que cierra los ojos? 

El conde la miraba con los ojos húmedos, ha- 
ciendo esfuerzos increíbles para dominar su 
emoción. La sentía siempre que se ofrecía á su 
vista aquella niña. Cuando le tocó la vez no 
hizo más que rozar con los labios su rostro Cán- 
dido. Pero Josefina, con el admirable instinto 
que los niños tienen para saber quién los ama, 
se colgó á su cuello dándole pruebas de particu- 
lar cariño. 

Fernanda también la contemplaba con vivo 
interés, con una intensa curiosidad que le ha- 



308 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cía abrir extremadamente los ojos. Josefina te- 
nía seis años, la tez nacarada, los ojos de una 
dulzura infinita, azules y melancólicos; algo de 
triste y enfermizo en toda su diminuta persona. 
El parecido con el conde saltaba á la vista. 

Cuando la niña le dejó, los ojos de aquél cho- 
caron con los de Fernanda. Sintióse turbado: fué 
á sentarse más lejos. 

Josefina vestía con elegancia. Los señores 
de Quiñones la criaban con mimo, como hija 
adoptiva. Por mucho tiémpo éste fué el asunto 
preferido de las murmuraciones de Lancia. Se 
averiguaba con vivo interés el coste de sus som* 
breritos; se comentaba el número de juguetes 
que le compraban; hacíanse cálculos ^sobre la 
cantidad en que la dotarían al casarse. Pero ya 
se habían fatigado de tanto comentario. Tan 
sólo cuando venía rodada se dejaba escapar al- 
guna alusión mordaz, ó se noticiaba al oído al- 
gún nuevo descubrimiento. 

La niña fué á parar á un grupo donde estaban 
María Josefa, la doncella de la lengua devastado- 
ra, y Manuel Antonio, bello siempre como el 
primer rayo de la mañana. 

— Oyes, Josefina: ¿á quién quieres más, á'tu 
madrina ó á tu padrino? — preguntóle aquél. * 

— Á madrina — respondió la niña sin vacilar. 

— Y á quién quieres más, ¿á tu padrino ó al 
conde? 



EL MAE8TRANTE 



309 



La niña le miró sorprendida con sus grandes 
ojos azules. Pasó por ellos una ráfaga de des- 
confianza y respondió frunciendo su hermoso 
entrecejo: 

— A mi padrino. 

— ¿Pero el conde no te trae muchos juguetes? 
¿no te lleva en coche á la Granja? ¿no te ha com- 
prado el trajecito de charra? 

— Sí... pero no es mi padrino. 

Los del grupo acogieron con risa esta res- 
puesta. Comprendían que la niña mentía. Don 
Pedro no era hombre para inspirar afecto muy 
vivo á nadie. 

— Pues yo creo que el conde también es tu 
pa.. .drino. 

—No tal; yo no tengo más que un padri- 
no — manifestó la chica, cada vez más rece- 
losa. 

Y se alejó cfel grupo. 

Fué donde estaba Amalia; se le puso delante 
cruzando sus bracitos sobre el pecho y dijo ha- 
biendo una reverencia: 

— Madrina, la bendición. 

La dama le entregó su mano, que la niña besó 
con respetuoso cariño. Luego, cogiéndola en sus 
brazos, la besó en la frente. 

— Que descanses, hija mía. Vé á pedir la ben- 
dición á tu padrino. 

La niña se dirigió al gabinete. Estas prácticas 



310 



ARMAIS DO PALACIO VALDÉS 



del tiempo pasado placían mucho al señor de 
Quiñones. 

Josefina se acercó á él con timidez. Aquel 
gran señor paralítico le infundía siempre miedo,, 
aunque procuraba disimularlo porque así se lo 
había ordenado su madrina. 

— Señor, la bendición — dijo con voz apagada. 

El alto y poderoso maestrante no hizo caso. 
Fijo en las cartas que tenía en la mano, envuelto 
en su taima gris con la cruz roja en el pecho, 
iba creciendo por momentos ante los ojos turba- 
dos de la pobre Josefina. No comprendía que hu- 
biese en el mundo nada más grande, más impo- 
nente y digno de respeto que aquel noble señor. 
De esta misma opinión participaba D. Pedro. 
Por eso hacía tiempo que había resuelto confun- 
dir á todos los seres que le rodeaban en una masa 
caótica, en la cual sólo dos ó tres aparecían con 
algún carácter individual. 

La niña aguardó con sus bracitos cruzados 
cerca de un cuarto de hora. Al fin el señor de 
Quiñones, después de jugar una entrada con for- 
tuna, se dignó clavar en ella una mirada severa 
que la hizo empalidecer. Alargó su aristocrática 
mano con ademán digno de su tocayo Pedro 
el Grande de Rusia, y Josefina posó sobre ella 
sus labios temblorosos y se fué. 

No estaba muy conforme aquel varón excelso 
con que su esposa criase contal mimo á una ex- 



EL MAESTKANTE 



311 



pósita, pero lo consentía porque lisonjeaba su 
vanidad. Amalia le había dicho, sabiendo dónde 
le dolía: 

— Criarla para doméstica lo haría cualquiera 
en Lancia. Nosotros debemos hacer las cosas de 
otro modo. 

D. Pedro no pudo menos de sentir el peso de 
aquella verdad innegable. 

Josefina cruzó el salón para ir á acostarse. Al 
pasar rozando con Fernanda, que estaba senta- 
da y sola,' ésta la pilló al vuelo por un bracito y 
la atrajo. Toda la alegría, toda la ternura que 
en aquel momento rebosaba de su corazón, 
desbordóse con violencia sobre la criatura, á 
quien cubrió de besos. No se acordó para nada 
de su rival, á quien adivinaba vencida. Sólo pen- 
só en que era hija de él, su sangre, su misma 
imagen. Y besó con éxtasis aquellos ojos azules 
profundos, melancólicos, aquella tez nacarada, 
aquellos bucles dorados que circuían su rostro 
como un nimbo de luz. 

— ¡Oh, qué hermoso pelo! ¡Qué cosa tan her- 
mosa, Dios mío! 

Y apretaba sus labios contra él y hasta sumer- 
gía el rostro entre sus hebras con tanta volup- 
tuosidad y ternura que estaba á punto de llorar. 

En aquel momento una voz estridente, impe- 
riosa, sonó en sus oídos. 

— ¡Todavía no te has ido á acostar, arrapiezo [ 



312 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y al levantar los ojos vió á Amalia, con el ros- 
tro pálido, los labios apretados, que cogió á la 
niña con violencia por el brazo dándole una 
fuerte sacudida y la arrastró hacia la puerta. 



XI 



La cólera de Amalia, 




la mañana siguiente, Paula, por orden 
de su señora, llevó á la niña al cuarto 
de la plancha, la sentó en una silla 
alta y pidió las tijeras á la doncella, que cosía 
al pie del balcón. 

— ¿Qué vas á hacer? — preguntó Josefina. 
— Cortarte el pelo. * 
— ¿Porqué?... Yp no quiero que me cortes el 
pelo. 

Y se bajó resueltamente de la silla. Paula tor- 
nó á alzarla. 

— ¡Quieta! — le dijo severamente. 

— ¡Yo no quiero!... ¡no quiero! — exclamó con 
graciosa resolución. 



314 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



— La verdad es que da lástima cortar un pelo 
tan hermoso — dijo otra de las doncellas, que es- 
taba planchando. 

— ¿Qué quieres, hija? Quien manda, manda. 

Y tomando uno de los preciosos bucles de la 
cabellera, lo separó de un tijeretazo. 

— ¡Déjame, Paula! — gritó la niña. — ¡Lo voy á. 
decir á madrina! 

— ¿Sí, preciosa? ¿Vas á decírselo á madrina 
de veras?... Bueno, ya se k> dirás cuando termi- 
nemos. 

Y sin hacer más caso de sus protestas, dejan- 
do caer las palabras con zumba, prosiguió im- 
perturbable su tarea. Pero la niña se bajó de 
nuevo, irritada, furiosa. Entonces Paula pidió 
auxilio á Concha, la costurera, y mientras ésta 
la tenía sujeta á la silla, aquélla la fué despojan- 
do uno á uno de todos sus bucles. Después 
arregló como mejor púdolos cabellos que que- 
daban. 

— ¡Qué lástima! — volvió á exclamar la plan- 
chadora. 

— Hija, no está mal así tampoco — repuso Pau- 
la peinándola con esmero. 

En aquel momento apareció la señora en el 
cuadro de la puerta. 

— ¡Madrina! ¡ven, madrina!... Mira, Paula y 
Concha me han cortado el pelo. 

Amalia avanzó algunos pasos por la estancia 



EL MAESTKANTE 



31 5 



y, evitando la mirada de la niña, fijó los ojos se- 
veros en su cabeza, y dijo con imperio y frialdad: 

— No está bien así. Córtelo usted al rape. 

Y se alejó con la frente fruncida. Josefina, ató- 
nita, la siguió con los ojos, jamás había visto en 
el semblante de su madrina tanta frialdad y dure- 
za. Quedó asombrada, pensativa y dejó ya, sin 
hacer el más leve movimiento, que Paula cum- 
pliese el mandato. 

Pronto quedó la cabecita rubia mondada como 
un melocotón. Las domésticas prorrumpieron 
en carcajadas. 

• —¡Hija de mi alma, que retefeísima te han 
puesto! — exclamó María la planchadora con 
acento de duelo, pero sin poder reprimir la risa. 

— No digas eso, mujer — repuso Concha con 
dejillo amargo. — ¡Si está preciosa! 

Era una mujer de veinticinco años ó más, ex- 
tremadamente pequeña, casi tan pequeña como 
Josefina, de ojos hundidos y ariscos, á quien to- 
dos los criados de la casa temían. 

Paula reía también pasando y repasando sus 
manos por la cabeza de la criatura. 

— Cuando haga falta un perulero para el 
aceite, ya sabéis dónde lo habéis de hallar — 
prosiguió Concha. 

Disipada la lástima, adivinando que la chi- 
quita había caído en desgracia, las criadas se 
entregaban á la alegría cambiando bromas sin 



316 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gracia, pero que las hacían reir perdidamente. 
Josefina había permanecido quieta, silenciosa, 
con la cabeza baja. Las burlas lograron al fin 
hacer su efecto. Dos lágrimas asomaron rezu- 
mando por sus largas pestañas. Concha se in- 
comodó: 

— ¿Lloras por el pelito?.. ¡Qué lástima de azo- 
tes!.. No tienes tú la culpa, sino los que te crían 
como una princesita siendo tanto como no- 
sotras... digo, menos que nosotras — añadió por lo 
bajo, — que al fin tenemos padres. 

— ¡Vamos, Concha, déjalal.. No hagas caso, 
monina, que pronto tendrás pelo otra vez — dijb 
María con acento maternal. 

La niña, impresionada por la caricia, comenzó 
á sollozar y salió de la estancia. 

Cuando por la noche se presentó en el salón, 
de aquella forma, el conde no pudo reprimir un 
gesto de cólera y clavó una mirada interrogante 
en Amalia. Esta contestó á aquel gesto y á aque- 
lla mirada con sonrisa provocativa. Y en alta 
voz dijo que le había mandado cortar el pelo 
porque había notado que la niña empezaba á 
presumir. 

— ¡Claro! ¡Tanto la adulan ustedes que se ha 
puesto inaguantable! 

El conde, irritado, buscó al instante ocasión de 
acercarse á Fernanda y anudaron la plática de 
la noche anterior. Estuvieron locuaces, afectuo- 



EL MAESTRANTE 



317 



sos. Fernanda contó con pormenores su vida de 
París. Luis se mostró singularmente expansivo, 
no ocultando la alegría de su corazón, hablando 
animadamente bajo la mirada iracunda de Ama- 
lia posada sobre él. En una pausa Fernanda alzó 
los ojos sonrientes hacia su ex-novio y le pre- 
guntó, no sin ruborizarse un poco: 

— ¿A que no sabes por qué le han cortado el 
pelo á la niña? 

El conde la miró sin contestar. 

— Ayer lo elogié yo mucho y mepermití besarlo . 

Era la primera vez que Fernanda se daba por 
enterada de su secreto. Experimentó una fuerte 
sacudida. Sus mejillas se enrojecieron. Las de 
ella también. En largo rato no hallaron pala- 
bras que decirse. 

En los días siguientes el conde comenzó á 
dar repetidos paseos por la calle de Altavilla y 
á pasar largos ratos en el café de Marañón. La 
sociedad laciense se sintió conmovida hasta sus 
cimientos ante tamaño acontecimiento. Desde 
entonces más de trescientos pares de ojos le es- 
piaron sin cesar. Dejó de ir todos los días á casa 
de Quiñones y asistió una que otra vez á la ter- 
tulia exigua de las de Meré, como se seguía di- 
ciendo en Lancia, aunque en realidad ya no hu- 
biese en el mundo más que una. Carmelita ha- 
bía muerto hacía lo menos tres años. No queda- 
ba más que Nuncia, la menor, y ésa casi total- 



318 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mente paralítica. Del sillón á la cama y de la 
cama al sillón: era todo lo que andaba con tra- 
bajo. Moralmente también se hallaba privada de 
movimiento, falta del impulso protector que le 
prestaba su hermana. Desde que ésta bajara al 
sepulcro, no tenía ya quien la sujetase. Esto, le 
jos de alegrarla, la sumía en una melancolía pro- 
funda. Al pasar repentinamente á la categoría 
de persona sui juris, la pobre Niña había expe- 
rimentado desazón increíble: todo le asusta- 
ba, todo era conflictos de los cuales le pare- 
cía imposible salir; echaba menos aquellas 
ásperas reprensiones que, si la hacían derramar 
abundantes lágrimas, habían reprimido saluda- 
blemente sus juveniles arranques y cortado los 
funestos resultados que pudiera acarrear su in- 
experiencia. 

Eran sus tertulios asiduos algunos pollastres 
nuevos, varios gallos conocidos y un número bas- 
tante mayor de lindas y feas damiselas que acu- 
dían ála casa sedientas de marido. Porque la Ni- 
ña, en esto como en todo, mantenía religiosamen- 
te las tradiciones legadas por su hermana. Era la 
protectora decidida de todos los noviazgos que se 
iniciaban en Lancia, por desatinados que fue- 
sen. La pequeña casa de la calle del Carpió con- 
tinuaba siendo la fragua donde se forjaba la 
dicha conyugal de los honrados vecinos de 
Lancia. 



EL MAESTRANTE 



319 



El que acudía con más constancia era Paco 
Gómez. La razón, que le habían arrojado de 
casa de Quiñones á consecuencia de una frase 
de las suyas. Preguntaba cierto forastero en un 
corro de Altavilla cómo había quedado paralítico 
el maestrante. «Enrealidad no está paralítico — 
repuso Paco, — porqué no tiene lesión alguna; 
sólo que las piernas no pueden con la heráldica 
que se le ha subido á la cabeza, y se le doblan 
en cuanto da un paso.» Lo supo Quiñones por 
un traidor y dio orden de que no se le reci- 
biese. 

Era el alma y el regocijo de la tertulia de la 
Niña. La vaya incesante con que mortificaba á 
ésta los tenía á todos en continuo espasmo de 
risa. 

— Vamos, Nuncia, ¡mucho ojo! No hables de- 
masiado, porque ya sabes que te he visto las 
pantorrillas y... y... y... 

La pobre octogenaria se ruborizaba como una 
niña de quince. Nada la sofocaba tanto como 
este recuerdo importuno de la tarde del co- 
lumpio. • 

Luis y Fernanda comenzaron á verse aquí 
una ó dos veces por semana. Lejos de la mira- 
da fulgurante de Amalia, aquél se encontraba 
á gusto, recobraba su serenidad. Hablaban lar- 
guísimos ratos en voz baja, sin que nadie les 
molestase; al contrario, la Niña tenía buen cui- 



320 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



dado de proporcionarles ocasión y espacio sufi- 
cientes. Asistía, no obstante, á casa de Quiño- 
nes; veía á Amalia en secreto cuando se lo exi- 
gía, pero iba apareciendo más frío, más esqui- 
vo. Ella, advirtiéndolo perfectamente, no daba 
su brazo á torcer, no le hablaba palabra de 
su ex-novia. Sin embargo, un día no pudo con- 
tenerse: 

— Sé que te entretienes largos ratos en casa 
de las de Meré hablando con Fernanda. 
Lo negó cobardemente. 

— Ten cuidado con lo que haces — prosiguió, 
clavando en él sus ojos siniestros, — porque una 
traición pudiera salirte cara. 

Estaba tan acostumbrado al dominio de aque- 
lla terrible mujer, que sintió un estremeci- 
miento de frío, como si algo aciago se cer- 
niese ya sobre su cabeza. Pero en cuanto sa- 
lió á la calle, fuera de la influencia magnética de 
aquellos ojos que le turbaban, sintióse invadido 
por una sorda irritación: «Después de todo, ¿por 
qué me amenaza? ¿Es mi esposa? ¿Qué derechos 
tiene sobre mí? Lo que estamos haciendo es un 
pecado grave, es un crimen. ¿Quién puede pri- 
varme del arrepentimiento , de reconciliarme 
con Dios y ser bueno?» El arrepentimiento había 
sido en los últimos tiempos un vago deseo, gra- 
cias á la fatiga de su amor y aún más al miedo 
desapoderado que el infierno le inspiraba. Abo- 



EL MAESTRANTE 



321 



ra se convirtió en verdadero anhelo. Verdad que 
ofrecía mayores atractivos. Rechazar el pecado 
valerosamente, purificarse, librarse del fuego 
eterno... y además poseer á Fernanda. 

Hacía tiempo que sus relaciones criminales 
no tenían más que un punto luminoso, Josefina. 
Si no fuese por ella, se hubiera marchado de 
Lancia. Esta criatura, blanca y silenciosa como 
un copo de nieve, que poseía la fragancia de los 
lirios, la inocencia de las palomas, la dulzura 
melancólica de una noche de luna, esparcía so- 
bre su alma, atormentada por el remordimiento, 
un bálsamo que la refrescaba deliciosamente. 
¡Cuántas veces, teniéndola entre sus brazos, se 
preguntaba sorprendido cómo un ser tan ino- 
cente, tan puro, tan divino, pudiera ser hijo del 
pecado! Pero aun aquella misma niña era ocasión 
de nuevos y crueles tormentos. No verla á solas 
sino de tarde en tarde; hallarse obligado á disi- 
mular sus sentimientos, á besarla fríamente 
como los demás, más fríamente que los demás; 
no poder llamarla hija del corazón, no sen- 
tirla gorjear el tierno nombre de padre, le 
entristecía y en ciertos momentos le desespe- 
raba. Desquitábase cuando una que otra vez, 
muy rara, le consentían llevarla á la Gran- 
ja. Allí se pasaba las horas en éxtasis, teniéndo- 
la sobre sus rodillas, acariciándola frenética- 
mente. 



322 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La niña se había acostumbrado á estas vio- 
lentas expresiones de cariño y las agradecía. A 
veces sentía su cabecita blonda mojada por las 
lágrimas de su amigo. Alzaba los ojos sorpren- 
dida, pero viéndole sonreír, sonreía también 
y alargaba sus labios de coral para darle un 
beso. 

— ¿Por qué lloras, Luis? ¿Tienes pupa? 

Josefina no entendía que hubiese motivo más 
grave en el mundo para llorar. Amaba á Luis 
tiernamente, y eso que le chocaba y entristecía 
la frialdad que con ella usaba ordinariamente. 
Poco á poco había ido adivinando, con precoz 
instinto, que el conde la quería más que los otros 
y que disimulaba. Ella también adoptaba, si- 
guiendo el ejemplo, una actitud indiferente 
cuando se acercaba á él en público. Pero cuan- 
do estaban solos, entregábase con el mismo en- 
tusiasmo á las expansiones del cariño, y esto 
sin saber por qué, sin darse cuenta de lo que 
hacía. 

Desde el día en que su madrina ordenó que 
le cortasen el pelo, Josefina pudo notar que ha- 
bía caído en desgracia. Ya no la besaban con 
trasporte, ya no satisfacían sus mínimos anto- 
jos, ya no era la preocupación constante de la 
casa. Amalia comenzó á contrariarla, á usar 
con ella un tono frío y displicente; y las cria- 
das siguieron el ejemplo de su señora. La po- 



EL MAESTRANTE 



323 



bre niña, sin comprender qué significaba aquel 
cambio, sintió su pequeño corazón apretarse; 
exploraba con sus bellos ojos profundos los 
semblantes y trataba de descifrar el enigma que 
guardaban. Se hizo más grave, más recelosa, 
más tímida. Y como viera que le negaban los 
juguetes ó las golosinas que antes le otorgaban 
á manos llenas, se abstuvo de pedirlos. 

Amalia, en vez de gozar como antes con sus 
gracias infantiles, parecía huirlas. Dio orden de 
que no se la llevasen por la mañana á la cama, 
según costumbre. Cuando la tropezaba casual- 
mente en los pasillos, pasaba de largo evitando 
mirarla. A todo más se acercaba preguntándole 
con acento displicente: 

— ¿No te has lavado todavía? Anda , vé á 
-que te arreglen. O bien: «Me han. dicho que no 
has sabido la lección de^catecismo. Te vas ha- 
ciendo muy holgazana. Cuidado que seas buena, 
porque si no, te encierro en la cueva de los ra- 
tones.» 

Antes se ocupaba ella en tomarle las leccio- 
nes, en ponerle la aguja en la mano y guiar sus 
diminutos dedos. Ahora abandonaba casi siem- 
pre esta tarea á las doncellas. Vivía en un esta- 
do de preocupación sombría que no pasaba des- 
advertida á los criados. Josefina también la adi- 
vinaba; veía que su madrina estaba cambiada, 
no sólo con respecto á ella, sino en todo su modo 



324 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de ser. Y allá, vagamente, en los limbos oscu- 
ros de su pensamiento se engendraba la idea de 
que estaba triste, que padecía y que ésta era la 
causa de su mal humor. 

Un día estaba la dama sola en su gabinete. 
Se había dejado caer en una butaca. Inmóvil^ 
con la cabeza echada hacia atrás y las manos 
pendientes, parecía dormida. Sin embargo, Jo- 
sefina, que rondaba el gabinete, se atrevió á mi- 
rar por la rendija de la puerta y observó que 
tenía los ojos abiertos, muy abiertos, y que su 
frente estaba temerosamente fruncida. Sin saber 
lo que se hacía, con esa ciega confianza que los 
niños tienen en sí mismos, empujó la puerta y 
penetró en la estancia. Acercóse silenciosamen- 
te á la señora, y echándose repentinamente so- 
bre su regazo, le dijo, clavando en ella una mi- 
rada de tímido afecto-: 

—Dame un beso, madrina. 

La dama se estremeció. 

— ¿Cómo estás aquí? ¿Quién te ha dado permi- 
so para entrar? ¿No te han dicho que no subas 
sin que te llamen? — preguntó frunciendo aun 
más el ceño. 

— Quería darte un beso — dijo con voz apaga- 
da Josefina. 

— Déjame de besos. Anda, y cuidado con subir 
otra vez sin mi permiso. 

Pero la niña, embargada por la emoción, no 



EL MAESTRANTE 



325 



sabiendo á qué atribuir aquel despego y que- 
riendo vencerlo á toda costa, próxima á llorar, 
se echó aún más sobre el regazo y trató de su- 
birse para alcanzar su rostro. 

— Dame un beso, madrina. 

— ¡Quita! ¡Déjame! — replicó la dama impi 
diéndola alzarse. 

La niña se obstinó. 

— ¿No me quieres? Dame un beso. 

— ¡Que te quites, chicuela! — gritó enfureci- 
da. — ¡Lárgate ahora mismo! 

Al mismo tiempo le dió un fuerte empujón. 
Josefina, después de tambalearse, rodó por el 
suelo, dando con la cabeza en el pie de una silla. 

Alzóse llevando la mano al sitio dolorido, 
pero no lloró. Un sentimiento de dignidad, que 
muchas veces se aloja con fuerza en los corazo- 
nes infantiles, le prestó fortaleza para resistir 
el llanto que brotaba á los ojos. Dirigió á su 
madrina una mirada de indefinible tristeza y 
salió corriendo de la estancia. Cuando llegó á 
la escalera se dejó caer sobre un peldaño y rom- 
pió á sollozar. 

Las espinas de la vida comenzaron á clavarse 
cruelmente en las carnes delicadas de aquella 
niña, que hasta entonces sólo flores había halla- 
do en su camino. El despego de Amalia fué cre- 
ciendo de día en día. A la par crecía también la 
Teserva y la timidez de su hija. Pero como al fin 



326 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



era niña, esta tristeza disipábase á veces al im- 
pulso de un capricho. Entonces era cuando real- 
mente se mostraba la frialdad y ojeriza de la 
dama. 

— Señora, Joseñna no quiere ponerse el vesti- 
do verde. 
—¿Pues? 

— Dice que está sucio. 

Amalia se levantó, fué al cuarto de la niña 
y, cogiéndola por un brazo y sacudiéndola ruda- 
mente, le dijo: 

— ¿Qué orgullo es ése? ¿No sabes, muñeca,, 
que en esta casa no eres nadie? ¿Que estás aquí 
por misericordia? Ten cuidado no enfadarme,, 
porque el día menos pensado te planto en la 
calle, de donde te he recogido. 

Las criadas escucharon estas palabras y las tu- 
vieron bienpresentes. Josefina hasta entonces ha- 
bía sido tratada como hija de los señores: en 
adelante se la consideró como una hija postiza: 
más tarde, como advenediza. La servidumbre se 
vengaba con placer de los minuciosos cuidados 
que antes se veía obligada á prodigarle, de 
aquellas ásperas reprensiones que recibían por 
su causa. En particular Concha, la microscópi- 
ca doncella, experimentaba una alegría inde- 
cible, propia de su carácter maligno y renco- 
roso, cada vez que la señora mostraba de algún 
modo su desdén por la niña recogida. 



EL MAESTBANTE 



327 



Ésta ocupaba una habitación que daba al jar- 
dín, alegre y espaciosa. Concha, aunque prime- 
ra doncella y costurera de la casa, alojábase en 
un cuartucho lóbrego, con ventana al patio, que 
compartía con María. El gabinete de Josefina ha- 
bía sido siempre para ella objeto de envidia. Más 
de una vez la había expresado con palabras bien 
pesadas para aquélla. Aprovechándose de la 
disposición de su ama, obtuvo permiso para 
dormir también en este gabinete, á pretexto de 
que Paula, que ocupaba una alcoba contigua, 
tenía el sueño pesado. Instalóse cómodamente, 
hizo uso del tocador y de los enseres de la niña. 
Pocos días después la mandó á dormir con Ma- 
ría en su antiguo cuarto, sin decir una palabra 
á su ama. Cuando ésta lo supo, ya había pasa- 
do algún tiempo: la reprendió sin aspereza por 
no haberle dado parte, pero no modificó los he- 
chos consumados. 

Más adelante se le ocurrió degradarla de otra 
manera. Josefina comía á la mesa con los seño- 
res. El alto y poderoso maestrante no había 
consentido en ello al principio: importunado 
por su esposa, cedió al fin, no sin repugnancia. 
Concha, penetrada de la ojeriza de su señora, 
comenzó á intrigar para privar de este honor á 
la recogida. Exagerando lo que daba que hacer, 
lo mucho que se manchaba y lo que perturbaba 
el servicio de la mesa, logró á la postre que no 



328 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



se sentase á ella y sí en una pequeñita que se le 
puso en el cuarto de la plancha, próximo á la 
cocina. A los pocos días la misma Amalia, en 
un acceso de mal humor, dijo que aquel doble 
servicio no podía ser tolerado y que se la lleva- 
sen á la cocina á comer con los criados. 

Concha la sentó en un taburete, le puso un 
plato de barro y una cuchara de madera en la 
mano y le dijo: 

— Come. 

La niña levantó la cabeza estupefacta; pero 
al ver la sonrisa maligna que brillaba en los 
ojos de la doncella, bajóla de nuevo y se puso á 
comer sin protesta alguna. Concha no que- 
dó satisfecha; deseaba que se rebelase; verla 
llorar. 

— ¿Qué es eso? ¿No te gusta la cuchara?... 
Pues, hija, come con ella, que también cómo yo 
y soy tan buena como tú... ¡Qué te creías, boba- 
licona! ¿Pensabas que porque te ponían el som- 
brerito y la camisa de batista eras una señori- 
ta... Las señoritas no vienen metidas en un ces- 
to entre trapos sucios... 

Y por ahí continuó soltando á chorros sar- 
casmos é insultos, hasta que al fin la pobre Jo- 
sefina rompió á llorar. Las demás criadas, me- 
nos malévolas, se veían, no obstante, lisonjea- 
das por aquella humillación. Al fin se pusieron 
de su parte, trataron de consolarla, mientras 



EL MAESTRANTE 



329 



Concha, despiadada, más dura y más fría que el 
mármol, siguió persiguiéndola largo rato con re- 
chifla sangrienta. 

Pocos días después, al cruzar Josefina por el 
cuarto de la plancha para ir al comedor, oyó á 
Concha decir dirigiéndose á María: 

— Di, chica, ¿has planchado ya la ropa de la 
hospiciana? 

Se detuvo, sin saber á quién se refería, y pa- 
seó su mirada recelosa de una á otra doméstica, 
hasta que una carcajada, que ambas soltaron á 
la vez, le hizo comprender que se trataba de 
ella. 

— ¿Por qué me llamáis hospiciana? — exclamó 
la inocente pugnando para no llorar. — Lo voy á 
decir á mi madrina. 

— ¡Alza; corre á decírselo! — replicó Concha 
empujándola á la puerta. 

Desde entonces no se le dió otro nombre en- 
tre la servidumbre. 

Amalia prohibió que la llevasen por la noche 
al salón. El conde, que ya no veía á su hija 
mas que este momento, pidió explicaciones. La 
dama manifestó que, debiendo levantarse tem- 
prano para estudiar sus lecciones, necesitaba 
más sueño. No se dió aquél por convencido. 
Comprendía que se trataba de una ruin vengan- 
za; pero tuvo la prudencia de callar, temiendo 
mayor daño. 



330 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Á Amalia se le ocurrió entonces herirle de 
modo más directo. La niña, á quien había pri- 
vado no sólo de sus caricias, sino de todas sus 
preeminencias en la casa, iba camino de ser una 
criadita más. En un instante quedó trasformada 
por completo. La señora dio orden de que se le 
guardasen todos los sombreros y vestidos y se 
le pusiese el más pobre y más viejo del guarda- 
rropa; que se le hiciesen delantales como á las 
demás criadas y se la emplease en los meneste- 
res de la cocina que pudiese ejecutar. 

Los amores del conde y Fernanda eran cada 
día más notorios. Aunque en casa de Quiñones 
se guardaban de hablarse con intimidad, á la ce- 
losa valenciana no se le ocultaba lo que entre 
ellos existía. Sus ojos traspasaban como dos ra- 
yos de luz el cerebro de su amante y leían con 
claridad dentro de él. Luis estaba enamorado 
de su antigua novia. Las relaciones adúlteras 
le pesaban en el alma como una losa de piedra. 
Ella, la amada, la preferida de otros días, le 
parecía ahora vieja y marchita frente aquella 
espléndida rosa que acababa de abrirse por com- 
pleto. Si no la había abandonado ya, era por de- 
bilidad de carácter, por el ascendiente poderoso 
que en siete años de relaciones había logrado 
adquirir sobre él. Pero no apetecía otra cosa. 
Lo leía perfectamente en sus miradas huidas; 
en la preocupación sombría que pesaba sobre él,. 



EL MAESTRANTE 



331 



rota algunas veces por súbita y extravagante 
alegría; en el temor y en el servilismo, cada vez 
mayores, con que se acercaba á ella. 

Una noche el conde pidió un vaso de agua. 
Los ojos de Amalia brillaron repentinamente. 
Había llegado el momento ansiado. Tiró de la 
campanilla y dijo con singular inflexión á la 
doncella que acudió: 

— Paula, que traigan un vaso de agua. 

Pocos instantes después se presentó Josefina, 
pobremente vestida, con un mandilito de tela 
burda, calzados los pies con toscos zapatos, so- 
portando trabajosamente entre sus pequeñas 
manos una bandeja con vaso de agua y azucari- 
llo. Los tertulios quedaron estupefactos. Luis 
empalideció. Avanzó la niña hasta el medio del 
salón, mirando tímidamente á su madrina. Esta 
le hizo seña de que se acercase al conde. 

Vaciló el caballero como si estuviese distraí- 
do; pero viendo á la criatura plantada delante 
de él, se apresuró á tomar el vaso y se lo llevó 
con mano temblorosa á los labios. Los ojos de 
Amalia se mostraban en tanto fríos, indiferen- 
tes; pero en sus labios había imperceptibles es- 
tremecimientos que revelaban el gozo cruel que 
sentía. En la tertulia reinó, mientras se efectua- 
ba esta escena, un significativo silencio. 

Luego que Josefina hubo salido, la señora de 
Quiñones explicó á sus tertulios con naturalidad 



332 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



aquella mudanza. Se trataba de un castigo nece- 
sario al orgullo que la niña empezaba á mostrar 
con los criados. No duraría mucho. Sin embargo, 
necesitaba vencer á todas horas la voluntad de 
Quiñones, que se oponía á que fuese educada con 
tanto mimo. 

— La verdad es — concluyó diciendo con acento 
tan natural, que ninguna actriz lo hallaría más 
adecuado á la ocasión, — la verdad es que algu- 
nas veces no puedo menos de darle la razón en 
mi interior. ¿Qué bien le hacemos á esta pobre 
niña colocándola en una situación donde no ha 
de poder sostenerse? Mañana, que nosotros nos 
muramos, la pobre necesitará buscarse el sus- 
tento trabajando, si antes no encuentra un ma- 
rido... ¿Y qué marido le vamos á dar á una mu- 
chacha con necesidades y sin dinero? 

Los tertulios no cayeroa en la trampa. En rea- 
lidad tampoco ella lo pretendía. Todo aquello 
veníaá reducirse á puro convencionalismo, pues 
á nadie se le ocultaba lo que había debajo. Poco 
después, no pudiendo dominar la molestia que 
sentía, el conde se despidió. 

— Este negocio de Luis no se presenta nada 
bien — decía á última hora Manuel Antonio en un 
grupo que se retiraba por la calle de Altavilla, 
donde iban María Josefa, el Jubilado y su hija Jo- 
vita. — El matrimonio con Fernanda, si es que lo 
llega á realizar, le ha de costar muchos disgustos. 



EL MAE STR ANTE 



333 



— ¿Crees tú?... — preguntó María Josefa para 
tirarle de la lengua. 

— ¡Madre!... ¿Eres tonta, mujer? ¿No conoces 
á Amalia como yo? 

— ¿Y qué tiene que partir Amalia en el ma- 
trimonio de Luis? — preguntó Jovita, que en su 
calidad de soltera, aunque hubiese cumplido 
los treinta y dos, le convenía hacer patente su 
candor. 

— ¡Ay! Es verdad queteníamos aquí esta fan~ 
ciullina — exclamó, haciendo cómicos ademanes 
de susto, el marica. — ¡No me hacía cargo!... 
Nada, monina, nada; sigue adelante, que son co- 
sas de los grandes... 

La hija del Jubilado se volvió iracunda al sen- 
tir el alfilerazo y replicó con una frase insolen- 
te. Pagóle Manuel Antonio con otra, y se entabló 
animada disputa rebosando de palabras amar- 
gas é intencionadas que se prolongó hasta casa 
del Jubilado, nó sin que éste hubiese hecho algu- 
nos vanos esfuerzos para poner paz entre ellos. 
La mejor parte la llevó, como siempre, el mari- 
ca, que poseía para lanzar sus frases el vigor de 
los hombres y la sutil intención de las hembras. 

Al día siguiente el conde logró una entrevista 
con Amalia y le dio sus quejas por la escena de 
la noche anterior. La dama se manifestó ama- 
ble, condescendiente, justificó su conducta por 
el bien de la niña. Luis observó, sin embargo, 



334 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que hablaba de un modo particular: creyó per- 
cibir en la miel de sus palabras un dejo de amar- 
gura é ironía que le sobresaltó. Salió preocupa- 
do, inquieto: en algunos días no pudo quitar de 
sí el malestar de aquella entrevista. 

Pero el amor prendía fuego rápidamente en 
todos los aposentos de su alma y consumió al fin 
aquel último resto de preocupación. Estaba pro 
fundamente enamorado. Y como siempre acaece, 
á la par que crecía su amor aumentaba también 
su timidez. Al principio, en sus largas conversa- 
ciones con Fernanda, aparecía sereno, galante, 
no perdonaba medio de demostrar á su ex-novia 
su admiración y rendimiento. De repente co- 
menzó á perder el aplomo, á huir todo asunto 
relacionado con sus propios sentimientos, á evi- 
tar las frases galantes. Fernanda no se equivo- 
có. Ahora es cuando había llegado aquel amor, 
tras del cual tanto tiempo había corrido, que 
tantas lágrimas le había costado. 

Sus pláticas, aunque fuesen de asuntos indife- 
rentes, tenían un sabor delicado, exquisito. Ha- 
blaban horas y horas, sin cansarse, de las cosas 
más insignificantes, por el placer de verse tan 
cerca, de escucharse. 

Fernanda charlaba con toda la alegría de su 
corazón, sin curarse de la timidez de su adora- 
dor, al contrario, gozando al ver el empeño pue- 
ril con que evitaba el confesar su amor, sabien- 



EL MAESTRANTE 



335 



do que en cuanto ella diese la señal se entrega- 
ría atado de pies y manos. 

El momento llegó al fin. Un día la hermosa 
viuda se resolvió d declararse ella. Hablaban del 
matrimonio; de las segundas nupcias. Luis co- 
menzó á sobresaltarse, á emitir sus opiniones 
con voz temblorosa, á tratar de huir la conver- 
sación. Fernanda dijo de repente con perfecta 
calma y en tono resuelto: 

— Yo no volveré á casarme segunda vez. 

Se puso pálido. La cara se le entristeció de 
tal manera que la joven, reprimiendo á duras pe- 
nas una sonrisa, repitió con más resolución aún: 

—No volveré á casarme segunda vez... á no 
ser contigo. 

El conde la contempló desencajado. 

— ¿Es de veras eso? — preguntó al fin con voz 
temblorosa. 

— ¡Y tan de veras! — repuso ella mirándole 
sonriente. 

— Dame esa mano, Fernanda. 

— Tómala, Luis. 

Se las estrecharon fuertemente por unos mo- 
mentos. El conde se levantó sin decir otra pala- 
bra. Cuando llegó á casa, le escribió una larga 
carta de seis pliegos pintándole con los más vi- 
vos colores su pasión, dándole fervorosas gra- 
cias, llamándose indigno gusano tres ó cuatro 
veces. 



336 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El matrimonio quedó concertado para cuando 
terminase el año de luto. Faltaban dos meses. 
Decidieron guardar el secreto y que la ceremonia 
no se celebrase tampoco en Lancia. Unos días 
antes del prefijado saldría ella para Madrid; poco 
después se le juntaría él, y en la corte queda- 
rían unidos para siempre. 

En los pueblos es muy difícil ocultar cual- 
quier cosa: un proyecto de boda, imposible. Por 
la intensidad de la mirada cada par de ojos se 
convierte en cien pares; por su virtud acústica, 
cada oído en cien oídos. En sus pasos, en sus 
miradas, en el modo de saludarse y despedirse 
los ingeniosos lacienses adivinaban como verda- 
deros magos lo que pensaban, medían exacta- 
mente el progreso de aquellas relaciones que les 
tocaba en lo más vivo del corazón. 

Una tarde, al pasar Manuel Antonio por de- 
lante de la tétrica morada del conde, vió salir á 
la doncella con una caja de cartón en las ma- 
nos. El marica sintió en la nariz olor de caza, 
tomó vientos un instante, y la siguió. 

— Adiós, Laura — dijo pasando delante de ella. 

Y volviéndose de repente le preguntó en tono 
indiferente: 

— ¿Cómo sigue tu amo? 

— El señor conde no está malo. 

— ¡Ah! Pues me dijeron... Como no le veo 
hace dos días... ¿Vas de compras para la señora? 



EL MAESTRANTE 



337 



— Son camisetas para el señor conde. 

— ¿De casa de Ramiro?... Déjame verlas, yo 
también tengo que comprar. 

La doncella abrió la caja y el marica se puso 
á examinar el contenido. 

— Son muy finas. Esto es demasiado caro para 
mí, hija. 

— Sí, señor, son caras. Pues el señor conde 
todavía no las encuentra buenas. Quiere á toda 
costa que sean de seda, y por más que anduve 
todos los comercios, no las hay. No tiene más 
remedio que encargarlas. 

— ¿De seda? ¡Madre! Entonces se nos va á 
casar. 

— Yo no sé nada de eso, señorito — se apresu- 
ró á replicar la criada con señales de turbación. 

— ¡Quita allá, hipocritona! — exclamó riendo. 
— Tú lo sabes como yo y como todo el mundo... 
¿Y para cuándo? 

— Le digo que no sé nada. 

Pero el marica insistió tanto, se mostró tan 
expresivo y familiar que al cabo de un rato la 
criada desembuchó lo que tenía dentro. 

— Pues mire, yo no puedo decirle á punto fijo 
lo que hay, pero creo que se casa y pronto. El 
otro día oí unas palabras á la señora condesa... 

— ¿Qué palabras? 

— Decía al ama de llaves que, en cuanto su 
hijo se fuese, iría á pasar [una temporada á la 

22 . 



338 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Granja. Después, mirando por el agujero de la 
llave, la vi llorar. Además, Fray Diego estuvo 
anteayer en casa... pero no sé si debo decirle... 

— Vamos, mujer, ¿qué importa? ¿Te figuras 
que yo soy una gaceta? 

— Pues le oí decir al tiempo de despedirse: 
«Nada, nada; tienen mucha razón; es mucho 
mejor que lo hagan en Madrid. Éste es un pueblo 
muy envidioso. . .» 

El gozo que sintió Colón al descubrir la tierra 
del Nuevo Mundo no fué nada en comparación 
con el de nuestro marica. No sólo sabía sin gé- 
nero de duda que se casaban, sino dónde había 
de efectuarse la ceremonia. Embarazado porno- 
ticia tan capital y queriendo aliviarse enseguida 
de aquel peso, se puso á imaginar sobre quién 
haría más efecto. Su pensamiento fué derecho á 
Amalia. Hacia el palacio de Quiñones enderezó, 
pues, sus menudos y graciosos pasos. 

Era la hora del oscurecer. Halló á la señora 
sentada en su gabinete, sin luz, entregada sin 
duda á una de esas intensas y dolorosas medita- 
ciones que desde hacía algún tiempo la embar- 
gaban. Manuel Antonio se mostró jovial y deci- 
dor, trató de alegrarla cuanto pudo, atrayendo 
de nuevo la sangre á aquel corazón ulcerado 
para que la puñalada fuese más dolorosa. Pidió 
chocolate, lo tomaron jaraneando lindamente: 
Amalia llegó á olvidarse de sus preocupaciones. 



EL MAESTRANTE 



339 



Y cuando más olvidada estaba ¡zas! la bomba. 
Pero dejada caer suavemente, con arte infinito, 
el arte que sólo posee una mujer, reforzado por 
el ingenio masculino. 

Lo único que sintió fué no poder verle la cara. 
El gabinete estaba ya casi en tinieblas. Pero ad- 
virtió bien claramente el destrozo de la explosión 
en el sonido de la voz, en la frialdad de la mano 
al despedirse. 

Amalia quedó en pie, rígida, inmóvil, largo 
rato. Apoyóse en la cortina de crespón para mi- 
rar á la calle y la destrozó. Trató de abrir su 
escritorio para tomar el pomo de esencia, pero 
dió demasiada vuelta á la llave y estropeó la ce- 
rradura. 

Salió de la estancia y vagó, por los pasillos 
oscuros y escaleras, con incierta planta, como un 
fantasma. Allá á lo lejos vió un punto luminoso y 
se dirigió hacia él involuntariamente como una 
mariposa. Era el comedor, que ya estaba alum- 
brado. Sentada á la mesa, armando unos pastor- 
citosde barro, restos de su pasada riqueza, estaba 
Josefina. La pantalla de la lámpara proyectaba 
viva luz sobre su cabecita monda y dorada como 
una naranja. Amalia se detuvo un instante y la 
contempló con ardiente mirada, devorando con 
los ojos aquel semblante grave y melancólico que 
tan fielmente reflejaba el de Luis. Dió un paso 
y la niña volvió la cabeza. La mirada de sus 



340 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ojos azules era igualmente dulce y triste; el mo- 
vimiento de las pestañas, idéntico. La esposa del 
maestrante salvó de dos pasos la distancia que la 
separaba y cayó sobre ella como un tigre ham- 
briento. Golpeó, mordió, desgarró. Sus uñas de- 
jaron al instante surcos morados en aquel rostro 
cándido. La sangre comenzó á brotar. La niña, 
loca de terror, lanzaba chillidos penetrantes. 
Apenas tuvo tiempo á ver á su madrina. No sa- 
bía qué era aquello. Amalia, insaciable, golpea- 
ba, hería sin cesar. Los gritos de la víctima ha- 
cían crecer su furor. Se detuvo rendida al fin. 

— Madrina, ¿qué hice? — exclamó la pobre niña 
huyendo hacia un rincón. 

Esta pregunta, la mirada de angustia con que 
la acompañó, enfurecieron de nuevo á la dama. 
Volvió á golpearla despiadadamente. La criatu- 
ra se tapaba el rostro con las manos. Entonces 
le cogía las orejas, las estrujaba hasta arrancar- 
las. No satisfecha todavía, irritada de no poder 
herirla en la cara, tomó un plumero que había 
sobre la mesa, y con el mango comenzó á sacu- 
dirle sobre las manos, dejándolas cubiertas de 
cardenales. 

Al fin consiguió salvarse. Las criadas, que 
habían acudido y presenciaban atónitas la esce- 
na, dejáronla paso y huyó por los pasillosytomó 
por la escalera. La puerta de la calle estaba 
abierta. El cochero, al llevar los caballos al 



EL MAESTRANTE 



341 



agua, la había dejado así. Josefina salió de la 
casa y corrió desalada por la calle de Santa Lu- 
cía, penetró en la travesía de Santa Bárbara, 
atravesó la plazuela del Obispo y, bajando por 
la calle de la Sastrería, salió por la puerta de 
San Joaquín á la carretera de Sarrio. 

Había cerrado ya la noche. Caía suavemente 
una lluvia menuda, pero espesísima, que en poco 
tiempo la caló hasta los huesos. La desgraciada 
criatura corrió todavía algún tiempo y al fin se 
detuvo jadeante. El pretil de la carretera esta- 
ba bajo en aquel sitio y se sentó. Entonces fué 
cuando sintió el dolor de los golpes. Llevóse las 
manos á la cabeza, después á la cara, por donde 
sentía correrle un líquido caliente, que al prin- 
cipió pensó sería la lluvia. 

Pronto se convenció de que era sangre. ¡San- 
gre! ¡La cosa en el mundo á que ella tenía más 
terror! Dominada aún por el susto, no se quejó. 
Levantó la falda de su vestidito y se secó, ó por 
mejor decir, se lavó la cara, porque el vestido 
estaba mojado. 

Pero lo que más sentía, lo que le dolía de un 
modo horrible eran las manos. No sabiendo qué 
hacer para aliviarse, comenzó á soplarlas. Lue- 
go las chupó. Pero el dolor era tan recio que ex- 
clamó al fin sollozando: 

— ¡Ay mis manos! 

En aquel momento se alzaron ante ella entre 



342 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



las sombras de la noche dos enormes figuras que 
la dejaron helada de espanto. Una de ellas se 
abalanzó y la cogió por un brazo. 

— ¿Qué haces ahí? — dijo con voz bronca. 



XII 



La justicia del barón. 



$f C§)iN una gran sala de la casa solariega 
VC!v{ de los Oseos, amueblada con cuatro 
trastos viejos, tapizada con dos dedos 
de polvo, se encuentran sentados á una antigua 
mesa de roble dos conocidos personajes de esta 
historia. Uno es el propio barón, dueño de la 
casa. El otro, su amigo Fray Diego. Tienen de- 
lante un tarro de ginebra vacío, otro á medio 
vaciar y sendas copas. Ni mantel, ni tapete, ni 
bandeja; el único adorno de la mesa son las 
manchas caprichosas que el vino y la ginebra 
en feliz consorcio con el polvo han ido dejando 
con el trascurso de los meses y los años. La es- 



344 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tancia es lóbrega, porque la calle del Pozo lo es 
y porque los cristales emplomados, hace años ya 
que no se han limpiado, y porque la tarde está 
declinando. 

A la poca luz que allí consigue penetrar pue- 
de verse la faz de ambos excesivamente roja, tan 
roja que parece imposible no brote la sangre 
de sus ojos encarnizados. La del barón ha llega- 
do al límite de su fiera y espantable fealdad. 
Aquella cicatriz sangrienta que le surca el ros- 
tro se destaca ahora con todas sus rugosidades, 
tan áspera y negra que da grima verla/ Sus bi- 
gotes cerdosos, unidos á las patillas, son ya más 
blancos que negros. Viste zamarra negra y cu- 
bre su cabeza una gran boina roja cuya borla 
cae arremolinada, unas veces sobre las orejas, 
otras sobre las narices, según los- movimientos 
que imprime á su torso de ogro. 

Hace largo rato que guardan silencio. Fray 
Diego de vez en cuando lleva la mano al tarro de 
la ginebra, llena la copa de su amigo, luego la 
suya, y gravemente la apura de un trago. El ba- 
rón no es tan expedito: toma su copa, la sube á 
la altura de los ojos y hace frente ella una serie 
de muecas á cual más horrorosa; después la toca 
con -el borde de los labios, vuelve á las muecas, 
vuelve á tocarla; por fin, después de largos en- 
sayos y vacilaciones, se decide á apurarla. 

De esta manera grave y prudente se solazan 



EL MAESTRANTE 



345 



los dos antiguos soldados de D. Carlos casi to- 
das las tardes del año. El pueblo lo sabe, y hay 
entre sus jocosos habitantes entabladas varias 
apuestas sobre cuál de los dos moriría primero 
de apoplejía. 

Fray Diego había servido también en las filas 
del Pretendiente. Luego se había ordenado, se 
hizo fraile, estuvo en Filipinas; finalmente, se 
secularizó y vivía en Lancia como capellán suel- 
to. Mientras la guerra no se habían conocido. 
Cuando se encontraron en Lancia quedaron 
unidos con indisoluble amistad por la identidad 
de ideas, por el recuerdo de las gloriosas bata- 
llas á que asistieron... y por la ginebra. 

— ¡Viva el papa soberano de todos los reyes 
de la tierra! — exclamó después de largo silencio, 
en que ambos parecían dormitar, Fray Diego. 
Al mismo tiempo dio un tremendo puñetazo 
sobre la mesa que hizo bailar los tarros y las 
copas. 

El barón no se conmovió poco ni mucho. Si- 
guió haciendo guiños á la copa que tenía delante 
y, después de apurarla muy reposadamente y chas- 
quear tres ó cuatro veces la lengua, dijo: 

— Despacio, despacio, Fray Diego; usted no 
sabe todavía lo que son los papas. 

— ¡Viva el papa soberano de todos los reyes 
de la tierra! — volvió á exclamar el cura, dando 
otro puñetazo más fuerte. 



346 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Cuidado, Fray Diego, que los papas han 
sido siempre muy ambiciosos. 

— ¡Señor barón! — exclamó el clérigo con voz 
enfática de cómico de la legua. — ¡Tiene usted el 
alma.tan fea como el rostro! 

El barón quedó tan sosegado ante aquel insul- 
to. Después de un rato dijo con perfecta tranqui- 
lidad: 

— No sea usted botarate. ¿Qué tiene que ver 
mi cara en estos asuntos? Yo soy católico, apos- 
tólico, romano; pero si mañana el rey, nuestro 
señor (llevóse la mano á la boina al decir esto), 
me manda con un destacamento á Roma, voy á 
allá como el condestable de Borbón, la saqueo y 
prendo al pontífice. 

— Y yo digo que si Su Santidad me mandase 
meter una cuarta de bayoneta por el ombligo á 
ese condestable, tenga usted por seguro que le 
metía dos. 

—No. 

— ¿Cómo no? — rugió el capellán poniéndose 
carmesí. 

— Porque el condestable ha muerto hace tres 
siglos. 

— Me alegro. Tres siglos hace que arde en los 
infiernos. 

— Todo eso está muy bien, pater, pero el rey 
siempre arriba, ¿estamos? y los demás á callar y 
obedecer. 



EL MAESTRANTE 



347 



— ¡El papa no calla nunca, señor barón! 

— Pues se le pone una mordaza. 

— ¡Quisiera yo ver ¡porra! ¡reporra! ¡cien veces 
porra! quién se la ponía estando cerca Fray Die- 
go de Areces! — gritó el clérigo alzándose con- 
vulso y echando fuego por los ojos. 

— Siéntese, pater, y cálmese y escancie otra 
copita, que Fray Diego de Areces no es más que 
un cazuela. 

El capellán se serenó repentinamente, vertió 
delicadamente el licor en las dos copas y apuró 
la suya con deleite, después de lo cual dejó caer 
la cabeza sobre el pecho, los párpados se le baja- 
ron y se puso á dormitar. El barón, radiante de 
alegría, le contemplaba fijamente con ojos soca- 
rrones, aprovechándose de su ausencia temporal 
para escanciarse otra copita, «de nones,» como 
él decía. 

Era constante particularidad de aquellas dul- 
ces sesiones el que la ginebra trocase el carác- 
ter de ambos. El genio irascible, impetuoso del 
barón se dulcificaba de modo inverosímil. Ha- 
cíase, mientras duraba la benéfica influencia del 
alcohol, alegre, comunicativo, conciliador; nin- 
guna palabra le molestaba, nada le parecía sufi- 
ciente motivo para encolerizarse. En cambio, 
Fray Diego, que en estado normal era un ben- 
dito, siempre jovial y chancero, tornábase un 
diablo disputador y quisquilloso, adquiría de 



348 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pronto humor guerrero que nadie sospecharía 
bajo su rostro redondo y plácido de beata aja- 
monada. 

Despabilóse al cabo de pocos minutos, miró 
al barón algunos momentos fijamente con extra- 
ña ferocidad y profirió estropajosamente: 

— Quisiera, señor barón,, que me explicase us- 
ted qué entiende por cazuela. 

— ¡Anda, salero! ¿Ahora salimos con eso? ¿A 
usted qué le importa que signifique uno ú otro? 

— Es que yo quisiera... ¡entendámonos! 

— Ya nos hemos entendido. Usted tiene dos 
cuartillos de ginebra entre pecho y espalda y yo 
otros dos... ó algo más — añadió haciendo un nú- 
mero prodigioso de guiños. 

— ¡No es eso, señor barón, no es eso! ¡Enten- 
dámonos de una vez, porra! 

— Aquí ya no hay barones ni frailes — exclamó 
el noble en un arrebato de buen humor alzándo- 
se déla silla. — Aquí sólo quedan el tío Francis- 
co, que soy yo, y el tío Diego, que eres tú, ¿esta- 
mos?... Vengan esos cinco... 

Al avanzar con la mano extendida dió algunos 
traspiés, pero se mantuvo firme. 

— ¡Vengan esos cinco, valiente! 

El cura se dulcificó. Se estrecharon las manos. 

— Ahora un abrazo por el rey legítimo de las 
Españas. 

— ¡No me hable usted de abrazos!... — gritó el 



EL MAESTEANTE 



349 



clérigo enfoscándose de nuevo. — Me acuerdo del 
abrazo de Vergara, y ¡porra!... 

— No te apures, compadre, que ya nos la pa- 
garán. 

¡Ay, ay, ayl mutila 
Chapelen gorriá. 

Y se puso á cantar roncamente el himno car- 
lista; pero interrumpiéndose de pronto: 

— ¡Eh, tío Diego, á cantar! Dejémonos ahora 
de lágrimas... 

En efecto, su amigo lloraba en aquel momen- 
to lágrimas como avellanas, recordando la trai- 
ción de Vergara. 

— ¡Arriba, coracero! ¿Á que no te pesaría de 
que bebiésemos una copita por el exterminio de 
todos los negros? 

Fray Diego se declaró, con un-movimiento de 
cabeza, partidario en principio de este brindis 
consolador, pero no se movió de la silla. 

Bebieron otra copa, y su efecto fué tan prodi- 
gioso en el alma tradicional del barón, que se 
puso inmediatamente á bailar el zapateado in- 
gléssobre la mesa, sin que Fray Diego dejase por 
ello de verter abundantes lágrimas. 

— ¡Hum! No me gusta este baile de extranjís — 
manifestó al fin bajándose de un salto; — prefiero 
la danza prima. Ven acá, tío Diego... 

Y á la fuerza, cogiéndole por las manos, lo 



350 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



alzó de la silla y se puso á dar vueltas con él, 
entonando uno de los cantos largos y monótonos 
del país. Fray Diego se sintió rejuvenecido. Re- 
cordaba sus tiempos de mastuerzo allá en la al- 
dea, cuando su tío el cura de Areces le molía á 
palos porque saltaba de noche por la ventana 
para ir á cortejar las mozas de los pueblos ve- 
cinos. 

— Oye, Diego — dijo el barón parándose repen- 
tinamente. — ¿No te parece que antes de seguir 
bebamos una copita por el alma de nuestros ma- 
yores? 

Asintió el fraile de buen grado; pero las copas 
yacían rotas por el suelo y los tarros vacíos. El 
barón abrió un armario y sacó de él nuevos ele- 
mentos de vida espiritual. Esta copa funeraria le 
inspiró una idea felicísima, la de cubrir la ca- 
beza del capellán con su boina y adornarse él 
con el canalón de éste, que descansaba sobre una 
silla. Así vestidos volvieron á la danza, hacien- 
do dos figuras realmente interesantes. 

El barón dió un traspié y cayó. 

— Alza, tío Diego. 

El fraile le cogió de nuevo las manos que ha- 
bía soltado y tiró con fuerza hacia arriba. Pero 
el peso del noble le doblegó y rodaron los dos 
por el suelo. 

— ¡Alza, tío Diego! 

— ¡Alza, tío Francisco! 



EL MAESTKANTE 



351 



Ambos se revolcaban soltando bárbaras carca- 
jadas. El barón logró al fin ponerse en pie. El 
capellán le imitó al cabo de un rato. Pero su 
alma, iluminada un momento por los recuerdos 
de la juventud, cayó otra vez repentinamente en 
la sangre y el exterminio. Se dirigió ferozmente 
á su amigo. . 

— Sepámoslo de una vez, ¡porra! ¿Por qué me 
ha llamado usted cazuela hace poco? ¿eh? ¿eh? 
¿por qué? 

— Te lo explicaré enseguida, hombre— repuso 
el barón con calma;— pero antes beberemos una 
copa por la congregación de todos los fieles cris- 
tianos, cuya cabeza visible es el papa... digo, si 
te parece. 

El capellán no puso obstáculo. 

— Pues te he llamado cazuela — prosiguió 
chasqueando la lengua — porque una cazuela, 
¿sabes tú? una cazuela sirve para que la llenen 
de patatas guisadas. 

Dicho esto, el barón cayó en un espasmo de 
alegría tan violento que por poco se ahoga. 
Mientras tanto, los ojos saltones de su camará- 
da le miraban con tal expresión amenazadora 
que parecía que iban á brincar de las órbitas y 
lanzarse sobre él; crecían por momentos como 
los de una langosta. 

— ¿Y por qué de patatas guisadas? Yo tengo 
tantos hígados como usted, ¡porra! y lo he pro- 



352 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bado en la acción de Orduña y en la de Unzá, y 
por algo tengo en mi casa seis cruces. 

— ¿Tú? ¿tú? — dijo el caballero sin poder so- 
segar la risa. — Tú nunca has servido más .que 
para hacer el rancho al escuadrón . 

El furor del fraile no tuvo límites al escuchar 
esto. Gritó, pateó, dió espantosos puñetazos so- 
bre la mesa. Por último, lanzóse hacia la puer- 
ta y desde su marco comenzó con descompuestos 
ademanes á apostrofarle. 

— ¡Eso lo dice usted porque está usted en su 
casa! ¡Salga usted fuera á decirlo! ¡Salga usted 
conmigo! 

El barón le miraba con risueña curiosidad. 

— Calma, calma, tío Diego. 

— ¡Salga usted á matarse conmigo!... Con sa- 
ble, con pistola, con lo que usted quiera... 

— Bien, hombre, bien; saldremos á matar- 
nos... pero sólo por darle á usted gusto... 

Fué con paso vacilante hacia la alcoba y á 
tientas, porque ya la oscuridad era completa, 
metió las manos en el armero y sacó dos gran- 
des sables de caballería. 

— Toma — dijo alargando uno al capellán. 

Éste lo sacó de la vaina y se puso á esgrimir- 
lo. Mientras llevaba á cabo la prueba, D. Fran- 
cisco le contemplaba rebosando de satisfacción. 

— Bueno, vamos ya — dijo el fraile envainan- 
do. — En marcha. 



EL MAESTRANTE 



353 



Y tomando el canalón, que andaba por el sue- 
lo, y ocultando el sable debajo de los manteos, 
salió por la puerta. El barón cogió la boina, se 
puso un grueso montecristo de abrigo y le siguió. 

— ¡Alto! — exclamó antes de que hubiera dado 
cuatro pasos. — ¿No te parece que echemos la 
espuela? 

Fray Diego dejó escapar un gruñido afirma- 
tivo. 

Entraron otra vez en la sala y, tentando el 
suelo, tropezaron con el tarro de la ginebra, que 
no estaba agotado por completo. Dieron con las 
copas y se escanciaron todo lo que había. Acto 
continuo salieron á la calle. 

El pavimento de gruesos guijarros estaba mo- 
jado. Caía una lluvia menudísima, tan espesa 
que en poco tiempo calaba la ropa como el más 
fuerte aguacero. La noche había cerrado casi por 
completo. Y como, según las prácticas munici- 
pales, faltaba todavía un buen cuarto de hora 
para enctnder los famosos reverberos de aceite, 
las tinieblas envolvían á la empapada ciudad. 

Los dos héroes, animados por el espíritu de la 
guerra, caminaron con decisión por la calle del 
Pozo, el clérigo delante, el noble detrás, ambos 
embozados hasta los ojos y apretando bajo el 
brazo el instrumento de muerte que cada cual 
llevaba. Entraron en la calle de las Hogueras^ 
pasaron por bajo los muros de la Fortaleza y sa- 

23 



354 



ASMANDO PALACIO VALDÉ3 



lieron á la vía que ciñe la antigua muralla de 
la población. A medida que el agua, filtrándose 
al través de los abrigos, refrescaba sus carnes, 
se iban paulatinamente equilibrando sus hu- 
mores. El de Fray Diego tendía visiblemente 
á serenarse, arrojaba uno á uno los negros ve- 
los que le oprimían. Pero estos velos los recogía 
todos el barón y envolvía con ellos su espíritu 
altivo y cruel. Ambos avanzaban impávidos al 
través de la noche y la lluvia, presagiando la 
muerte. 

Siguieron un buen trecho á lo largo de la mu- 
ralla y al llegar á la carretera de Sarrio toma- 
ron por ella. No habían andado cinco minutos 
cuando oyeron cerca un gemido. Pararon en fir- 
me, y acercándose al pretil distinguieron un bul- 
to; se aproximaron un poco más y vieron senta- 
da una niña. 

— ¿Qué haces ahí? — dijo el barón, agarrándo- 
la por un brazo. 

— ¡Perdón! — exclamó Josefina en el colmo del 
terror. — ¡Por Dios, no me pegue usted, señor! 
Ya me pegaron mucho. 

La mano del caballero se aflojó repentinamen- 
te y, cambiando de voz y de tono, dijo: 

— No, hija mía, no; nadie te pegará. ¿Cómo 
estás aquí á estas horas? 

— Me ha pegado mucho mi madrina y me es- 
capé de casa. 



EL MAE8TEANTE 



355 



— ¿No tienes padres? 
— No, señor. 
— ¿Vives en Lancia? 
— Sí, señor. 

— ¿Quién es tu madrina? 
— Una señora. 
— ¿Cómo se llama? 
— Amalia. 

— ¡Porra! — exclamó Fray Diego, dándose una 
palmada en la frente. — Es la niña recogida por 
D. Pedro Quiñones. 

— ¿Es verdad que se llama D. Pedro el marido 
de tu madrina? 

— Sí, señor. 

— Vamos, levántate, hija mía. Ahí no estás 
bien. Vente con nosotros. 

— ¡Oh, no, por Dios! ¡No me lleven á mi ma- 
drina! 

— No, no iremos allí. ¡Estás mojada, criatu- 
ra! — añadió palpando su ropa. — Anda, anda. 

Los dos héroes habían depositado los sables 
sobre el pretil. Cuando echaron á andar hacia 
Lancia, llevando á la niña en el medio, allí los 
dejaron olvidados sin reparar en que la humedad 
desluce y enmohece el acero. 

— ¿Y por qué te ha pegado tu madrina? — pre- 
guntaba Fray Diego mientras caminaban despa- 
cito para acomodarse al paso]de la niña. 

— Porque estaba jugando con los pastores. 



356 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Los pastores!... ¿Pero los pastores de don 
Pedro vienen á dormir á casa? 

— Sí, señor; duermen en la caja de cartón. 

— A ver, á ver, chica, ¿qué estas diciendo ahí? 
— profirió el capellán deteniéndose. 

De la investigación entablada inmediatamente 
resultó que los pastores eran de barro. Fray 
Diego emprendió nuevamente la marcha, res- 
guardando con sus manteos el frágil cuerpo de 
la criatura. 

Pero al ponerle una de las veces la mano en la 
cara observó, con sorpresa, que la humedad que 
le mojó los dedos era caliente. Comunicada esta 
observación con su antagonista, y como quiera 
que ya habían llegado á las primeras casas de la 
ciudad, metieron á la niña en un portal, encen- 
dió el barón un fósforo y la reconocieron. Tenía 
todo el rostro bañado de sangre, que manaba de 
algunos profundos arañazos, las manos cubier- 
tas de cardenales. Los dos héroes se miraron 
aterrados, y la misma ola de indignación encen- 
dió sus mejillas. El barón dejó escapar una se- 
rie de imprecaciones fulminantes. Estas y su 
feo rostro espantable hicieron tal impresión en 
Josefina, que huyó gritando á un rincón. Consi- 
guieron, no sin trabajo, tranquilizarla, y des- 
pués de secarle el rostro con un pañuelo, Fray 
Diego la cogió en brazos (el barón lo había in- 
tentado en vano), tapóla bien con sus manteos y 



EL MAESTBANTE 



357 



emprendieron la marcha hacia la casa solariega 
de los Oseos. 

Allí le hicieron la primera cura. El barón, 
que en la campaña había adquirido algunos co- 
nocimientos de cirugía, le lavó cuidadosamente 
las heridas, las cerró con aglutinante y curó las 
contusiones con cierto ungüento eficaz que po- 
seía. Las manos rudas de aquellos veteranos 
parecían de seda al tocar la piel de la niña. Una 
mujer no la hubiera curado con más delicadeza, 
con tal atención , y esmero. 

Josefina iba perdiendo el miedo. Aquel señor 
tan feo no era malo. Se atrevió á pedir agua. El 
barón respondió que no se estilaba en aquella 
casa, y que lo mejor que le vendría ahora para 
quitar el susto era una copita de Jerez. Hízola 
traer, y luego que la niña la hubo bebido, los 
dos campeones del rey legítimo se retiraron á 
un rincón de la sala á deliberar. 

Resolvieron que lo práctico en aquel momento 
era llevar la niña á casa de Quiñones. El barón 
se encargaba de entregarla. Antes calentaría 
muy bien las orejas á su madrina; le diría que 
era una indigna mujerzuela, una criatura vil y 
perversa, y que si otra vez osaba maltratar á 
aquella pobre niña desvalida, iría á su casa á 
cortarle las orejas y atarla después por el moño 
á la cola de su caballo y arrastrarla así por toda 
la ciudad. Fray Diego no estaba conforme con 



358 



ARMANDO PALACIO VALDÍS 



tanta crueldad, pero el barón ni por Dios vivo 
quiso alterar poco ni mucho aquel plan sinies- 
tro de terrible ejemplaridad. 

Costó trabajo persuadir á Josefina á que vinie- 
se con ellos. Consiguiéronlo después de prome- 
terle que su madrina no volvería á pegarla y que 
sería para ella muy buenade allí en adelante. ¡No 
faltaba más! Como se atreviera á tocarla siquie- 
ra en un pelo, ¡rayo de Dios! le retorcía el pes- 
cuezo como á una gallina, la desollaba viva á co- 
rreazos con el freno de su caballo. El rostro de 
aquel señor era tan espantoso al proferir tales 
amenazas, que la niña no dudó un instante de 
su cumplimiento. 

Mientras caminaban hacia la mansión de los 
Quiñones, el barón no cesó de vomitar injurias y 
amenazas de muerte contra la esposa del maes- 
trante. Fray Diego procuraba inútilmente cal- 
marle. Sus instintos sanguinarios se iban exacer- 
bando de tal modo, que el ex-fraile, temiendo una 
catástrofe, se despidió al llegar á la puerta del 
palacio. 

El barón tiró de la campana. Como no sabía 
la costumbre feudal de la casa, no tiró más que 
una vez. Tardaron en abrirle juzgándole plebe- 
yo. La sorpresa del criado fué grande al ver á 
aquel terrible señor, que tanto respeto infundía 
en la ciudad, y se apresuró á pedir perdón de no 
haber acudido más á tiempo á abrirle. El barón 



EL MAE STB ANTE 



369 



preguntó por don Pedro Quiñones. Le hicieron 
pasar y el criado subió delante por la gran es- 
calera de piedra. Al llegar al piso principal le 
rogó que aguardase mientras le anunciaba. 

Pocos momentos después se presentó Amalia. 
Dirigió una penetrante mirada de rencor á la 
niña, que el barón tenía de la mano, y dijo diri- 
giéndose á éste con frialdad y altivez: 

— ¿Qué deseaba usted? 

— Venía á entregar esta niña que he recogido 
en la calle... y al mismo tiempo á hablar con 
don Pedro ó con usted cuatro palabras. 

Al proferir esta última, la voz del barón se al- 
teró de un modo perceptible. 

— ¿No ms conoce usted? — añadió, viendo que 
la dama le miraba fijamente sin contestar. 

En los pueblos casi todos se conocen, sobre 
todo las personas de viso, aunque no se traten. 
Sin embargo, Amalia replicó descaradamente: 

— No ten^o ese honor. 

— Soy el barón de los Oseos. 

La dama hizo una inclinación de cabeza. 

— Paula — dijo dirigiéndose á una criada que 
había acudido, — llévate esa chica. Tú, Pepe, en- 
ciende las lámparas del gabinete azul. 

Cuan lo estuvieron solos, la señora se sentó, 
invitó con majestuoso ademán al barón para que 
hiciese lo mismo, y esperó mirándole con ex- 
tremada curiosidad, pero sin asomo de temor. 



360 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



— Señora — comenzó el barón, — he hallado á 
esa niña en la carretera de Sarrio cubierta de 
sangre y llena de cardenales. Le he preguntado 
quién la había puesto así, 3' me respondió que 
su madrina. Yo no puedo creer... 

— Puede usted creerlo, porque es exacto — dijo 
Amalia interrumpiéndole. • 

El barón quedó parado y confuso. Al cabo 
prosiguió: 

— Es posible que usted tuviera razón para 
castigarla, pero me duele en el alma... 

Amalia volvió á interrumpirle: 

— Y á mí me duele mucho ese dolor que us- 
ted siente. 

— Mi objeto al venir aquí — manifestó el ba- 
rón, que por momentos iba perdiendo su aplo- 
mo,— era prevenir á usted... 

— ¿Cómo? 

— Era rogarle que, ya que ha tenido la cari- 
dad, según me hin manifestado, de recoger esa 
desgraciada criatura expósita, continuase su 
buena obra protegiéndola, amparánlola, edu- 
cándola... y cuando tuviese necesidad de casti- 
garla lo hiciese con clemencia, pues la pobre es 
una criaturita tierna y débil, y los golpes pudie- 
ran concluir con su vida... 

— ¿Es eso todo lo que usted tenía que decir- 
me? — preguntó fríamente la dama. 

La faz temerosa del barón se congestionó sú- 



EL MAE STE ANTE 



361 



bito al escuchar esta pregunta, inyectáronse sus 
ojos, la sinuosa cicatriz se alzó con gran relie- 
ve sobre la superficie del rostro en virtud sin 
duda de algunos movimientos volcánicos de lo 
interior. Escucháronse allá en la garganta rui- 
dos formidables, sordos estampidos, presagio 
de violenta erupción. Pero al cabo aquellos 
ruidos se apagaron, cesaron los movimientos de 
trepidación, y el cráter, en vez de despedir una 
corriente de lava fundida, como era de temer, < 
rocas, cenizas y otras materias volcánicas en 
ebullición, dejó escapar débilmente estas dos 
palabras: 

— Sí, señora. 

— Bien, pues agradezco á usted mucho el in- 
terés que se toma en este asunto, y aprovecho la 
ocasión para decirle en nombre de Quiñones y 
en el mío que tiene usted aquí su casa. 

Al mismo tiempo tiró del cordón de la campa- 
nilla y se levantó. Alzóse también el barón mas- 
cullando las gracias y ofreciéndose. 

— Pepe, acompañe usted al señor barón. 

Hizo éste una profunda reverencia. Contestó 
Amalia con otra más leve. El caballero giró so- 
bre los talones y salió. 

Al bajar por la escalera con las orejas gachas, 
el semblante encendido y los ojos extraviados, 
otra vez se presentaron ante su imaginación con 
vigoroso relieve el descuartizamiento, la pérdi- 



362 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



da de los ojos, la cola del caballo y otros fieros 
suplicios de la época visigótica, á la cual perte- 
necía por su bárbara traza y corazón indomable 
y crudelísimo. 



XIII 



El martirio. 




prnas se había cerrado la puerta tras 
el barón, Amalia hizo traer la niña á 
su presencia. 
— ¡Venga usted acá, señorita, venga usted 
acá! ¡Cuánto tiempo ya que no nos hemos visto! 
¿Cómo lo ha pasado usted? ¿Le ha ido á usted 
bien? El barón es muy galante con las damas, 
¿verdad? 

La niña lanzó un grito penetrante. 
— ¡Ay mi oreja! 

— ¡De rodillas, sabandija! ¡Ah! ¿Conque no 
vale nada lo que he hecho por ti! ¿Ya me ense- 
ñas los dientes antes de concluir de mamar? De 
rodillas, picaruela, ¡malvada! 



364 



ARMANDO PALACIO VALDÉ3 



Josefina fué á caer acurrucada en un rincón 
del gabinete. Amalia mantuvo sobre ella largo 
rato su mirada fulgurante. Separándola al fin, 
preguntó á Concha y á Paula, que habían traído 
á la delincuente, en qué forma se había escapa- 
do. La culpa era del cochero. Improperios con- 
tra el cochero, que era un borracho, y amenazas 
de despedí; le si volvía á caer en descuido se- 
mejante. Luego comentarios infinitos sobre el 
encuentro del barón. ¿Qué hacía aquel bruto á 
tales horas por la carretera de Sarrio? ¿Quién 
era el cura que le acompañaba? Después consi- 
deraciones tristísimas sobre la ingratitud y mal- 
dad de aquella niña que huía de la casa donde 
se la había dado albergue y ponía en ridículo á 
su protectora. Las domésticas convinieron en 
que merecía un castigo ejemplar. 

Despidiólas al cabo la dama, deteniéndolas 
con ademán imperioso cuando trataban de lle- 
varse á la expósita. Una vez solas, Amalia tomó 
un libro y se puso á leer tranquilamente á la luz 
de un quinqué, mientras su hija, de rodillas en 
el ángulo más Oscuro, sollozaba apagadamente. 
Tres ó cuatro veces levantó aquélla la cabeza, 
dirigiendo su mirada colérica á las tinieblas del 
rincón, esperando que la chica gimiese más fuer- 
te para lanzarse sobre ella. Trascurrió una hora, 
hora y media. Cerró al fin el libro: salió y volvió 
á los pocos momentos. Comenzó á desnudarse 



EL MAESTRANTE 



365 



lentamente: cuando estaba medio desnuda tomó 
el quinqué, y acercándolo á la niña la obligó á 
levantarse, la llevó hasta la alcoba y le dijo mos- 
trándole el suelo: 

— Esta es tu cama. Ahí dormirás vestida. 

Cuando terminó de desnudarse, la niña le dijo 
con voz débil: 

— Perdóname, madrina; no volveré á hacerlo. 

Pero ella no quiso oir estas palabras. Se me- 
tió en la cama y apagó la luz. Sus ojos quedaron 
abiertos en la oscuridad. Las horas, sonando con 
sus cuartos y medias melancólicamente en el re- 
loj de la catedral vecina, no consiguieron cerrar- 
los. Eran dos lámparas misteriosas que sólo daban 
luz hacia dentro, alumbrando mil cosas sinies- 
tras y punzantes. Bajo aquella pequeña frente se 
atropellaban, se estrujaban las ideas sombrías, 
los deseos feroces. El matrimonio de Luis era 
una abominable traición. Sin recordar la suya 
hacia el pobre viejo paralítico que Dios le había 
dado por esposo, ni pensar en que su falta había 
truncado la vida del conde, amenazado de morir 
en la soledad, sin familia que endulzara sus últi- 
mos días, hacía pesar sobre él toda la responsa- 
bilidad del delito y toda la amargura que ahora 
sentía al desprenderse del único placer que la 
acariciaba en aquella lúgubre y monótona exis- 
tencia. ¡El único placer! No merecía otro nom- 
bre su amor. En aquel espíritu ardiente, despó- 



366 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tico, atormentado, no había entrado jamás la 
ternura; ignoraba por completo las cosas deli- 
ciosas y poéticas que ennoblecen la pasión y la 
hacen perdonable. Su vida se había deslizado en 
una agitación insana, atormentada por el deseo 
de ser feliz á toda costa. En los últimos siete 
años vivió bajo el imperio de su torpe apetito 
insaciable. Jamás un pensamiento melancólico 
de remordimiento vino á acusar en aquella ruin 
naturaleza la presencia del sentido moral. Cada 
vez más exacerbada su ansia de goces la arras- 
traba últimamente á mil pasos extravagantes y 
peligrosos. Ya no se contentaba con reunir en 
su casa á la juventud laciense y bailar de vez en 
cuando por condescendencia. Rra menester, para 
alegrarla, que todos los días hubiese jarana, giras 
de campo, mascaradas, etc., y que ella bailase 
sin cesar hasta caer rendida como una zagala 
de quince años: necesitaba menudear las entre- 
vistas secretas con su amante á las horas más 
extraordinarias y en las ocasiones más impensa- 
das. Sus anhelos enfermizos la impulsaban á de- 
safiar la opinión pública, despreciando por gusto 
toda precaución. Si el conde le hacía alguna ad- 
vertencia irritábase, se revolvía como una fiera. 
Más perdía ella que él; las murmuraciones no se 
cebarían en el hombre seguramente, sino en la 
mujer. La deshonra era para ésta. Pero ella se 
reía á más no poder de estas murmuraciones y 



EL MAES TOANTE 



367 



de la deshonra. Si la apuraban un poco era capaz 
de pregonar su falta en Altavilla cuando hubiese 
más gente. El conde se sentía cada vez más des- 
ligado de esta mujer, que turbaba todas sus ideas 
morales, teológicas y sociales. Llegaba á inspi- 
rarle miedo. 

Este se convirtió en terror, en malestar insu- 
frible, que le hizo apetecer con ansia la liber- 
tad, desde cierta revelación que, sonriendo, le 
hizo Amalia. 

— ¿No sabes, querido? Esta mañana estuve á 
punto de hacer una locura, una locura muy gran- 
de. Quiñones me mandó ponerle las gotas de ar- 
sénico que toma hace tiempo. Cogí el frasco y 
de repente, como si una mano invisible me le- 
vantase el codo, vertí en el vaso la mitad del 
contenido... ¡No tiembles, cobarde, que no hay 
motivo!... Jamás me había pasado nada seme- 
jante. Te juro que mi voluntad no tenía arte ni 
parte en ello. Obraba por una fuerza superior 
que me arrastraba á pesar mío. Dejé el vaso so- 
bre la mesa, lo contemplé un instante con sor- 
presa, lo levanté para mirarlo al trasluz... Nada, 
ni el más mínimo signo que denotase que allí 
estaba la muerte. Lo puse sobre la bandeja y 
me encaminé con él hacia el gabinete sin dar- 
me cuenta de lo que hacía. Pero enmedio del 
pasillo me estremecí como si saliese de una 
pesadilla, vi repentinamente el disparate que 



368 



ABMANDO PALACIO TALDÉS 



iba á hacer , j dejé caer el vaso al suelo. 

— No era un disparate, era un crimen horrible 
el que ibas á cometer — dijo sordamente el conde, 
que sudaba de congoja. 

— Bueno, crimen ó disparate... ó lo que sea, 
era una estupidez de todos modos, ¿sabes? por- 
que enseguida se comprendería, por los sínto- 
mas, que se trataba de un envenenamiento. 

Aquellas palabras, pronunciadas con afectada 
ligereza, impresionaron aún más al conde que 
las anteriores. Desde entonces no podía acercar- 
se á ella sin experimentar una extraña sensación 
de repugnancia. 

Su juventud pasó. Hasta la llegada de Fer- 
nanda, Amalia no había pensado en ello. No te- 
niendo rivales en Lancia, había puesto menos di- 
ligencia cada día en el cuidado de su persona, 
dejó del todo aquella plausible coquetería que 
sirve á la mujer para perpetuar el encanto de su 
persona. Sólo al ver la espléndida hermosura de 
la hija de Estrada-Rosa se dignó echar una mira- 
da á sí misma. Comenzó á preocuparse del aliño 
de su cuerpo, se procuró toda clase de afeites, 
envió por vestidos á Madrid, aprovechó todos los 
recursos de la elegancia. Era tarde. Aquel míse- 
ro cuerpo abandonado, marchito por los años y 
la anemia, no recobró frescura ni gracia. 

Esta idea fija le roía el cerebro en su larga y 
dolorosa vigilia. ¡No volver á inspirar amor, ser 



EL MAESTRANTE 



369 



vieja, causar repugnancia! Mil garfios le arranca- 
ban las entrañas. Luis se casaba. ¿Porqué?¿No le 
había sacrificado su juventud, su honor, su sal- 
vación, si después de esta vida había más que ti- 
nieblas? ¡Qué valía esto! Laprimeraseñal deruina 
que había aparecido en su rostro desvaneció como 
un sueño todos los juramentos; los siete años de 
amor se habían hundido en el abismo del tiempo 
sin dejar la más insignificante huelfa... Pero ella 
no tenía arrugas todavía; no era tan vieja; trein- 
ta y cinco años nada más. Bruscamente llevó la 
mano á la mesa de noche, encendió la bujía y 
saltó de la cama: acercóse al espejo y se contem- 
pló largamente, repasando con el dedo todos los 
rincones del rostro para cerciorarse de que no 
existían las temidas arrugas. 

Un gemido que sonó detrás le hizo volver la 
cabeza. Levantó la bujía y clavó una mirada re- 
celosa en su hija, tendida en el suelo y tiritando. 
La niña no dormía. Sus ojos febriles se posaron 
con angustia en ella, sus labios murmuraron otra 
vez «¡Perdón!» Sin hacer caso alguno, la esposa 
de D. Pedro se metió de nuevo en la cama y apa- 
gó la luz. 

Los rayos del sol matinal, penetrando por las 
rendijas del balcón, alumbraron aquellos dos in- 
somnios. Con la luz de Dios comenzó el bárba- 
ro suplicio de una criatura inocente. La fecunda, 
diabólica fantasía de Amalia se puso á inventar 

24 



370 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tormentos con que saciar el odio que la devora- 
ba. Necesitaba ver sufrir. Josefina fué enviada 
descalza abajo con una misiva escrita en lápiz 
para Concha. El papel decía: ((Concha, ahí te 
envío á esa picaruela. Castígala como mejor te 
parezca. » 

Amaliahabíaadivinado, en su doncella, al ver- 
dugo. Y en efecto, al recibir ésta el papelito ex- 
perimentó satisfacción, lisonjeada en su vanidad 
y en sus instintos. 

— ¿Sabes lo que dice este papel? — le preguntó 
relamiéndose. 

Josefina hizo un signo negativo. Leía todavía 
mal el manuscrito, sobre todo escribiendo tan 
descuidadamente como lo había hecho la seño- 
ra. La costurera le obligó á deletrear aquellas 
palabras hasta que se enteró bien de ellas. 

— Ya ves que me manda castigarte por lo que 
has hecho ayer. 

Al decir esto sonreía dulcemente, como si le 
noticiase que le iba á regalar alguna golosina. 
Josefina la miró sorprendida. 

— ¿Castigarme? Madrina ya me ha hecho dor- 
mir en el suelo. 

— No importa, eso es poco para maldad tan 
grande como escaparse de casa. Habrá que darte 
algunos azotes. Lo siento, hija mía, porque nun- 
ca has recibido este castigo y te va á doler mu-, 
cho. Las señoritas tenéis la carne delicada, no 



EL MAESTRANTE 



371 



sois como nosotras, que estamos acostumbradas 
desde muy chiquitinas á la intemperie y á los 
golpes. ¡Ven acá!... 

Al mismo tiempo sacó del corsé una de las 
formidables ballenas, que entonces solían usarse. 
La niña retrocedió asustada, pero la costurera 
la atrapó por el brazo. 

— No intentes escapar, porque entonces será 
doble la ración. 

Josefina se cogió á su mano llorando angus- 
tiosamente. 

— ¡No me pegues, por Dios, Concha! Ya sabes 
que me ha pegado mucho madrina ayer... Mira, 
mira cómo tengo las manos... Me duele también 
la cabeza... ¡El suelo estaba tan duro!... Yo te 
quiero mucho... no te he acusado nunca á ma- 
drina... 

— ¡Suelta, suelta! — repuso la costurera tra- 
tando de desasirse suavemente de sus pequeñas 
manos. — No tengo más remedio que obedecer. 
La señora lo manda. 

— ¡No, por Dios! ¡Concha, no, por Dios! — 
respondía entre sollozos la criatura. — Te quiero 
mucho... y á madrina también... Si no me pegas 
te he de dar mi caja de muñecas... 

— ¿De veras? — dijo dulcificándose. 

— Sí, ahora mismo si la quieres. 
— ¿Y el estuche de costura? 

— También. 



372 



AKMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Y el armarito de espejo? 
— Sí, el armarito también. 
Concha hizo ademán de vacilar. La niña la 
miraba con ojos ansiosos. 

— ¿Y me prometes ser buena siempre? 
Sí, le prometía ser buena siempre. 
— ¿Nunca más escaparte? 
— Nunca. 

— Bueno — dijo con tono cariñoso y condes- 
cendiente; — pues si prometes ser buenay formal, 
y no se lo dices á la señorita, y me das además 
todo eso que dices, entonces... entonces... ¡arrea, 
chico! 

En un instante le alzó la ropa y comenzó á 
azotarla despiadadamente, riendo como una loca 
del engaño. 

Los alaridos de la niña subieron hasta el piso 
segundo. La esposa del maestrante estaba frente 
al espejo, arreglándose provisionalmente el pelo. 
Se detuvo. Un estremecimiento singular corrió 
por su carne, cierta emoción indefinible y vaga, 
semejante á un cosquilleo, que no podría decir 
con seguridad si era de placer ó de dolor. De 
todos modos, algo que refrescaba aquel ardor 
insufrible que los vapores de la ira habían levan- 
tado en su pecho. Permaneció inmóvil hasta que 
los gritos cesaron. Los ojos brillaban, el pulso 
latía con más celeridad. Así se dice que el cora- 
zón de la fiera palpita á la vista de su víctima. 



EL MAESTRANTE 



873 



Fué el comienzo de los martirios de la niña. 
Con los pretextos más fútiles comenzó á infli- 
girlecastigos crudelísimos, demostrando tan rica 
fantasía que para sí la hubieran querido los sa- 
yones del Santo Oficio. No sólo la golpeaba bár- 
baramente por los motivos más inocentes, y la 
pellizcaba y la mordía*, sino que se gozaba en 
tenerla en continuo sobresalto bajo el temor de 
espantosos suplicios, en hacerle padecer de día 
y de noche. Obligábala á salir descalza por el 
jardín en las mañanas más crudas para buscarle 
una flor, ó bien la tenía con la cabeza al sol ho- 
ras enteras, haciendo la guardia, para que los pá- 
jaros no picasen una planta de grosella. Hacíala 
dormir en el suelo al lado de su cama, y varias 
veces durante la noche le mandaba levantarse y 
bajar á la cocina por agua. Reducíala á comer 
los manjares que sabía no le gustaban y la pri- 
vaba de los que apetecía. 

A medida que corrían los días su saña y cruel- 
dad iban en aumento. Al principio tomaba pre- 
texto de cualquier descuido de la niña para ator- 
mentarla. Luego no se fijó en esto: lo hacía 
cuando tropezaba con ella ó cuando el cuerpo se 
lo pedía. Uno de los martirios de su exclusiva 
invención fué pincharla las manos con un alfi- 
ler, y tanto le gustó que en pocos días las tuvo 
llenas de picaduras: apenas había sitio donde 
poner otra. Esta tarea ferocísima solía encar- 



374 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



garla á su verdugo de órdenes, Concha, quien la 
desempeñaba á conciencia. Obligábala á estudiar 
de memoria largos trozos del catecismo á sa- 
biendas de que era superior á sus fuerzas. En 
cuanto tropezaba tres veces le decía: 

— Vé á pedir un beso á Concha. 

Esta era la frase que por irrisión había inven- 
tado para que la criatura fuese á recibir el cas- 
tigo del alfiler. 

No la consentía mudarse la ropa interior. Al 
poco tiempo la miseria comenzó á roer la piel 
delicada de la niña. Viéndola rascarse» Concha 
se enfurecía, la apellidaba sucia, piojosa y la 
arrojaba á empellones de la estancia. Todavía 
más. La microscópica doncella, con anuencia 
de su ama, le obligaba á ponerse zapatos anti- 
guos que le estaban chicos y que le producían 
llagas y vivos dolores. 

Uno de los más terribles martirios que la niña 
padecía era cuando Amalia se encaprichaba en 
que no llorase. Unas veces la dejaba gritar y 
gemir bajo los golpes: parecía que se gozaba en 
las lágrimas de la criatura, en oir sus ardientes 
súplicas repetidas entre sollozos; pero en oca- 
siones se empeñaba en que sufriese en silencio. 
Como esto no podía ser, se exasperaba, se po- 
níajoca como una fiera hambrienta. 

— ¡Calla! 

La niña no podía; dejaba escapar un gemido. 



EL MAESTRANTE 



375 



— ¡Calla! — repetía, acompañando la orden de 
algunos golpes. 

Josefina trataba de callar, hacía esfuerzos 
desesperados por conseguirlo; pero la respira- 
ción ansiosa se escapaba á su pesar, producien- 
do un gemido. Más golpes. 

— ¡Calla ó te mato! 

La criatura apretaba con toda su fuerza la 
boca, suspendía el aliento, se ponía lívida, y 
algunas veces caía privada de sentido. Aquel 
tierno corazón se rompía falto de desahogo. 

En estos momentos Amalia experimentaba 
una sensación diabólica, mezcla de placer y de 
dolor, algo semejante á lo que sentimos cuando 
nos sajan una postema. Su postema era aquella 
desalmada pasión, mezcla de amor, de lubrici- 
dad, de soberbia y de rabiosos celos. No pudien- 
do devolverá su ex-querido tanta cruel mordedu- 
ra como desgarraba su pecho, saciaba el apetito 
de venganza en el fruto de sus amores. Cuando 
tenía la niña á sus pies ensangrentada y temblo- 
rosa, en sus miradas de angustia, en sus gestos, 
en el timbre de su voz creía ver al amante hu- 
millado y suplicante, y sentía un áspero goce 
que hacía brillar sus ojos y dilatábalas ventanas 
de su nariz. Josefina era un retrato en miniatu- 
ra de Luis. Mientras fué dichosa, su fisonomía 
movible y risueña, el alegre brillo de sus ojos 
hacía que no se pareciese tanto; pero ahora la 



376 



ARMANDO PALACIO VAT.DÉS 



desgracia y el dolor habían impreso en su mira- 
da una melancolía profunda y en los rasgos de 
su rostro cierta expresión de fatiga, que eran las 
dos cosas que caracterizaban principalmente el 
semblante del conde de Onís. Cuando aquellos 
hermosos ojos azules se volvían hacia ella dul- 
ces y resignados, cuando aquellos labios rojos 
se plegaban demandando perdón, la valenciana 
sentía correr por su cuerpo marchito un estre- 
mecimiento de voluptuosidad, algo que le recor- 
daba los goces que su amor adúltero le había 
hecho experimentar. 

Después de todo, en ella no había envejecido 
nada, nada más que aquel rostro que se em- 
peñaba en ajarse y aquella cabeza que produ- 
cía con horrible feracidad cabellos blancos. La 
carne de su cuerpo, su pecho, sus brazos, sus es- 
paldas, conservaban la misma tersura de alabas- 
tro, el mismo brillo adorable, sello de una raza 
fina y hermosa. Palpábase, buscando consuelo, 
con sus manos secas y hallaba la misma suavi- 
dad y frescura. Aquella carne no se había mar- 
chitado. Bajo ella palpitaba la juventud, circu- 
laba una sangre ardiente, ávida de goces, devo- 
rada por la creciente necesidad de las embria- 
gueces del amor. 

Y sin embargo, todas aquellas cosas delicio- 
sas se habían huido para siempre; la novela de 
su vida, la que había embellecido su existencia 



EL MAESTRANTE 



377 



sombría en los últimos años, había llegado al 
último capítulo. ¡Era una vieja! Asunto concluí- 
do. A este pensamiento, que se le introducía en 
el cerebro como un hierro candente, sentíase 
acometida por una necesidad animal de gritar, 
de rugir, de destrozar. Era erf tales momentos 
cuando la niña padecía los más crueles castigos, 
cuando su frágil existencia corría verdadero pe- 
ligro. 

El miedo fué otro de los padecimientos que le 
infligía á menudo. En las altas horas de la no- 
che hacíala levantarse y la enviaba á las habita- 
ciones extremas de la casa en busca de cualquier 
objeto. La niña tornaba pálida, temblorosa, su- 
dando de angustia. A veces era tanto su temor, 
que dejaba caer la palmatoria y volvía corrien- 
do arrojando gritos. Amalia se enfurecía enton- 
ces, la pellizcaba, la golpeaba, pretendiendo que 
fuese otra vez al sitio designado. La criatura se 
dejaba martirizar y se hubiera dejado matar an- 
tes de hacerlo. En una de estas ocasiones le dijo 
sonriendo ferozmente: 

— ¡Ah! ¿Conque la señorita es tan medrosa? 
Está bien, yo me encargo de curarte la enfer- 
medad. 

Se acordaba de la impresionabilidad extraor- 
dinaria, de los terrores nocturnos que avergon- 
zado le había confesado Luis en momentos de 
expansión. Principió á darle sustos terribles. 



378 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Tan pronto se escondía detrás de una puerta y 
le gritaba fuertemente al pasar, como la cogía 
descuidadamente y la apretaba el cuello. Otras 
veces tomaba un cuchillo y le decía que iba á 
morir, le ordenaba que se bajase la camisa para 
degollarla mejor. Esto último no producía tanto 
efecto como pensaba. Josefina inconscientemen- 
te apetecía la muerte, que la libertaría de tanto 
martirio. Para mejor «quitarla el miedo,» entre 
Concha y ella inventaron una siniestra farsa 
capaz de aterrar á un hombre valeroso, cuanto 
más á una niña de seis años. Vistiéronse ambas 
con sábanas, dejaron la habitación á media luz 
mientras la niña dormía, pusiéronse unas care- 
tas de calavera, y á media noche entraron dando 
gritos lastimeros como almas del otro mundo. 
Al despertarse la criatura y ver aquellos fantas- 
mas, quedó paralizada por el ¿error, tapóse lue- 
go los ojos con las manos y un sudor copioso y 
frío bañó su cuerpo. Su corazón comenzó á dar 
tan fuertes golpes que se oían á distancia, dejó 
escapar algunos gritos ahogados y roncos; por 
último, llevándose las manos al pecho, se revolcó 
por el suelo sin sentido, presa de espantosas con- 
vulsiones. 

No se le curó el miedo; en cambio le quedó 
desde entonces una propensión fatal á los sínco- 
pes y á los terrores nocturnos. Despertábase de 
improviso con señales de gran espanto, mirando 



EL MAESTRANTE 



379 



fijamente á un punto del espacio, como si tuviera 
delante algún fantasma. El corazón le palpitaba 
vivamente, la frente se le cubría de sudor. En 
tales momentos perdía por completo la concien- 
cia. Amalia la llamaba en vano. Sólo cuando, 
ponía las manos sobre ella la niña lanzaba un 
grito de terror y metía la cabeza por el pecho. 

Entre Concha y María la planchadora habían 
estallado, á propósito de estos castigos, serias 
reyertas. María era de natural compasivo y le 
dolían los martirios de la niña, aunque no los 
conocía todos, porque Amalia procuraba guar- 
darse de los criados, exceptuando Concha. Si no 
era suelta de lengua, no se la mordía tampoco 
para censurar en la cocina la conducta de su se- 
ñora. 

—Querida, esto es peor que la Inquisición. 
No parece que estamos entre cristianos, sino en- 
tre perros judíos. Antes, tanto mimo que co- 
rrompía, y ahora, de súpito, tratan á este angeli- 
to peor que á una bestia. ¡Dígote que la cosa 
pasa de la raya! ¡No hay corazón para ver tanta 
maldad! 

— Cállate, tontona, entrometida — saltó Con- 
cha. — ¿Quién te da vela á ti en este entierro? Si 
la señora quiere enseñar á esa niña como es 
justo, ¿va á consultarte á ti el cómo lo ha de ha- 
cer? ¿Sabes tú tan siquiera lo que es educar ni- 
ños? ¡Si la castiga allá lo tendrá de premio, que 



880 



ABMANDO PALACIO VALDKS 



así la hará una mujer trabajadora y honrada! Al- 
gún día le dará las gracias. 

— ¡Sí, las gracias! Desde el cementerio se las 
dará. De un mes á esta parte la niña está desco- 
nocida. 

— Bueno; ¿y á tí qué te va ni qué te viene en 
esto? ¿Eres tú su madre? 

Tres ó cuatro veces riñeron de esta suerte, 
llevando siempre la ventaja por su desvergüenza 
y mala intención la microscópica costurera. Al 
cabo, María, no pudiendo sufrir con pacien- 
cia aquel espectáculo, tomó la resolución de 
marcharse. Se presentó un día á la señora, y con 
la disculpa de que la plancha le hacía daño pi- 
dió la cuenta. No se le ocultó á Amalia la ver- 
dadera razón, pues tenía conocimiento de sus 
murmuraciones. Disimuló, sin embargo. 

— Sí, hija, comprendo que el planchado te 
aburra. Tú no gozas de mucha salud. También 
yo ando malucha hace días. Tengo el sistema 
nervioso alterado. ¡Pelear toda la vida con un 
enfermo, y ahora, para rematar la fiesta, salir- 
me esa chicuela, en quien tenía fundadas mis 
esperanzas, tan ingrata y perversa! No sé cómo 
tengo paciencia. 

María vaciló un instante. 

— Ya ve usted, señora... los niños son niños. 
La esposa del maestrante comprendió que, si 
proseguía en el tema, la planchadora iba á decir 



EL MAESTKANTE 



381 



algo desagradable y se apresuró á cortar la plá- 
tica, pagándole su cuenta y despidiéndola con 
afabilidad. 

No impidió esto para que la doméstica dijese 
en confianza, en cierta casa donde fué á servir, 
lo que pasaba en la de Quiñones. La noticia se 
fué trasmitiendo en confianza, igualmente, de 
unos á otros. Al poco tiempo fueron bastantes 
las personas que tenían conocimiento de las 
crueldades que con la niña se cometían. 

El conde de Onís, para huir la curiosidad del 
público, que le molestaba sobremanera, y aún 
más para librarse de Amalia, se había traslada- 
do, sin decir nada á ésta, hacía ya cerca de un 
mes á la Granja. Su madre le había acompaña- 
do. No había escrito á su ex-querida, aunque to- 
dos los días pensaba hacerlo, para darle cuenta 
de su resolución. Tanto era el temor que la va- 
lenciana había llegado á inspirarle, que la plu- 
ma caía de sus manos cada vez que la tomaba 
para noticiarle su matrimonio. Y dejaba pasar 
los días en continua vacilación, pensando con 
inquietud en la ira que de ella se apoderaría, 
esperando, como todos los débiles, en que algún 
acontecimiento imprevisto le sacase del compro- 
miso. Aquel modo de romper las relaciones, sin 
riña, sin convenio, sin explicación alguna, era 
realmente original, pero muy propio de su ca- 
rácter. Nada sabía de los martirios de su hija. 



382 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



No obstante, cuando pensaba en ella sentía re- 
pentino desasosiego, alterábanse sus nervios, y 
se ponía á dar vueltas por la estancia con visible 
agitación. Un vago y triste presentimiento le 
oprimía el corazón. El amor frenético que consi- 
guió inspirarle Fernanda le había hecho olvidar- 
se un poco de Josefina. En ciertos momentos se 
reprendía á sí mismo con amargura; pensaba que 
aun casado con Fernanda no alcanzaría la felici- 
dad si no podía ver á su hija todos los días. Bien 
entendía que era esto imposible continuando en 
poder de Amalia. Por eso soñaba con arrebatár- 
sela: imaginaba con placer desatinadosproyectos 
de rapto: huir con ella y con Fernanda á cual- 
quier rincón del mundo tranquilo y ameno. 

Acaeció que en uno de estos días de vacila- 
ciones para el conde, fué por la mañana á casa de 
Quiñones Micaela, la más nerviosa y violenta de 
las cuatro ondinas del Jubilado. Fué con objeto 
de pedir consejo á Amalia acerca de un vestido 
que tenía en proyectp para el próximo baile del 
casino. Apesar de sus treinta y pico, aún seguía 
tendiendo redes al sexo masculino. Las visitas 
á estas horas eran raras; pero como la noble fa- 
milia del Jubilado mantenía tan íntima relación 
con la señora, no vaciló la criada en pasarla al 
gabinete de arriba, donde aquélla se hallaba. 

— Qué importuna, ¿verdad? Querida, es la 
hora en que se la puede á usted pillar sola--- 



EL MAESTRANTE 



383 



entró diciendo con la graciosa volubilidad 
que caracterizaba á los juveniles vástagos de 
Mateo. 

Amalia la recibió cordialmente, pero mostran- 
do cierta sorpresa é inquietud que Micaela no 
observó. Entraron en materia enseguida. La 
cuestión de trapos embargó por completo sus es- 
píritus. Amalia llevó á su amiguita hacia el bal- 
cón. Pero no habían hablado muchas palabras, 
cuando ésta creyó percibir un débil gemido en la 
misma estancia. Volvió la cabeza y vio allá en 
un rincón á Josefina de rodillas y amarrada codo 
con codo al tocador, de tal suerte que le sería 
imposible levantarse sin alzar el pesado mueble, 
cosa muy superior á sus fuerzas. 

Amalia se apresuró á dar una explicación. 

— Esta chiquilla se está haciendo tan mala, 
que me veo precisada á atarla para que se esté 
quieta. Ayer ha mordido un dedo ála costurera; 
ahora acaba de romper un espejo. ¡No hay pa- 
ciencia para sufrirla! 

Micaela, á quien aquel castigo repugnaba, ca- 
lló. Siguió la esposa de Quiñones hablándole 
con afectada indiferencia de su vestido; mas 
apesar de lo mucho que el tema debía de intere- 
sarla, la joven se mostraba bastante distraída y 
lanzaba frecuentes ojeadas á la niña. 

Dejo ésta escapar otro gemido. Su madrina se 
volvió con mal reprimida cólera. 



384 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Quieres callar, eh? ¿quieres callarte? 
Y la miró un buen rato con extraordinaria 
fijeza. 

Volvió á anudar la plática, pero en su voz se 
notaba leve alteración. Micaela estaba más y 
más distraída. La indignación le iba subiendo 
hacia la garganta, y hubiera concluido por hacer 
alguna desagradable advertencia á su amiga si 
la chica no se hubiera quejado de nuevo. 

— Vaya, está visto que no nos has de dejar en 
paz — dijo la dama haciendo esfuerzos por son- 
reir. — Habrá que darte suelta. 

Fué allá y la desató, empleando en ello bas- 
tante tiempo; la cuerda daba tantas vueltas alre- 
dedor de su pequeño cuerpo como si fuese un 
baúl liado. Mas al tiempo de levantarse la niña, 
no pudo. Sin duda hacía algunas horas que esta- 
ba en aquella dolorosa postura; los músculos se 
habían anquilosado. 

— ¡Arriba zancas! — dijo bromeando, mientras 
la ayudaba á levantarse. 

Micaela observaba la escena con estupor; re- 
lámpagos de ira cruzaban por sus ojos. 

— No te gustaba la posturita, ¿eh? Pues, hija 
mía, si quieres no volver á ella hay que ser bue- 
na y obediente, ¿verdad, Micaela? 

Ésta no despegó los labios, cada vez más fos- 
ca, apesar de la sonrisa melosa que contraía el 
semblante de la valenciana. 



EL. MAE STR ANTE 



386 



— Bueno — -prosiguió, acariciando la rubia ca- 
beza de la niña, — ya estás perdonada, pero ¡cui- 
dado con hacer maldades! Vete abajo y pídele 
un beso á Concha. 

La niña, al oir estas palabras, se puso densa- 
mente pálida, permaneció inmóvil algunos mo- 
mentos, y al fin se dirigió á la puerta con paso 
vacilante. Antes de llegar á ella, Micaela, que la 
seguía atentamente con la vista, observó que lle- 
vaba los ojos cubiertos de lágrimas. Amalia re- 
anudó la conversación de trapos. 

No se habían pasado tres minutos cuando lle- 
garon al gabinete, lejanos y apagados, los gri- 
tos de la niña. Micaela se estremeció; inclinó la 
cabeza hacia la puerta para escuchar mejor. 
Amalia alzóse vivamente de la silla y fué á ce- 
rrar la puerta. Los gritos dejaron de oirse, pero 
la nerviosa joven tampoco oyó ya las palabras 
de Amalia. Un gran desasosiego se apoderó de 
ella; subíanle vapores á la cara y al pensamien- 
to atroces deseos de desvergonzarse con aquella 
malvada, dellamarla judía, bribona,infame. Todo 
lo que pasaba en aquella casa se le representó 
de golpe. Los celos primero, después la noticia 
del matrimonio de Luis cayendo como una bom- 
ba, luego la venganza miserable, en la hija, del 
abandono del padre. Conocía bien el carácter 
rencoroso de la valenciana. Pero ¿qué adelanta- 
ría con injuriarla en aquel momento? Producir 



386 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un grave escándalo y que la arrojasen de la casa. 
Micaela, apesar de su temperamento violento, 
tenia un corazón compasivo. Lo que más la 
preocupó fué el hacer algo en favor de la infeliz 
criatura. Y tuvo serenidad suficiente para disi- 
mular un poco y pensar que el mejor partido era 
decírselo todo inmediatamente al conde, quien 
seguramente ignoraría tan ruin venganza. Pro- 
curó terminar cuanto más pronto y se despidió 
sin poder ocultar enteramente su turbación. 

Cuando se vió en la calle sintió la necesidad 
de desahogar su pecho. Pensó en María Josefa, 
que. vivía allí cerca y que profesaba á la niña 
expósita tierno cariño. Entró en su casa agita- 
da, trémula, y antes de pronunciar palabra de- 
jóse caer en un sofá, dándose aire con la punta 
de la mantilla. 

— ¡Ufí Me ahogo... ¡No sabes lo que me acaba 
de pasar! ¡Es una infame, una malvada que tie- 
ne que arder en los infiernos! Siempre lo he di- 
cho y las tontas de mis hermanas no quieren 
creerme. ¡Es muy perversa esa tísica! Tiene el 
corazón de una hiena. 

— ¿Pero qué hay? — preguntó con asombro, 
muerta de curiosidad, la sagaz jamona. 

Entonces la nerviosísima hija del Jubilado le 
relató, tartamudeando por la ira, la situación en 
que había hallado á Josefina, la palidez de la 
niña después de la extraña invitación de su ma- 



EL MAESTRANTE 



387 



-drina, los gritos que había escuchado como si la 
estuvieran dando tormento. María Josefa unió 
inmediatamente sus imprecaciones á las de la 
joven. Sacaron á relucir todos los testimonios de 
maldad que conocían de la esposa del maestrante 
y resolvieron dar parte de lo que ocurría al con- 
de, aunque averiguándolo antes con más porme- 
nores. Para ello, aquella misma tarde, ss pusie- 
ron al habla con María la planchadora, que ha- 
cía algurios días había salido de casa de Quiño- 
nes. Al principio ésta, por temor á las conse- 
cuencias, se manifestó reservada. Concluyó, no 
obstante, por dar suelta á la lengua y referir- 
les las mil iniquidades que la señora de Qui- 
ñones cometía con la niña recogida. Queda- 
ron horrorizadas. Pensaron en dar parte al juz- 
gado, pero sobre enemistarse por completo con 
la fiera valenciana (lo que, dicho sea en honor 
suyo, no les preocupaba gran cosa en tales mo- 
mentos), comprendían que seríade escaso ó nin- 
gún resultado. Los Quiñones eran la gente más 
poderosa de la población; D. Pedro, jefe del par- 
tido gobernante, en la provincia; las autoridades, 
hechura suya ó sometidas á su influencia. Todo 
se taparía enseguida y quedaría como antes. Lo 
mejor era dirigirse al conde. Pero éste se halla- 
ba á la sazón en la Granja. Además, aunque 
todos, ó casi todos, supiesen el secreto de la niña, 
no era posible darse por enterados. Después de 



388 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



algunos debates decidieron escribirle la siguien- 
te carta, firmada solamente por María Josefar 
«Sr. Conde de Onís. Mi estimado amigo: Con la 
debida reserva le comunico que la niña recogí 
. da por nuestros amigos los señores de Quiñones, 
y por quien tanto nos interesamos todos, es ob- 
jeto en aquella casa de crueles tratamientos. 
Creo que tenemos el deber de intervenir para 
que cesen. Usted me dirá lo que debe hacerse y 
que á mí como mujer no se me alcanza. Siguie- 
re conocer los pormenores del martirio de la 
criatura diríjase á la criada María que hace algu- 
nos días dejó de servir en casa de D. Pedro. Suya 
afectísima amiga, María Josefa Hevia. » 

Luis arrugó la carta entre sus manos crispa- 
das. Toda la sangre se le agolpó á la cara. Sin 
darse cuenta de lo que hacía salió de casa y casi 
á la carrera tomó la carretera de Lancia, llegan, 
do á ésta en pocos minutos. Aquel vago y terri- 
ble presentimiento que sentía realizábase al fin. 
Amalia se vengaba ferozmente. El sentido ocul- 
to de la carta era ése: se dirigían á él como pa- 
dre de Josefina y causa de su desdicha. No sa- 
biendo qué partido tomar, fué á su casa para 
reflexionar. Sólo había en ella una criada vie- 
ja cuidándola. De ésta se valió para averiguar 
dónde estaba María y pasarle un recado á fin 
de que viniese á verle. No se equivocó la plan- 
chadora sobre el objeto de tal llamamiento. En 



EL MAESTRANTE 389 



cuanto le fué posible acudió á la cita, y después 
de hacerle prometer que no haría uso de su nom- 
bre para nada, le dió cuenta circunstanciada de 
los trabajos que estaba pasando la inocente niña. 
.Escuchábala pálido, desencajado, sin poder re- 
primir los violentos y frecuentes golpes de su 
corazón. Cuando llegó á narrarle ciertos odiosos 
y terribles pormenores, el conde principió á dar 
vueltas por la estancia como fiera enjaulada, á 
mesarse los cabellos, á arañarse la cara, lanzan- 
do rugidos de coraje. 

Al quedarse solo, mil ideas, todas desatina- 
das, se le atropellaron en la mente. Quería en- 
trar á viva fuerza en casa de Quiñones y llevar- 
se á su hija; quería retorcer el cuello á aquella 
vil mujer; quería decírselo todo á D. Pedro; que- 
ría dar parte al juez y meter en un calabozo ála 
infame. Afortunadamente sus accesos eran tan 
violentos como cortos. Vino el abatimiento, el 
llanto. Corrió á casa de su prometida y le contó 
sollozando lo que ocurría; se confesó con ella 
por vez primera. La buena Fernanda unió sus 
lágrimas á las de él, enternecida por la suerte 
de la infeliz criatura y por el dolor de su amado. 
Larguísimo rato pasaron comentando los terri- 
bles sucesos y buscando medios de conjurar 
aquella ruin venganza. Fernanda logró, al fin, 
persuadirle á que apelara á medios suaves. Pen- 
sar en conseguir algo por la fuerza era insen- 



390 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sato. El conde, ni aun confesando su falta, te- 
nía derecho alguno sobre la niña. Provocar un 
escándalo era inútil. Acudir á los tribunales, ló 
mismo. Ningún criado se atrevería á declarar 
contra su ama, y las cosas quedarían peor que 
antes. Al fin el conde se decidió á escribir una 
carta á su antigua amante. 

«En este momento acaban de decirme que 
nuestra Josefina, nuestra adorada Josefina, está 
padeciendo martirios increíbles de tu mano. 
Creo que es una vil calumnia. Conozco tu genio, 
que es vivo y fogoso, pero noble. No puedo atri- 
buirte semejante cobardía. Te escribo solamente 
para cerciorarme de que esta angelical criatura 
sigue siendo el encanto de tu vida. Si no fuese 
así, dímelo y buscaremos un medio de que pase 
á mi poder. Te supongo enterada del paso que 
voy á dar. No quiero decirte nada. Era inevita- 
ble más tarde ó más temprano. De todos modos 
puedes estar segura de que mi remordimiento 
está endulzado por el recuerdo dulcísimo de los 
años que te he amado. Adiós. Escríbeme alguna 
palabra amable.» 



XIV 



La capitulación. 




jOSEFINA se demacraba. Sus mejillas te- 
nían la palidez de la cera. En sus 
ojos, de mirar suave y apacible, se 
notaba constantemente el extravío del terror; en 
torno de ellos el sufrimiento había trazado un 
círculo violáceo. Hablaba muy poco, no reía ja- 
más. Cuando la dejaban en paz, sentábase en 
cualquier rincón y permanecía inmóvil mirando 
á un punto fijo, ó bien se acercaba al balcón y 
escribía en los cristales con el dedo. 

A veces, á despecho de tanto dolor, la natu- 
raleza infantil revindicaba sus derechos. Veía al 
gato acercarse lentamente á ella con el rabo dé- 



392 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



recho, el espinazo arqueado, solicitando sus ca- 
ricias con débil ronquido. Dejábase caer en el 
suelo, le llamaba, le traía hacia sí y princi- 
piaba á pasearle las manos por el lomo, á ras- 
carle la cabeza y hacerle cosquillas debajo 
del cuello, murmurándole al mismo tiempo en 
el oído palabras de cariño, un gorjeo mimoso 
que el animal acogía con espasmos de voluptuo- 
sidad. «Te quiero, te quiero. Tú eres muy bue- 
no. ¿Verdad que eres bueno? Ya no me arañas 
como antes. ¿A quién quieres más en la casa? 
¿Di, rico? ¿Quién te ha dado una sardina ayer? 
¿Quién te pone el platito con leche todos los 
días? Y si pudiese darte siempre pescado tam- 
bién te lo daría, porque sé que es lo que más te 
gusta, ¿verdad, rico mío? Pero no has de robar 
nada; ya sabes que te pegan. No orines más en 
la cama de Manín. Mira que te va á matar; lo 
ha dicho el otro día en la cocina. Y coge mu- 
chos ratones para que madrina te quiera y no te 
echen de casa.» 

El gato, extasiado, susurraba allá en el fondo 
de la garganta mil síes complacientes, y se fro- 
taba contra ella cada vez más acaramelado y pe- 
gajoso. Tendíase la niña boca arriba llevándole 
abrazado, le apretaba contra su pecho, le besa- 
ba, y á veces, olvidada de sus martirios, derra- 
maba lágrimas de.ternura. Pero cualquier rumor 
en la habitación contigua le hacía levantarse so- 



EL 3ÍAESTKANTE 



393 



bresaltada con el espanto en los ojos, arrojaba 
el gato lejos de sí y esperaba inmóvil lo que vi- 
niera. Casi siempre algún castigo cruel. 

— ¡Pícara, así ensucias los vestidos arrastrán- 
dote por el suelo! ¡Aguarda aguarda! 

Por efecto de los continuos miedos que expe- 
rimentaba contraíase con fuertes movimientos 
irregulares su vejiga y hacía que involunta- 
riamente se le escapase en muchas ocasiones la 
orina. Esto era lo que ponía fuera de sí á la iras- 
cible Concha. Si notaba en el suelo (porque la 
ropa sólo muy rara vez se la veía) signos de 
aquella debilidad, encrespábase como una hiena.. 

— ¡Gorrina, indecente! Parece mentira que la 
señora mantenga en su casa este bicho asquero- 
so. Si fueses cosa mía, te desollaba viva. 

Pero aunque no era cosa suya, procedía como 
si lo fuese: la desollaba á azotes. Una vez su 
furor fué tan grande que, cogiéndola por las 
orejas, le hizo lamer el suelo mojado. 

La hora más terrible para la criatura era la 
de las lecciones. Amalia se las señalaba por la 
mañana temprano; grandes trozos de la historia 
sagrada y de la gramática. Josefina se retiraba 
á un rincón y hacía esfuerzos desesperados por 
retenerlos en la memoria. Un poco antes de co- 
mer, Concha, que era la encargada de tomárse- 
las, se sentaba en una silla, sacaba la famosa 
ballena y, con ella en una mano y el libro en la 



394 



A TIMANDO PALACIO VALDÉS 



otra, daba comienzo á sus funciones pedagógi- 
cas. Cada tropiezo, cada palabra que la niña ol- 
vidaba costábale un ballenazo en la cara, en el 
cuello ó en las manos. Y como su memoria no 
era bastante fuerte, y por otra parte el miedo se 
la obstruía, aquello era un incesante macha- 
queo. 

Aún peor si se las tomaba su madrina. Concha 
era fríamente cruel; no levantaba la mano sino 
cuando cometía la falta, como una máquina de 
castigar. Pero Amalia á los pocos momentos se 
ponía nerviosa, el llanto de la niña excitaba sus 
sentidos, entrabaen furor como unapantera ham- 
brienta, y concluía por golpear frenéticamente 
hasta que la dejaba trémula y ensangrentada á 
sus pies. 

Desde la carta del conde había aumentado, si 
era posible, su odio á la criatura; la trataba aún 
más despiadadamente. Herida en lo más vivo 
de su orgullo por aquella diplomacia fría, pro- 
tectora, insultante que en su sentir respiraban 
las palabras de su antiguo amante, vomitaba la 
rabia de su corazón sobre la hija. Además, la idea 
de que Luis tenía noticia de aquellos martirios 
y le dolían vivamente era aliciente mayor para 
prodigarlos. ¡Que sufriese ella, que sufriese él, 
el vil, el pérfido, que había gozado de su juven- 
tud, y cuando la halló vieja la arrojó como un 
trapo sucio á la barredura! 



EL MAESTRA NTE 



395 



En uno de estos días de profunda y rugiente 
cólera la vida de Josefina corrió inminente peli- 
gro. A la hora de costumbre fué llamada al co- 
medor para dar sus lecciones. Concha se acomo- 
dó en su silla y con no disimulado regodeo sacó 
del pecho la fatal ballena. Aquel día le pedía el 
cuerpo un razonable desahogo de golpes. La 
niña se acercó á ella temblando como siempre y 
le entregó los libros. Y ya comenzaba á recitar 
con labio balbuciente un capítulo de la historia 
sagrada cuando vino á interrumpirlas Manín. 
Entró con su eterna chaqueta verde, calzones 
cortos, su gran calañés mugriento, haciendo 
temblar el piso con los zapatones claveteados. 
A esta indumentaria, arcaica ya en la provincia, 
debía gran parte de su notoriedad y la fama de 
terrible cazador de osos que había tenido. En- 
tró con la cabeza gacha como siempre y, espa- 
tarrándose bajo el dintel de la puerta, preguntó: 

— Concha, ¿no habrá d i qué, que comer, por 
ahí? 

— ¿Tanto te aprieta la., gazuza, Manín? — res- 
pondió la costurera riendo. 

El aldeano abrió desmesuradamente la boca 
para reir también. 

— Así Dios me salve, no puedo aguantar un 
menuto más. Toos parecéis frailes descalzos en 
esta casa; no vos entra la gana más que cuando 
suena la hora. 



390 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Voy, voy allá, grandísimo tragón, roedor — 
dijo Concha posando sobre la silla el libro y la 
ballena y dirgiéndose con paso petulante hacia el 
aparador. 

Se entendían admirablemente. La costurera 
era arisca, cruel, intratable; pero el mayordomo 
sabía recabar de ella las pocas migajas de buen 
humor que tenía en el cuerpo. La requebraba 
brutalmente, la pellizcaba al pasar, le decía mil 
groseras desvergüenzas para que las compren- 
diera al revés. Y la microscópica doncella, que 
no era gentil ni bonita y en quien las asperezas 
del carácter habían sofocado todo germen de 
coquetería, trasformándola en sacerdotisa del 
dolor, en una euménida fatal y despiadada, 
se dejaba festejar complacientemente por aquel 
bruto. Le hacía gracia su osadía, su rudeza, su 
glotonería y el modo insolente y despreocupa- 
do que tenía de tratar á todo el mundo, incluso 
al alto y poderoso señor de Quiñones. Manín era 
un solemnísimo bellaco. Con aquella grosería 
soez, el porte de atrevido cazador de fieras y 
su estrafalario arreo había sabido vivir muy re- 
galadamente en este mundo, sin encallecer las 
manos, ni quebrarse los lomos allá en su aldea 
con las faenas de la labranza. 

Sacó la costurera un plato de carne fiambre y 
lo puso sobre el hule de la mesa, sin servilleta ni 
cosa que lo valga; después cortó á la mitad un 



EL MAESTKANTE 



397 



pan y lo dejó, con la imprescindible botella de 
vjiio blanco y el vaso, al lado de la carne. El ca- 
zador de osos comenzó á devorar. Concha sen- 
tóse de nuevo, y la niña, acercándose, repitió 
las palabras que ya había pronunciado. A los 
pocos momentos ¡zas! un ballenazo y un grito 
de dolor. Inmediatamente otro golpe y otro gri- 
to. Y así sucesivamente. La costurera estaba en- 
cantada al notar que la chiquilla tropezaba más 
que otras veces. Manín engullía en silencio, vol- 
viendo sólo de vez en cuando los ojos con mar- 
cada indiferencia hacia aquella triste escena. Al 
poco tiempo, como por máquina, principió á 
murmurar á cada golpe: «¡Dale! ¡Atiza! ¡Buena 
fué ésa! ¡Vaya una mano!.. . » y otras semejantes 
exclamaciones. 

Terminó la lección de historia sagrada. Antes 
de tomar la de gramática hubo un respiro. La 
costurera se puso á bromear alegremente con el 
mayordomo. Estaba de un humor angelical. 

— ¿Qué tal la carne? 

— Rica, ¡rica de verdad! 

— Lo peor es que te va á quitar el apetito para 
la hora de comer. 

Retembló la estancia con la risotada del 
gañán. 

— ¡Eso sí! ¡A mí cualquier cosa me quita la 
gana! Vas á tener que meterme un hierro ca- 
liente en el agua como á la señora. 



398 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Por la panza te lo había de meter, gran 

puerco. 

— Mira, Concha, no me busques las cosquillas, 
porque aunque eres una mocita de sandunga y 
tienes los ojos muy picarones, y la boca como 
una cereza, un día te encuentras, sin saber por 
dónde vino, con un revés que te arrancará de 
cuajo esa carreritade perlas que me estás ense- 
ñando. 

— ¡Calla, calla, viejote, zapalastrón! ¡Bueno 
estás ya para reveses! ¡Si no puedes con los cal- 
zones! ¡Si estás descuajaringado! 

— Eso no lo dices tú con el corazón; por eso 
se te estima. Bien sabes que hay aquí dentro 
mucha entraña todavía (y se daba rudos puñeta- 
zos en el pecho). ¡Si te cogiera en un maizal! 

— ¡Como si me cogieras en la plaza del merca- 
do! Ná. Ya no tienes más que quijadas y palique. 

— Y manos para apalpar la graciade Dios —re- 
puso el bárbaro tomando con su manaza velluda 
la barba de la costurera. 

—¡Quita, quita! ¡Gorrinazo! 

Y le pegó con la ballena un golpecito en los 
dedos. Volvió el gandulote á embestirla y ella á 
defenderse de la misma manera. Trató de aga- 
rrarla por la cintura. La doncella se levantó y 
corrió por la estancia, haciéndose la enojada. 

— ¡No me toques, Manín! Mira que llamo á la 
señora. 



EL MAESTEANTE 



399 



Pero él no hacía caso. La perseguía lanzando 
gruñidos y risotadas; abrazábala aquí, soltábala 
allá, recibiendo en sus carrillos, ásperos y du- 
ros como la piel de un elefante, las bofetadas de 
la doméstica, sin manifestar sentirlas. Crujían 
los muebles, retemblaba el piso, campanilleaba 
la vajilla de los aparadores. Y él sin cejar. Cada 
vez más falso y zalamerón. Sabía el picaro que 
aquellamujerzuela irascibley endemoniada tenía 
despierta la vanidad, como todos los seres hu- 
manos, y que era de capital interés para su panza 
tenerla contenta. Por último, lanzando un ver- 
dadero mugido de buey, consiguió agarrarla por 
la cintura y alzarla en vilo. Mantúvola en alto 
sin esfuerzo alguno, como si fuera un chiquito 
de tres años. 

— ¿Y ahora? ¿Qué dices ahora, Zapaquilda? 
¿Dónde están esos hígados? ¿Dónde esas manos? 
Anda, bruja, pide perdón; si no, te dejo caer 
como una rana — bramaba el cazurrón, zaran- 
deándola en el aire. 

— ¡Déjame, Manín! ¡Déjame, burro! ¡Habrá 
cochinazo! ¡Mira que grito! 

Al fin la puso delicadamente en el suelo. La 
doncella, jadeante, desgreñada, frunciendo mu- 
cho las cejas para aparecer más enfadada, decía 
con voz anhelante: 

— No tienes vergüenza, Manín. Si no fuera 
mirando á la casa donde estamos, te tiraba este 



400 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



quinqué á las nances y te las rompía, por bruto 
y por insolentón. A lo mejor están los criados 
oyendo todo esto, y ¿qué dirán? ¡Quita, quita 
allá! No me vuelvas á decir palabra, porque no 
te contesto. 

— ¡Eso! Grita ahora, fachendosa, después que 
te hice ver á Dios — roncaba Manín con sorna, 
mirándola de reojo y sobándose la barba. 

— ¡Si no te quitas de mi vista, baldragote!... — 
exclamaba la diminuta criada, pasándole á su 
despecho relámpagos de risa por los ojos. 

Manín se sentó de nuevo para engullir el pan 
que quedaba y beber otro vaso de lo blanco. Jo- 
sefina mientras tanto sollozaba en un rincón, lle- 
vándose las manos heridas á la boca, palpándose 
las mejillas acardenaladas por los ballenazos. 
Manín se dignó echar hacia ella una mirada. 

— No llores, tontina, que el dolor de los zu- 
rriagazos pasará y la cencía te quedará en la 
mollera para siempre — dijo cortando con su na- 
vaja un pedazo del pan y metiéndolo en la boca. 
— Si quieres saber mi ditamen, cuanto más te 
peguen más contenta debes de estar. ¿Qué se- 
rías tú si Concha no tuviese la misericordia de 
castigarte duro? Una chafandina que no valdría 
un celemín de bellotas, una bestia, salva sea la 
comparanza. Y ahora ¿qué serás? Una mujer pa 
too lo que se la pida. (Pausa mientras se corta 
otro pedazo de pan y lo muele, levantando un 



EL MAESTRANTE 



401 



bulto como el puño en el carrillo derecho)... 
Anda, que si yo hubiera tenido como tú maes- 
tros que me alzasen el pellejo á correazos, no se- 
ria un burro, no me llamarían Manín, sino don 
Manuel, y en vez de ser un mísero súdito, an- 
daría por ahí dándome importancia, paseando 
por Altavilla con las manos atrás como los se- 
ñores y leyendo las gacetas en el casino. (Otra 
pausa y otra amputación del zoquete)... Ponte 
en lo justo si tienes caletre para ello. ¿Cómo 
quieres aprender esas cosas tan enrevesadas sin 
algunos lampreazos? ¿Quién aprendió daqué nun- 
ca sin azotes? Nadie. ¡Pues entonces! Si tuvie- 
ras conocimiento, criatura, darías gracias áDios 
por haberte puesto una maestra que es como una 
gloria. Para too sirve la endina, para too tiene 
las manos finas y los pies listos, ¿verdá, tú? 

Concha se había puesto grave otra vez, sen- 
tándose y haciendo un gesto imperioso á la niña 
para que se acercase. Tocábale el turno á la 
gramática. Aquí andaba peor todavía que en la 
historia, séase por la falta de memoria ó porque 
el miedo la turbase. Comenzó el vapuleo: un ba- 
llenazo ahora y otro después y otro y otro. Ma- 
nín, fiel á sus convicciones pedagógicas, aplau- 
día con la boca llena, cortando grave, esmera- 
damente, en figuras geométricas los pedazos del 
pan antes de conducirlos con toda solemnidad á 
los labios. Las faltas fueron muchas; los golpes 

26 



402 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fueron otros tantos. Pero al terminar la lección, 
Concha consideró que á más del castigo corres- 
pondiente á cada falta, teniendo en cuenta lo 
mal que la niña lo había hecho, convenía termi- 
nar con un vapuleo general que las comprendie- 
se todas. La alzó de la silla y, blandiendo la 
formidable ballena, exclamó: 

— Ahora, para que estudies mejor y se te des- 
pierten los sentidos, ¡toma! 

Tantos y tan recios fueron los golpes, que la 
criatura, tratando de huir aquel martirio, se 
agarró con las manos crispadas á las sayas de 
su verdugo. Sin saber cómo, tal vez por haberse 
colgado inconscientemente á ellas, la cinta que 
las sujetaba se rompió y vinieron al suelo, de- 
jando á la costurera solamente con la camisa. 
Dio un grito de vergüenza y se apresuró á levan- 
tarlas. Pero sin pararse á atar otra vez la cinta, 
echando una mirada de profundo rencor á la 
chica, salió de la estancia sujetándolas con las 
manos. 

— ¡Buena la has hecho, buena, buena, buena! — 
exclamó Manín, tallando con primor el bocado 
que iba á llevar á la boca. 

La criatura, paralizada de terror, no lloraba. 
No le dolían siquiera las heridas. Al cabo de 
pocos momentos se presentó de nuevo Concha 
acompañada de la señora. Esta venía sonriendo 
sarcásticamente. 



EL MAE3TRANTE 



403 



— Por lo visto, á la señorita le gusta ahora 
desnudar á las doncellas delante de los hombres. 
Estará usted contenta, señorita, ¿no es cierto? 
Manín habrá visto bien por todos lados á Concha. 
¿Verdad, Manín, que la has visto cómodamente? 

Avanzó unos pasos. La niña retrocedió asus- 
tada. 

— No tenga miedo, señorita. Tranquilícese us- 
ted, señorita. Yo no vengo aquí á azotarla. Eso 
de los azotes es muy antiguo. ¡Quién se acuerda 
ya de azotes! Sólo vengo á invitar á usted para 
que dé una vuelta por la cueva.,, la cueva de los 
ratones... ya sabe usted. Allí se puede entretener 
en desnudar alguna rata de las muchas que ven- 
drán á visitarla... Vamos, déme usted la mano 
para que la conduzca con toda ceremonia. 

La niña fué á ponerse detrás de una silla; des- 
de allí, perseguida por Amalia y por Concha, co- 
rrió alrededor de la mesa; por último, se refugió 
detrás del mayordomo. 

— ¡Manín! ¡Manín, por Dios me escondas! 

Pero éste la sujetó por un brazo y la entregó 
á la señora. Temáronla cada una por una mano 
y la arrastraron, apesar de sus gritos pene- 
trantes. 

— ¡Á la cueva no! ¡A la cueva no! ¡Madrina, 
perdón! Mátame primero. ¡Mira que tengo mu- 
cho miedo! ¡Á la cueva no, que me comen los 
ratones! 



404 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Los criados salieron al pasillo y presenciaban 
mudos y graves aquella escena. Los gritos de la 
niña se fueron perdiendo en la oscura y tortuosa 
escalera que conducía al sótano. 

Amalia abrió la puerta de la terrible cueva y 
empujó á su hija hacia el interior. Cerró con fu- 
ria; pero la niña había corrido hacia la salida, y 
la puerta le cogió la mano. Oyóse un grito des- 
garrador. La valenciana abrió otra vez la puer- 
ta, dió un fuerte empujón á la criatura que la 
hizo caer al suelo, y echó la llave. 

La cueva era un calabozo húmedo y negro 
donde sólo penetraban algunos tenues rayos de 
luz por un ojo de buey abierto en lo alto. Sirvió 
en otro tiempo para bodega de vinos. Ahora no 
había allí más que botellas vacías. 

La niña apenas quedó sola se incorporó, miró 
á todos lados loca de terror/ quiso gritar y la 
voz se le anudó en la garganta; por último, ex- 
tendiendo las manos, acometida de un fuerte 
temblor, cayó desvanecida. 

Al cabo de media hora el mozo de cuadra, que 
había presenciado el encierro, movido de com- 
pasión, acercóse á la puerta y miró por el ojo de 
la cerradura. Nada pudo ver. Llamó muy quedo. 

— Josefina. 

La chica no respondió. Llamó más fuerte. El 
mismo silencio. Asustado, gritó y golpeó en la 
puerta con todas sus fuerzas sin obtener contes- 



EL MAESTKANTE 



405 



tación. Entonces apresuróse á subir para dar 
parte de lo que pasaba, á riesgo de perder su 
empleo. Amalia mandó á Concha con la llave 
para ver lo que ocurría. Entre ella y Paula su- 
bieron á la criatura privada de sentido, fría y rí- 
gida, con los caracteres de la muerte impresos 
en el rostro. Temerosa de las complicaciones 
que con esto pudieran sobrevenir, la esposa del 
maestrante se apresuró á meterla en la cama. 
Tardó poco la pequeña en volver en sí, pero in- 
mediatamente se declaró una fuerte calentura. 
Llamóse al médico. Encontróla bastante mal. 
Para explicar la herida de la mano y los carde- 
nales que presentaba, Amalia, fértil en mentiras, 
inventó una historia que el doctor creyó ó fingió 
creer. 

Estuvo entre la vida y la muerte algunos días. 
Amalia seguía con ojos inquietos el curso de la 
enfermedad. No le dolía la pérdida de aquel ser 
sobre el cual había vertido las hieles amargas 
de su corazón; pero le agitaba la idea de perder 
de una vez su venganza. Justamente al tercer 
día de hallarse en cama Josefina, tuvo noticia 
de que en la noche anterior había salido Fer- 
nanda en la silla de posta para Madrid, y que 
Luis sólo tardaría cuatro ó cinco días en reunir- 
se con ella. Experimentó violenta sacudida. 
Una ola hirviente de bilis inundó su pecho. 
Aquella noche tuvo fiebre también. ¡Se le esca- 



406 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



paban! No había posible venganza para aquel 
traidor. Iría á Madrid, se casaría; tal vez allí 
recibiría la noticia de la muerte de su hija; llo- 
raría un poco; al cabo las caricias de su adora- 
da esposa se la harían olvidar. De aquellos amo- 
res tan largos, tan vivos, no quedaría más que 
un hombre paseando su dicha por Europa, y en 
Lancia una pobre mujer vieja y triste sirviendo 
de befa á los corrillos de Altavilla. Sus carnes 
flácidas temblaron. Los instintos vengativos de 
su raza gritaron furiosos, avasalladores. ¡No, no 
podía ser! Antes arrojarle su hija muerta á los 
pies, antes clavarle un puñal en el corazón. 

Ocurriósele una idea singular y terrible: con- 
társelo todo á su marido. Ignoraba lo que esto 
daría de sí, pero por lo pronto provocaría un es- 
cándalo. D. Pedro era violento, gozaba de gran 
poder y prestigio. ¿Quién sabe el destrozo que 
la bomba podía causar? Cierto que estaba para- 
lítico y no podía tomar venganza por su mano;, 
pero ¿no se le ocurrirían á aquel hombre tan al- 
tivo y puntilloso medios de volver el mal que le 
causaran? Ella caería entre las ruinas, pero cae- 
ría con gusto si el traidor pagaba de algún modo 
su perfidia. 

Después de mucho batallar con este pensa- 
miento, no arriesgándose á hacer la confesión 
de palabra ni á escribirla bajo su firma, remitió 
á D. Pedro, disfrazando la letra, una carta anó- 



EL MAE STE ANTE 



407 



nima. «La niña que usted ha recogido hace seis 
años es hija de su esposa y de un caballero que 
frecuenta su casa y á quien usted llama su ami- 
go. No le digo á usted el nombre. Busque usted 
y no tardará en hallar al traidor. — Un amigo 
leal.)) Echóla al correo y esperó con ansia el 
efecto que producía. 

D. Pedro la recibió delante de ella y la leyó. 
Su rostro se contrajo fuertemente y se cubrió de 
palidez cadavérica. 

— ¿Quién te escribe? — preguntó ella con natu- 
ralidad. 

El maestrante se repuso inmediatamente y, 
doblando la carta y guardándola, respondió ha- 
ciendo esfuerzos por asegurar su voz, que tem- 
blaba: 

— Nada, un recomendado mío que se queja de 
que le han dejado cesante... ¡Ese gobernador! 
No tiene memoria ni formalidad ninguna. 

Inquieta ya y esperando con ansia los aconte- 
cimientos se retiró á su gabinete. Por la tarde 
llegó Jacoba con misterio y le entregó un bille- 
te de parte del conde. 

— ¿Qué quiere de mí ese hombre? — preguntó 
sorprendida y en tono despreciativo. 

— No lo sé, señorita. Escribió la carta en mi 
casa y allí espera contestación. 

El billete del conde decía: 

«Amalia, sé que nuestra hija se halla en peli- 



408 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gro de muerte. Por lo que más quieras en este 
mundo, por la salvación de tu alma, concédeme 
una entrevista. Necesito hablarte. Si esta tarde 
ya no puede ser, ven mañana por la mañana á 
casa de Jacoba. — Tuyo, Luis.» 

— ¡Tuyo! ¡tuyo! — murmuró con amarga son- 
risa. — Has sido mío, sí, pero has cambiado de 
dueño. Te costará caro. 

— ¿Llevo contestación, señorita? 

Quedó pensativa unos momentos; dio algu- 
nas vueltas por la estancia, completamente abs- 
traída; se acercó al balcón y miró por los cris- 
tales. Al fin dijo, volviéndose á medias y con 
gran sequedad: 

— Bueno, iré mañana á la hora de misa. 

— Me ha preguntado con grandísimo interés 
por la niña. 

— Díle que sigue lo mismo. 

Marchóse la entremetida, y* ella permaneció 
largo rato mirando á la calle, al través de los 
cristales, sin verla. 

Desde las siete de la mañana del día siguiente 
estaba Luis aguardándola en la casucha de Jaco- 
ba. No había allí más que una cocina en la planta 
baja y una salita arriba con alcoba, tan bajas de 
techo que el conde con sombrero tocaba en el 
cielo raso. En esta salita daba paseos furiosos 
con las manos en los bolsillos, mirando con pre- 
caución á cada momento por los visillos de la 



EL MAESTRANTE 



.409 



única ventana que tenía. Hasta las nueve no acu- 
dió la dama. La vió llegar con la mantilla echa- 
da por los ojos, el devocionario en la mano y el 
rosario colgado de la muñeca, con el paso firme 
y sosegado, como si viniese á dar algunos en- 
cargos á su antigua protegida. Cuando oyó su 
voz en la cocina, le dió un vuelco el corazón, se 
puso á temblar como un azogado y se le borra- 
ron por completo las palabras que tenía prepa- 
radas. 

— ¿Cómo está usted, conde? — dijo ella con 
gran naturalidad al entrar, tendiéndole una 
mano. 

— Bien, ¿y tú? 

Levantó la cabeza como sorprendida de oirse 
tutear y respondió mirándole fijamente: 
— Perfectamente. 
— ¿Y la niña? 
— Algo mejor. 

Despejóse al oir esto la fisonomía del caballe- 
ro. Brilló un rayo de alegría en sus ojos y dijo 
tomando de la mano á su ex-querida y atrayén- 
dola hacia el pobre sofá de paja que allí había. 

— Sentémonos, Amalia. Aunque sea un atre- 
vimiento por mi parte, te ruego que me permitas 
seguir tuteándote cuando estemos solos... Yo no 
olvido, no podré olvidar jamás cuántas horas de 
dicha te debo, cuánta felicidad has vertido en 
mi vida triste y monótona. Tú me has revelado 



410 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



lo más dulce y más íntimo que existía en mi co- 
razón sin que yo lo sospechase siquiera. Para ti 
han sido los primeros impulsos de mi alma. Sólo 
tú has penetrado hasta ahora en ella, la has son- 
deado y conoces sus melancolías, sus flaquezas 
y sus ternuras. Si me separo de ti, si digo adiós 
á nuestro amor, no creas que es porque he de- 
jado de estimarlo: obedezco solamente á una ley 
de la naturaleza que nos empuja á todos á crear 
una familia. No tengo en el mundo más que á mi 
madre, una pobre anciana que muy pronto me 
dejará solo... No debe parecerte mal que quiera 
formar un hogar y poseer un heredero de mi nom- 
bre y mis títulos... Además, el grito de la con- 
ciencia me perseguía... 

El conde, regocijado con la mejoría de la niña, 
se mostraba expansivo y más locuaz que de cos- 
tumbre, sin poder ocultar la felicidad que le em- 
bargaba, pensando que todo estaba arreglado á 
medida de sus deseos. Josefina dichosa al lado 
de su madre; él dichoso al lado de Fernanda; 
Amalia resignada y tributándole siempre un ca- 
riño dulce y cada día más acendrado. 

Esta le miraba con cierta curiosidad burlona. 
Cuando terminó, dijo sonriendo benévolamente: 

— Sobre todo desde la noche en que viste á 
Fernanda con aquel precioso vestido descotado, 
ese grito debió de hacerse insoportable. 

El conde sonrió también, avergonzado. 



EL MAESTBANTE 



411 



— No lo creas, Amalia; siempre he sentido re- 
mordimientos. Claro está que al hacerse uno 
viejo ve las cosas con más claridad. Mi barba ya 
blanqueaporvariossitios, como estás observando. 
Lo que en un joven puede disculparse como lo- 
cura, como expansión irremediable del fuego que 
corre por las venas, en un viejo se llama crimen. 
El amor, á la edad en que yo estoy, no debe ta- 
par con sus alas la luz de la razón, y si la tapa 
merezco el calificativo de insensato. Mi resolu- 
ción podrá sernos amarga á los dos. Á mí me 
lo es mucho; me cuesta trabajo desprenderme 
de una pasión que á fuerza de tiempo casi se ha 
convertido en costumbre. Existe, además, por 
desgracia, entre los dos un lazo imposible de 
romper por completo. El Destino ha hecho na- 
cer del fango de nuestro pecado una flor hermo- 
sa, una cándida azucena. Apartemos el crimen 
de su frente: ya que ha sido engendrada por un 
amor ilegítimo, no la manchemos con nuestra 
conducta vituperable. Hagámonos dignos de ella 
viviendo como cristianos. 

— Está muy bien todo eso. Sólo siento que ese 
curso de doctrina cristiana haya venido tan tar- 
de y haya coincidido con la llegada á esta pobla- 
ción de tu antigua novia. Porque parece así como 
si tuvieras olvidado por completo el catecismo, y 
ella viniese á refrescarte la memoria. Pero, en fin, 
en eso no debo meterme porque no me concier- 



412 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ne. El resultado es que te casas. Haces bien. El 
hombre está mal solo, y cuando halla una com- 
pañera digna, como tú has hallado, no debe per- 
der la ocasión. Fernanda es una buena mucha- 
cha; segura estoy de que te hará feliz. Tendréis 
muchos hijos y, después de una vida larga y di- 
chosa, iréis al cielo. 

Sorprendióle á Luis aquella resignación y no 
pudo menos de sentir alguna inquietud. 

— ¿Y tú serás también feliz?— le preguntó tí- 
midamente. 

— ¿Yo?... ¡Qué importa que yo sea feliz ó des- 
graciada! — dijo alzando los hombros con ademán 
desdeñoso. 

— ¡No digas eso, Amalia! La felicidad no es la 
locura á que nos entregamos durante siete años. 
Había un dejo amargo en ella que yo percibía 
hace tiempo, y que tú no tardarías en percibir. 
Una vida pura y digna, la tranquilidad de la 
conciencia, la estimación de las personas honra- 
das te darán más contento que la pasión culpa- 
ble... Además, tienes lo que yo no tengo... tie- 
nes á tu lado un ángel, un lirio tierno y fragan- 
te que embalsamará tu existencia. 

— ¡Ah, sí, Josefina!... Efectivamente, ella 
será la que me ha de proporcionar los únicos 
buenos ratos que pasaré en adelante. 

Lo dijo con una inflexión de voz tan extraña, tan 
aguda y estridente, que Luis sintió un escalofrío. 



EL MAESTRANTE 



4U 



— ¿Qué quieres decir con eso? 

— Lo que he dicho; que por fortuna tengo á 
Josefina para resarcirme. 

— ¡Es que lo dices de un modo tan raro! 

La valenciana dejó escapar una risita singular 
que salía allá del fondo de la garganta y sonaba 
de modo siniestro. Luis la miraba fijamente, 
cada vez más inquieto. 

— ¡Pero qué tonto eres, Luis! ¡pero qué reton- 
tísimo! El egoísmo ha puesto tales cataratas en 
tus ojos que no ves ni lo que tienes delante. Si 
tuvieses veinte años, esa inocencia podría quizás 
inspirarme lástima; á tu edad no me inspira más 
que risa y desprecio. Pensar en que cuatro pala- 
brillas insolentes sobre la moral y la conciencia 
bastarían á obligarme á aceptar satisfecha la 
humillación que me impones; suponer que yo, á 
quien si no conoces debieras conocer, voy á con- 
sentir que me arrojes como un trapo sucio, que 
me arrastres como una cautiva enamorada á los 
pies de Fernanda para que le sirva de almoha- 
dón cuando suba á tu lecho, es el colmo de la 
estupidez y la fanfarronería. ¿Por qué no me pi- 
des también que sea tu madrina de boda? 

El conde la contemplaba con los ojos dilata- 
dos, expresando la ansiedad y el espanto. 

— De modo que lo que me han dicho de los 
martirios que haces pasar á nuestra hija ¿es 
cierto? 



414 



ARMANDO PALACIO VALDK8 



— j Y tan exacto! Y aún no los sabes por com- 
pleto... Mira, voy á referírtelos todos para que 
no te llames á engaño... 

Y con palabra breve, incisiva, con una cruel 
satisfacción que se le traslucía en la voz, puso 
delante de su vista el cuadro espantoso de las 
miserias y dolores que la desgraciada criatura 
había padecido en los últimos meses. Aquel 
cuadro era infinitamente más aterrador que el 
que le había exhibido María la planchadora. El 
conde, pálido, desencajado, sin hacer el más leve 
movimiento, parecía la estatua de la desespera- 
ción. Al poco rato se tapó la cara con las manos 
y así escuchó hasta el fin. 

— ¡Oh, qué infame! ¡oh, qué infame! — mur- 
muró sordamente. 

— Sí, muy infame, pero aún espero serlo más. 
¿Has oído todas estas infamias? Pues no son 
nada en comparación con las que haré. 

— ¡No las harás tal, malvada! — profirió Luis 
levantándose y abalanzándose á ella. — Antes te 
ahogaré con mis manos. 

La valenciana se escapó hacia la puerta. 

—¡Si das un paso más, grito! 

— ¡Oh, infame, infame! — volvió á exclamar 
con voz profunda el conde. — ¡Y Dios consiente 
sobre la tierra estos monstruos! 

Dio unos pasos atrás y se dejó caer nueva- 
mente sobre el sofá. Apoyó los codos sobre las 



EL MAESTRANTE 



415 



rodillas y metió la cabeza entre las. manos. Al 
cabo de largo silencio la levantó diciendo: 

— Bueno, ¿y qué exiges de mí? 

Amalia dio un paso para acercarse. 

— Lo que ya debes de suponer, si es que te 
queda un poco de sentido común. No exijo que 
nuestras relaciones continúen, porque á los tér- 
minos á que hemos llegado no es posible: sería 
tanto como mendigar tu amor, y tengo dema- 
siado orgullo para ello. Pero no quiero que ni 
tú ni esa mujer os quedéis riendo de mí; no 
quiero servir de befa á los que conocen nuestras 
relaciones, que son todos los que frecuentan la 
casa. Exijo, pues, como condición para que la 
niña vuelva á ser lo que era que rompas inme- 
diatamente con Fernanda y no te acuerdes más 
de ella. 

— ¡Pero Amalia! — exclamó con acento dolo- 
rido. —Bien comprendes que es imposible. Mi 
boda está concertada; lo sabe ya todo Lancia: 
Fernanda me espera en Madrid; faltan muy po- 
cos días... 

— Aunque faltase un minuto. Esa boda no se 
celebrará. Si te casas con Fernanda, tu hija pa- 
gará el agravio en la forma que ya sabes. 

— ¡Oh! Yo lo impediré. Daré parte á la auto- 
ridad. Pediré el depósito de la niña. 

— Eso es hablar por hablar, Luis — replicó 
con calma y sonriendo Amalia. — Las autorida- 



416 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



des de Lancia son hechura de Quiñones. Nadie 
osará declarar una palabra contra mí. 

— Se lo referiré todo á D. Pedro. 

— No te creerá; y si te creyese, ¿qué adelan- 
tarías? En vez de impedir mi venganza, como 
es la suya también, me ayudará. 

Hubo un largo silencio. El conde meditaba 
con la frente apoyada en la mano. De pronto se 
alzó violentamente y se puso á dar agitados pa- 
seos murmurando: 

— ¡No puede ser! ¡no puede ser! 

La valenciana le seguía con la vista. Al cabo, 
dijo dando un paso hacia la puerta: 

— Adiós. 

El conde la detuvo con un gesto. 
— Espera. 

Amalia permaneció inmóvil, con la mano en 
el marco de la puerta, clavándole una mirada 
penetrante. 

El conde siguió paseando todavía algunos mo- 
mentos sin hacer caso de ella. 

— Está bien — dijo con voz enronquecida, pa- 
rándose; — no se efectuará el matrimonio. Tú me 
dirás lo que debo hacer. 

Su rostro demudado revelaba la calma de la 
desesperación. 

— Es necesario que escribas una carta á Fer- 
nanda despidiéndote. 

— La escribiré. 



EL MAESTRANTE 



417 



—Ahora mismo. 
— Ahora mismo. 

Amalia se asomó á la escalera y pidió á Jaco- 
ba recado de escribir. Como no había allí mesa, 
lo puso sobre la cómoda. El conde se acercó y 
se dispuso á escribir de pie. Amalia también se 
acercó. 

— Es esto lo que quiero que le escribas — dijo 
presentándole un papel. 

Era el borrador de la carta. El conde pasó la 
vista por él. 

«Mi buena amiga Fernanda: — decía — He que- 
rido que te fueses para decirte por escrito lo que 
de palabra sería superior á mis fuerzas. No pue- 
do ser tuyo. No necesito explicarte las razones 
porque tú las adivinarás. Quisiera amarte bas- 
tante para sobreponerme á todo y huir contigo. 
Por desgracia ó por fortuna, hay cosas que pe- 
san en mi corazón más que tu amor. Perdóname 
el haberte engañado y procura ser feliz, como 
lo desea tu mejor amigo — Luis.)) 

Trazó los renglones de esta carta con mano 
trémula. Antes de terminar, algunas lágrimas 
asomaron á sus ojos. 



XV 



Josefina duerme. 



fL noble maestrante fácilmente dió con 
el autor de su deshonra. Así que leyó 
el anónimo y se recobró del susto, sus 
sospechas fueron á parar al conde de Onís. 
No otra cosa le empujó á ello que el parecido, 
que ahora advertía claramente, entre éste y la 
niña recogida. Por lo demás, ó porque su exce- 
sivo orgullo le vendase los ojos, ó porque Ama- 
lia había sabido tenerle engañado, jamás advir- 
tió entre ellos más que una fria y ceremoniosa 
amistad que nada tenía de ofensiva. El mismo 
orgullo detuvo el curso de sus pensamientos 
amargos con esta consideración: ¿Por qué dar 



420 



AEMANDO PALACIO VALDÉS 



asenso á lo que el anónimo decía? ¿Por qué no* 
suponer que se trataba de una vil calumnia con 
que algún enemigo quería envenenar su exis- 
tencia? Mas el dardo había entrado tan profun- 
damente en su corazón que no podía arran- 
cárselo. Todas las consideraciones que su deseo 
le sugería no bastaban á> destruir la gran cer- 
tidumbre que, sin saber cómo, se le había co- 
lado de rondón en el cerebro. Algunos pormeno- 
res, que habían pasado para él inadvertidos, ad- 
quirieron de pronto alto relieve, se alzaron como 
antorchas encendidas para guiarle. El principal 
de todos era, como es natural, la enfermedad de 
s i esposa coincidiendo con la aparición de la 
niña. Recordaba la extraña tenacidad con que se 
opuso á que subiese médico alguno á verla; luego 
el mimo, los cuidados exquisitos que se prodiga- 
ron á la criatura. Acudieron también á su me- 
moria aquellas visitas que en otro tiempo hizo 
su esposa á la Granja con pretexto de escoger 
algunas plantas. Ninguna circunstancia quedó,, 
referente á la amistad del conde y al hallazgo de 
la niña, que no revolviese y pesase en su pensa- 
miento. 

Tornóse silencioso y méditabundo. La mirada 
dura de sus ojos hundidos se posaba con insis- 
tencia en Amalia siempre que ésta entraba en 
su habitación. En diferentes ocasiones se hizo 
traer la niña con cualquier pretexto y la contem- 



EL MAESTRA NT K 



421 



pió largamente, tratando de descifrar en los ras- 
aos de su fisonomía el enigma de su existencia. 
Amalia observaba todo esto, y leía tan perfecta- 
mente en el cerebro de su esposo como en un 
libro abierto. 

— ¿Cuándo se casa Luis? — le preguntó un día 
en tono afectadamente distraído el maestrante. 

— Dicen que aún tardará algún tiempo. Nece- 
sita arreglar no sé qué asuntos antes de irse á 
Madrid — respondió con la mayor tranquilidad. 

—¿Continúa en la Granja? 

— Siempre. No viene más que alguna que otra 
vez por la tarde, según me ha dicho un día que 
le hallé en la tienda de Barrosa. 

Justamente á la noche siguiente apareció en 
la tertulia el conde. 

— ¿Cómo? ¿Usted por aquí? ¿Ha regresado ya 
de la Granja? — le preguntó D. Pedro, clavándole 
una mirada penetrante. 

— Definitivamente, no. Tengo el coche abajo, 
y me vuelvo á dormir. 

— Se aburre usted allí, ¿verdad? — le preguntó 
D. Cristóbal Mateo. 

— Por el día no. Estoy muy entretenido con 
los trabajos del campo, el molino, los bi- 
chos, etc. ¡Pero las noches se hacen tan lar- 
gas!... 

Luis venía solamente por ver á su hija. Ama- 
lia no se lo permitió hasta que la niña estuvo 



422 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



medianamente repuesta. Volvió á vestirla como* 
antes y le devolvió los fueros que tenía. Pero no- 
el cariño. El encanto se había roto. 

Porque Luis la aborrecía: estaba sometido á 
la fuerza. Con aquella pasión ardorosa, con aquel 
amor lleno de misterio y placer se había unido, 
también la afición á la criatura. Pero los mar- 
tirios que su cólera insensata le había hecho pa- 
decer abrió entre ellas un abismo. Josefina jamás, 
amaría á su verdugo. La pobre niña, vestida con 
ricos trajes, vagaba sola por el palacio de Qui- 
ñones, sin hallar en nadie ternura. Amalia huía 
de ella. Los criados, avergonzados de sus malos, 
tratos y pesarosos de aquel repentino cambio, 
que elevaba de nuevo á la expósita sobre ellos, 
no le dirigían la palabra. El largo martirio su- 
frido y la terrible enfermedad con que terminó 
habían dejado huellas profundas en su semblan- 
te. Su rostro pálido se trasparentaba como el 
nácar. En torno de los ojos persistía aquel 
círculo oscuro, negro, de agitación y dolor. El 
conde sentía apretarse su corazón cada vez que 
la veía. Costábale trabajo retener las lágrimas. 

Amalia no dió noticia á su amante del impru- 
dente anónimo que había dirigido á Quiñones. 
Temiendo, por la actitud de éste, algún gra- 
ve acontecimiento, resolvióse á despistarle, ya 
que volverle la calma no era posible. El partida 
que mejor le pareció fué apartar las sospechas. 



EL MAESTRANTE 



423 



de Luis y encaminarlas hacia Jaime Moro. Era 
el único que por su edad, figura y posición podía 
aparecer como un amante verosímil. Principió 
por tratarle, en presencia de D. Pedro, con par- 
ticular afecto, distinguiéndole de los demás ter- 
tulios de modo harto visible. Dirigíale miradas 
y sonrisas significativas; gustaba de ponerse de- 
trás de su silla cuando estaba jugando al tresillo, 
y embromarle; llamábale á cada instante con 
cualquier pretexto y le retenía á su lado largos 
ratos hablándole en secreto, acercando más de 
la cuenta el rostro al suyo. No era tan fácil como 
puede parecer seducir á Moro, aunque sólo fuese 
en la apariencia. Nada tenía de arisco; al con- 
trario, gozaba justa fama de caballeroso y ga- 
lante con las damas. Pero cuando las damas se 
hacían incompatibles con el billar ó el tresillo 
no lo había más grosero y cerril en seis leguas á 
la redonda. Amalia le mortificaba infinitamente 
reteniéndole cuando los tresillistas le aguarda- 
ban. Entonces no respondía acorde á sus pregun- 
tas, sonreía por máquina y dirigía frecuentes y 
codiciosas miradas á la mesa donde sus com- 
pañeros gozaban ya las dulzuras de alguna vuel- 
ta con palo de favor. 

— Moro, siéntese usted aquí; vamos á charlar 
un rato. 

Moro temblaba: se le venía el mundo encima. 
Tomaba asiento al lado de la dama con una cara 



421 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



larga, larga, que no daba idea cabal de la pasión 
que debía arder en su pecho. 

El maestrante había hecho poco caso de aque- 
llos apartes, de las preferencias y las sonrisas in- 
sinuantes de su esposa. Les miraba con ojos dis- 
traídos, sin venírsele á la mente ninguna sospe- 
cha, preocupado enteramente con la verdadera 
pista. Sin embargo, al cabo de algunos días, tan- 
to insistió Amalia y tan buena maña se dió, que 
el noble caballero principió á fijarse en aquellos 
signos y á darles algún valor. La valenciana sin- 
tió el placer del triunfo. Sus cálculos iban cami- 
no de realizarse. Y para dar impulso podero- 
so y decisivo á su enredo, ocurriósele en el mo- 
mento una treta peregrina. Se hallaba sentada 
en un rincón, teniendo á su lado á Jaime Moro, 
bien á ' la vista de D. Pedro. Moro, distraído 
como siempre. La esposa de Quiñones necesitaba 
hacer prodigios de habilidad* para sostener la 
conversación, le sonreía, le mimaba, le envolvía 
en una red de palabras melosas, que acen- 
tuaba fuertemente con la sonrisa áfin de llamar 
la atención de D. Pedro. 

— ¿Qué es eso? ¿Está usted mirando mi braza- 
lete? 

Moro no había reparado en él. 
— Es muy lindo — se apresuró á decir por ' 
complacencia. 

— Ha pertenecido á mi madre. Tiene más mé- 



EL MAESTRANTE 



425 



rito de lo que parece. Este retrato, que es el de 
mi abuela, está hecho de mosaico... vea usted. 

Al mismo tiempo levantó la mano. Moro lo 
contempló con afectada admiración. 

— Repárelo usted bien. 

Y la alzó aún más, poniéndosela cerca de tos 
ojos. Observando con el rabillo del ojo que don 
Pedro la miraba, todavía la alzó un poquito, 
hasta rozar con ella los labios del joven. Pero 
en aquel instante la retiró bruscamente con vivo 
ademán. Moro quedó estupefacto. Involuntaria- 
mente dirigió la vista hacia D. Pedro, y notan- 
do que éste le clavaba una mirada fría y pene- 
trante, se puso colorado hasta las orejas. Ama- 
lia se levantó y se fué al salón, como si quisiera 
disimular su turbación. 

Fué grande la que se apoderó del orgulloso 
maestrante con el secreto que pensó sorprender. 
Sus ideas experimentaron violenta sacudida. 
Agitado por mil sospechas contrarias, dominado 
por una cólera furiosa, movía entre sus trému- 
las manos las cartas, sin pensar en ellas, ima- 
ginando horribles venganzas contra su esposa y 
contra el... 

¿Contra quién? ¿Cuál era el traidor? La duda 
encendía aún más su rabia. 

Lo que había visto era bien concluyente. Y, 
sin embargo, su pensamiento no podía apartar- 
se del conde de Onís. Contra el testimonio de 



426 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sus propios ojos alegaba el instinto, una voz 
interior que le señalaba sin cesar á su enemigo. 

Apareció éste en la tertulia. Saludó friamente 
a Amalia y se fué derecho al gabinete; pero Ma- 
nuel Antonio le retuvo tirándole por el faldón 
del frac. 

— ¿Dónde vas, Luis? Ven aquí, muchacho; no 
te nos enfrasques tan pronto en el juego. Mira, 
aquí María Josefa y Jovita han estado dispu- 
tando toda la noche sobre la fecha de tu matri- 
monio. Yo les he dicho: «No disputéis más. Si 
viene hoy Luis, es tan amable que de seguro os 
lo ha de decir.» 

— Pues las has engañado — respondió el conde 
aproximándose al grupo. 

— ¿Tan grosero te has vuelto? 

— No es grosería, es ignorancia. Estas seño- 
ritas saben muy bien que las cosas no se reali- 
zan nunca como y cuando quéremos. Si yo les 
dijese ahora una época y resultase otra, pensa- 
rían que había tratado de burlarme de ellas. 

Apesar de los esfuerzos que hacía por sonreír, 
el semblante del conde reflejaba tristeza infini- 
ta. Su voz salía apagada y enronquecida. 

— ¡No, no! ¡Nada de eso! — exclamó riendo 
Jovita. — Díganos usted un día cualquiera, que 
aunque luego resulte otro, pensaremos que no 
ha sido por su voluntad. 

— Bueno, pues mañana. 



EL MAESTRANTE 



427 



— ¡Eso tampoco! — gritaron ambas solteronas 
alborozadas. , 

— No son ustedes fáciles de contentar ¿Qué 
día quieren que me case? Señálenlo ustedes. 

El conde no había dicho una palabra á nadie 
de la ruptura de su matrimonio. La innata de- 
bilidad de su carácter le obligaba á callar una 
noticia que muy pronto había de difundirse. Te- 
nía miedo á la curiosidad pública, á las pregun- 
tas, á que en el rostro le adivinasen las causas 
de tal resolución. Y temblaba y se entristecía 
profundamente cada vez que, como ahora, le to- 
caban este punto. 

Hasta entonces no se había traslucido nada. 
Creíase en la ciudad que de un día á otro se iría 
á Madrid á reunirse con su futura. Sin embargo, 
Manuel Antonio, cuyo olfato era superior al de 
todos sus contemporáneos, había olido algo. Y 
con la tenacidad y el disimulo de una Isabel de 
Inglaterra, principió á recoger noticias y á atar 
cabos de tal modo que á la hora presente anda- 
ba muy cerca de la verdad. 

— Muy triste te veo estos días, Luisito — le 
dijo bruscamente. — Más que de matrimonio tie- 
nes cara de testamento. 

El conde se turbó y no supo más que con- 
testar sonriendo forzadamente: 

— El matrimonio es un paso muy serio. 

Trató de marcharse, pero Manuel Antonio vol- 



428 



ABMANDO PALACIO VALDÉS 



vióá retenerlo. Á todo trance quería dar conla cla- 
ve del enigma, saber de un modo positivo lo 
que sospechaba. Y ayudándose de María Josefa, 
que sabía mejor que él á qué atenerse, mantuvo 
alerta la conversación algún tiempo sobre el 
escabroso tema. Luis estaba en brasas. Dirigía 
frecuentesmiradas hacia el sitio de Amalia, como 
reclamando lo que estaba obligada á concederle. 
Levantóse al fin la dama, se asomó á la puerta 
y tornó á sentarse. A los pocos momentos apa- 
reció el rostro pálido y suave de Josefina. Paseó 
sus ojos tristes por la sala, y á una seña de su 
madrina dirigió sus pasos al gabinete. Al cruzar 
por detrás del conde, volvióse éste á medias y le 
echó una mirada rápida y ansiosa, que no pasó 
inadvertida á la sagacidad de sus interlecutores. 
La niña levantó sus ojos hacia él, brillando 
con sonrisa feliz. Fué un choque magnético que 
hizo arder súbito toda la alegría de su corazón 
infantil. Los tertulios la llamaron, trataron de 
retenerla; pero ella, obedeciendo la orden de su 
madrina, siguió hasta el gabinete. Pocos mo- 
mentos después se oyó la voz áspera de Qui- 
ñones. 

— ¿No está el conde de Onís por ahí? ¿Cómo 
no entra? 

— Allá voy, D. Pedro — se apresuró á respon- 
der Luis, contento de separarse de aquel enfa- 
doso grupo. 



EL MAESTRANTE 



429 



Al entrar en el gabinete se produjo, en menos 
tiempo del que puede tardarse en referirla, una 
terrible escena que puso en conmoción y espan- 
to á toda la tertulia. D. Pedro estaba con las 
cartas en la mano y lo mismo Jaime Moro y 
D. Enrique Valero. Saleta, que hacía el cuarto, 
hablaba con el capellán sentado detrás de él. En 
torno de la mesa había tres ó cuatro personas 
de pie mirando el juego. Cerca del noble maes- 
trante se hallaba Josefina con los bracitos cruza- 
dos esperando su bendición para irse á la cama. 

Al entrar el conde, Quiñones le lanzó una rá- 
pida mirada escrutadora, clavó enseguida otra 
de profundo odio en la niña y dijo con sonrisa 
sarcástica: 

— Ah, ¿quieres la bendición?... Toma la ben- 
dición. 

Y le dió de revés un tremendo bofetón que la 
hizo rodar por el suelo, soltando sangre por boca 
y narices. Luis sintió aquella bofetada en sus 
mejillas. Huyó repentinamente de ellas toda la 
sangre y quedó densamente pálido. Y por un 
impulso ciego, superior á su voluntad, gritó fue- 
ra de sí: 

— jEso es una vileza! ¡Una cobardía! 

Y aun trató de lanzarse sobre él. Pero le de- 
tuvieron. D. Pedro gritaba mientras tanto á 
grandes voces, loco de furor: 

— ¡Por fin caíste! ¡Por fin caíste, perro! 



430 



ARMANDO PALACIO VALDÉ8 



Hizo un esfuerzo supremo para alzarse del 
asiento y lanzarse sobre el ladrón de su honra, 
consiguiólo á medias, y cayó al fin de nuevo, 
privado de sentido, torciendo la boca. 

Los tertulios se habían levantado todos y acu- 
dieron al gabinete. Las señoras gritaban aterra- 
das. Los hombres preguntaban á los de dentro 
lo que ocurría. El conde de Onís paseó una mi- 
rada de extravío por ellos, se dirigió al sitio 
donde yacía Josefina, alzóla del suelo y, con ella 
en brazos, trató de abrirse paso. Amalia se le 
puso delante. 

— ¿Adonde va usted? 

Y quiso arrancarle la niña. Pero Luis exten- 
dió la mano, agarró á la valenciana por los ca- 
bellos y, después de sacudirla tres ó cuatro ve- 
ces con fuerza, la arrojó lejos de sí y se lanzó á 
la puerta del salón. 

Bajó la escalera á saltos, salió á la calle, don- 
de esperaba el coche, y brincando en él con su 
preciosa carga dijo al cochero: 

— ¡A escape, á la Granja! 

El pesado vehículo rodó con estrépito por las 
calles mal empedradas. No tardó en salir á la 
carretera. 

La luna brillaba en lo alto del firmamento. De 
vez en cuando, grandes nubes espesas, flotantes 
tapaban su disco, pero al instante volvía á lucir. 
En las regiones superiores de la atmósfera so- 



EL MAESTRANTE 



431 



piaba un viento huracanado. Abajo parecían rei- 
nar el silencio y la paz. 

Josefina no salía de su desmayo. El conde le 
limpiaba con su pañuelo la sangre. Después tra- 
taba de reanimarla imprimiendo largos, apasio- 
nados besos en su rostro de alabastro. 

Al fin se entreabrieron sus ojos, contempló 
con extraña fijeza al conde y relampagueó en 
ellos una dulce sonrisa. 

— ¿Eres tú, Luis? 

— Sí, vida mía, yo soy. 

— ¿Adonde me llevas? 

— Donde tú quieras. 

— Llévame lejos, ¡muy lejos!... Llévame á tu 
casa... Llévame aunque no me desde comer. 
Estando contigo no me importa morir. 

El conde la apretó contra su seno y la cubrió 
de besos. 

— Sí, sí, á mi casa vas — exclamó mientras las 
lágrimas bañaban sus mejillas. — De allí no sal- 
drás ya nunca, porque para arrancarte necesita- 
rán antes arrancarme la vida... Escucha, Josefina, 
voy á decirte una cosa. Procura entenderla. Haz 
un esfuerzo y lo conseguirás... Yo soy tu pa- 
dre... Los señores de Quiñones te han recogido 
en su casa... pero yo soy tu padre .. ¿lo en- 
tiendes? 

— Sí, Luis, te entiendo. 

— Te han recogido, porque yo soy tan malo 



432 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que te he entregado á ellos en vez de tenerte 
conmigo. 

— Ahora no te entiendo, Luis. Tú no eres 
malo. Tú eres bueno y me quieres. 

— Si, hija de mí alma, te quiero más que á 
mi vida... Perdóname. 

— Yo también te quiero á tí... ¡A ellos no! 
Antes quería á madrina, pero ahora no... ¡Me 
ha pegado tanto! ¡Si supieras!.. Me mordia, me 
arañaba, me arrastraba por el suelo, mandaba á 
Concha que me azotase con la ballena, me ata- 
ba con una cuerda como á los perros... 

— ¡Calla, calla, que me matas! — profirió Luis 
sollozando. 

— ¡No llores, Luis, no llores!.. ¿Ves cómo eres 
bueno? Estás llorando por mí. 

— ¡No he de llorar por tí si eres mi hija! Llá- 
mame padre... ¡Yo soy tu padre! ¿Lo sabes, lo 

sabes? 

— Sí, lo sé... Tú eres mi padre y yo soy tu 
hija... Tengo sueño... Déjame dormir sobre tu 
pecho. 

Y dejó caer sobre él la cabecita blonda. Inclinó 
la suya el conde para darle un beso en la frente y 
sintió sus labios abrasados por el calor de la fiebre. 

Gozó la criatura algunos *momentos de sueño 
letárgico. Corrían de vez en cuando por su tier- 
no cuerpo vivos estremecimientos. Despertó al 
fin dando un grito. 



EL MAESTRANTE 



433 



— ¡Luis, que me llevan!... ¡Míralos, míralos... 
ahí están! 

Sus ojos expresaban un terror pánico. 

— No, hija, no; son los árboles del camino que 
extienden sus ramas hacia nosotros. 

— ¿No ves á D. Pedro que me amenaza? ¿No 
oyes lo que me está diciendo? 

— Sosiégate, mi alma; es el mugido del viento. 

— Tienes razón. Ya se fueron. ¡Mira cómo 
brilla la luna! ¡Mira qué campos tan hermosos y 
cuántas flores!... Un palacio de cristal... Delante 
hay una niña jugando con un gatito blanco... 
¡Qué precioso!... Es más bonito que el Rojo... 
Déjame jugar con ella, Luis... 

— Jugarás cuanto quieras, y te compraré un 
gatito y una palomita blanca que venga á comer 
á tu mano. 

— No, no quiero que gastes dinero. Estoy 
contenta con que no me separes de ti. 

— Nunca ya. Vivirás conmigo siempre, porque 
eres mi hija. Duerme, mi vida. 

— ¡Otra vez la oscuridad!... ¡Ya vuelve! ¡Écha- 
los, Luis, échalos, por Dios! ¡Que me agarran! 

— No temas; estás conmigo... Mira la luna 
otra vez... ¿Ves cuánta luz?... Duérmete, co- 
razón. 

— Es verdad... ya veo los campos llenos de 
flores... ya veo el gatito blanco... La niña no 
está... ¿Dónde se fué, Luis? 

28 



434 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Está en mi casa, esperándote para jugar. 
Estamos muy cerca ya. Duérmete. 

— Sí, Luis, voy á dormir. Tú me lo mandas, 
¿no es cierto? Yo debo obedecerte porque soy tu 
hija... Tengo frío... Apriétame más. 

Apretóla más y más contra su pecho. Josefina 
se durmió al fin. El carruaje rodaba por la ca- 
rretera desierta al través de los campos esclare- 
cidos por la luz de la luna. Las nubes volaban 
también dispersas por los aires. El viento mugía 
sordamente á lo lejos. Los árboles comenzaban 
á agitar sus penachos. 

Ya se divisaba el cercado de la Granja. Luis 
inclinó la cabeza para despertar á la niña; pero 
al darla un beso sintió en sus labios el frío de la 
muerte. Alzóla vivamente , sacudióla con fuer- 
za varias veces, llamándola á gritos. 

— ¡Josefina!... ¡Hija! ¡hija! ¡hija!... ¡Des- 
pierta! 

La blonda cabeza de la niíía se doblaba á un 
lado y á otro como una azucena que tuviese 
quebrado el tallo. 




ÍNDICE 



Páginas. 

I. — La casa del maestrante i 

II. — El hallazgo 37 

III. — La cita 83 

IV. — Historia de aquellos amores 113 

V. — Las bromas de Paco Gómez 151 

VI. — Las señoritas de Meré 171 

VII. — El aumento del contingente 209 

VIII. — El vino de Fernanda « 233 

IX. — La mascarada 261 

X — Cinco años después. 285 

XI La cólera de Amalia 313 

XII. — La justicia del barón 343 

XIII. — El martirio 363 

XIV. — La capitulación 391 

XV. — Josefina duerme 419 




University of Toronto 
Library 



DO NOT 

REMOVE 

THE 

CARD 

FROM 

THIS 

POCKET 




Acmé Library Card Pocket 

Under Pat. "Ref. Index File" 
Made by LIBRARY BUREAU